John Keats: la danza de todos los miedos

OUROBOROS / POR: AGLAIA BERLUTTI

En otoño de 1818, John Keats escribió una carta a su hermano, George que, por entonces, residía en EEUU. Le contó cómo se encontraba de salud, pidió noticias sobre algunos detalles domésticos de la vida familiar y al final, incluyó un pequeño párrafo personal. “La Señora Brawne … todavía reside en Hampstead … su hija mayor es, creo que hermosa y elegante, graciosa, tonta, a la moda y extraña. Tenemos algo especial, de vez en cuando”.

Esa fue la primera mención a una historia de amor que trascendió la mera curiosidad histórica y abarcó incluso, la condición de género literario. Porque el amor entre Keats y Fanny Brawne, se convirtió en una narración epistolar que sólo acabó con la muerte del poeta. Una visión sobre el tiempo, la emoción y en especial, sobre el propio autor que todavía causa sorpresa y es motivo de debate.

Sus apasionados sentimientos hacia Fanny, fueron la inspiración de varios de los poemas más conocidos, entre ellos Bright StarThe Eve of St. Agnes y Ode a un ruiseñor. En medio de la sublimación de una relación sencilla y que muchos juzgaron incluso simple, Keats encontró una forma de elaborar un discurso propio, alejado de las referencias inevitables de sus poetas favoritos y en especial, de sus temores más íntimos. Fue el amor y no el miedo, lo que finalmente llevaría a Keats al panteón de la historia.

Se trató de una confluencia de circunstancias. No sólo de su devoción por una mujer que muchas veces insistió no le correspondía con el mismo ardor. Además, fue la concepción misma del poeta sobre el tiempo y la evolución de su imaginación, en medio de circunstancias que le sobrepasaban.

John Keats vivió apenas 25 años. Durante los últimos dos, agonizó. Y aun así, dejó una huella imperecedera en el mundo de la literatura. Resulta asombroso leer su obra de su período más febril y comprender que huía de su oscuridad. Del terror a la muerte que le acompañó desde niño. De la vergüenza y la humillación de enfrentarse al mundillo literario londinense. En medio de un amor profundo, al que dedicó una devoción que todavía hoy conmueve.

Keats, cuya vida estuvo signada por la tragedia, se esforzó tanto como pudo para demostrar que había esperanzas en medio de la penumbra. Lo hizo como mejor sabía: con las palabras. Trabajó en medio de duelos dolorosos, de la pobreza, de la burla de críticos y detractores. De la debilidad física. En su momento de mayor productividad (entre 1818 y 1819), ya sufría de los síntomas más perniciosos de la tuberculosis. 

Con toda seguridad, apenas podía dormir entre toses y el insomnio de la fiebre. Tenía dolores, le llevaba esfuerzos respirar. A pesar de eso, escribió sus tres grandes odas (Oda a un ruiseñorOda a una urna griega y Oda a la melancolía) en un mes. “Lucho contra algo que no puedo nombrar. Pero sé que está ahí. Lo siento en cada momento que robo a las sombras” escribió a Charles Brown. “En ocasiones, estoy convencido que no lograré vencer. Pero en otras, no veo otra posibilidad que continuar”.

Al escribir aquella carta tenía veintidós años. Había escrito un primer libro que había sido mal recibido, otro que fue criticado con ferocidad. Su hermano acababa de morir de tuberculosis. Él mismo, sabía que sufría los síntomas. Pero escribía. Lo hacía con una disciplina férrea. Una que le permitió enfrentarse a los peores momentos que sobrevendrían después y en especial, al terror que le inspiraba “lo inacabado”. La muerte había sido parte de su vida, por lo que, aunque la incertidumbre le preocupaba, su gran obsesión era “no dejar impronta alguna”. 

La posibilidad de haber vivido sin construir legado alguno, de simplemente desaparecer en la historia corriente le agobiaba. Y quizás, por ese motivo, encontró consuelo en la literatura. “Incluso, en los peores momentos, hay trascendencia en la cualidad de escribir” le confió a Charles, cuando este insistió en que debía aminorar el ritmo de trabajo, a lo que se negó en redondo. “Quiero escribir incluso, cuando no tenga fuerzas para respirar”.

