Luz a la ojeras

Cinco de la mañana. Nuevamente me despierto sobresaltada después de horas de pensar y soñar; soñar pensado, pensar soñando. Revivo episodios, cambio frases, escenas, reacciones, lugares, personas… ¡Si no fuera tan torpe! -eso pienso. Reconstruyo algunas escenas que no sucedieron, lo hago con los deseos de quien no pude más que añorar, así, sin esperanza. El anhelo gastado de quien ha renunciado ante lo que no puede tener o lo que no puede ser. “Eres el arquitecto de tu propio destino”, no llego ni a maestro chambón. Tal vez es una frase hecha para hombres. Las mujeres no somos dueñas ni de nuestros propios cuerpos, la palabra destino no nos significa nada o peor, nos aterra, porque no lo elegimos nosotras

Estas ideas me mantienen despierta toda la noche. Inquieta sobre la cama, enlazando sueños con ideas, ideas con anhelos, anhelos con renuncias. En ese campo ilusoriamente real, “mi deber” me persigue, no importa cuánto corra o dónde me esconda, siempre me alcanza, siempre me encuentra. Podría ir más allá, a ese lugar de donde nadie ni nada regresa y ahí también me atraparía. ¡Puta corrección de mierda, cuánto la odio!

Me he parado al filo del abismo, le he mirado por días, meses, años; toda una vida. Lo he visto aclarar su oscuridad para mí-¿los abismos lloran? Ha tenido este gesto compasivo conmigo cada vez que arranco de mi pecho un trozo, un sueño, un amor y lo tiro por su borde en aras de “mi deber”. Quizá se aclara un poco para mostrarme esa luz en su fondo, tal vez me invita a seguir a mis ilusiones en esa caída sin fin. Me queda claro, también él ha mirado en mí.

Ahí, al linde del precipicio, “mi deber” me detiene. Siento su presencia a mis espaldas y su mano helada sosteniéndome por el pecho. Dos gotas de lluvia amenazan con inundar el abismo. Su voz escalofriantemente familiar susurra en mi oído: las renuncias no se lloran, se afrontan con sonrisas -sonrío.

“Mi deber” tiene mil rostros. Se esconde detrás de personas, sentimientos, ideas, costumbres normalizadas o de “la buena educación”. “Mi deber” es ese algo persecutorio de las miradas que se sienten y está en todas partes, es omnipresente y omnisciente; está en mí también. Pero no importa qué tanto cambie de rostros, reconozco su esencia.

Cinco de la mañana, la odisea onírica termina. Vuelvo porque estás ahí, porque tú me hiciste regresar, no hay en ti la esencia de “lo que debo”. Tú eres lo bueno, eres el amor. El amor no es correcto, el amor simplemente es bueno; lo que da vida.

Sin importar que cada noche este éxodo se repita, voy tranquila y confiada donde los valles de las sombras me aguardan porque incluso ahí, cuando yo estoy entre el abismo y “mi deber”, tendiendo mi mano hacia las tinieblas, puedo escuchar tu poderoso canto que siempre me trae de regreso del mar de mis tempestades.

Paola Licea

Soy amante de las letras y de los pensamientos. Licenciada en APOU Candidata a Mtra. En Humanidades