Oscar Wilde: océanos de estrellas, lirios azules y un gigante perdido

OUROBOROS / POR: AGLAIA BERLUTTI

Oscar Wilde esperaba con ansiedad las primeras críticas de El retrato de Dorian Gray unos días antes de su publicación, cuando ya la historia circulaba entre las manos de los primeros críticos. No estaba preocupado por los comentarios, ataques o el posible escándalo que podría desencadenar. Precisamente, quería saber qué tanto efecto había provocado el relato acerca de un hombre de exquisita belleza que no envejece mientras su retrato se vuelve el reflejo hórrido de su alma. 

Porque no se trataba solo del elemento sobrenatural — ue, por otra parte, no impresionaría demasiado ni a lectores o al mundillo literario inglés— sino por su provocador subtexto. Dorian no sólo era un joven de formidable belleza, tentador y acaudalado, sino también promiscuo, perverso, siniestro y un asesino sin escrúpulos. Como si todo lo anterior no fuera suficiente, también sostenía relaciones ambiguas y al menos inquietantes para la severa sociedad de la época con varios de los personajes de la trama.

Ya Wilde había tenido problemas con los correctores previos a quien había mostrado los capítulos, que insistieron en que la historia era “perversa”. Hubo rumores de que Wilde, conocido por su afición al escándalo, pero en especial, su predilección por la novedad narrativa y la polémica, había cruzado una línea invisible que inquietó a buena parte de sus lectores tempranos. Recibió una carta de uno de ellos, de quien jamás trascendió la identidad, que insistía en que debía “cuidar” de lo que la “obra revelaba sin incluso verdadera intención de hacerlo”. Pero Wilde se negó a escuchar a nadie. El escritor luchó contra la posibilidad de “cercenar” su obra. 

Aceptó apenas reformular algunas conversaciones, eliminar una vuelta de tuerca “tortuosa” de una de las líneas narrativas que describían la conducta “siniestra” de Dorian, pero en general, el texto llegó al público tal y como lo había imaginado. La novela se publicó como cuento el 20 de junio de 1890 en Lippincott’s Monthly Magazine, una revista mensual literaria norteamericana.

Para el escritor, era una aventura considerable porque hasta entonces, se le había conocido por obras como el drama Vera o los nihilistas (1880), su colección poética Poems y la obra de teatro La Duquesa de Padua. Una novela de ficción, que, además, tenía la intención de reformular el esteticismo en una dirección narrativa por completo nueva, era un tipo de osadía que sorprendió e irritó al mundillo literario londinense.

Pero, además, El retrato de Dorian Gray era mucho más que un relato con evidentes influencias góticas y una mirada renovada sobre lo estético como concepto central. Era también una historia ambigua y tan cerca del tabú que incómodo a sus primeros lectores, como también a buena parte de los periodistas que pudieron leer algunos de sus fragmentos antes que Lippincott’s Monthly Magazine lo incluyera en su selección. 

Dorian era en realidad un símbolo, una mirada a un tipo de influencia sobre la dualidad, los apetitos inconfensables y la dualidad de la moral. Lo que rodeaba al personaje, era en realidad, una búsqueda de placeres, muy concreta y casi obsesiva. Pero más allá de eso, también era una metáfora de cierta penumbra anterior, un espacio inquietante y en apariencia provocador, sobre la rígida sociedad victoriana.

Wilde parecía burlarse no sólo de la sociedad Londinense, sino de la condición misma del estilo de vida de la Inglaterra de su época. Lo hacía, además, de un personaje en apariencia encantador, que terminaba por convertirse en una criatura temible, un asesino desalmado, una criatura con apetitos misteriosos que se acercaba a la figura del vampiro sin serlo y se alejaba del habitual héroe o villano de la época, para crear algo novedoso y sin duda, peligroso. Dorian Gray comienza como un adolescente ingenuo, de extraordinaria y exquisita belleza, que termina por ser seducido por la vanidad, la codicia y el mal en estado puro. 

Como una nueva versión de Narciso, Dorian se enamora de su maldad y su oscuridad (su reflejo en el cuadro) y crea una extraña relación enigmática con la pintura que le capta en todo su esplendor. Era una reinvención del monstruo imaginado por Ann Radcliffe, pero mucho más tortuoso y extraño. Y por supuesto, encaminado a una satisfacción voraz de todo tipo de apetitos intelectuales, físicos y sin duda sexuales, sin importar qué tan ético y moral pudiera ser el tránsito hacia esa saciedad invisible.