Tal vez por todo lo anterior, el amor le sacudió por completo. Fanny Brawne era una mujer de mal carácter, extraña, con amor por la belleza, pero que, sin duda, cumplía los requisitos del amor imposible con que soñaba Keats. Para el poeta, el amor era una necesidad insatisfecha. “Una de tantas, de las que sacuden la cuestión sobre lo que deseamos” escribió con ferviente entusiasmo a uno de sus amigos. Resulta extraño el súbito apasionamiento del poeta por la mujer que antes descrito (también en una carta a su hermano George) como “ignorante, monstruosa en su comportamiento”. No obstante, Fanny era más que una mujer a la que el poeta no podía comprender. Era una que le sorprendió por “todas las pequeñas razones que alguien puede sorprender”.

Varios de los biógrafos más conocidos del poeta, insisten que el amor de Keats por Fanny fue el paliativo a la angustia que le provocó la muerte de su hermano menor. Tom Keats agonizó por casi dos meses, para morir en medio de grandes sufrimientos. La experiencia marcó al escritor de una manera profunda. Le hizo aún más melancólico y le convenció que sin duda, “algo funesto ocurriría en su vida”. 

Por si eso no fuera suficiente, los cuidados médicos y medicinas mermaron los escasos ahorros de Keats, que se encontró en una situación comprometida. En septiembre de 1818, tenía apenas lo suficiente “para sobrevivir al invierno”. La pena le consumía, le abrumaba la culpa “del que puede vivir” y por si eso no fuera suficiente, temía por su propia vida. De modo que la llegada de Fanny a su vida fue providencial, cuando no “la vida, manifestándose sin duda”, escribió a George, cuando ya se encontraba enamorado hasta el punto de la obsesión.

Un largo recorrido al misterio

John Keats

En septiembre de 1818, Keats había regresado de un viaje por Escocia en compañía de Charles Brown. Había sido una travesía que inspiró al poeta a volver a escribir y además, le permitió avanzar hacia la noción sobre la soledad, el desarraigo y “la oscuridad interior” que por años le habían obsesionado. La agreste Escocia le impresionó, desconcertó y al final maravilló. Y de hecho, el viaje dejaría una impronta considerable en todo su trabajo posterior. Pero finalmente, Keats tuvo que regresar para cuidar de su hermano, cada vez más enfermo y débil.

Para entonces, Keats se encontraba en una situación económica precaria, por lo que el regreso era tan imperativo como angustioso. Brown también volvió, a casa para ocupar una habitación en la casa que compartía con el escritor Charles Wentworth Dilke y su familia. Wentworth Place era una casa de dos pisos con espacios amplios y un patio interior modesto, todo lujo por la época. Para paliar los considerables gastos de mantener un lugar semejante, Brown había alquilado la mitad de su casa a la familia Brawne, cuya madre viuda y tres hijos se habían ocupado del lugar durante su ausencia. Al regresar su legítimo dueño, la familia se mudó a la muy cercana Elm Cottage. Las relaciones amistosas continuaron entre los Brawne y los Dilke, tanto como para que los tres hijos de la familia siguieran frecuentando la propiedad, a pesar de ya no vivir en ella. De hecho, la familia Brawne era muy cercana a Brown, a quien consideraban un “hombre generoso y de considerable talento”.

Fanny, la mayor de los Brawne era de hecho, la que se ocupaba de sus dos hermanos mientras su madre, trabajaba como costurera. La joven de 18 años, no era precisamente la idea de la musa frágil y exquisita que ha trascendido de ella a tenor de las cartas de Keats. De hecho, era realista, práctica, dura. Ser la hija de una viuda de avanzada edad ponía a Fanny en una situación precaria: no era probable que alguien le pidiera matrimonio y tampoco, conseguir un empleo como institutriz. De modo que las opciones para ella era ser costurera y cocinera, tal y como su madre lo había sido. 

Pero para el momento en que conoció a Keats, los ahorros familiares todavía le permitían permanecer en casa al cuidado de los niños. También era vital, llena de vida y contradicciones. Una mujer que amaba la moda y disfrutaba del coqueteo. Además, era desenvuelta y poco tímida, algo que terminaría por abochornar y después enfurecer al retraído Keats. No obstante, y a pesar del comportamiento “monstruoso” de Fanny, fue evidente que le deslumbró. O al menos, le hizo reaccionar en medio del sufrimiento que le provocaba la salud de su hermano.

Se conocieron en la casa de los Dilke y, de hecho, Fanny insistiría muchos años después, que le sorprendió el poeta, a pesar de su “carácter silencioso”. Para la radiante Fanny, la conversación [de Keats] fue en sumo grado interesante. También lo fue su buen humor, excepto en los momentos en que la ansiedad por la salud de su hermano abatió ambas cosas”, contaría a su hermano Sam, que después recopilaría las primeras impresiones de su hermana sobre el poeta, cuando luego de su muerte, Keats se convirtió en una figura de interés para la literatura inglesa. 

En realidad, Fanny era más observadora de lo que Keats presumía y de inmediato, notó (y comentó con sus familiares) la forma en que el lento declive de su hermano, le consumía. Para la última semana de noviembre de 1818, Tom agonizaba y perdió la conciencia para no volverla a recuperar. No obstante, sufrió convulsiones, delirios a gritos y, por último, vomitó sangre “por dos días seguidos”. El 1 de diciembre, Tom falleció y dejó a John consumido, agotado y con los primeros síntomas de la gravísima enfermedad.

Preocupado, Brown le invitó a compartir Wentworth Place, en un acuerdo que, por la época, era normal entre jóvenes escritores. Para Keats, debió ser de enorme importancia no sólo la compañía, sino el hecho de abandonar la casa familiar en un acuerdo económico que le permitiera subsistir. Porque, aunque Brown no hizo concesiones ni dejó de recibir dinero de Keats por ocupar la habitación, era mucho menor al que podría pagar en otro lugar. Además, era una casa cómoda. Una en la que, además, el poeta podía descansar luego de la experiencia traumática de cuidar a su hermano por casi tres meses de una muerte dolorosa y lenta.

Fanny visitaba con frecuencia la casa y pronto, cautivó a Keats, que la consideraba “hermosa e irritante, todo a la vez”. Después él mismo admitiría que le cautivó “no poder entenderla”. De hecho, para finales de diciembre y a pesar del luto reciente, era evidente que el poeta estaba profundamente enamorado de Fanny. En una carta a sus hermanos en EEUU, dedicó una considerable atención a su buena amiga. “La señora Brawne, que se quedó en la casa de Brown durante el verano, todavía reside en Hampstead. Ella es una mujer muy agradable y su hija mayor es hermosa, elegante, graciosa, tonta. También está a la moda y es extraña. Tenemos un pequeño altercado de vez en cuando, y ella se comporta un poco mejor”. La cercanía con Brown, Fanny y en especial, la necesidad de “apartar de su mente” el miedo que le había provocado la muerte de Tom, le permitieron recuperar las fuerzas suficientes para volver a escribir.

Se sabe relativamente poco sobre qué ocurrió entre Fanny y John en los meses siguientes, aunque el nombre de la mayor de los Brawne aparecía de cuando en cuando, en las cartas que enviaba a sus hermanos. Pero ya para finales de 1819, era evidente que a pesar del renovado interés por la creación de Keats, el hecho que ya había escrito una buena parte de su producción poética futura y que tenía motivos para preocuparse por su salud, Fanny ocupaba un lugar de considerable interés en su mente. 

Entre tanto, completó La víspera de Santa Inés y apenas un mes después, La víspera de San Marcos. También comenzó lo que se considera su obra más ambiciosa Hyperion, a la que dedicó horas de desvelo y esfuerzo. Pero para el comienzo de la primavera, era evidente que Fanny también reclamaba su atención y más de una forma.

