Ada Lovelace: en la danza de las estrellas

Augusta Ada King, condesa de Lovelace, quería crear una máquina voladora. Lo deseaba desde muy niña. De modo que dedicó tiempo, esfuerzo e investigación para entender el hecho del vuelo. “Volar no responde a ninguna fuerza sobrenatural, es una confluencia de situaciones de la ciencia” escribió a los doce años, después de pasar meses observando a los pájaros, sus alas, de dibujar una y otra vez plumas. Al final llenó de diagramas y bocetos “unos doce cuadernos” y terminó de convencerse que volar era posible, en términos humanos y en formas relativamente sencillas. 

Para entonces, también había llevado a cabo una larga investigación sobre el funcionamiento de las máquinas de vapor. De la misma forma en que antes le había obsesionado las alas de los pájaros, ahora lo hacía la intrincada estructura de las ruedas dentadas, bisagras y varas de metal que hacían funcionar a los motores. Pidió a sus tutores “algunas piezas con las cuales trabajar” y de hecho, dedicó una considerable cantidad de tiempo a desentrañar los misterios de las máquinas en toda “su curiosa grandeza”.

Eso mientras escribía largos apuntes sobre poesía y literatura, aprendía varios idiomas, baile y esgrima. “¿Esgrima? ¿por qué deseas aprender algo semejante?” preguntó su madre en una de las largas cartas que compartía con su madre Anna Isabella Noel Byron, cuando esta última se encontraba de viaje. “El funcionamiento del cuerpo humano es similar al de una máquina. Tan firme, tan fuerte y tan en apariencia impecable como el mecanismo que hace funcionar a un motor de poleas o a cualquier artilugio mecánico” explicó. 

Su madre, que estudió matemáticas y astronomía, le respondió desde Viena. “La Iglesia podría enfurecerse porque compares el cuerpo humano con una creación humana”. Ada, que jamás atendió a pensamiento filosófico o religioso alguno, le envió un boceto que alguien había dibujado de ella con el traje de las prácticas de florete y espada. “Soy un hombre en el cuerpo de una mujer, lo cual equivale a decir, que tengo la curiosidad, la voluntad, bajo un secreto” comentó. “¿Qué se puede esperar de mí?”.

A la única hija legítima de Lord Byron, le gustaba, como a su padre, la provocación. Pero mientras Byron armaba revuelo allí a dónde iba y de las formas más procaces y provocadoras que conocía, Ada lo hacía por el sólo hecho de ser una rareza en un mundo de iguales. La futura científica sería reconocida no sólo por su brillante inteligencia sino por representar a la Inglaterra posterior a la regencia, por mostrar de una manera u otra, el hecho de una evolución intelectual a la que el imperio británico le había llevado años alcanzar. 

Después de todo, la inestabilidad de la Corona (primero con Jorge III, al borde de la demencia y después su hijo Jorge IV, con un reinado basado en la intriga palaciega), habían llevado a Gran Bretaña a un peligroso abismo, en el que nada parecía seguro. La transición entre la Regencia al pleno poder de un rey más joven aunque no demasiado seguro de su entorno, convirtieron al país entero en un hervidero de rumores, en una larga sucesión de ejecuciones y represalias contra enemigos imaginarios de la Corona y al final, la caída en el desastre de una política de administración del poder basada en su mayor parte, en la forma en que se analizaba la cualidad Jorge IV para dominar los diferentes aspectos del Imperio en toda su extensión, a la vez que batallaba contra las intrigas que le rodeaban y a la que vez, fomentaba. En un ambiente semejante, la discreción era una cualidad preciada. Pero la condesa de Lovelace en realidad, tenía mayor interés en lo que que ocurría dentro de su mente que lo que pasaba más allá de ella. 

