Sylvia Plath: la muerte, la búsqueda de la luz y un fragmento de cristal

OUROBOROS / POR AGLAIA BERLUTTI

A Sylvia Plath se le recuerda por su muerte y la relación que pudo o no tener, la forma en que vivió su vida. Es una disyuntiva complicada, en especial cuando la obra de la poeta parece estar signada por la fugacidad —su obra es una corta selección de talento extraordinario— y en especial, por el tránsito entre la promesa literaria y su completa realización. 

En 1962, un año antes de morir, Plath comentó en uno de sus meticulosos y largos diarios, que el dolor “de sobrevivir cada día le sobrepasaba”. Una afirmación no demasiado difícil de comprender en medio de la durísima situación personal que atravesaba —un divorcio público y tumultuoso, una maternidad que la llevó al límite de su resistencia psicológica— pero más que una frase que podría describir una situación, plasmaba la forma en forma directa cómo la poeta enfrentó el lento derrumbe de todas sus aspiraciones.

Plath era ambiciosa, una mujer convencida del poder de su talento. Una escritora con método, disciplina y la suficiente capacidad para reflexionar sobre la mortalidad y la fugacidad, al mismo tiempo que el fantasma de la ansiedad y el miedo por morir le asediaban. “Estoy llena de rupturas, grietas y siniestras cuevas” escribió en diciembre de 1962. Había sido un año complicado para Plath, uno además que la había dejado exhausta en “cuerpo, alma y la sustancia de las cosas por narrar”. Pasaba la mayor parte del día encerrada, aterrorizada por su lento desplome mental, por la sensación que estaba muy cerca de “una desgracia, pequeña o grande, pero ocurrirá”. Y entonces tuvo una extraña y durísima revelación “quizás muera, antes de escribir la obra que me ha obsesionado durante toda mi vida”. Lo escribió en el diario, enfurecida y angustiada.

Describió a continuación el llanto de sus hijos fuera de su habitación, el silencio al otro lado de la calle, el terror que le sacudía de pies a cabezas, la angustia de esa ausencia de propósito. Para Plath, que estaba convencida de una manera feroz y casi vanidosa sobre su talento, las horas en silencio, tendida en la cama, atravesando el sufrimiento de todo lo que había perdido —o sentía haber perdido— era un peso con el que apenas podía lidiar. 

Poemarios, una novela. Su vida literaria parecía pequeña en comparación a su marido, el poeta Ted Hughes o en general, la de cualquier escritor de su generación. “Hay explosiones de creatividad, una forma casi asombrosa de crecimiento y en caso, sólo el llanto del bebé” escribió. Lo tachó y volvió a escribir la misma frase. En varias de las reediciones de sus diarios se menciona esa reescritura base, insistente, angustia y temerosa. El miedo enlazado con algo más doloroso que se enlaza de formas distintas y posiblemente dolorosas, con la forma en que Plath comprendía el valor de su obra literaria.

Al momento de morir, The Bell Jar todavía no era un clásico ni mucho menos, un libro exitoso. En realidad, era una obra poco apreciada, vilipendiada y criticada con dureza. Había una distancia frontal entre la narración sobre su solitario personaje y la forma como por entonces, se percibían y se analizaban a las mujeres en la literatura. Incluso con la ruptura directa de la década de los sesenta y todos los cambios que provocó en la percepción de lo femenino, The Bell Jar tenía una cualidad inquietante que había desconcertado a los críticos, provocado cierto malestar en ciertos círculos literarios y desconfianza en los lectores.

Pero aun así, también tenía adeptos. La que en el futuro se convertiría en un clásico, amado por una generación de mujeres ávidas de heroínas imperfectas, agobiadas y aplastadas por la simple necesidad de ser algo más que una idealización social, se había hecho las preguntas correctas en la época equivocada.

La novela de Plath meditaba con frescura e inteligencia acerca del tiempo y todos los pequeños instantes de la vida cotidiana, sino también de la búsqueda de significado. A la manera como casi cuarenta años lo había hecho Virginia Woolf, Plath desmontó la estructura que sostenía la personalidad de una mujer literaria brumosa e inexplicable. Como D. H Lawrence que convirtió a Constance Chatterley en una exploración sobre lo moral y lo venial y Gustave Flaubert, que construyó una heroína efímera a Emma Bovary, la Esther Greenwood de Plath era subversión en estado puro. De Nueva York a Boston, el personaje crea una nueva tradición de mujeres en busca de una identidad real, sin lograrlo.