Pero Wilde no estaba inquieto por la reacción pública. De hecho, ya en Londres era conocido por su vivaz conversación, pero, sobre todo, por su necesidad de crear controversia. El escritor disfrutaba del debate, de las insinuaciones, de ser una figura inclasificable en un medio amplio. Escribir El Retrato de Dorian Gray había sido un riesgo calculado. Uno que, además, tomó con toda la convicción —casi inocente— que su creciente fama podría ampararle. De modo que cuando las primeras reacciones inquietas y corrosivas comenzaron a llegar, Wilde escribió a uno de sus amigos para celebrar “la sacudida, la necesaria sacudida”. Pero lo que sin duda no podía imaginar, era la escala y la envergadura que su novela provocaría.

Todo empezó el 23 de junio, cuando El Daily Chronicle de Londres calificó a la novela de “inmunda”, “venenosa” y “cargado de los olores mefíticos de la putrefacción moral y espiritual”. Como si eso no fuera suficiente, el redactor anónimo parecía especialmente enfurecido por la descripción de Dorian, un joven efebo apenas adolescente, que “tenía toda la imagen de un ángel, pero el alma fétida de un demonio”. 

Para la publicación, el comportamiento de Dorian (que pasaba de la ingenuidad juvenil a la perversidad de un hombre anciano), era una especie de burla “definitiva y decidida de Wilde” sobre las costumbres y hábitos “de nuestro venerable Imperio”. Por último, insistía que la novela era una grotesca “deformación de los ideales ingleses” en referencia a que el exquisito Dorian, rápidamente caía en la tentación de perder su pureza y convertirse en una criatura depravada.

Wilde no contestó a la crítica (no solía hacerlo) pero escribió a su querido amigo Robert Ross, que le asombraba “la virulencia y la amargura” de un ataque “que parece dirigido exclusivamente a la belleza de Dorian”. Por supuesto, tanto el escritor como Robert, que había sido su amante años atrás, sabían que la reacción del periódico no tenía relación alguna con el personaje, sino con lo que se escondía en el trasfondo de la novela. Pero Oscar Wilde hizo lo que mejor sabía hacer: ignorar el ruido, mirar en una dirección nueva y celebrar su obra. La noche del 24 de junio, cenó con Ross, elevó copas por “el breve” escándalo de la novela y comentó a quienes le acompañaban, que era “un tanto ridículo las heridas que la belleza podía causar”.

Dos días después, el St. James Gazette llamó a la novela “desagradable” y “nauseabunda”. De hecho, el periódico dedicó un largo artículo para analizar “los terrores escondidos en la narración” y añadió que se trataba de historia que bien podía ser concebida como una provocación “legal, moral y espiritual” que representaba los “más sórdidos secretos de Londres”. Fue la primera publicación en hacer insinuaciones a la llamada “segunda vida” de Oscar Wilde, los rumores sobre sus compañías masculinas, sus visitas a hoteles y sus amistades “inseparables” con jóvenes espléndidos “sospechosamente parecidos al inocente Dorian Gray de la novela”. El periódico insistió en al menos dos oportunidades más, lo peligroso que resultaba que una novela semejante “no recibiera un merecido castigo o al menos, una reacción pública”. Esa noche, Wilde envió una nota a Ross, en la que confesaba encontrarse un poco “inquieto por la reacción”.

Pero la nota que sería recordada después como el principio de la tragedia que esperaba a Wilde en apenas cinco años, sería el análisis que publicaría la revista Scots Observer que indicaba que, aunque el crítico consideraba que El retrato de Dorian Gray era una obra con una enorme calidad literaria, era quizás, por el mismo motivo, una trampa. Una peligrosa, que amenazaba la respetabilidad de la Londres victoriana y cuyo contenido debía ser revisado de inmediato por el “Departamento de Investigación Criminal de Scotland Yard o una audiencia a puerta cerrada”. 

Pero lo más preocupante es que, añadía, casi al final de la crítica (que en realidad era una colección de insultos contra Wilde) que la narración correspondía en realidad a “los nobles proscritos y telégrafos pervertidos”. La alusión no era en absoluto casual: meses atrás, un considerable escándalo había sacudido a Londres, cuando en Cleveland Street, la policía descubrió el funcionamiento de un burdel de hombres.