De modo que en febrero de 1828, comenzó a poner por escrito todas sus investigaciones sobre el vuelo, la capacidad de volar, las máquinas de vapor como posible instrumento para replicar efecto de la naturaleza de manera fidedigna a través de la ciencia y también, lo que había aprendido durante sus largas clases de esgrima. De hecho, se volvió una brillante espadachín y llegó a plantearse durante ese año, competir “contra chicos e incluso, en alguna exhibición en que pudiera demostrar lo que el cuerpo bien entrenado es capaz de hacer”.

Según su biógrafa Betty Alexandra Toole, Ada escribió a mano una guía de más de 200 páginas, con ilustraciones incluídas, sobre su decisión irrevocable de comenzar a ponderar la idea de volar. “Leonardo Da Vinci cometió errores en su planteamientos” escribió en el curioso libro. “No se trata de elevarse, que de por sí, será imposible debido al peso de los cuerpos y la acción de la gravedad, sino mantener la estabilidad en un ingenio capaz de replicar el efecto de impulso y aceleración”. 

Probablemente, Ada hubiese llegado a fabricar su propio avión o algún modelo semejante, a no ser por la decisión de su madre de detener el proyecto cuando encontró a su hija rodeada de piezas de metal y haciendo comprobaciones de campo rodeada de objetos dispares como plumas, martillos de orfebre y ruedecillas dentadas de reloj. “No seguirás en algo semejante sólo porque complace tu imaginación. Naciste para ser sabia, no absolutamente disparatada” le reprendió lady Byron. De modo que Flyology, el libro en que registraba sus hallazgos e investigaciones terminó incompleto, como uno de los objetos de colección que solía guardar en su amplia biblioteca. “

No creas que dejaré de intentar volar” escribió en una airada carta a su madre. “Lo intentaré y trabajaré duro en volar, ya sea por arte de la imaginación, como tanto denigras, o como acto mecánico, en el que no crees, pero lograré hacerlo”. Su madre no respondió pero Ada se dio por satisfecha con el silencio. “Era un reto aunque ella no lo sabía” dijo. Incluyó la fecha de la carta y la guardó entre las páginas en blanco del cuaderno que contenía la mayor parte de las investigaciones Flyology

Para Ada, se trataba de un reto, una meta, un objetivo, pero también una cuestión de orgullo. Muchos años después, ya adulta, diría que la obsesión por volar —y al final no lograrlo, al menos como lo deseaba— le dejó una lección inolvidable. Una que además le hizo comprender la necesidad de continuar en sus pequeños grandes proyectos, “incluso los que contradecían el poder de la mente activa”.

Para entonces, ya era famosa en Londres y buena parte de Europa por su capacidad para las matemáticas, conocimientos científicos y en especial, por transgredir la imagen tradicional de la mujer en formas tan distintas y escandalosas para la sociedad de la época, que su comportamiento se volvió casi un mito sobre la incorrección. “Mi padre habría reído pero no le había importado demasiado” escribió a Charles Babbage, su amigo desde la adolescencia. “Aunque levemente decepcionado porque no tomé un par de alas con plumas cosidas para intentar volar a campo abierto” dijo. “Aunque seguramente sabría que he soñado hacer eso cada día de mi vida”

Una mujer que se construyó a sí misma

Pero entre los cientos de proyectos que elaboró y llevó a cabo a lo largo de su vida, el más importante para Ada Lovelace era sin duda, el de integrarse a sí misma a su considerable ambición científica. Una que rivalizaba con sus frecuentes disputas con quienes le rodeaban, su madre y en especial, la sociedad de la Inglaterra en pleno debate sobre los derechos de la mujer y su mera individualidad, que seguía en reflexión sobre el peso de la figura femenina como algo más allá que esposa y madre. Pero Ada estaba muy lejos de esa controversia y cualquier otra, que no tuviera relación con la ciencia.

De hecho, para los 18 años, estaba decidida a seguir un camino en solitario que todavía no sabía a dónde le conducía pero que sin duda, le llevaría a un lugar lo suficientemente poderoso como para “encontrar sentido a la gran actividad de mi mente”. Y mientras su madre luchaba por educarla de manera racional —“no hay una sola posibilidad que te permita ser como tu padre” le dijo a los dieciséis años— Ada, quería alejarse de ambos, encontrar su lugar en el mundo y sus propios logros. 