Esther es poderosa en su dolor, en sus pequeños espacios marginados y abrumadores, en la forma que en Plath describe su codicia de niña asombrada y desconcertada, en algo más complejo. De promesa extraordinaria a simplemente, convertirse en un símbolo de una derrota moral tan difícil de explicar cómo describir a primera vista, Esther va de una radiante cualidad del éxito —en esencia, idealizado por la cultura norteamericana— a una concepción más abrumadora sobre al fracaso. Al final, The Bell Jar es un recorrido por algo más angustioso que la simple pérdida de la iniciativa. Es la caída en los pequeños infiernos de lo cotidiano.

Por supuesto, no es en absoluto casual que Plath, en plena crisis depresiva, personal, matrimonial y espiritual, sintiera que las críticas y los ataques contra su libro —publicado bajo seudónimo y bajo una serie de precauciones que protegían a su autora de la polémica alrededor de su libro— , sintiera que en realidad, se criticaba su propia forma de vivir y su fracaso aparente. Tendida en la cama matrimonial vacía, atormentada por la conciencia de la infidelidad de su marido, Plath comenzó a hacerse preguntas sobre la muerte con más frecuencia que acerca de la vida. 

Y lo hacía, no planteándose en el suicidio como una posibilidad —aunque ya lo había intentado antes— sino como un recorrido abrumado hacia una idea dolorosa sobre sí misma. “¿He fracaso en ser la mujer que concebí como parte de algo más grande?” se preguntó en voz alta en una de las entradas sin fecha de su diario.

“¿Estoy devastada por todo lo que se esperaba de mí, por todo lo que esperaba encontrar, por lo que no encontré en mi vida?” Se preguntaba la poeta. Plath, para entonces, pasaba mucho tiempo aterrorizada por lo que llamaba el “despertar agónico”. Apenas dormía y comía, estaba enfurecida, llena de una agónica angustia que llamaría “blanco absoluto”. Intentó escribir una segunda novela, no logró y al final abandonó. “Hay una destrucción lenta y temible en perder la fe en lo que se cree la gran salvación privada” escribió a finales de diciembre de 1962. A meses de su muerte, Plath se parecía cada vez más a su gran heroína, aunque nunca la había comprendido menos. “Estoy perdida, rota, pero todavía no del todo vacía” escribió en una de las últimas anotaciones del diario ese año.

La muerte, la vida, la caída en el silencio

Sylvia Plath murió el 11 de febrero de 1963. Ocho días después, la escritora y activista política Betty Friedan publicó La mística femenina, la que se considera la piedra angular de la segunda ola del feminismo. Dos meses después, The Ball Jar se convirtió en la gran historia de las mujeres que no pertenecían a ninguna parte ni deseaban hacerlo. De todas las adolescentes que aspiraban un futuro que no incluía matrimonio o maternidad. De las mujeres desoladas por un matrimonio destructor o por una soledad violenta y dolorosa, aisladas entre una imposición cultural “o el tiempo que exigía cierta conexión con lo moral”, como comentó después Friedan. 

Plath, que había escrito su única novela como una expiación profunda, desesperada y angustiosa de sus propias limitaciones, de la caída en el desastre de días y largas reflexiones sobre su vida como una colección de pequeñas decepciones, jamás imagino que podría reflejar el viaje interior de toda una generación. “Nos miró al mirarse a sí misma” dijo Friedan, en un homenaje sincero a la novela de Plath.

Por supuesto, para el momento de su muerte, Sylvia Plath se convirtió en algo más tumultuoso que una escritora muerta a las puertas de un éxito extraordinario. En realidad, su suicidio se convirtió en un debate angustioso sobre las mujeres y el poder de la creatividad en sus obras —publicadas en vida o póstumas— y más allá de eso, la forma en que se analizaba a la noción sobre la angustia existencial, como parte esencial del escrutinio moderno sobre el autor y su relación con su obra. 

