La República de Los Mirreyes

DE UN MUNDO RARO / Por Miguel Ángel Isidro

Pues finalmente llegó la esperada fecha: se estrenó oficialmente la segunda temporada de Luis Miguel: La Serie, y como era de esperarse, las redes sociales simplemente estallaron. Y para una minoría —entre la que me incluyo — , llegó el momento de pensar “oh, carajo… ¡aquí vienen otra vez!”.

Al igual que la mayoría de mi generación, fui educado por la televisión como elemento complementario y muchas veces contrastante con los conceptos y valores divulgados por la educación pública. 

Mientras en las aulas nos enseñaban que las personas vinculadas a las grandes obras y acontecimientos históricos relevantes tenían vidas marcadas por el sacrificio y la virtud, la cultura pop nos revela que el talento, el atractivo físico y probablemente hasta un poco de suerte pueden llevarnos directo al éxito.

La vida es un asunto de decisiones y algunas de ellas nos marcan por décadas. Fui criado en una familia de clase media promedio, y nuestras fuentes de esparcimiento eran las que la mayoría de la gente en nuestra misma condición social podía allegarse: la radio, la televisión, esporádicamente la asistencia al cine y ya al entrar a la adolescencia, el consumo de música vía discos y cassettes (objetos que, para muchos forman ya parte de la prehistoria).

No pretendo esgrimir ningún tipo de superioridad intelectual o asumir ser poseedor de un gusto musical exquisito. Simple y llanamente, los artistas promocionados por el monopolio televisivo durante mi infancia y juventud (entre los ochentas y los noventas), nunca fueron de mi agrado. 

Consecuencia directa de tener una hermana y un hermano mayores que yo, mi entorno me llevó, a temprana edad, — probablemente entre los 8 o 10 años de edad — a cultivar el gusto por productos musicales que en esos años eran más propios de adolescentes y adultos jóvenes; de tal suerte que mientras mis amigos y compañeros de escuela se aprendían las canciones de Parchís y Timbiriche, yo estaba más interesado en la música de bandas como Kiss, Queen o Iron Maiden.

Cultivar el gusto por el rock desde la niñez se convierte en algo más que una preferencia. Al menos, en mi tiempo y circunstancia, se vuelve una elección de vida. Y es por ello que de repente ciertos fenómenos del entretenimiento popular me resultan tan lejanos como incomprensibles.

Prácticamente a la mayoría de mi familia les encanta la música de Luis Miguel. Álbumes como “Aries”, “20 Años” y “Romance” fueron la música de fondo de incontables momentos de convivencia familiar. Sin embargo, en lo personal nunca me sentí atraído ni por la música ni por la arrolladora personalidad del intérprete de origen hispano-italiano.

Cuando comencé a desarrollar un mayor sentido de la apreciación musical (no por la vía académica, debo aclarar, sino simplemente como un aficionado), y accedí a apreciar con una actitud distinta diversos géneros, pasé de ser el “rockero aferrado” a una persona (creo) capaz de disfrutar y explorar otras alternativas sonoras. Sin embargo, en el caso particular de Luis Miguel, a pesar de haber hecho algún esfuerzo por apreciar su trabajo con una mentalidad más abierta, nunca he sentido particular atracción o vínculo personal.

No es mi intención caer en la arrogancia de decir que desconozco absolutamente su carrera como cantante o sus éxitos musicales. En términos llanos considero que la carrera musical de Luis Miguel ha transitado de un plagio a otro: primero de la canción popular italiana; después del pop y el funk norteamericano de los ochenta (existen quienes conocieron temas de Tower of Power o Michael Jackson asumiendo que eran canciones originales de LuisMi), para posteriormente posicionarse cómodamente en la explotación de la nostalgia, con sus discos de boleros y rancheras.

Sin embargo, más allá de sus innegables dotes interpretativas, y del acompañamiento de un management que le ha abastecido de los elementos necesarios para contar siempre con arreglos musicales y ejecutantes de primer nivel tanto en sus grabaciones como para sus presentaciones en vivo, detrás del fenómeno de Luis Miguel como cantante está la construcción de un personaje; el del latin lover, la estrella solitaria y un sofisticado dandy. Y la cultura mexicana se encargó de darle su particular toque de identidad para integrarlo a su imaginario colectivo bajo una figura emblemática: El Mirrey.

Amo y señor de las discotecas, terror de meseros, baristas y los “viene-viene”, castigo de las féminas y regalo de Dios para sus semejantes, la figura del Mirrey tiene en la discografía de El Sol su soundtrack existencial: para acompañarles mientras manejan “su nave”, cuando se van “de antro”, o cuando se refugian del mundo en su impagable soledad. LuisMi da para eso y más 

Vi la primera temporada de la serie algún tiempo después de su estreno para tratar de entender el furor desatado entre el público. Los valores de producción, el guión y las actuaciones del melodrama no lo separan en mayor medida de las telenovelas mexicanas. Se recurre a elementos tradicionales del culebrón televisivo para sostener su hilo dramático: el padre villano y explotador, la madre desaparecida misteriosamente, los romances tormentosos con mujeres de extraordinaria belleza y el mito de la superestrella atormentada a pesar de su éxito.

Sobra decir que la serie es sin duda, un producto perfectamente articulado por quienes manejan y administran la carrera de Luis Miguel. Después de enfrentar una serie de descalabros por su sobrepeso, sus problemas fiscales en los Estados Unidos y hasta sus problemas personales para cubrir la pensión alimenticia de sus hijos con la actriz Aracely Arámbula, el melodrama ha servido para revivir la carrera del cantante, sin la necesidad de lanzar una nueva producción musical y sobre todo, en plena pandemia, cuando la industria del entretenimiento se encuentra en una severa crisis ante la imposibilidad de realizar conciertos masivos.

No estoy muy seguro ni convencido de consumir la segunda temporada de la serie, sobre todo bajo el conocimiento de que se trata de un producto diseñado y supervisado por el propio Luis Miguel y su equipo de colaboradores , así que la posibilidad de que se expongan a detalle momentos poco conocidos de su vida y su carrera son poco probables. Y su relación con personajes poderosos del mundo político y empresarial como Jaime Camil (padre), Miguel Alemán Magnani, Federico De La Madrid (hijo del ex presidente Miguel De La Madrid) o la familia de Carlos Salinas de Gortari (durante cuyo mandato fue contratado para dar un show privado en la entonces residencia oficial de Los Pinos) tampoco será expuesta más allá de episodios que dejen bien paradas a todas las partes involucradas. Desde la óptica del Mirreynato, los grandes villanos del periodo neoliberal están lejos del más mínimo cuestionamiento. Es más…  “son brothers, papá”.

Sin faltar al respeto a las legiones de seguidores (incluidos mis familiares, amigos y hasta mi propia esposa), que engrosan las filas de consumidores de la música de Luis Miguel, me limito a señalar que el fenómeno de la serie y la propia carrera de El Sol sintetiza el entorno de la música comercial mexicana en las últimas tres décadas: nos venden el mismo producto una y otra vez, con distintos arreglos, empaque o envoltorio, y convencidos de nuestra fidelidad como público, nos alegran la vida con algunos rayitos de Sol.

El encanto del Mirrey logra nuevamente su cometido: cautivarnos con muy poco… de lo mismo.

Twitter: @miguelisidro

SOUNDTRACK PARA LA LECTURA:

Jumbo y Paco Familiar (México) / “RockStar”

The Clash (Inglaterra) / “Total control”

Extreme (Estados Unidos) / “Strutter” (Cover de Kiss)

Tower of Power (Estados Unidos) / “Attitude dance”

miguelaisidro

Periodista independiente radicado en EEUU. Más de 25 años de trayectoria en medios escritos, electrónicos; actividades académicas y servicio público. Busco transformar la Era de la Información en la Era de los Ciudadanos; toda ayuda para éste propósito siempre será bienvenida....

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