“Todos me hablan de mi padre como si debería responder por sus pecados y de mi madre, como si fuera un ejemplo a seguir en toda su racionalidad” se quejó en uno de sus detallados y prolijos diarios. “Pero en realidad, no deseo otra cosa de ambos que poder mirarlos con amor, pero no con demasiada devoción”.

A los diecisiete, Ada tomó la decisión consciente de seguir “todo impulso de mi mente” y “dejar el corazón para un estudio sensible sobre los temas que no son de imprescindible necesidad”. Para una mujer nacida en una época en que la exigencia que la mujer tomara un lugar basado “en su profunda sensibilidad moral” era una obligación, la mirada franca y directa de Ada era toda una revelación. Una, que además, se sostenía sobre su necesidad de avanzar hacia lugares desconocidos de la figura femenina.

“Ser hija de mi padre me ha obsequiado dos cosas: la libertad de hacer lo que quiero y la necesidad de hacerlo, porque nadie podría evitarlo” dijo Ada, que siempre fue práctica con respecto a lo que lo que el legado de su padre podría significar. Después de todo, era una herencia basada en lo escandaloso, en la polémica y la confrontación. 

Por otro lado, lady Byron intentó que su hija estuviera más interesada en algo más elaborado que la mera necesidad del reconocimiento a través de una visibilidad pública basada en la incomodidad. “Que tu reputación no dependa de tus borracheras” le escribió con una rara franqueza alrededor de 1829. “No puedes evitar tu historia, pero crear algo más a partir de ella”.

La madre, la hija y el mundo de las estrellas

Anna Isabella Noel Byron no deseaba casarse con Lord Byron, con quien no congeniaba en absoluto. La futura madre Ada, era a su modo, el mismo tipo de mujer en la que décadas después se convertiría su hija. Tenía mal carácter, peor disposición a acatar cualquier tipo de convención social y en marzo de 1812, cuando su futuro marido alcanzaba el pináculo de la fama, no estaba en absoluto convencida que podría llegar a “sentir el menor sentimiento” por un hombre “más dado a la burla que a la conversación”. 

De hecho, llegó a rechazar la primera proposición matrimonial del poeta, lo que se convirtió en un moderado escándalo para la época. Ada bromearía después con el carácter de su madre, que le había confesado que mientras su lord Byron le enviaba largas cartas apasionadas con la que trataba de impresionarla, ella usaba el papel para crear complicados modelos simétricos para sus primeros estudios sobre matemáticas. “Madre narra esas historias con tal alegría que sólo me enternece” contaría después.

Con todo, Lord Byron se propuso como un reto conquistar a la esquiva Anna Isabella, que estaba obsesionada con el mundo científico y el astronómico en la misma medida que el poeta por las palabras. Era un choque inevitable y para finales de 1813, Anna escribió a Byron que aunque le encontraba encantador — “imposible no hacerlo” — no era en particular “el hombre que podría soportar una mujer como yo”. Ya para entonces, Anne trabajaba no sólo en sus estudios matemáticos y comenzaba a recibir las primeras lecciones sobre astronomía que la harían famosa en el mundillo de Londres, sino que alimentaba también todo tipo de inquietudes sociales y culturales que ocupaban la mayor parte de su tiempo. La que sería la fundadora de la Ealing Grove School, basada en los principios pedagógicos del educador y agrónomo suizo Emmanuel de Fellenberg, desarrollaba un trabajo en paralelo entre sus inquietudes científicas y las pedagógicas.