Después de todo, Virginia Woolf también se había suicidado y parte de su mito, tenía una relación directa con su muerte trágica. Su obra era robusta, rupturista, toda una proclamación de principios, pero también, era una mirada a cierto espacio oscuro, que por lo general no se asociaba con la literatura femenina.

Tanto Woolf como Plath dedicaron una considerable cantidad de tiempo y esfuerzo a depurar su obra de toda connotación de género. Para Virginia Woolf, escribir era una necesidad directamente relacionada con el análisis de las sombras interiores, mientras que para Plath una mirada hacia los extremos de la vida y de la muerte. Pero ninguna parecía tener en especial interés una posición directamente relacionada con su condición como mujer, sus dolores psiquiátricos o la forma en que la muerte y la vida se vinculaban en su obra como un puente de ideas cada vez más extrañas.

Aun así, ambas reflexionaban con frecuencia sobre la cualidad efímera de la obra literaria y por supuesto, la propia vida del autor. En la biografía Virginia Woolf: A Writer’s Life de Lyndall Gordon, la escritora asegura que más de una vez, Woolf insistió en que agonizaba lentamente y el libro ilustra la frase —y sus trágicas connotaciones— elaborando una lenta caída a los infiernos basada en una ternura casi dolorosa. 

Más allá de esa ferocidad suya, de ese hedonismo salvaje que muchas veces fue considerado imprudente e impúdico para una dama de su época, Woolf padecía los rigores de la depresión. Una tan profunda, tan insoportable, que la hacia permanecer encerrada en su dormitorio, muriendo a cuenta gotas, sintiendo ese dolor de la soledad que hiere, del aislamiento espiritual que nada vence. Era entonces, cuando a pesar de eso —o quizás debido a ese sufrimiento misterioso y abrumador— Woolf comenzaba a escribir. Sin detenerse, rememorando la belleza de campos en flor y cielos siempre azules, dotando de vida a personajes extraordinarios que habría que trascender y sobrevivirle. Virginia Woolf luchaba entonces contra la oscuridad, la que se acechaba, la que consumía ese ardor suyo por vivir. 

En medio de una época pesimista y melancólica, en medio de los trozos perdidos de un siglo movedizo y sin identidad, Woolf luchó contra el desconsuelo con la palabra. La enarboló como la única bandera reconocible, como la única capacidad de redención posible. Entonces se recuperaba. Disfrutando de manera muy visible la vida, fascinada por el amor conyugal, de la cercanía de sus amigos, de esa Londres que amo y odió a partes iguales. De contemplarlo todo, para escribirlo después, para verterlo en la hoja, para crear algo nuevo a partir de lo corriente, lo obvio.

Lo mismo ocurría con Sylvia Plath: la poeta llegó a decir que “estaba obsesionada con la vida a niveles que le sorprendían”. Plath escribía a toda hora, todos los días y sólo cuando sus trastornos psiquiátricos la redujeron al silencio, dejó de hacerlo de forma ordenada. Aun así, siguió describiendo la vida cotidiana a través de su una larga sucesión de fragmentos desordenados en diarios y párrafos incompletos. Ted Hughes, que dedicó años enteros a descifrar los últimos años de Plath a través de su desordenada producción literaria final, llegaría a decir que era “un recorrido asombroso y vital por la vida, por los momentos bajos y altos”.

Por supuesto, nunca llegó a escribir o a decir, lo asombroso de semejante profusión de descripciones y relatos sin verdadero sentido ni forma: Plath los escribía en pleno trance depresivo, aterrorizada y abrumada por la oscuridad interior. Pero de alguna forma, para la escritora, el tiempo y el transcurrir de la sustancia de la realidad, revestía una considerable importancia. 

Ningún tema carecía de importancia: todos tenían el brillo que podían inspirar un párrafo, una reflexión, una imagen perdurable. Escribía para consolarse y también para comprenderse, para afirmar su intuición que estaba construyendo una carrera basada en las letras —a pesar de su época, su sexo, la mirada reprobadora de una sociedad limitada—, y continuar recorriendo el mundo a través de su mente.

