El ciclo de la vida

Foto Brienne Hong en Unsplash

HOSPITAL INCURABLE / POR: ADRIÁN LOBO

El tiempo pasa y las maneras, usos y costumbres cambian. Ya se sabe que nada permanece inmutable con el paso de los años. En ocasiones para bien y en ocasiones no queda muy claro. Así, en este hospital se han ido adaptando los procedimientos, las prácticas, para estar en concordancia con los tiempos, las nuevas formas y tendencias derivadas de nuevos conocimientos. 

Particularmente las recomendaciones de la OMS se adoptan con mayor celeridad y se dan a conocer a médicos y enfermeras desde sus días de estudiante y, al mismo tiempo, las personas que dirigen el hospital las implementan seguramente impelidas por sus superiores, ya que se suelen volver políticas de salud pública. El caso es que las cosas no son ya como eran antes. 

Una de las áreas que ha evolucionado notablemente es el manejo de los llamados RPBI (Residuos peligrosos biológicos infecciosos). Hay una clasificación muy clara de ellos con sus respectivas y precisas instrucciones para su manejo y disposición, lamentablemente no siempre se siguen al pie de la letra o alguna parte del proceso falla, resultando en pequeños desastres.

Como hace poco, en los primeros días de mayo del 2018, que se tuvo que cerrar el área de archivo clínico, que por alguna misteriosa razón está muy cerca de la zona en donde se acumula la basura mientras viene el camión a recogerla. Esto porque el municipio penalizó al hospital y le suspendió el servicio de recolección por mezclar RPBI con otro tipo de desechos. La basura se acumuló por más de una semana con las consecuencias lógicas que pueden imaginarse y que no mencionaré. 

En la operación de un lugar como este no sólo se producen residuos como fluidos, cultivos de microorganismos o material de curación contaminado, sino que hay toda una gama de tejidos, muestras biológicas, órganos, miembros amputados, etc. Todavía, como antes, algunas piezas quirúrgicas se conservan en formol con fines didácticos después de ser analizados en laboratorio, como pueden ser apéndices y vesículas extirpados.

No he tenido conocimiento de ningún paciente que reclame que le sea entregada esa pequeña parte de él mismo que le causó tantas molestias en algún momento, aunque sí fui testigo de la petición que le cumplieron a uno de que le fuera entregado en un frasco lleno de formol un dedo que le tuvieron que amputar como resultado de una lesión cruenta en una mano. 

Los miembros amputados son entregados a los pacientes y sus familiares para que ellos le den el tratamiento que mejor les parezca. Pero hace algún tiempo era distinto. 

Antaño había jardines de mayor extensión dentro del perímetro del hospital. Existía también un departamento de intendencia que se encargaba de su cuidado, labores de limpieza de todo el hospital, camillería y muchas otras más funciones. Ocurría entonces que aquellos miembros antes mencionados, placentas e incluso fetos, tenían como destino ser enterrados ahí. 

Durante un tiempo fue la forma usual de deshacerse de ellos. Por aquellas fechas en dichos jardines no había únicamente flores y césped, sino que existían algunos árboles frutales como nísperos y guayabos. 

Una primavera ocurrió que el ciclo del carbono se completó y obró maravillas siendo la más vistosa un primoroso prado de espléndidos rosales y magníficos frutos madurando en los árboles. 

Sin embargo, los trabajadores que sabían cuál era el fertilizante que había obrado la maravilla se abstenían de consumir los frutos que colgaban tan llamativamente de las ramas, lo que causaba extrañeza en los visitantes que tenían ocasión de venir por aquí, quienes al ver los suculentos vegetales sin aprovechar eran presa de un antojo desmedido que buscaban satisfacer:

—  Oiga, ¡qué cargadito está el guayabo!

—  Sí, ¿verdad?

—  ¿Ustedes no se comen esas guayabas?

—  ¡Noooooo! – Respondían enfáticamente.

—  ¿Y me darían permiso de cortar algunas?

Se hacía un silencio de indecisión, ciertamente no era sencillo explicar el truco  y, al no encontrar una razón verosímil y lógica para hacerlo, no lo impedían.

—  Sí… claro… no creo que nadie le… diga… nada…

Supongo que a veces es cierto que la ignorancia es capaz de darnos acceso a un poco de felicidad.

Adrián Lobo. 

adrian.lobo.om@gmail.com | hospital-incurable.blogspot.com | facebook.com/adrian.lobo.378199