Bajo la alfombra

Por: Morgendorffer

En los últimos años se ha cernido sobre la discusión pública la “Cultura de la cancelación”, término que pretende reivindicar causas y resarcir el daño causado por los distintos vicios de la sociedad. El objetivo principal de sus promotores es castigar el pasado con el siguiente proceso: una obra, un autor, un personaje o un producto de la cultura popular son dispuestos sobre la mesa de operación y diseccionados “minuciosamente” bajo parámetros morales modernos y en cuanto es encontrada alguna anomalía que no cuadra con sus buenas conciencias se procede a ocultar el cuerpo del delito. También se utiliza para sancionar a los infractores actuales por medio de una especie de ley del hielo mediática: bloqueándolos y condenándolos al olvido social. No podemos dejar de preguntarnos ¿Es válido? ¿Es correcto? ¿Es útil?

En primer lugar, es importante reencontrarse con las obras, revisarlas cada tanto para darnos cuenta cómo han envejecido y qué tan bien lo han hecho. Y con esto me refiero al aporte cultural que sigue otorgando cuáles son las cuestiones que trata y las respuestas que deja. Éste es un ejercicio que se ha acostumbrado hacer durante mucho tiempo y en general arroja buenos frutos, es válido, debería decir que necesario, porque si no realizamos esta actividad corremos el riesgo de caer en un anquilosamiento social, donde todo se vuelve credo y solo existe la fe. Pero hay un ambiente enrarecido cuando estos examinadores lo realizan. No son revisionistas, sino inquisidores.

Esta actitud rompe con la validez del proceso porque, a partir de una moralidad paternalista, censuran, linchan públicamente no atenerse a su escala de valores —que debe señalarse es bastante estrecha y conservadora— aludiendo ofensas como el racismo, el sexismo, clasismo y demás ismos que puedan añadirse (entre más mejor) para posteriormente barrer los restos bajo la alfombra.

La segunda pregunta es semántica y se basa en el ambiente de corrección política del que nace la “Cultura de la cancelación”, concretamente con la palabra corrección. Se cree que deriva de correcto, pero en realidad lo es de corregir, dando una respuesta negativa a la cuestión, no es correcta la cancelación, es correctiva. Haciendo esta cruzada estéril, corregir el pasado es un asunto que ha atormentado los espíritus desde tiempos inmemoriales por el hecho de que no se puede hacer, el pasado está dado y debemos aprender a vivir con ellos, como con esa camisa en el clóset que en definitiva no debimos comprar, pero está ahí para recordarnos una época donde tuvimos un pésimo gusto al vestir. La problemática se da porque estos actos no implican un rompimiento con el pasado, sino una relación insana, donde el reclamo es por no poder cumplir con las expectativas actuales.

Para la tercera pregunta, la respuesta es no, no es útil. Al menos no con este método. Reflexionar sobre el pasado siempre será un buen ejercicio porque nos permite dibujar líneas de pensamiento y ver su evolución, sus rupturas y su transformación, cosa que aquí no sucede. Las consecuencias de continuar con esta conducta prohibitiva será la creación de una cultura del silencio, un montón de tabúes y cotos vedados, pero como se ha demostrado a lo largo de la historia, todos estos elementos se mantendrán en conserva, al acecho, sobrevivirán los que tengan lo suficiente para hacerlo, se convertirán de culto.

En este sentido sí resulta útil, siguiendo con la analogía, ocultar todo bajo la alfombra solo creará una gran montaña de suciedad en medio de la sala y, aunque se nieguen a verla, el olor estará ahí, invadiendo el cuarto, y estarán tan acostumbrados a negarla que en el momento en que realmente la olviden caminarán directamente a ésta, cayendo sobre los restos.