Fue ese recorrido profundamente humano entre ambas visiones sobre su tiempo —el acelerado descubrimiento de fundamentos científicos y mecánicos— y la forma como la “noción ética, no evolucionaba ni se integraba a ese movimiento de la misma manera”, lo que le permitió analizar con cuidado lo que estaba ocurriendo en una Inglaterra cada vez más desigual, aplastada por la pobreza y cuyas colonias eran una muestra dolorosa de la crueldad del clasismo y la violencia social. “En ocasiones me pregunto cómo puede ignorarse lo que acaece en los lejanos lugares de los que extraemos riquezas” explicó a su hija en 1829. “No puedo concebir la idea de sólo tener preocupaciones sobre cada persona que soporta sus espaldas el dolor de la esclavitud”.

Para cuando Byron pidió su mano en matrimonio, Anna llevaba un destacado activismo contra la esclavitud y era una reconocida luchadora por la igualdad de los derechos de los mujeres, un extremo que la llevó a enfrentarse a la corona y la condenó a cierto ostracismo social que incluso, en el futuro, afectaría a su hija. Por lo que la propuesta del poeta —que incluyó llenar la mansión familiar de Anna con flores y un bote con su nombre— no fue bien recibida ni despertó mayor interés. 

“Agradezco la gentileza, el amor y todo el cálido afecto, pero me temo que no tengo las fuerzas para ser una buena esposa para un hombre de una envergadura como la suya”. Por supuesto, Byron adivinó que bajo las amabilidades se escondía el rechazo y volvió a insistir. No dejó de escribir a Anne un solo día y de hecho, ella llegó a bromear sobre las “extrañas maneras” de Bryon para intentar conquistarla.

Lord Byron insistió. Incluso recurrió al consejo de lady Caroline Lamb, para lograr un acercamiento. La aristócrata al principio se negó, después escribió algunas cartas en tono cariñoso a Anna y finalmente viajó a Elemore Hall, Pittington (Durham), para llevar “el mensaje de amor y devoción de lord Byron”. 

Al final, escribió a su amigo y ex amante, que Anna no sólo había rechazado la insistencia, sino que además, se había mostrado “llena de buenas intenciones, pero mucho más fascinada con los cálculos que con propuestas amorosa”. Byron respondió con una de sus burlonas y amables misivas “Le agradezco una vez más sus esfuerzos con mi princesa de los Paralelogramos, que la ha desconcertado a usted más que una hipotenusa; en su forma de ser no se ha olvidado de las ‘matemáticas’, en donde yo solía apreciar su ingenio. Su forma de proceder es bastante rectangular, o más bien somos dos líneas paralelas que se prolongan una al lado de la otra hasta el infinito, pero destinadas a no encontrarse nunca.”

Con todo, Bryon y Anna siguieron escribiéndose con cierta frecuencia. Tanto como para que al final el poeta se presentó en Seham. Anna confesaría que se quedó impresionada “con la belleza de Byron, que había dejado de ser un muchacho para convertirse en un hombre maduro, lo mismo que su intelecto, conversación y punto de vista sobre la literatura”. 

Byron comenzó a viajar con mayor frecuencia y Anna, a parecer más interesada en el nombre detrás de la máscara polémica y de puro escándalo cultural, de modo que cuando llegó la segunda propuesta de matrimonio —“esta vez me obsequió un planisferio en lugar flores”— ella aceptó con la única condición “que fuera lo suficientemente sensato para saber que contraería matrimonio con una mujer que pensaba en el viento como ráfagas de poder y no meras canciones”.

Era evidente que se refería a su preferencia por la ciencia, en contraposición a la sensibilidad literaria de Byron. Pero él respondió de inmediato “habrá un modo de comprendernos uno al otro”. Finalmente, 2 de enero de 1815 contrajeron matrimonio y pasaron la luna de miel en Halaby Hall. Sin embargo, más tarde Anna contaría a su hija que el primer día de su matrimonio, habían discutido a gritos por una borrachera “de por supuesto, Byron siendo un poeta escandaloso incluso en la intimidad de nuestra vida en común”. 