La revista dejaba claro así que no había duda del subtexto en la novela, pero aún más preocupante, que conocía el comportamiento ilícito de Wilde. Ya para entonces, había rumores frecuentes e insistentes sobre su constante compañía masculina, sobre algunas situaciones en concreto que dejaban claro su “persistente indecencia” pero en particular, su intención de llevar “sus espantosos hábitos” a la juventud londinense. 

El retrato de Dorian Gray se convirtió en la puerta abierta hacia la oscuridad. Pero Wilde todavía no lo sabía. Incluso después de la directa mención a su orientación sexual, escribió una nota a su madre para burlarse del tema. “La belleza y la moral no siempre pueden ir de la mano” dijo, en una burla directa al artículo. “Y yo he cometido el pecado de relacionar ambas cosas”. Había hecho más que eso. Había dejado claro la naturaleza de sus apetitos, la vulnerabilidad de su posesión. La inquietante percepción de un desastre inminente.

El lento recorrido a la oscuridad viva

Se cuenta que incluso la mecanógrafa que transcribía con frecuencia las obras de Wilde, se negó a copiar en limpio el primer borrador El retrato de Dorian Gray por su contenido homoerótico. También que Wilde llegó a presumir que la obra era sin duda “una mirada a su mundo interior. De sus personajes, confesaría que eran fragmentos de su visión del mundo, partes elaboradas de su pensamiento y su postura ante el mundo. “Basil Hallward es lo que creo que soy. Lord Henry lo que el mundo piensa que soy. Dorian lo que me gustaría ser, en otras épocas, tal vez”.

Wilde terminó su obra cuatro meses antes de enviarla a norteamérica. El texto original era inequívoco de sus intenciones de revelar su recorrido interior hacia un tipo de sinceridad que podía amenazar su carrera e incluso, su libertad como ciudadano. Pero a Wilde le importaba muy poco la posibilidad. Tanto como para negarse a cambiar ninguna palabra a pesar de las tímidas críticas de sus cercanos e incluso una carta de Ross, su amigo más antiguo. Sin pensarlo de nuevo, envió la novela por correo y “simplemente dejó de pensar en eso” confesaría a su esposa, Constance. 

Incluso ella, que por buena parte del tiempo había escuchado rumores sobre su marido, que se había enfrentado a ellos como mejor había podido, que había atravesado la vergüenza de habladurías dolorosas sin atreverse a creerlos, intentó explicar a Wilde que la novela no era “de ningún modo inocente”. Pero el escritor, ajeno a razones, se irritó por la “poca imaginación” de quienes criticaban su novela, pero en especial su poca “osadía”. De modo que escribió una carta ingeniosa para calmar a Ross, llenó de amorosos versos a Constance y envió el paquete a norteamérica. Constance diría después, que esa noche, compartieron una cena tensa y pesarosa. “El preludio del desastre”.

Una vez en las oficinas de Lippincott en Filadelfia, el editor Joseph Marshall Stoddart se sorprendió (aunque no se escandalizó en exceso) por la novela. Pero con su fiero ojo de comerciante, no tardó en dejar claro algo concreto: un relato escrito para un público “especial” jamás se vendería. De modo que, aunque aceptó la mayor parte de la obra sin tachaduras, sí insistió en que debía cambiar lo “obvio”. En realidad, Stoddart le exigió depurar a la novela de las insinuaciones muy “evidentes”, lo que incluía una conversación entre el aristócrata Lord Henry (encarnación del hedonismo y la perfidia) y el pintor Basil Hallward, autor del retrato que brinda su nombre al libro, en la que era inequívoco una relación previa entre ambos.

También, hizo suprimir una escena concreta entre un coqueteo entre Dorian y un desconocido, en un ritual lento y deliberado bien conocido por los hombres gays de por entonces. Stoddart explicó, sin más, que no tenía “inconvenientes con las discusiones y el final trágico”, pero prefería concentrarse en la “situación crítica” que en “las pequeñas insinuaciones al borde”. Wilde tardó casi tres semanas en contestar, pero al final, aceptó hacerlo.

La historia original tiene al menos cincuenta mil palabras y guarda la misma estructura que hizo famoso el libro antes y después. Lord Henry, un aristócrata pérfido y diabólico, convence a su amigo Basil Hallward de presentarle al modelo de una de sus mejores obras: el retrato espléndido de un joven de una belleza tan formidable que sorprendió al en apariencia, mundano y burlón personaje. El pintor se niega, pero al final accede.

