Cambiamos un día, sin darnos cuenta

Foto Bud Helisson en Unsplash

POR: GWENN-AËLLE FOLANGE TÉRY

Empezó todo de manera muy sutil, fue una pequeña variación en una sola hoja de una sola planta en un solo jardín. Podría haber sido efecto de luz o tal vez de hora. Nadie lo vio, nadie supo y, por ende, nadie comentó. Fue tan sutil el cambio que nos acostumbramos sin saberlo, sin darnos cuenta.

Después le tocó a las aguas, a todas. El mar, los lagos, ríos, la de la llave y la de nuestros vasos. Incluso las lágrimas cambiaron sus reflejos.  La de los charcos del campo se tardó un poco más, cargada de tierra fue más lento el cambio.

Eran los tiempos de pandemia, después de la novena ola. Nuestras mentes y ojos estaban puestos en otras cosas, más importantes, creíamos. Los noticieros ya no contabilizaban contagiados, sólo muertos. Las conversaciones se habían tornado sosas, nadie se atrevía ya a comentar lo que sucedía en las calles, poco sabíamos de hecho, nadie salía, o lo hacía sin mirar alrededor, aferrado a su cubrebocas (la escasez de los mismos los había vuelto más preciados que los celulares otrora objetivo de asaltos y secuestros).

No hablábamos ni de pesadilla ni de nuevas normalidades. Las vacunas eran tema de nostalgia, lloraban algunos pensando en la esperanza perdida. Solo unos cuantos países las seguían usando, los mismos que desde tiempos pasados habían acostumbrado engañar a su población con falacias políticas: Arbeit macht frei, la vacuna vuelve libre… 

Entonces, cuando un tuitero mencionó el asunto, no hicimos mucho caso. Tuitear ya no era lo que hacíamos, de qué podríamos haber discutido, no había qué decir del alza de los granos, era cotidiana, ni qué decir de la escasez de gasolina, era sabido que se reservaba para altos funcionarios. Hablar de reciclaje era inútil, no había ya embalajes, no había recolección de basura, todos teníamos un cajoncito de composta en la cocina, todos recuperábamos telitas y botones, todos teníamos huertita en la azotea y en nuestros refris macerábamos rábanos con limón en lugar de guardar cerveza.

Era además un tuit sin foto,  quién iba a prestar atención.

“¿Han notado la falta de color alrededor nuestro?”, preguntaba el personaje.

Sin embargo, en Irlanda o en Inglaterra –no recuerdo bien– un explorador agarró la frase al vuelo y, no teniendo ya mucho que hacer, levantó la cabeza, enfocando la mirada hacia su cielo, su balcón. Aplicando métodos científicos, decidió sacar fotos todos los días a la misma hora del mismo lugar y cuál no fue su estupefacción al comprobar que las hojas no eran ya ni verdes, ni rojas, ni marrones, que el cielo se había tornado transparente, que la madera de los árboles parecía desaparecer. Al establecer una suerte de curvas de colores, notó que las calles seguían el mismo camino, aunque más lentamente, que los pocos coches que alcanzaba a fotografiar parecían deslucidos y que los edificios que lograba ver parecían desdibujarse.

A él sí se le escuchó.

Pronto, la pandemia del 19 pareció ser historia antigua: el nuevo tema de conversaciones y de noticieros fue la desaparición de color del mundo, hasta el día en que un equipo sugirió que no nada más las cosas estaban perdiendo pigmentos, sino que los animales también. Y nosotros. Estábamos desapareciendo.

Sólo visualmente al principio, pero pronto fue evidente que algunos seres vivos dejaban de emitir sonido y que algunos de nosotros dejábamos de comer, defecar, pensar y… existir.

La clave la descubrieron en las Islas Galápagos, sí, las mismas de Darwin, las de la teoría de la evolución. Ni ellas, ni sus pájaros, ni sus tortugas parecían afectadas. Ni ellas, ni los peñascos aislados en el mar, ni los lagos en cráteres de volcanes olvidados. Ni ellas, ni los bichos del fondo del mar. Ni ellas, ni los planetas y estrellas más lejanos.

De estudio en deducción, de golpes de genio en relámpagos de inspiración, se llegó a la conclusión de que no desaparecía lo que no era ni filmado ni fotografiado en todo momento: desaparecían más rápido los primogénitos de papás jóvenes, los gatitos tiernos y las orquídeas de departamento que las hierbas húmedas de los bosques deshabitados. 

Cada foto, cada pixel se llevaba un trocito de existencia, algo que, según los antiguos, ya había sido presentido por gitanos y pueblos originarios de altos montes, rehusándose  por tal razón a ser fotografiados desde los primeros días del uso de las sales de plata y de los daguerrotipos. Algo que habían notado también los conservadores y curadores en museos y galerías, prohibiendo las fotos, y con más ahínco aún el uso del flash.

Fue entonces que aprendimos a mirar de nuevo. Ser y no nada más estar. Por eso es que no se crean ya ni fotos ni películas. Por eso, los noticieros son ya nada más por radio. Por eso las televisiones se han vuelto cajones para composta. Por eso el ser pintor realista se ha vuelto una profesión tan en boga. Y, si un día termina la pandemia y no necesitemos ya usar tapabocas, los retratistas podrán volver a pintar nuestros rostros. Por aquello del recuerdo.