Abuso sexual en la infancia: más allá del horror

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“Hay algo más que la rabia, algo más que la tristeza, 
algo más que el terror. Hay esperanza.”
—Edith Horning, sobreviviente de 46 años. 

(El coraje de sanar: Guía para mujeres supervivientes de abuso sexual, 1995)

Por: Majo Soto

Abuso sexual en la infancia (ASI)

Querétaro es de los estados con más casos de abuso sexual en la infancia (ASI), lo acompañan Tlaxcala y Chihuahua. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico declaró que, a nivel internacional, México es el país que encabeza la lista de denuncias por pederastia con un promedio de 5.4 millones de casos al año. 

Según los datos de la Fiscalía General de la República, también es primer lugar “en la difusión de pornografía infantil a través de Internet”, delito que incrementó en un 80% durante el confinamiento por la pandemia de COVID-19. 

La información brindada por el Gobierno de México define que el abuso sexual en la infancia (ASI) sucede cuando una persona de la misma o de mayor edad exhibe sus genitales ante un menor, obliga a un niño o una niña a tener cualquier tipo de contacto sexual, a ver o realizar contenido pornográfico. De acuerdo con el Senado de la República Mexicana, se considera abuso infantil cuando la víctima es menor de 18 años. 

¿Y qué pasa con las infancias después de que son violentadas sexualmente? ¿Es posible que sanen esa herida? Mar, de 19 años, no duda en responder, “si no fuera posible no estaríamos hablando”.  Ella fue violada durante años por su tío, su cuerpo comienza a temblar cuando hace el recuento de los daños: “Tuve bulimia, crisis de ansiedad, depresión, desbordaba estrés postraumático, no podía dormir por las pesadillas y planeé mi suicidio. Pero… no, no me gusta enfocarme en el horror, hay más que eso”.

Romper el silencio, entre la vergüenza y el orgullo

En un escenario ideal, cuando un menor le cuenta a un adulto de confianza que sufrió de una agresión sexual, lo primero que debe hacer el adulto es creerle, brindarle apoyo, hacerle saber que lo que sucedió no fue su culpa e iniciar un tratamiento psicológico e incluso, de ser posible, un proceso legal. 

Sin embargo, los infantes pueden verse envueltos en un contexto familiar violento y hablar sobre la agresión los expone a sufrir de más abusos. O bien, puede que sean silenciados, que el tema se censure y los obliguen a esconderlo, a actuar como si nada hubiera sucedido. De esta forma, los niños aprenden a guardarlo en secreto. 

“El silencio es dolor, desgaste y sufrimiento”. Joana fue abusada sexualmente por miembros de la iglesia a la que asistía y actualmente se encuentra en proceso legal. 

“Es mortal (…), fingir que nunca fui agredida y que nunca me dolió fue mortal”. Montse fue violada a la edad de 15 años.

“El silencio es algo que he tenido que llevar por vergüenza”. Mónica fue abusada sexualmente a la edad de 4 años, “mi mamá me brindó atención psicológica y todo, pero siempre me invitaba a no hablarlo”. 

El silencio también puede venir de la confusión, pues muchos de los agresores sostienen un lazo familiar o de confianza con las víctimas, esto hace que los menores se sientan confundidos, lleguen a normalizar la situación y perpetúa el silencio. De igual manera, si hubo amenazas o seducción, los infantes se sienten avergonzados y culpables. 

“Yo no recuerdo que hubiera amenazas, tampoco violencia, como golpes o insultos. Él me decía que eso era amor”- Mar. 

Las psicólogas Ellen Bass y Laura Davis, autoras del libro El coraje de sanar, explican que romper el silencio es una de las primeras etapas en el proceso de sanar. Poder hablar de lo sucedido con una persona de confianza que esté interesada en escuchar y apoyar es un paso muy importante para las y los sobrevivientes. 

