CDMX de terror

El Callejón del Aguacate donde, dicen, te puedes llevar un buen susto.

El género terror, podría pensarse, es aquél que se desarrolla en entornos oscuros y desconocidos. Solemos pensar que lo desconocido da miedo, y sí, pero sólo confrontando el miedo podemos superarlo, si este no nos mata antes. Es justo esta la cuestión: si es desconocido, da miedo, entonces, los contextos de narrativas de terror, deberían ser en entornos desconocidos. Ya sabe usted, para más placer. Sin embargo, el miedo es algo que sentimos incluso en entornos conocidos, o sea, da miedo salir a la calle (que conocemos) gracias al bicho asesino ese tan de moda, por ejemplo. No pensamos en que el día a día, nuestra normalidad, nos da muchos motivos para estar aterrados, quizá porque ya estamos acostumbrados a estarlo.

Nada más hace falta salir un poco de las zonas densamente pobladas, a ranchitos o pueblitos, y ahí hay cada historia… Parece haber algo en las lejanías, que vuelve a lo paranormal en algo común, pero no por eso relajante. Podría ser por la forma de contar las cosas de los que ahí habitan, que en realidad se lo creen, que sí sea verdad todo aquellos. Estamos falsamente acostumbrados a sentirnos seguros en la ciudad, probablemente porque hay mucha luz. Es un gran error creer que, porque hay un foquito afuera de nuestra casa y en un maizal no, entonces ya no hay pedo.

Ciudad fantasma, relato fantástico de la ciudad de México (XIX-XX), es una compilación hecha por Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte cuyo tema en común, de todos y cada uno de los relatos, es que suceden en CDMX. No quiere decir que sean notas periodísticas con rigor objetivo sobre terribles sucesos de la capital mexicana. Estos relatos son ficciones pero que suceden en la ciudad, no en un campo lleno de animalitos y caminos de terracería.

La primera impresión que podríamos tener de la capital de México es la del lugar al que puedes ir a hacer de todo. Es un centro cultural de talla internacional. Ahí hacen los conciertos más chingones, además de que los museos están a toda madre. Está el Ángel de la Independencia listo para ser rayado, el estadio Azteca para mentar madres y Plaza Santa Fe para comprar cositas. Pero también ha sido sacudida por terribles terremotos y eventos históricos desafortunados, quizá por hacer enojar a los dioses.

Es este el punto de inflexión donde lo racional de algo como una ciudad se vuelve fuente de horror, o de inspiración para el mismo. Llegamos a olvidar que la llegada de la tecnología, no es sinónimo de entera objetividad. El ser humano no puede dejar de creer, por más objetivo que sea uno: la simple posibilidad de alguna creencia, abre un gran abanico de posibilidades. Obviamente, hay unos que creen más que otros, hay quienes se aprovechan de las creencias, y los hay quienes creen que no creen, pero en realidad no saben que creen. Entre todo esto, queda una pequeña e ínfima influencia que puede crecer y enraizarse fácilmente. No es suficiente no creer, nunca lo es.

Los escritores de los textos de esta compilación decidieron jugar con esa sensación de seguridad y destrozarla. Nos muestran que cuando estamos en una situación de control, cuando nos sabemos fuertes en ese sentido; aún así, hay lugar al miedo. Incluso si nos enfrentamos a un hecho que puede ser explicado, podemos experimentar esas ñáñaras en la cola. Por ejemplo, cuando sucedió el terremoto del 85, los rescatistas se guiaban por el olor a descomposición, para saber qué esperar o qué hacer. Si eso no le causa a usted alguna clase de estremecimiento, entonces vaya a un psicólogo.

Pero nada peor que algo inexplicable, una aparición, un evento que desafía nuestra lógica. En primera instancia: sucede en una ciudad. En segundo lugar, amenaza la seguridad que teníamos en alguna creencia o conocimiento. Para finalizar: no podemos comprenderlo con lo que generalmente conocemos de lo que nos rodea.

Entonces, un buen escrito de terror tiene todo esto: desafía la lógica, causa estremecimientos en nosotros, nos vuelve proclives a creer algo distinto. Si a todo esto sumamos la capacidad del escritor, esa de usar las palabras indicadas para causarnos algo, entonces es un lujo.

Esta compilación tiene una gran variedad de escritores y temas. Algunos de los más sobresalientes son:

  • Lanchitas, de José María Roa Bárcenas, en el que la muerte no es impedimento para el perdón divino, y es eso lo que causa pavor.
  • La calle de la mujer herrada, de Luis González Obregón, un karma brutal y un entornar de ojos en un paroxismo de incomprensión.
  • Matilde Espejo, de la diosa Amparo Dávila, que nos muestra que las imágenes que nos hacemos de los demás no los eximen de llevar a cabo terribles actos, y el sabernos a salvo pero cerca del peligro, es lo que más da miedo.
  • La fiesta brava, de José Emilio Pacheco, porque nunca puede dejarse de lado su tono experimental, su narrativa inmejorable y, sobre todo: que el pasado no es ese maravilloso imaginario que solemos construirnos.
  • La noche de la Coatlicue, de Mauricio Molina, que confunde el tiempo y la irrealidad para dar paso a la fantasía y el horror en carne propia.
  • La mujer que camina para atrás, de Alberto Chimal, que es una aparición, terrible como todas, pero que a pesar de traer buenas nuevas, nos hace huir despavoridos.
  • Leones, de Bernardo Fernández, en donde leones toman el poder de CDMX para sobrevivir… esperemos.
  • Perro callejero, de Luisa Iglesias Arvide, en el que uno no sabe qué es perro y qué es humano, pero en el que un terrible acontecer vuelve a todos hermanos en la respiración antes del grito.

No hace falta irnos a parajes solitarios y escabrosos para no poder dormir. No hay que viajar lejos para enfrentar monstruos. No es suficiente con la lógica para dejar de temblar. Sólo hace falta ver lo que hay al otro lado de cualquier puerta de nuestra casa para ver que la oscuridad no es propia de la noche ni de las pesadillas, sino que cuando el sol brilla, también tenemos motivos para temer.