«La pianista» de Elfriede Jelinek: Qué ching…

POR SERGIO ALBERTO CORTÉS

¿Existen las cosas infinitas? En efecto. El universo, por decir una; la estupidez humana, dicen otros. Una cosa más que es infinita, o al menos lo parece, es lo que existe para leer. Hay tanto por leer que resulta abrumador y complicado elegir con qué seguir después, los nombres, temas y tan variadas narrativas que resulta más difícil elegir el siguiente libro que por quién votar. Hay veces que no sólo elegir el libro resulta en un reto, sino que el mismo acto de leer lo es. La dificultad al leer puede ser por la narrativa compleja o por el tema tocado, así como la forma de tocar un tema. Hay libros que sobresalen en su complejidad, en su inmunda brutalidad, y uno de esos libros es La pianista de Elfriede Jelinek.

Básicamente, trata de una mujer soltera que es pianista y enseña este fino arte a sus estudiantes. Ella vive bajo una sombra que parece inexorable: su madre, una mujer posesiva y terriblemente chantajista. Erika, la pianista, nunca ha tenido en sí un amor y la poca proximidad a gente que no sea su madre, es poca. Entonces, uno de sus alumnos, más joven que ella, se enamora de su maestra. Ella confronta una disyuntiva moral y sentimental: ¿estar con su alumno o no?, ¿conocer las bondades del amor o dejar ir la que parece ser su única oportunidad para sentir?

En sí, el argumento de esta novela, si fuera puesto en un contexto diferente, digamos cómico, resultaría hilarante. Pero es lo opuesto. Uno vendrá a decir que después de leer al Marqués de Sade, Irvine Welsh o personajes enfermizos de Michel Houellebecq, entonces nada puede sorprendernos. Se equivocan mayúsculamente. Elfriede Jelinek no solamente te va a hacer fruncir el ceño, sino que te va a hacer decir a viva voz “Pero qué ching…”

En primer lugar, la relación entre madre e hija es en extremo posesiva, codependiente e increíblemente insalubre. La madre de Erika no deja de, literalmente, restregarle en la cara lo que ha hecho por ella. Esto, poco a poco, ha llevado a Erika a modificar su vida en torno a lo que su madre dice. Erika no solamente limita su actuar, sino que el poder de su madre ha llegado a su forma de vestir, su empleo, su forma de relacionarse o qué pensar. Toda la vida de la pianista está regida por una madre que, sinceramente, no hace nada más que quejarse. Pero Erika lo acepta.

Uno dirá, bueno, una relación familiar enfermiza más. Esta relación no raya solamente en lo enfermizo, sino en lo enteramente grotesco. La madre de la pianista esconde ropa que no le gusta de su hija, incluso le desgarra un vestido. El sueño de ella es poder comprar un apartamento, un nuevo lugar donde vivir con su hija, obviamente, a expensas del dinero de Erika. Organiza conciertos para que su hija toque a los que, en realidad, van los alumnos de ella por obligación.

Erika, por su parte, no sale librada de esta situación. Evidentemente, se ve afectada a un nivel tan personal que sus actos a escondidas rayan en la locura. Ella es voyerista y le gusta ir a peepshows a ver a bailarinas. Además, tiene una navaja que usa para cortarse tanto los brazos como los labios vaginales. Ella busca algo activo en su vida, algo que la haga sentir. Incluso llegó a ver a una pareja teniendo relaciones sexuales.

Entonces, dentro de todo esto, llega Walter Klemmer, ese alumno que se enamora de su profesora. Bueno, más bien, que decide conquistar a su profesora. Klemmer no es un hombre que se pierde en los sentimientos del amor, y como para el amor no hay edad, pues él se ve presa de un hechizo irreparable. Ya nos habremos dado cuenta que nada en esta novela es sencillo. Entonces, él en sí la ve como una presa, no como su amante. La comienza a atosigar y trata de estar con ella tanto como le sea posible.

Por cosas del destino, de esas en las que una lleva a la otra, Erika lleva a Klemmer a su casa, y a pesar de que su madre no lo quiere, se encierran en su habitación. Ella le pide a él que lea una carta que le escribió. Walter lee los deseos de Erika: quiere que la golpeen, que la amarren hasta no poder más, que la violen, quiere que la maltraten en el sexo de formas inhumanas. Ella, entonces, trata de hacerle sexo oral, pero no puede excitarlo. Esta ocasión deja abierto el camino para la otra. Él, frustrado, la busca en su casa y la viola prácticamente frente a su madre (quien está encerrada en la habitación).

Hay también otro encuentro que uno como lector no sabe si es sexual, incestuoso, enfermizo, solamente extraño; entre Erika y su madre. No hay relaciones sexuales como tal, pero todo resulta escalofriante y repugnante.

No se contará el final, pero tiene que ver con buscar lograr un asesinato y, a cambio, uno de los personajes se daña a sí mismo…

Bien es cierto que hay cosas jocosas y otras desagradables, sin embargo, es una gran novela que deberíamos considerar fundamental entre lo cínico. Ella da pie a la variedad en la literatura, pensar que sólo algunos escritores pueden lograr cosas tan grotescas, es ridículo. Sin embargo, esta lectura no solamente es grotesca, sino humana y visceral. Básicamente trata sobre la oscuridad que el humano trata de ocultar bajo las premisas sociales. Jelinek, esta escritora austriaca, tiene la capacidad de demostrar lo más pasional así como lo más repugnante así como un increíble patetismo muy humano, una piedad inmunda. Comprueba que los extremos, como el placer y el sufrimiento, en realidad no están muy alejados el uno del otro.