Hughes intentó recrear esa lucha aciaga al recopilar paso a paso la caída de Plath entre las sombras. Sin embargo, en el centro de todo el trabajo de Plath, su esencia asombra por su poder: persistente y brillante a través de una notoria comprensión del bien y del mal, Plath encontró en todos los matices sobre la realidad, una mirada asombrosamente vivaz y llena de significado. La Sylvia Plath que había escrito The Bell Jar profundizó sobre su capacidad para lo ficcional y dejando muy claro, que usaba la autorreferencia como circunstancia perenne de su vida.

“Mi visión de una aleta elevándose sobre un ancho mar en blanco”, escribió en uno de sus diarios, deslumbrada por el poder del secreto y el enigma en los sucesos de su vida, que parecían adecuarse a esa profunda noción del yo escindido que exploró en diferentes momentos de su creación literaria. “Ningún biógrafo podría adivinar este hecho importante sobre mi vida, porque todos son de igual importancia” Con veintiocho años cumplidos y a dos de morir, la poeta creó y sostuvo su propio lugar en la historia, construyó una perspectiva nueva sobre la mujer creadora y sobre todo, la necesidad de asumir el oficio de la escritora más allá de una mera convención existencial.

Para finales de 1960, Plath escribiría que “había dejado de temer la condena masculina”, un punto de valor que luego sería malinterpretado por el feminismo que la convirtió en mártir. La poeta no hablaba sobre reivindicaciones. En realidad, hablaba sobre su temor al juicio, a la búsqueda desesperada del significado y al final, el temor roto y conjuntivo de su vida convertida en sus temores más profundos. 

Era esposa y madre, cuando deseaba ser escritora. Se consideraba a sí misma un fracaso, en contraste a la obra de su marido y de pronto, toda esa frustración se convirtió en un texto de vanguardia que aún sorprende. The Bell Jar una obra llena de furia, de belleza y de una capacidad para narrar la realidad que sorprende por su habilidad refinada, es también toda una proclama de intenciones. Una búsqueda perenne de algo más amplio acerca de la mujer, la pérdida y la desolación contemporánea.

Pero Plath no escribía únicamente como un ejercicio de ficción o como un interminable análisis cultural. Escribía también un meticuloso diario que llevó años tras año y en el cual contó no solo su personalísima perspectiva sobre el mundo, sino el otro rostro de la Plath pública, la defensora del derecho a ser —en una época donde la mujer aún era parte de algo más amplio que sí misma— y sobre todo, de esa mujer imaginaria e idealizaba que intentaba sostener con todas sus fuerzas. Es en sus diarios donde Plath es más sincera, y no sólo por el elemento privado, sino por el hecho de que fue la manera más personal que encontró para hablar sin tener que luchar contra su propio dolor.

Para Sylvia Plath la muerte fue el final de un largo transitar por el dolor, entre las sombras. La depresión se volvió pertinaz, insoportable. Sólo pensaba en la muerte, a toda hora, por todos los motivos. Pensaba en un fracaso literario que aún no había sucedido y que reducía a cenizas cada una de sus aspiraciones que había tenido durante su vida. 

Releía sus libros en la búsqueda del consuelo, de alguna palabra que pudiera reivindicar el dolor, la angustia incesante. Pero no lo encontró. Intentó sentir cariño por Primrose Hill, la ciudad con la que pareció identificarse y luchar, como un espíritu errabundo, incapaz de reconocer en los escombros los lugares que hasta entonces había amado. Debió ser insoportable para Plath que el mundo en penumbras de su dolor más íntimo se hiciera visible, evidente, cercano. Real.

Por último, Plath dejó de escribir, aunque nunca perdió el temple literario, esa tentativa insistente de crear un estilo que fluyera al compás del tiempo, que pudiera desmenuzar la realidad en cientos de visiones y escenas distintas. Pero en sus últimos días, sus relatos cotidianos tienen algo de huida, algo de dolorosa pérdida. Algo de esa angustia de continuar en movimiento a pesar de los dolores, la abrumadora sensación de haber perdido hasta los últimos elementos de sí misma. 

“Quizás, todas las sombras son búsquedas de paz” escribió unos días antes de morir. “Quizás, el consuelo que jamás logré encontrar en ningún otro lugar”. El último diario, a medio escribir, estaba en su habitación, abierto y con páginas en blanco —insólito en el hábito obsesivo de Plath por narrar— el día que en escogió morir.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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