Al romper el silencio se comienza a dejar atrás la vergüenza, se comienza a reconocer y asimilar el abuso. Permite que se puedan formar relaciones afectivas fuertes, compasivas, solidarias y honestas. Y, lo más importante, la o el sobreviviente se siente orgulloso y fuerte, tiene la posibilidad de ayudar a prevenir a otros niños y de convertirse en un modelo de supervivencia para otras víctimas. 

“El silencio es el poder que él tenía sobre mí y ya no lo tiene más”- Mar.  

“Cuando lo conté por primera vez sentí miedo por no saber qué iba a pasar, también vergüenza, pero alivio”- Concepción. 

“Antes de romper el silencio, mi vida era llorar sin razón aparente. Gracias a que pude romperlo pude iniciar mi camino a la recuperación”- Mariana G y sus dos hermanas fueron abusadas por su hermano mayor, bajo la complicidad de sus padres. 

“Comencé a platicarlo con mis amistades, con personas que genuinamente consideraba cercanas (…) haber sanado un poco y rodearme de ambientes menos violentos me ha alentado a hablar”- Montse. 

“Yo rompí el silencio después de que en una marcha feminista vi un cartel que decía las infancias no mienten. Primero fue romperlo conmigo misma, después lo rompí con mis amigas, dándome cuenta de que ellas también habían pasado por situaciones de abuso”- Mónica. 

“Principalmente sentí miedo, pensaba qué tal y llego a tener represalias por parte de la familia del agresor. Al igual, sentía un gran alivio, pues tenía un nuevo comienzo y una nueva oportunidad de vida. Felicidad porque ya no iba a callarlo más días y sería un testimonio más de supervivencia”- Mariana C. 

La carga de la culpa

Uno de los sentimientos más recurrentes en las víctimas de abuso es la culpa. Bass y Davis exponen que esto sucede por diversos motivos. A algunos sobrevivientes se les dijo explícitamente que ellos eran los culpables, otros fueron castigados cuando decidieron hablar o se descubrió el abuso, fueron acusados de mentirosos, les hicieron creer que tenían responsabilidad o control de si sucedía o no la agresión.

“Yo sabía que era una niña, que no lo pedí ni lo provoqué, pero me sentí culpable. Creo que fue porque me gustaba ir a la casa de esta persona y porque le tenía cariño”- Mar. 

El que los niños busquen afecto y atención es completamente normal, no son culpables por buscar al agresor, no son malos por aceptar obsequios y no son sucios por disfrutar de dicha atención. 

“Recuerdo que me compraba todo lo que yo quería. Y, pues ¿a qué niña no le hubiera gustado eso? Me consentía y esa era la dinámica por la cual se aseguraba de que yo mantuviera silencio”- Mar. 

Hay sobrevivientes que durante la agresión sintieron mucho dolor o se disociaron e insensibilizaron su cuerpo; mientras que otras personas pudieron haber sentido placer sexual o sensaciones agradables. Bass y Davis explican que “toda nuestra fisiología está destinada a producirnos placer cuando se nos toca sexualmente. Esas son las reacciones naturales del cuerpo, sobre las que no siempre tenemos control”. Por lo tanto, tampoco es motivo de vergüenza, pues sucede más a menudo de lo que se piensa. 

“Creo que lo que todas y todos los sobrevivientes de abuso sexual deben no solo concientizar que no fue su culpa porque eran niños y ni siquiera sabían qué estaba pasando, sino también depositar la culpa en quien debe cargar con ella: el agresor”- Mar. 

“El feminismo me agarró de la manita y me llevó a limpiar la herida con alcohol hasta que ardiera, pero también hasta darme cuenta de que no fue mi culpa (…). Eso, hoy me posibilita decir que Alberto me violó cuando tenía 15 años y me contagió de VPH. Y que hoy ningún hombre me va a volver a tocar sin que yo quiera”- Montse. 

