Noche eterna

POR: EDUARDO SÁNCHEZ

Antesala 

¡Canta, oh musa, la gloria del poeta alojado en sí mismo! Hablarán por ti  la maleza, tu dios y los astros. 

En el destino te aguarda, oh poeta, el brillo del diamante y la luz ígnea de la certeza oculta tras el telón del engaño aparente. Mas has de saber, querido oráculo póstumo, que hay una razón previa para el alcance finito de nuestras sensibilidades.

Tendrás en tu huella la firmeza de quien es llamado a rendir las cuentas que le son pendientes, con el pesado, firme y certero andar del que farfulla preguntas decisas.

El caos te aguarda.

Atmósfera

En la alfombra del silencio se desdibuja una silueta; un contoneante paso acompañado del frágil, pero estridente, sonido de la hoja que se quiebra bajo la pisada anuncia la entrada del extranjero, y la cacofonía que emana del lenguaje de la planta presagia la suerte del caminante del bosque; así se rompe la calma, con la elegancia de una tranquilidad abrupta y suspensa. 

El paso perdido por la vereda rescata al mundo y el peso de la existencia es testigo del ciclo hasta hoy impune del cosmos. En el ligero caminar del paseante se inscribe el eco de una certeza ancestral en el intersticio de la displicencia del mundo y la mirada del poeta; cifrado, el caos, encierra la realidad mundana y en los recovecos de lo visible se aloja el brillo de lo incognoscible. 

Si la pregunta del poeta se declara afable, aún con el brío irrefrenable de su sentencia, se le gratificará con la respuesta.

Y sin embargo el poeta anda, llamado a comparecer en la intimidad de la pregunta, con el peso del impuesto que su mirada carga sobre su espalda. 

… la frescura del bosque…

El roció humecta la piel del rostro y, rugosa, la piedra pune pero el aroma absuelve y el gran órgano, enervado en vigilia, se colma de espacio y  tiempo a la vez que un discurso que se antoja lejano y ancestral inunda sus entrañas; la lengua en la que el mundo enuncia ha sido ya olvidada por la mayoría de las huestes que habitamos la corteza desde gran animal que nos transporta, día tras día, sobre su lomo. Frente al tiempo de la comunicación humana, el idioma en el que Hölderlin se encuentra inmerso se caracteriza por el dinamismo tardo de la hoja que cae, de la eventualidad en el tono del alba y sobre todo del tiempo inconspicuo de lo vivo. 

La locura

Era muy de mañana cuando la cálida luz áurea alcanzo la mirada de Hölderlin y, por encima del horizonte que se dibuja a lo lejos, Helios cabalgaba frontal a su rostro, trayendo consigo la inmaculada inocencia del nuevo día. 

En un panorama así, solo podía dibujarse una sonrisa cargada de picardía en el rostro del poeta, y con los parpados que se cierran llenos de gracia, la imagen sobra, el gran acorde del mundo con su claridad todo lo alcanzaba. Si existe tal cosa como  la divinidad de esa gran bestia, seguramente no se revela en la vulgaridad de lo evidente. 

Silencio silenciante del mundo en su hoja cayendo

               Silencio.

Silencio roca, silencio cargado de espesura de luz

De las motas de polvo que hablan de nuestro tiempo.

Al abrir los ojos nuevamente y, tras un silencio prolongado en su espíritu, en el  pecho de Hölderlin un compás marcado por la brisa que entra y el aliento que sale, susurra en sus hombros el peso de la tierra que da forma a sus plantas y la bóveda que rige su alma. 

Y a seguir la marcha.

Pie derecho. Pie izquierdo. Inhala. En una columna de aire, el bosque. Pie derecho. Pie izquierdo. Exhala. En un raudal de vida, el poeta. 

El murmullo del mundo acompaña su andar en el camino que va formando al paso, y con la inocencia de un niño que juega en el jardín familiar, Hölderlin, reconstruye poco a poco el reino que habita hace ya un largo tiempo, desde que  la que la lucidez de sus pensamientos era soberana en el palacio de su razón. Qué ingrata es la tarea del poeta: escudriña, teje, construye andamios de viento sobre cimientos de agua, con la  única meta de alcanzar a comprender una sombra… fácil es buscar y fácil no encontrar

En la patética búsqueda se encuentra la potencia de un mito engendrado y escrito por las fuerzas que le preceden, y de la que es heredero involuntario. Disfruta, se revuelca en el mar de texturas, sonidos y aromas que la naturaleza presenta a sus sentidos; siente, pero en seguida mira; profundiza en lo que el mundo le dice a la cercanía de su cuerpo. Le son íntimos los colores fríos, a la sombra del alba, y el frescor del soplo que atusa la maleza que se arraiga al suelo, le habla en una caricia de los secretos púdicos encubiertos.  

¿Alguna vez te has estremecido, querido lector, al escuchar una verdad dicha a media luz, a la cercanía de tu oído, mientras el aliento encuentra en tu piel el alojamiento para descansar  el vaho?

