Lord Byron: la búsqueda de la identidad en medio de todas las tormentas

OUROBOROS / POR: AGLAIA BERLUTTI

Percy Shelley contó en una ocasión que George Gordon Byron, sexto barón de la casa Byron, poeta y destinado a la trascendencia, jamás estaba sobrio. No del todo. Incluso, en sus momentos más amables, reflexivos y sinceros, había una botella escondida entre sus ropas voluminosas, una copa a la mesa o sostenía un “vaso de cristal con algún licor exótico” entre las manos. Que tal vez varias de sus mejores sentencias, juegos de palabras y en especial su considerable talento literario provenía de encontrarse en contacto perenne con algo más abstracto y poderoso. 

“¿Puede Byron hablar con los monstruos que se esconden en lo invisible?”, preguntó Shelley al poeta en una de sus cartas. A vuelta de correo, Byron respondió con su acostumbrado sentido del humor. “Sin duda, soy una de mis bestias favoritas”.

La aparente agudeza en realidad englobaba algo más curioso y novedoso. Corría el año 1808 y ya por entonces Byron era considerado una especie de héroe del desenfreno, un villano de la poesía, un enigma para la mayoría de sus contemporáneos. No sólo asombraba por su cualidad para usar de forma indistinta la burla, la calumnia y la crueldad para crear todo tipo de creaciones literarias de considerable valor, sino que era un enigma en sí mismo. Era el paladín de las causas perdidas, un hombre convencido de que no había límites y que no los necesitaba, ni antes o después. Que debía lidiar —y lo hacía con desparpajo— con una sociedad que le temía y a la vez alababa, pero que, en realidad, hacía todos los esfuerzos por señalarle como una anomalía.

“Soy una criatura primigenia, entre abismos, saltando de roca en roca en busca de algún aliciente para lo que deseo y lo que necesito encontrar”, escribió en una ocasión, con el tono épico que solía narrar su propia vida y que, de hecho, sería la línea determinante que sostenía el bien y el mal en un estado casi utópico. Para Byron, escribir era una liberación, una forma de subversión y también una “pequeña catástrofe personal”. Lo hacía por su inclinación a las artes, pero también para demostrar, sin lugar a dudas y de manera casi violenta, que el arte era capaz de “crear un espacio nuevo para el debate, la catástrofe de las viejas costumbres y, por supuesto, la necesidad de hacer algo más violento que sólo oponerme a la desdicha de la costumbre”.

Para Byron, escribir era a la vez una declaración de intenciones, la destrucción de la moralidad “provinciana” y lo que era sin duda de mayor interés para el poeta: “soñar con el futuro”. Lo sabía en la medida en que escribir se transformó en algo capital en su vida, lo convirtió en un símbolo en su propia época y en la primera figura de las artes y la literatura inglesa que podría ser considerada una celebridad. “Soy famoso por la felicidad de la provocación”, escribió a Anna Isabella Noel Byron, la que sería su esposa y madre de su única hija legítima. Por entonces, Byron estaba en el pináculo de su fama y reconocimiento, pero todo le parecía una broma de mal gusto, retorcida y especialmente “graciosa” que sus textos burlones, su obra basada en su mayor parte en una larga sucesión de pensamiento mordaz sobre Inglaterra, sus costumbres y su “hipocresía cultural tan bien asimilada” le convirtieran en una figura reconocida y poderosa, con un nivel de influencia considerable.

El poder de la palabra y el singular periplo a la aventura

“Nunca he comprendido demasiado la animadversión que provoca el arte de sólo no aceptar nada, sino enfrentarse a todo pensamiento con una terquedad enfurecida”, escribió luego de que Anna rechazara su primera petición de matrimonio. Para entonces, Byron era más famoso que nunca, estaba borracho casi todo el tiempo y escribía con una dedicación, disciplina y entusiasmo que contradecía su supuesta “elegía a la destrucción”, una frase que utilizaba con frecuencia para definir el impulso de escribir para escandalizar. Pero en realidad el poeta estaba convencido de que necesitaba, de una forma u otra, sostener una versión de la realidad que pudiera vincular con su singular visión de la vida.

Después de todo, Byron jamás había sido un hombre normal. La singularidad era parte de su vida y era algo de lo que se enorgullecía. Hijo del capitán John Byron “Mad Jack” y de su segunda esposa, Lady Catherine Gordon, desde muy joven vivió en “el desorden”, aunque en realidad solía asegurar que pasó una mayor cantidad de tiempo batallando contra “los dolores de sólo ser pobre sin saberlo”. También, había una extraña combinación entre la “excentricidad” de su familia y el hecho de que buena parte de sus antepasados habían tenido vidas extravagantes, inexplicables y algunas de ellas signadas por lo que parecía un largo recorrido hacia destinos inciertos.

Su abuelo John Byron fue uno de los primeros vicealmirantes británicos que navegó a través del mundo en una travesía que sostenía con la fortuna familiar y que, al final, terminó por llegar a las Indias Orientales entre los restos de una flotilla a la que apenas sobrevivió un barco y otro estuvo a punto de hundirse antes de llegar a tierra. Además del vicealmirante, hubo un Byron que recorrió la cordillera del Himalaya en tiempos en los que las aventuras eran una sentencia a muerte y un tío abuelo del poeta que murió después de arrojarse a una pelea a “mano limpia con un león”, una leyenda familiar que Byron exageró y celebró en varias ocasiones, además de atribuirle su predilección por el riesgo y las grandes batallas “perdidas de antemano”.