En especial, luego del 3 de abril de 1819, la familia Dilke se mudó al centro de la ciudad y dejó su mitad de Wentworth Place en alquiler para la Señora Brawne y sus hijos. Fue entonces y casi de manera simbólica que el romance entre ambos floreció. Y lo hizo, para llenar de energía a un Keats cada vez más enfermo, abrumado por ideas inquietantes sobre su próxima muerte y en especial, obsesionado por la poesía como jamás lo había estado. 

La combinación de ambas cosas, convirtió el romance en el centro medular de su vida. En todo lo que “podía aspirar y más”. Keats escribía poemas y sonetos cortos apasionados para Fanny. La admiraba, por primera vez “era feliz o algo semejante”. Y aunque varios de los biógrafos del poeta insisten que el amor ferviente de Keats jamás fue correspondido del todo, era evidente que ambos sentían una poderosa atracción mutua, al menos al principio. 

Keats, en particular, estaba maravillado “por el abandono y el sentido del disfrute” que descubría junto a Fanny. La muchacha le enseñó a bailar, le sacó de su ensimismamiento huraño, le hizo salir a la ciudad, tomar sol, correr e incluso, reír en público, algo que incluso sorprendió a Brown, quien apenas reconocía a su amigo. Mientras tanto, la poesía de Keats se hizo mucho más madura y poderosa. La verdadera plenitud espiritual había llegado a la vida del poeta.

Inspirado como pocas veces en su vida y sin duda, en honor a Fanny, el escritor comenzó a escribir La Belle Dame Sans Merci. La historia de la hechicera misteriosa que atrae y lleva a la perdición al caballero que la ama, sin duda es un símbolo considerable sobre su relación con Fanny, a quien consideraba mucho más experimentada y sin duda, madura que él mismo. De hecho, Keats escribió la obra en lo que parece ser “una broma privada entre ambos” y así se lo comentó a George, en una de sus frecuentes cartas. Por las noches, escribía hasta caer exhausto. Sus horas diurnas, las dedicaba a Fanny.

Eran una pareja joven, enamorada y en la medida de sus posibilidades, feliz. Pero sin futuro. Ya para entonces, Keats presentaba síntomas cada vez más alarmantes de la enfermedad que le llevaría a la tumba. Por su parte, Fanny le había confesado a su madre, que sabía que jamás “contraería matrimonio con John” quizás convencida de su muerte cercana o de una manera más práctica, que el poeta jamás podría sostener una familia. 

A pesar de eso, siguieron juntos. Fanny, quizás deslumbrada por el genio de un hombre que no comprendía del todo. Keats, porque de pronto, el amor (tal y como lo asumía) era todo lo que podía aspirar en medio del temor a la muerte, cada vez más real y cercano.

Las últimas palabras

Quizás escaldado por sus experiencias anteriores en el mundo literario, Keats no pensó de inmediato en publicar todo lo que escribía, aunque no dejó de dedicar tiempo y esfuerzo a componer. Para los últimos meses del año 1819, ya la madre de Fanny había notado lo que ocurría entre su hija y el joven escritor, lo que había provocado más de una pelea familiar. Por otro lado, Brown consideraba a la muchacha “coqueta, sin intención de ningún compromiso”, algo que, a su vez, le trajo algunos desacuerdos con Keats. No obstante, y a pesar de la tensión, ni la madre ni el buen amigo hicieron nada para separar a la pareja. La salud de Keats empeoraba con rapidez y Fanny le cuidaba con un cariño afectuoso, que, aunque no igualaba el arrebato amoroso del poeta, si era al menos, una manera cálida de retribuir sus gentilezas.

Pero jamás fue una relación destinada al altar, la posteridad o incluso, el futuro que imaginaba Keats. Y quizás, Fanny lo sabía. Se dejaba querer, se convirtió en el centro de la vida de un hombre abrumado por la angustia y el miedo por la muerte. Pero fue Fanny, con toda su “ligereza” como le acusó Brown, la que le brindó al joven escritor el momento más vital de su existencia. Uno que tradujo en peleas, discusiones, una frágil normalidad que hizo de sus últimos meses de vida una experiencia completa y sustancial que le permitió asumir que incluso y a pesar de los síntomas de la tuberculosis, la pobreza y el miedo que le abrumaba por el porvenir, podía ser feliz. “Lo fui, lo fui, a tu lado nunca dejé de ser feliz”, escribió a Fanny, un año después, ya en Roma.