El escudo de la memoria

Entre las repercusiones de sufrir el trauma de un abuso sexual destaca el estrés postraumático, el cual principalmente afecta a la memoria, la mente activa, lo que se puede denominar como mecanismos de defensa. Los psicólogos José Boyano y Marina Sánchez, con base en su investigación sobre ASI y la memoria, postulan que debido a que los niños son incapaces de comprender lo que les está sucediendo, puesto que es un adulto imponiéndoles la sexualidad adulta, la respuesta de su cerebro es no recuperar los recuerdos o los detalles de la agresión.  

Hay sobrevivientes que pueden recordar los episodios más dolorosos, pueden nombrar los detalles, hacer una reconstrucción de las agresiones. “Hasta me parece extraño acordarme de todo con puntualidad, porque fue un trauma gigante”- Montse. 

También es posible que se recuerden los hechos, pero que estas memorias no estén acompañadas de sentimientos como el terror, dolor, la tristeza o el miedo. En el libro El coraje de sanar se explica: “no hay maneras correctas ni equivocadas de recordar. Es posible tener todos los recuerdos o solo uno. (…) Otras veces los recuerdos vienen poco a poco, a trocitos”. Daniela, quien fue abusada reiteradamente por su hermano mayor, dice: “Yo recuerdo que sucedió cuando tenía 7 años, pero pudo empezar antes, solo que no recuerdo más”.

“Una vez una psicóloga me dijo que no podía trabajar en el abuso si no podía recordarlo. Pero no es cierto, no necesito los recuerdos ni para odiarlo ni para sanar”- Mar. 

Terapia para florecer

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Asistir con un terapeuta calificado o experto en el tema es un paso que todo sobreviviente debería dar. La terapia puede convertirse en un lugar seguro, en una persona que está dispuesta a escuchar, sostener, apoyar y ayudar a sobrellevar el trauma. 

“Haber escuchado de la voz de mi psicóloga que todo el mundo alrededor mío la cagó cuando fui agredida me dio un respiro enorme. Y cada que me vuelvo a frustrar y ‘recaigo’ me ayuda y me saca de ahí”- Montse. 

No obstante, la terapia no siempre suele ser algo agradable, puede ser incómoda, tocar temas difíciles, complejos e incluso se puede llegar a sentir que ir al consultorio es lo más tortuoso del proceso.  

“El psicoanálisis es sumamente duro, es muy doloroso. Es entrar a un bosque a mitad de la noche y sin linterna. Es ver la parte más oscura de ti, pero también la más luminosa (…) al final pude salir del bosque brumoso, ver la luz y construir mi propia linterna”- Mariana G. 

Los procesos terapéuticos son lentos y pueden profundizar en las heridas que más duelen. Es importante saber que un terapeuta no tiene por qué atacar, revictimizar o crear un lazo de codependencia con el paciente. Cuando una terapia está siendo efectiva, el paciente debe sentirse comprendido y poder reconocer sus logros y avances, por más pequeños que sean. 

“El tomar terapia me ayudó bastante, encontré el amor propio y pude salir de aquella oscuridad en la que me encontraba. Retomé proyectos, comencé a salir al mundo sin miedo. Comprendí que no tenía la culpa de lo sucedido, ahora con seguridad puedo hablar y ya no hay dolor como antes”- Mariana C. 

Redes de apoyo: el proceso de acuerpar

De acuerdo con la información recuperada del Consejo Ciudadano de la Ciudad de México, los principales agresores están dentro de la familia. Con base en los porcentajes, la mayoría de ellos son abuelos y padrastros (30%),  le siguen los tíos (13%), padres biológicos (11%), primos (10%) y hermanos (3%). De igual forma, los vecinos (8%) y maestros (7%) también son victimarios. 

Los ojos de Velia comienzan a cristalizarse antes de que la primera pregunta sea hecha. Las primeras emociones que surgieron en ella cuando se enteró de que su hija había sido abusada sexualmente fueron tristeza, enojo, decepción y desesperación ante no saber cómo ayudarla. “Habíamos oído hablar de este tema, pero jamás pensamos que a nosotros nos pudiera pasar”, dice Oscar, su esposo. 