Como si eso no fuera suficiente, su tatarabuelo había logrado cruzar los Alpes a pie —eso se decía— y aunque había terminado congelado y con varios dedos menos la aventura le había valido el respeto de buena parte de la sociedad inglesa de 100 años atrás, que comenzaron a considerar a los Byron como una especie de “tribu insana, formidable y pendenciera”, o eso había escrito el poeta sobre las proezas del desconocido pariente. En realidad, todas las grandes gestas, luchas y proezas delirantes de sus diversos parientes estaban relacionadas con lo que parecía ser una vena inquebrantable por el riesgo.

Una además que se relacionaba con una necesidad inquebrantable y violenta de enfrentarse a las convenciones sociales a fuerza de un comportamiento “inclasificable”. Byron más tarde diría que las variadas historias sobre la “demencia familiar” le habían ayudado a “sobrellevar la suya”. Y, de hecho, esa noción sobre un destino predestinado a la búsqueda de “grandes y simbólicas gestas” era lo que había llevado al poeta a una búsqueda desesperada de “un lugar, cualquiera que fuera” en la historia de la literatura. “No tenía muy claro si deseaba ser reconocido o repudiado, sólo que cualquiera de ambas cosas me evitaría el anonimato y consolaría el miedo a ser olvidado”, escribió a Anna, mientras intentaba ganarse su buena voluntad.

Pero la matemática, astrónoma y la única mujer que intentaría comprender a Byron más allá de toda su extraña cualidad para “una caótica necesidad de ser escuchado” no le creyó. “Deseas escribir porque es lo que mejor haces, es lo que te empuja fuera de tus desgracias y la miserable consideración del mundo de encontrar un sentido de lo real”, contestó ella. Byron después diría que había sido esa carta la que le había convencido “en medio de un imperdonable delirio” a pedir por segunda vez matrimonio a Anna. “No fue el amor lo que me llevó a creer que podía ser amado. Fue la convicción de ser comprendido”, diría después de que el matrimonio terminara en divorcio y con una hija destinada, de la misma manera que su padre, a cambiar la historia.

El hombre con todos los rostros, todos los miedos, todas las esperanzas

Byron fue mucho más que un poeta, aunque su nombre se recuerda en esencia por su aporte al romanticismo y su cualidad de mecenas. En realidad también fue un político de considerable influencia en su época y uno que batalló desde las sombras y con todos los recursos a su alcance para lograr cambios sociales de considerable importancia. Byron fue el primer en debatir en público en una Inglaterra conservadora y clasista sobre las necesidades del pueblo llano, de enfrentarse como pudo, y siempre que pudo, a la desigualdad social —desde una cierta ambivalencia que después fue considerada hipócrita— y hasta al poder y la indulgencia general del poder monárquico en menoscabo del pueblo llano.

Por supuesto, el “don de la provocación” le haría reconocido —y controvertido— incluso antes que su formidable obra literaria fuera alabada por buena parte del mundillo artístico de Inglaterra. A sus veinte años ya había declarado que “detestaba a buena parte de las cabezas coronadas de Inglaterra”, lo que le había acarreado cartas enfurecidas de parientes y amigos, y una censura directa y violenta de varios periódicos de Londres. “Si no desea ser reconocido, rico o aceptado por sus grandes dotes, ¿por qué no obsequia su patrimonio a quienes considera que más lo necesitan?”, se burló un cronista de la época en un fanzine que circulaba entre los salones de caballeros de la ciudad.

Byron no se inmutó y respondió con un largo y brillante texto en el que ya se advertían sus primeros análisis políticos que le harían famoso. “No se trata de lo que puedo hacer, como un hombre que es una única voz, sino lo que pueden hacer los que representan todas las voces de todos los hombres”, escribió. La respuesta le hizo famoso en varios círculos y comenzó a hablarse de su elocuencia para “luchar contra las viejas estructuras”. Pero mientras se erigía como paladín del bien común y de, quizás, cierto estrato de descontento contra el poder, el jovencísimo aristócrata participaba en escándalos, llevaba una vida disipada y al final terminó por ser tildado de “sólo una fachada de vicios encubiertos por el título que utiliza para hacerse reconocido”. Pero para entonces, la celebridad de Byron marcaba el final de algo más interesante: el recorrido hacia la forma en que la literatura se comprendía.

De ser asumida como una “virtud cultural”, Byron logró que también representara algo más duro, extraño y violento, una idea que cimentó la de la noción de lo moral, lo reaccionario y lo controversial con un nuevo discurso poético. Mientras en Francia la poesía atravesaba la cuestión sobre su capacidad como “herramienta de expresión de la oscuridad y la luz”, un interlocutor diáfano de las pulsiones “culturales”, Byron construyó las bases para un tipo de análisis sobre la literatura mucho más crítico. “No era especialmente bueno, pero sí incómodo”, dijo dos años antes de morir, embarcado en otro de sus interminables viajes. “Y, por ahora, eso es suficiente para mí”.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.