La cura al vértigo

Foto por Brennan Naito, vía Unsplash

Ha pasado un año desde que repentinamente mi cuerpo desarrollaba en protesta crisis de vértigo. Pareciera que inadvertidamente el principio de la pandemia puso una cantidad de estrés que algunos ansiolíticos sólo me dejaban sentir parcialmente. La cúspide del malestar llegó un día que en completa soledad terminé tirada en cama, inconsciente, y con mis piernas zangoloteándose al ritmo de una descarga neuronal eléctrica. «Epilepsia», le pusimos momentáneamente a ese infortunio, no obstante me abstuve de ir al médico. En esa época la cantidad de casos subía como la espuma, y no sabíamos tanto del virus. Me aguanté y simplemente adopté un perrito. Mínimo si me moría, el caniche pudiera ladrar hasta que alguien me encontrara, pensé. Y esa situación se mantuvo en secreto para no preocupar a nadie.

Pasaron los meses y pareciera que el vértigo dejaba de presentarse. Mucho menos hubo otro episodio de esos en los que me desconectaba de todo. Hasta recientemente, cuando me volví a enfrascar en cosas del trabajo, en preocupaciones laborales y financieras, y empecé a sentir mis pies levantándose del piso, la migraña, la pérdida del equilibrio, el zumbido de los oídos. Y los ojos preocupados de mi jefe, que a pesar de no hablar el idioma de estas tierras, veía cuando mi mirada se posaba en un punto, con mucha intensidad. Esa señal de querer estabilizar mi cuerpo a toda costa y evitar dar traspiés. Me preguntaba con frecuencia «大丈夫?», es decir «¿te encuentras bien?». A veces me reservaba ello, y seguía interpretando para evitar a toda costa parecer inutil. Llorar de la impotencia fue el momento más fuerte al que me tuve que enfrentar.

Regresé al diván. Me cuestionaron cuando empezaban estos momentos de pérdida de la noción espacial. Entre el doctor y el terapeuta, intentaban averiguar qué estaba pasando, sobretodo porque parecía que el dichoso mal actuaba conforme a mis horarios, es decir, el demonio que se posaba sobre mis oídos pareciera ser un asalariado de aquella corporación que es mi ente fisiológico. Los doctores me dijeron que tal vez los lípidos en sangre o mis oídos estaban mal. Por mientras me recetaron otro ansiolítico, para ver si por casualidad la tensión era aquello que me alienaba de la realidad cartesiana. Pasaron los días, y sí, un poco arriba el colesterol pero nada fuera de rango, sólo no óptimo. Mis triglicéridos bajos porque no como casi carnes rojas. Pero lo que yo llamo «el dardo tranquilizantes para osos», surtía efectos por más graciosos, como levantarme de una noche de sueño reparador estallando en risas sin aparente razón. Y mi tensión corporal bajar al grado que pudiera regresar a caminar como hormiga en quemazón, para llevarle el ritmo a la vorágine laboral. Otras de las bromas que subsisten entre algunas de mis amistades, es que la dosis que me dan es tan pequeña, que lo que estoy tomando es «Clona Kidz» o algo por el estilo. La desorientación va pasando, y me encuentro mejor. No obstante, no hubiera sido gracioso que me resistiera a ver al psiquiatra por estigma, y resignarme a estar postrada en cama porque de plano mi malestar hubiera aumentado.

Somatización, se le llama. Oportunidad para seguir pensando en la remota posibilidad de hacer stand up, le llamo. Dieta baja en colesterol, le dicen. Excusa para alimentarme de pescado todos los días, le digo. Epilepsia, me dijeron. Darle casa a dos perritos para que me hicieran compañía en la pandemia, lo dije. Y así han sido estos días de despedirme de esto que le dicen vértigo, pero yo le digo, la cura a la soledad.

Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas