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Foto Félix Prado en Unsplash

HOSPITAL INCURABLE / POR: ADRIÁN LOBO

Quizá alguna persona que por misteriosas razones haya leído estas humildes líneas hasta este punto podría pensar en algún momento que en el hospital sólo pasan cosas desagradables. No es así. Hay un episodio que me gusta relatar que me parece un ejemplo de tenacidad, de esfuerzo y lucha propositiva. Pero antes debo plantear algunos conceptos.

1.- La práctica llamada outsourcing o subcontratación, ahora por fin y justamente desaparecida. No me parece mala per se, pero en este país se ha utilizado largamente en forma perversa. Si el marco legal que la regulaba se hubiese planteado de manera que sirviera para verdaderamente impulsar la economía, favoreciendo aspectos como productividad, competitividad y el bienestar de los trabajadores, el panorama habría sido mucho mejor y no habría sido mal utilizada como lo fue, sirviendo a los patrones para evadir sus responsabilidades e incrementar sus ganancias.

2.- La llamada “universalización de la salud”, que la verdad no sé en qué terminó. En teoría era positivo. Por ejemplo: He visto qué tan saturado podía estar el servicio de urgencias en el hospital Presidente Juárez del ISSSTE. Se llegó a un grado tal, que el área que ocupaba inicialmente una sala de espera tuvo que ser utilizada para instalar más camas para los pacientes y la mencionada sala pasó a ocupar un pasillo en el exterior del edificio. Eso hasta antes de las más recientes remodelaciones. Ante esa situación no parece mala idea permitir que un ciudadano pueda ser atendido en cualquier institución de salud sin necesidad de ser derechohabiente. Sin embargo, nuevamente el manejo, la orientación de estas medidas termina por desvirtuar las posibles bondades de esas reformas y lo que se vislumbraba -o anticipaban muchos críticos- era su utilización con fines oscuros en detrimento de la situación laboral de los trabajadores. 

El episodio que, finalmente, quiero relatar va como sigue:

Ya sabemos que una de las áreas con las que cuenta este hospital, como cualquier otro, es la lavandería. Una cierta simpatía me une a los compañeros de esta área porque mi bisabuelita lideró la incursión de nuestra familia en el hospital trabajando precisamente en la lavandería. Ingentes cantidades de sábanas, batas, uniformes quirúrgicos, compresas, campos, etc. se lavan ahí. 

Su personal constantemente está recorriendo los servicios para recoger la ropa sucia y llevarla a lavar. Una vez que está lista, realizan el recorrido inverso, llevándola a dichos servicios después de que ha salido de la secadora y la han doblado. Puede parecer una labor sencilla, pero es de gran importancia. Si la actividad de esa área se detiene, las labores en la mayor parte del hospital se complican. 

Y es que se tiene como política, por ejemplo, cambiar tantas veces como se requiera las sábanas de las camas de los pacientes que se encuentran hospitalizados, aunque debo decir que no siempre se hace debido a exceso de trabajo, ya sea real o empleado únicamente como excusa. Pero en general las enfermeras no toleran una cama con las sábanas mojadas por cualquier líquido, de origen conocido o no, ya no digamos manchadas. 

En cada intervención quirúrgica se utiliza un juego de ropa que contiene campos, batas, fundas y demás (a esto las enfermeras lo suelen llamar simplemente “bulto de ropa para cirugía general») que por supuesto una vez que se utiliza pasa a la lavandería. Hay que considerar que no es precisamente la ropa de unos niños que salieron a jugar al parque la que se procesa. 

No es raro que aparezcan por ahí toda clase de sanguinolentas sorpresas, jeringas, material de curación variado y hasta piezas de instrumental quirúrgico. La mayor parte del tiempo los compañeros que trabajan ahí tienen que utilizar para su protección gruesos guantes de hule y una mascarilla.

Pues bien, hubo una ocasión en que las grandes secadoras con las que se contaba se descompusieron. Supuestamente no había dinero para repararlas y ni pensar en comprar unas nuevas. Entonces alguno de esos genios malvados que abundan en el gobierno, como muchas veces ocurre, vio una gran oportunidad de hacer negocios. La gran idea fue subcontratar el servicio de lavandería. 

