Bien A-gustín

José Agustín, el padre de la literatura en onda

Entre todos nuestros amigos, debe haber uno al que consideramos al más buena onda, con quien más a-gustín no sentimos. Esto probablemente radicaría en su forma de ser, en sus poses, en cómo dice las cosas, las palabras que usa. Cuando uno es, lo que se dice, buen pedo, es porque sus virtudes se sobreponen a sus defectos. Obviamente, no significa que no tenga cosas por mejorar, pero nos hace pasar tan buen rato que nos olvidamos de las complicaciones que nos pueda causar. Y ese escritor buen pedo de la literatura mexicana, es José Agustín.

Él fue, nada más ni nada menos, pupilo del grandioso Juan José Arreola, además de ser de los máximos representantes de la literatura de la onda. Este tipo de narrativa es la más mamalona, se refiere a mandar al carajo las convenciones sociales y resalta la rebeldía de sus protagonistas. O sea que aquí sí se vale decir chale, chido, pedo, y todas esas palabras barrio, pues esta fue la onda que trajo el slang a la literatura. Sus escritores se desarrollaron en los momentos previos al movimiento del 68, en general.

Uno de estos fue José buen-pedo Agustín.

El texto que representa de muy buena manera esta ideología es, justamente, “De perfil”. Básicamente trata de Rodolfito Valembrando, un chavo que está a punto de entrar a la preparatoria. Es, a pesar de su joven edad, alguien con una agenda apretada. Entre sus ocupaciones están soportar a su hermano menor, lidiar con su amigo al que quiere-pero-no, Ricardo, quien no sabe decir nada más que “ah”; y conseguir cigarros. Esa es, tal vez, su mayor ocupación, conseguir cigarros para fumar, y eso que los que le gustan a él siempre se los critican los demás.

Rodolfito es de clase media, sus jefes Humberto y Violeta son profesionistas. Curioso trato a los adultos, parecen comportarse como niños. Tienen sus problemas maritales, y de alguna forma quieren que su hijo mayor funja como mediador, pero ni madres. Si con trabajos él tiene la mente medio organizada y luego llegan con pedos de orden mayor, pues el pobre no sabe pa’ donde jalar.

Su infancia, a pesar de medianamente acomodada, resultó ser medianamente traumática. Sufrió acoso de la Lucrecia Borges, una anciana que limpiaba su casa, y quería que le limpiaran a ella algunos rincones llenos de telarañas. La tarea de ella era la de acosar al pobre Rodolfito cuando no tenía ni patos en el estanque, ya sabe usted, pelos en sus partecitas. Ella se justificaba porque, según, él sí quería. Él sí querría después, pero con la Quenta, una muchachona que canta en un grupo juvenil underground. Obviamente, son cosas muy distintas.

En esta novela en particular, José Agustín metió cuanto estilo narrativo pasó por su cabeza, así que puede llegar a ser medianamente compleja en ocasiones para un lector poco acostumbrado. Pero pues tampoco hay que chillarle tanto, hay que ser entrón cuando se trata de libros. Entonces, lo primero que vemos es que hay líneas narrativas que pueden cortar de repente, o hay cortes que no indican una línea narrativa distinta. De repente pareciera que el protagonismo lo toma otro personaje, pero no es algo constante. Sin embargo, eso sí: todos querríamos haber sido, si es que ya no somos jóvenes, amigos del Rodolfito, porque sí es medio culero, pero es muy buen pedo.

Las palabras, en un contexto de persignados, de esos de hueva, serían censurables; pero cuando estamos en la onda, no. Hay muchos y pícaros juegos de palabras, no sólo en torno al albur, sino en los mismos nombres. Es común que el mayor de los hermanos Valembrando juegue con los nombres de sus padres para crear humbertianas teorías o violáceas palabras.

Esta novela no puede ser más experimental porque, entonces, sí se volvería difícil de leer; sin embargo, tiene una gran riqueza del habla y personalidad mexicanas. Es graciosa e incómoda, políticamente incorrecta e ilustrativa. Es un libro muy atrevido que nos muestra lo que todos quisimos ser de jóvenes, esto al menos si lo leemos desde una perspectiva retrospectiva. En sí, cualquiera puede leer esto y sentirse chavo, justo el sueño de nosotros los chavorrucos. Aunque, bueno, no es enteramente conformista, si lo fuera, no sería José Agustín. Sí es cierto, nos muestra las cosas de perfil, pero también está el otro lado: la juventud no es solamente ese pasado reimaginado maravilloso que todos creemos.

Muy propio de la literatura latinoamericana es que sus letras vibran, no se quedan quietas, y todas ellas tienen colores. Leer a un latino es visualizar la misma riqueza que hay en su cultura. Lo bonito es que no nos muestran maravillas rígidas, sino volátiles, totalmente libres. Las letras mexicanas bailan, y lo hacen muy bien.

Básicamente, si pensáramos en qué tipo de cumbia (ya sé que el género no es oriundo de México, pero bien que le entramos a un buen cumbión) fueran las narrativas de algunos escritores mexicanos, podríamos decir que…

Elena Garro, Inés Arredondo y Juan-Dios-Rulfo serían una cumbia sinfónica.

Jorge Ibargüengoitia y José Emilio Pacheco serían tecno cumbia.

José Agustín, definitivamente, sería una cumbia sonidera con todo y dedicatoria de mentada de madre.

Para leer a José Agustín, lo chido, es que no necesitamos ser un lingüista especialista; pero eso no resta riqueza a sus escritos. Tampoco necesitamos haber vivido en ambientes específicos, solamente creernos mexicanos. No confundamos: el hecho de que sea un escritor de la onda, no quiere decir que no tenga algo por decir, una teoría y fuertes bases conceptuales detrás. Las novelas en general, y esta misma, de este mexicano, son muy coloridas pero, al mismo tiempo, nos reflejan casi a la perfección a los de su misma nacionalidad. Lo que hay que hacer, eso sí, para leerlo ,es sentarnos y prepararnos para sentirnos muy a-gustín.