
DE UN MUNDO RARO / Por Miguel Ángel Isidro
México se encuentra a escasas tres semanas de la celebración de los comicios que marcarán técnicamente la primera mitad del presente sexenio, un proceso que anticipa resultados complicados.
No se trata solamente de los aspectos técnicos, logísticos, organizativos y legales que involucran a ésta elección, desde hace tiempo calificadas genéricamente como “la elección más grande de la historia” por la inédita cantidad de cargos en disputa; también porque éstos comicios se celebran bajo un clima de polarización social nunca antes registrado en la historia contemporánea del país.
Claro que cuando hablamos de polarización no solamente lo hacemos en términos retóricos. Tradicionalmente, la elección de mitad de sexenio se marca como un termómetro de la aprobación del presidente en turno, y representa además el disparo de salida para la sucesión presidencial.
Aunque parezca un poco prematuro y fuera de lugar advertirlo, todo pareciera indicar que el presidente Andrés Manuel López Obrador y su Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), lograrán mantener una posición mayoritaria en el congreso federal; sin embargo, las nuevas disposiciones aprobadas en abril por el Instituto Nacional Electoral (INE) para evitar la sobrerrepredentación evitarán que con la suma de sus aliados, el proyecto político del mandatario obtenga mayoría absoluta. Con ello, las fuerzas opositoras a la 4T -en este momento concentradas bajo las siglas del PRI, PAN, PRD y Movimiento Ciudadano, salvo lo que resulte de la permanencia de sus registros después de los resultados electorales- habrán obtenido en el escritorio una victoria que difícilmente podrían convalidar en las urnas.
De ésta manera, al presidente López Obrador se le presentan dos importantes retos para la segunda mitad de su mandato: tejer fino en la parte legislativa para no caer presa de eventuales chantajes de sus opositores en el jaloneo parlamentario, y operar de manera discreta, pero eficiente a sus intereses en la inevitable sucesión presidencial.
Por supuesto que todo esto entra en el terreno de lo ideal. En los hechos, lo que estamos viendo es al propio presidente, a una importante parte de los funcionarios de los tres niveles de gobierno, a todos los gobernadores y alcaldes prácticamente metidos hasta las narices en el proceso electoral; todos ellos tratando de llevar agua al molino de sus respectivos partidos, corriente o secta. Y todos, absolutamente todos los partidos están involucrados en mecanismos de compra de voto, a través de programas oficiales, tarjetas, artículos utilitarios, apoyos en líquido o en especie, en fin, todo aquello que la ley proscribe, pero que en los hechos resulta imposible monitorear a cabalidad. Las prácticas anquilosadas de cooptación del voto que en la letra se supone son cosa del pasado… gozan de cabal salud.
Hasta el momento, campañas y candidatos han sido una pléyade de mediocridad, mal gusto y ocurrencias de toda índole. Basta con seguir la cuenta de Instagram de nuestro director, el periodista Arturo Rodríguez, para atestiguar cómo la presente temporada de campañas nos regalan estampas que van de lo sublime a lo ridículo.
Hay que decirlo con todas sus letras: la oposición al proyecto de López Obrador y su Cuarta Transformación han desperdiciado miserablemente la primera mitad del sexenio. Porque a pesar de sus múltiples yerros y contradicciones, el Presidente ha logrado mantener un discurso, una idea de lo que se supone es su proyecto político y de gobierno. Las fuerzas opositoras se han quedado en la crítica, sin presentar propuestas o un programa integral que genere un marco de referencia o comparación con lo que es el actual régimen. Y eso se debe a que ni en los estados ni en los municipios que mantienen gobernados bajo sus siglas se ha generado ningún modelo exitoso. Lo suyo es oponerse por sistema.
Sin duda alguna, existen muchas mexicanas y mexicanos que no se sienten representados por la 4T, pero muy seguramente tampoco están encontrando opciones atractivas o claras en el resto de la baraja política.
En términos llanos, la oposición tampoco ha sido capaz de construir liderazgos que pudieran entrar con fuerza a la competencia por la sucesión presidencial en 2024.
Resulta auténticamente patético que figuras como Diego Fernández de Cevallos, Porfirio Muñoz Ledo, Felipe Calderón o Vicente Fox sean quienes den rostro a la réplica y contrarréplica al actual régimen. El debate político se trasladó al terreno geriátrico, mientras los jóvenes políticos andan haciendo el ridículo con cancioncitas babosas, frases ocurrentes o meneando las nalgas para un video en TikTok. Valiente futuro nos depara con semejante camada de politicos y políticas idiotas.
Todo pareciera indicar que la verdadera lucha por la sucesión se desarrollará en la cancha de Morena y sus distintas corrientes. Por lo pronto dos de sus principales prospectos, el canciller Marcelo Ebrard y la jefa de Gobierno de la Ciudad de México Claudia Sheimbaum tendrán que buscar la manera de salir bien librados del expediente aún abierto- aunque magistralmente minimizado por el Presidente- de la tragedia provocada por el derrumbe de un paso elevado en la Línea 12 del Metro de la CDMX el pasado 3 de mayo, con la relativa ventaja que representa para la gobernante capitalina tener bajo su jurisdicción las indagatorias del percance. Todavía habrá muchas piezas moviéndose en el tablero durante lo que resta del sexenio.
Total, que a tres años del inicio del actual régimen, pareciera que el estado de las cosas bastante poco se ha movido; seguimos viendo campañas con discursos, tácticas y personajes de una época que creíamos ya haber superado. Esperemos que la segunda mitad del sexenio no resulte solamente una insoportable prolongación de este poco memorable episodio en el limbo.
Y sobre todo, porque asignaturas tan importantes como la violencia criminal, la pobreza y la corrupción siguen estando ahí, como el dinosaurio del cuento de Monterroso, presentes en cada despertar.
Veremos y comentaremos.
Twitter: @miguelisidro
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