El bosque se ha convertido en un cómplice que le abraza con la calidez de un soberano  benevolente caótico y frenético en su forma, pero generoso en su canto. 

Ahora, tras el mantra de la actividad que le ocupa, Hölderlin se reconoce en igualdad de condición pero diferencia de grado con el mundo, ese gran ente que le acoge caluroso en el seno del verbo divino que inspira y dirige, a través del soplo, la nave del espíritu poeta hacia las costas de la razón que se escapa a los límites que de otra forma estarían estrechos. 

¿Y qué te hace del mundo una diferencia con la enredadera? 

¿Y qué te es ajeno ahora del cielo, de la estrella que te guía y de la arboleda que te circunda? 

A medio día la afanosa luminiscencia.

El zenit a la sombra estremece.

Y sobre el orbe el gran astro, 

                                                con soberana inclemencia 

Rige. 

En el poeta un gran claro se anuncia,

Una maternal calidez le embelesa.

Y, en irónica paradoja, 

                                       la razón, 

                                                      un claustro.

El flujo que expande su pecho le es vital en sentido pagano y primitivo. Si la divinidad se encuentra en algún lado, seguro está en el verde viridian del pino, en el murmullo del viento entre las rocas y ahora también en su cabello; en la divinidad de la mirada que se engrosa como el follaje más joven de aquel roble. 

Oculta, en los laberintos de la percepción, se anida la realidad nunca heterogénea. 

Bajo la luz de la mirada atenta el mundo deviene maestro.

¿Qué devela? 

¿Qué cabe esperar? 

Con la naturalidad con que se extiende el brazo y la palma a contracara −para saber el tiempo, para medir el viento o para atrapar el aura del ocaso− el cielo muta; a gran velocidad su plumaje cambia, sienas, geranios, ocres y bermellones se ven mitigados por el pálido azul que minuto a minuto se ennegrece en el  cielo; infinidad de tonos advierten la inevitable oscuridad que, día a día,  todo lo abarca. La muerte del día deja a su paso el nacimiento aquel animal vetusto que de la abisal madriguera salta. 

El gran nervio expuesto, la dermis, la imperturbable frescura guarda. La noche en su misterio viste la integración de las partes, de la razón fragmentaria; con su llegada toda singularidad carece de importancia.

                                                 es arriba

                                     Como 

                                                                 es abajo   

Como la tragedia del cielo que muere, el poeta pierde sus límites en la negrura de la eternidad, la indeterminada dimensión del espacio sin horizonte, sin proporción cardinal le abarca hasta el divino tuétano. Ser, sin forma, que en la noche habita, en la espesura de la locura, en el vaivén de la razón, en el gris tormento de la incapacidad de traducción, en la multiplicidad de lenguas que encierran tras las palabras una verdad arcana, como el rugido de las olas que rompen en la oscuridad sagrada. 

Una

        y otra 

                  y otra 

                            y otra 

                                      y otra

                                                 y otra 

                                                           y otra

                                                                     y otra 

                                                                               y otra 

                                                                                         y otra 

                                                                                                    y otra

                                                                                                             y otra vez.

Contra la costa en percusión llana.

Lo que de la razón habla en lo nocturno se guarda en la memoria furtiva de los desvanecidos, de los que nos hablan póstumos desde un lugar que existe en el ayer y en el todavía. 

Oh, Noche, antigua y misericordiosa.

Que sea en ti toda la indefinida 

existencia que mi alma goza. 

Salida

Quién habría imaginado, oh poeta, que el peso de la certeza del mundo recaería sobre tu dorso res ahora tú, aquella colosal criatura que se yergue en la vertical de lo humano y lo divino. En el flujo donde se trenzan las voluntades, una alquimia original. Poeta y Mundo. 

Hablan de la vida que te inunda, plasma dorado, el tiempo de la roca y el aliento del árbol al que estás emparentado por el pulso y la vacuidad de tus pulmones, Friedrich.

Pero es el espacio de la memoria en la que habitas  la que hoy te habla, nada tan lejano al bosque que se eterniza en el recuerdo, como esta habitación  orbicular en la que te encuentras postrado en cuerpo pero no en alma. 

Aún el petricor, 

aún la resolana. 

Y la ráfaga intempestiva. 

Las que aún hoy te hablan.  

Brilla, diamante, y no te empaches del mundo, su canto y su llanto. 

Lapso de conciencia entre ilusiones.

Epílogo

Tras una gran lucha en el vaivén de su razón vagabunda, en 1807 Friedrich Hölderlin fue declarado enfermo incurable; el gran manto nocturno nubló los alcances de la razón, cegadas sus mientes tendrían algunos claros que se manifestarían en los interminables textos y poemas escritos durante los treinta y seis años de encierro en la torre que ofrecería como último lugar de descanso el ebanista Ernst Friedrich Zimmer, un entusiasta de su célebre Hiperión. Ese sería el destino del gran poeta que, por ver la luz, terminó postrado en la oscuridad, saturación de infinitos tonos. Deambular entre paredes un espacio infinito hasta el día que se consumió en la noche sagrada de la razón.