No solo eso, poco después, durante las primeras semanas de viaje, él le abandonó por varios días para “asombrarse con la belleza de cierta noble vecina”. Anna trató de comprender su carácter, intentó mantener el tono, pero para agosto de 1815 y ya embarazada de Ada, comenzara a pensar en la posibilidad real de abandonar a su marido. “Le amo, me simpatiza, indudablemente somos buenos amigos. Pero en realidad, creo que la ilusión del amor fue muy corta, careció de importancia y terminó por ser simplemente, una pieza rota en un gran mecanismos de equívocos”.

El 10 de diciembre de 1815 Anna dio a luz a Ada y ese mismo día, Byron celebró el acontecimiento con una pública orgía cuyas noticias llegaron de inmediato a oídos de su esposa. En enero de 1816, la jovencísima esposa se mudó a casa de sus padres y decidió obtener el divorcio, en una maniobra legal que sorprendió a Byron y que tuvo por único objetivo evitar que pudiera obtener la custodia de la recién nacida. “Tuve miedo de Ada, de su futuro, de todo lo que podría lastimarle un padre brillante, disoluto y furiosamente egoísta” escribiría después. 

En vista de los variados rumores que corrían sobre Byron, una corte Inglesa disolvió el matrimonio y Anna se escondió por meses de cualquier carta o tentativa de su marido por establecer contacto con ella o cualquier cercanía con Ada. Al final, el poeta abandonó Inglaterra y Anna confesaría después, que sólo entonces pudo respirar con tranquilidad. “Aunque sabía que la niña no le interesaba en absoluto, también temía pudiera tomar todo como otro de sus retos”. No ocurrió. Byron, ya fuera por rabia o despecho, se alejó de Anna. Tanto como para evitar contacto con ella (o cualquier miembro de su familia) por el resto de su vida.

Para Anna fue el momento de tomar decisiones. En especial luego que su tío materno Thomas Noel, el barón de Wentworth, murió y la hizo coheredera de una considerable fortuna. Para salvaguardar el patrimonio y sucesión de Ada, comenzó a utilizar el apellido Noel, aunque nunca dejó de utilizar el de Byron, como una forma de recordar “algunos errores memorables”. Con todo, la fortuna de la que disponía y en especial, su relevancia social logró que Anna pudiera continuar con sus aspiraciones y trabajo científico, una vez que las últimas habladurías sobre su relación con Byron desaparecieron. Por último, llegó a decir que los amargos catorce meses de convivencia con el poeta le habían enseñado algo concreto: “la posibilidad de salvar lo poco en medio de naufragios extravagantes” escribió a su hija, veinte años después.

La gran solitaria y la búsqueda de las ideas

Ada confesaría que escuchó muchas veces la historia de sus padres durante su infancia. Y que parte de esa machacona idea de la realidad que se impone al ideal, fue la que la llevó a creer en la posibilidad de “romper límites, de encontrar algo en mitad de ambas cosas”. De modo que Ada, que siendo una niña quería volar y estaba obsesionada con la posibilidad, pensó que si no podía lograrlo a través de la investigación, si todo a su alrededor componía “un complicado cuadro para un plan científico basado en la imaginación”, podía insistir en “crear, porque eso es mi necesidad primordial”. 

Muchos años después, escribiría que en la última página de “Flyology dibujó un enorme pájaro mecánico, con ojos móviles, cuyas alas y plumas estaban unidos por varillas de metal. “Volar, a veces no sólo se relaciona con elevarse, sino con seguir adelante” concluiría.

Con 18 años cumplidos, a punto de convertirse en una de las mujeres más intrigantes de Europa, de rechazar todo tipo de propuestas matrimoniales y convertirse en el reverso desconcertante en la ya de por sí, polémica historia de su padre, Ada transformó su aspiración por la elevación —física, mental y espiritual— en algo por completo distinto. 

Algo por completo nuevo y que de hecho, convirtió a su venidero trabajo científico en un recorrido poderoso. “Volar es para la imaginación, un ejercicio de imposibilidad, pero en mi caso, es un paso hacia adelante”. Y lo sería, sin duda, la mayor parte de su vida.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.