“Antes de esto, yo no sabía lo grande que es el abuso dentro de la familia”, Velia se limpia el rímel corrido, “lo que hicimos nosotros fue brindarle la ayuda que necesitaba, por encima del enojo y el querer justicia lo principal fue y es su bienestar”. Oscar dice que no sabe por qué pasan estas cosas y, sobre todo, por qué los agresores “andan como si nada”.  

La señora Lupita es abuela de 5 mujeres y 1 varón, quienes fueron víctimas de abuso por parte de su padre biológico. Ella decidió hacerse cargo de los niños y brindarles todo el apoyo que necesitaban. Fueron de la Fiscalía al Instituto de la Mujer y de ahí a Corazones Mágicos, asociación ubicada en Querétaro dedicada a la rehabilitación y prevención del ASI. 

Ahí, los niños fueron atendidos por aproximadamente seis años. “Fue difícil porque yo soy abuela, estoy para consentir, no para criar. (…). Los dieron de alta hace más o menos un año y medio (…), los veo bailar, cantar, a algunos les cuesta más que a otros, pero los veo felices, platicando entre ellos y no sé, no sé cómo explicarte lo que siento en el corazón”. 

Samuel, novio de Mar, relata que saber que su pareja fue abusada le resultó impactante en un primer momento, pues no sabía cómo tocar el tema, pero quería brindarle el apoyo y la confianza para hablar al respecto. Cuando ella entra en crisis, él siempre está abierto y dispuesto a escucharla y apoyarla. Menciona que se siente muy feliz y orgulloso de verla sanar y ser “una mujer muy fuerte”. 

Bertha y Mar son mejores amigas desde los cinco años, la primera vez que Mar habló de lo sucedido lo hizo con ella. “Fue muy duro, yo estaba muy enojada, lista para golpear al tipo (…), pero lo vas procesando y razonas, escuchas”. Narra que fue una experiencia que les hizo crecer y madurar como personas, “además, mi amiga es bien chida porque ha pasado por un montón de cosas y ella decidió comenzar un proceso que muchas personas no se atreven a iniciar”. 

Inquebrantables, inmarchitables y siempre con esperanza

Fernanda Lazo, presidenta de Corazones Mágicos, explica que la sintomatología puede saltar en algunas etapas de la vida, como al inicio de la sexualidad, al casarse, al tener hijos. Es normal que se presenten ciertas crisis, “no sé si alguna vez voy a dejar de tenerlas”, dice Mar y continúa: “pero en medio de la crisis hay cosas que me dan esperanza”. 

“Recordarme y observarme como inquebrantable y no como víctima. Sanar fue permitirme volver a tocarme, interesarme en temas de salud sexual y acompañar a otras amigas”- Montse.

“Las heridas ahora ya no son más que meras cicatrices que anuncian la llegada de nuevos tiempos porque, al igual que el ave fénix, resurgí”- Mariana G. 

“Me da esperanzas el estar con vida. Después de intentos de suicidio en el pasado, aprendí que si ya pude con mi experiencia de abuso, puedo superar cualquier crisis”- Joana. 

“Tengo bastantes metas por cumplir y siempre recordar la frase soy inmarchitable y el mal no puede con mi fuerza, porque por más derrumbada que esté, tendré una semillita más para volver a florecer y salir adelante”- Mariana C. 

“La fe”- Concepción. 

“Ver a mis cinco hijos jugar y ser felices. Además, ya he llegado muy lejos para rendirme”- Daniela. 

“Saber que la crisis no es duradera, va a pasar”- Luciana. 

 “Mis amigas que me han acuerpado desde el inicio”- Mónica. 

“Mis hijos, mi salud y que ya pude desenmascararlo”- Carolina. 

“Pensar que no planeaba cumplir 18 años y ya voy para los 20. Y saber que ya no estoy sobreviviendo, ya no me estoy ahogando y luchando contra la corriente, estoy empezando a vivir”- Mar.