Hicieron los arreglos para que el personal de una empresa pasara a recoger la ropa y la llevara a sus instalaciones para devolverla una vez que quedara limpia. Por un tiempo la treta funcionó. Pero, como decía un amigo, “la verdad siempre sale a relucir”, y se supo que el costo de este servicio era exagerado hasta lo escandaloso y, además, se empezaban a escuchar rumores sobre que se tenía la intención de desaparecer la lavandería del hospital. 

No tardaron en reaccionar los compañeros lavanderos (como les llamo afectuosamente) y tomaron medidas ante la posibilidad de quedarse sin trabajo, entendiendo que no había dinero para comprar las máquinas necesarias pero sí para que se lo robaran.

Su acción, según mi particular visión, fue ejemplar: se pusieron a trabajar. Nada de huelgas, ni suspensión de labores (porque no lavaban pero seguían movilizando la ropa por el hospital), nada de toma de oficinas tampoco. Lo primero que hicieron fue dejar de entregar la ropa a la empresa y volver a lavarla ellos mismos. 

¿Y el proceso de secado? Pues entendiendo que el empleo de las secadoras es únicamente para ahorrar tiempo, volvieron a lo básico. Así que llenaron una pequeña área exterior que se encuentra justo detrás de la lavandería con… tendederos. Así es. Estos compañeros dieron una gran lección a más de uno. No quisieron ser parte de un acto de corrupción, se negaron a ser dejados de lado por la institución y sus malos manejos, defendieron su empleo con gran dignidad mientras lavaban la ropa del hospital y literalmente limpiaban el cochinero en que los querían meter. A eso le llamo un juego limpio.

Aclaro que no cuestiono en ningún momento la legitimidad de la protesta social, no deberíamos callar ante las injusticias, no deberíamos solapar a funcionarios corruptos ni permanecer impasibles ante los abusos, omisiones, imposiciones y demás malas acciones de los funcionarios de todos los poderes y de todos los niveles. Pero sí cuestiono algunos métodos. 

Yo no creo que a ningún funcionario llámese gobernador, senador, diputado, secretario de gobierno, presidente municipal, regidor, etc. le importe que un grupo de personas, que legítimamente pueden estar inconformes por alguna razón, cierren la circulación en calles de la ciudad volviéndola un caos. A ellos no les afecta, ni en lo más mínimo. Incluso muchas veces ni siquiera están en la ciudad, seguramente. Y si acaso se encuentran en ella tampoco les afecta en nada el hecho de no poder ir de un sitio a otro. 

Total, en donde se encuentran seguramente están muy cómodos. No necesitan salir realmente. Incluso podrían pasar días enteros ahí y no pasaría absolutamente nada. Los afectados somos los ciudadanos, los trabajadores, los que sí necesitamos movilizarnos y llegar a trabajar, porque nosotros sí tenemos que ir a trabajar, a recoger a los niños a la salida de la escuela, a clases o a algún otro lugar. 

Los empresarios de todos tamaños tampoco pierden. Simplemente ese día no se lo pagan a los trabajadores —o aplican el clásico descuento por el retardo— porque el negocio no podrá abrir o los empleados que puedan llegar lo harán muy tarde. 

¿De verdad no hay otros métodos? Ya he dicho que no soy ningún ejemplo (al menos no uno bueno), pero sí puedo mencionar que he participado con toda la convicción en algunas protestas que no han resultado en grandes afectaciones a mis conciudadanos. Todos tenemos derecho a manifestarnos y hay mejores maneras de hacerlo que con bloqueos, creo yo. 

Pero no me haga mucho caso, ya se sabe que mis ideas no son las más brillantes, además ni siquiera estoy seguro de que la mayoría de los bloqueos que padecemos en Oaxaca sean legítimamente ciudadanos y no resultado de juegos políticos de presión y chantaje, y tampoco estoy de acuerdo con criminalizar la protesta social, sólo pido un poco de creatividad y más respeto a los conciudadanos.

Se me ha ocurrido a veces que un buen horario para los bloqueos sería, por ejemplo de 3 a 5… de la mañana. Lo que se busca es llamar la atención, ¿no es así? De esta manera claro que sería llamativa cualquier protesta. ¿Y qué tal una marcha de 2 a 4 a.m.? Una manifestación así hasta sería de agradecerse, ganando, además de notoriedad, la simpatía de los conciudadanos. Sólo es cuestión de ponerle ingenio al asunto, lo cual nos gusta decir que a los mexicanos no nos falta, ¿y entonces?