Ahmad Odeh via Unsplash


Hay momentos en la vida que nos tienen amarrados. La peste cede y pareciera que la inmunización es el elemento clave. Me gustaría finalmente salir de todo esto, respirar el aire fresco sin usar un cubrebocas y poder viajar a donde me apunte el pie. Por mientras, inconscientes de ese designio, las dos fierecillas de la casa, se las arreglan para correr bajo la lluvia, meterse bajo los muebles para acurrucarse, y amenazan despertarme durante mi sueño para que podamos jugar incluso de madrugada. Mi cuerpo y mi volumen, mis oídos que sanan con los ansiolíticos. Pensar que es la primera ocasión que anhelo tener treinta, lo cual es extraño puesto que el tema me era simplemente indiferente. Durante los fines de semana, duermo como si realmente no hubiera un mañana. Me pierdo entre las cobijas, más aún cuando la lluvia azota las ventanas. Pensar que pronto estaremos fuera de peligro (por lo menos de ese peligro en particular).

El pasado, como es costumbre, viene a tocar la puerta de formas inesperadas. Me da risa. Intentos de disculpas que llegan, miedos que se ven superados, personas que han dejado de importarme. Y luego, el vacío. Ese vacío que intento dimensionar. ¿Qué es esto que siento cuando me dejan sola con mis pensamientos? Anhelo ir a casa a dormir, para no enfrentarme a ello. Eso, o llenar los silencios con documentales, podcast o mera comedia. El silencio abrumador es aquello que evito a toda costa, pues siento que si dejo que se apodere de mi entorno , ello terminará aplastándome

Abro una de las veinte conversaciones que tengo pendientes. Mi necesidad por convivir está dividida en varios individuos. Los mensajes de texto han sido la manera en la que me siento de una u otra forma conectada a otros. Imágenes chuscas, anécdotas cotidianas, opiniones de eventos recientes. Pensar que la soledad se mitiga con conversaciones truncas y que no podría estar en un solo lugar devota a una sola persona, porque siento que esa persona se abrumaría, y segundo, sería meter todos los huevos (que son mis afectos), en una sola canasta (que es una persona). Pero no hablo de relaciones amorosas de índole poliamoroso. No. Hablo de simples conversaciones porque pareciera que mi corazón caprichoso dormita por largos periodos. Así ha estado poco más de dos años. Con pequeños atisbos que amenazan despertarle pero que finalmente terminan induciéndolo a un sueño cada vez más profundo. En cambio, mis afectos son simplemente otro tipo de cariño que aún conservo dentro de mi naturaleza humana.

Hubo un tiempo en que me mantenía presa en esa habitación blanca que era ese morada, en ese pequeño pueblo. Que el miedo me rebasó, que sentí que no podía ser peor. Ahora estoy rodeada de gente que en un desesperado intento de mantener la ilusión de la economía, se cubren el rostro con trapos (cuando no hay cubrebocas), caretas plásticas, lentes de todas formas, y estampados varios. Hay quienes pasan varios días con las mismas garras cubriéndoles la jeta. Otros combinan con sus gustos particulares el bozal y el atuendo. Y yo, sintiéndome una patata naranja al estar recubierta de atavíos de seguridad, prefiero infinitamente eso, y no reconocerme al espejo por la distorsión de mi figura, que estar encerrada esperando me devore la ansiedad y me domine al vértigo. Hoy le digo, adiós a la inmovilidad.

Por Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas

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