Pero el amor más pasional y definitivo en la vida de Keats, seguía siendo la poesía. A pesar de los sentimientos por Fanny y su enfermedad, Keats siguió escribiendo e incluso llegó a viajar de nuevo a Isla de Wight para “intentar concentrarse”. Pero la separación de su amada Fanny fue corta y sólo consiguió encender la necesidad física del amor y la cercanía de su novia. De regreso y luego de tres meses de ausencia, se comprometieron. 

Fanny siguió asistiendo a bailes, provocando los celos de Keats y según Brown, “le hizo debilitarse aún más” con muy públicas peleas. La posibilidad del matrimonio se debatió en voz alta, la madre de Fanny se opuso. La propia Fanny no sabía a dónde conduciría su decisión de contraer matrimonio con un hombre pobre que deseaba con fervor escribir para vivir, sin lograrlo.

Entre tanto, la abuela de Keats murió y dejó una pequeña herencia, que provocó que George viajará desde EEUU para disputarla con su hermano. Al final y aunque el escaso monto fue dividido entre ambos, el hermano insistió hasta lograr que Keats le cediera la mayor parte. George tenía familia y John terminó por ceder a “la idea de ayudar a la familia”. Pero sus buenas intenciones, trajeron más peleas con su prometida y al final, un golpe de gracia en su ánimo que le condujo al que serían los últimos y duros años de su vida.

Para 1820, Keats comenzó a consumir láudano “para mantener el ánimo”, según dijo a Brown, cuando este le descubrió y le enfrentó. Pero en realidad, lo usaba para adormecer el dolor en los pulmones, cada vez más devastador y duro de sobrellevar. El 3 de febrero, Keats tuvo su primera hemorragia pulmonar. Luego de un paseo bajo el frío de la ciudad, Keats regresó entre toses. Brown contaría después que le encontró mirando una gota de sangre entre las sábanas. La forma tranquila y serena en que le pidió una vela para contemplarla mejor. Por último, la forma en que le miró, entre desvalido y lúgubre cuando comprendió de qué se trataba “Conozco el color de esa sangre; es sangre arterial. No puedo engañarme con ese color. Esa gota de sangre es mi sentencia de muerte. Debo morir”.

Esa misma noche sufrió dos hemorragias, que pusieron en serio peligro su vida. Brown hizo venir al médico, que ayudado por los esfuerzos de los Brawne, lograron evitar que Keats muriera. Para Brown, desconcertado y aturdido “por lo rápido de lo que ocurría”, la forma en que Keats luchó por su vida fue conmovedora. 

Durante las semanas siguientes, tanto Fanny como Brown depusieron sus rencillas para ocuparse de John, pero para abril, era evidente que no se recuperaría. “No al menos aquí” dictaminó el médico que Brown hizo venir desde Londres para una segunda opinión sobre la salud de su amigo. El escritor escribió a todo el círculo de amigos de Keats y decidió compartir gastos para enviarle a Roma. “Debe tener la oportunidad de vivir”.

No la tuvo. Vilipendiado y denigrado por sus contemporáneos, asistido por la caridad de sus amigos, aturdido por el dolor, Keats murió el 23 de febrero de 1821. Unos días antes de morir y antes de perder la conciencia para siempre, pidió escribir su epitafio. “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua”. 

Joseph Severn, que le cuidó hasta el último aliento, le complació. Y también, grabó un arpa con la mitad de las cuerdas en su sepultura. Al año siguiente, la lápida romana estaba cubierta de margaritas. En Londres, la obra de Keats comenzaba a ser reivindicada. Y Fanny, la “ligera” lloraba su muerte hasta el delirio. “Creí que enloquecería” contó ya anciana, convertida en un raro símbolo. Con 65 años, madre y esposa de un hombre anónimo, guardaba todas las cartas de Keats. “Y también su memoria”, como escribió una semana antes de morir.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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