El encuentro entre Lord Henry y Dorian lleva de inmediato al desastre. El modelo de Basil es una criatura en apariencia frágil e inocente, educado a puertas cerradas en una vieja mansión. Con una perversidad casi diabólica, Lord Henry le seduce a través de un poderoso y cuidado análisis sobre el hedonismo que culmina con una frase que haría historia: “La única manera de librarse de una tentación es ceder a ella”.

Por supuesto, la novela toma todos los elementos de lo sobrenatural en la mera insinuación que la pérdida de la inocencia de Dorian, atrae un tipo de magia misteriosa en la que Wilde no profundiza, pero sin duda, tiene relación con las creencias paganas de su oriunda Irlanda, sobre la magia élfica que nace de situaciones en la que el deseo sobrepasa la razón. Y es entonces, cuando los cambios exigidos por Stoddart comienzan: en la versión original, Dorian comienza a transformarse en un monstruo extravagante, una criatura de asombrosa belleza, cristalizada en una intención perversa y una serie de deseos ambiguos, que los personajes a su alrededor se encargan de satisfacer. 

En la versión publicada, Wilde debe reprimir el lento tránsito de Dorian a una criatura ávida y sin escrúpulos. En la original, la percepción sobre su necesidad de ser amado, de amar “y cruzar las finas líneas invisibles” que le mantienen confinado, son inmediatas. Wilde se tomó como un reto reescribir con una meticulosa revisión de su prosa. El resultado es asombroso. La obra pierde su carácter eminentemente provocador y se convierte en otra cosa, en algo más elaborado, temible y angustioso que logró sostener una historia temible que desconcertó a buena parte de los lectores de su época.

“La esencia del mal es delicioso” dice Lord Henry en la versión original. Un anuncio de lo que El retrato de Dorian Gray anunciaba en la vida de Oscar Wilde.

La gloria fatua de la belleza

El retrato de Dorian Gray no escandalizó a norteamérica, que leyó la historia con cierta sorpresa, pero sin especial interés. En Inglaterra, la sacudida fue total y no se limitó a las insinuaciones de la prensa. Hubo una verdadera batalla dialéctica en bares y restaurantes, periódicos y editoriales, de modo que Oscar Wilde se vio en la necesidad de recrear la historia desde otro ángulo. La purga de la historia la convierte en una historia tétrica, elegante y profunda, en la que se suprimen todo contacto entre personajes masculinos. 

Dorian se vuelve tétrico en toda su sublime belleza y Lord Henry, la voz inquieta de la tentación. Pero mientras la obra publicada en norteamérica refleja lo que el escritor llamó “las emociones y los placeres de una vida despiadadamente estética, sino también sus límites y peligros”, la inglesa es una fábula oscura que en realidad despertó más suspicacias que admiración.

De hecho, en Inglaterra el debate no tuvo relación alguna con la condición monstruosa y vampírica de Dorian, sino de su cualidad como corruptor de la moral victoriana. Lo que más escandalizó a Londres fue la persistencia de la idea que Dorian, era el reflejo de la conducta peligrosa de Wilde, como escritor y figura pública. Se publicaron las conversaciones de Basil y Dorian, en la que el pintor le reclama sus pecados “Estaba ese chico desgraciado de la Guardia que se suicidó. Tú eras su gran amigo. Estaba Sir Henry Ashton, que tuvo que salir de Inglaterra, con un nombre empañado. Tú y él eran inseparables”. 

Durante los dos juicios de Wilde cinco años después, ese diálogo fue utilizado para demostrar que El retrato Dorian Gray era un horror literario que excedía la tolerancia de la época, un “libro sodomítico” inquietante. André Gide diría después que el libro mostró el verdadero rostro de Wilde y dejó claro que amaba a los jóvenes. “Pero eso no le llevó a la cárcel” dijo el escritor “sino porque hacía alarde de ese amor, y Dorian Gray se convirtió en la principal muestra de esa noción sobre la verdadera naturaleza de Wilde”. Pero para 1890, Wilde estaba asombrado por lo que había ocurrido, imbuido de profundo orgullo por su osadía y a un paso del desastre. Al año siguiente conocería a Lord Alfred Douglas y cruzaría la línea que le separaba de la vida que había conocido hasta entonces, hacia una catástrofe inimaginable de la que no llegaría a recuperarse jamás.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.