Flannery O’Connor. De ídolos rotos y otras ideas: el mal, el bien y los dolores perdidos

OUROBOROS / POR: AGLAIA BERLUTTI

Con dieciocho años, Mary Flannery O’Connor era una chica desagradable y también, llena de prejuicios. Ella lo comprendía así y no le desagradaba. Más bien, asumió que era parte de algo más amplio sobre su identidad que le llevaba esfuerzos comprender en toda su extensión. Una que, además, tenía la capacidad al parecer nata de enfurecer a todos a su alrededor. De hecho, llegó a escribirlo, en uno de sus tantos diarios a los que jamás incluyó fecha y que solía quemar cierta regularidad. “Soy desagradable, poco agraciada, encorvada. La piel pálida, el cabello despeinado. Los labios finos. Pero también soy blanca y eso es importante”.

Eso lo apuntó en uno de los pocos cuadernos que se conservó durante su viaje en 1943 al “norte”. Lejos de su natal Georgia y en especial, de esa idílica y etérea Savannah, Flannery comenzó a analizar su vida y sus primeros intentos narrativos más allá del miedo. Del miedo real que le provocaba el poder que tenía sobre ella escribir y la posibilidad de ser reconocida por hacerlo.

“Comprendí entonces que estaba destinada a eso (ser escritora) y no otra cosa. No importa lo que hiciera, no importa hacia cual lugar mirara, las palabras estaban ahí”. Podría parecer un pensamiento romántico, sino fuera porque también, era una afirmación de algo más oscuro en su interior. “Lo que escribo es lo bueno y lo malo en mi interior. Casi siempre lo segundo”. Y una de las tantas cosas retorcidas y extrañas de las que escribía O’ Connor, era el racismo. Uno acendrado, que expresaba en ideas directas.

A la distancia, leer las obras de la escritora es una mirada también a su época y a la creación mezclada con algo más duro y complicado de entender. Flannery O’Connor era racista como tantos otros hombres y mujeres blancos de su época. Lo era por asimilación, por asumir la idea de la diferencia como algo inevitable y lo que es aún más desconcertante, a través de un recorrido franco por el mundo que le tocó vivir. La jovencísima Flannery O’Connor que decidió comenzar a narrar el mundo a su modo, encontró fragmentos de su vida y lo que le rodeaba desde la franqueza. Una grosera, grotesca y la mayoría de las veces desagradable.

Pero la escritora tenía el don de creer y estar convencida que establecer relaciones entre su modo de vida y lo que escribía — deseaba escribir — era profundamente necesario. Para entonces, O’Connor exhibía una creatividad prolífica: ilustró con tinta, carbón y acuarela libros para niños “demasiado viejos para los niños y demasiado jóvenes para los adultos”. También escribió un poemario inquietante y lleno de imágenes sombrías que tituló con extraña sobriedad “Las obras invaluables de M. F. O’Connor”; Mientras tanto, insistía en enviar textos más elaborados a revistas y editoriales, que sistemáticamente rechazaban todos sus intentos por publicar. Con veintidós años, llegó a decir que su pasatiempo era “recolectar hojas de rechazo”.

Pero durante su viaje “al norte” (un largo viaje a Manhattan, que incluyó Chinatown, la Catedral de San Patricio y la Universidad de Columbia) le hizo comprender que más allá de Georgia, el tema y objetivo acerca de la literatura estaba muy lejos de sus cuentos retorcidos y la mayoría de las veces, inquietantes. Que fuera del estrato de lo que conocía, había algo incómodo en su forma de narrar. “Ser blanca no es demasiado importante, aunque creí que lo era” escribió su primo, de vuelta a Savannah y todavía asombrada por lo que había visto y leído en Nueva York. O’Connor jamás negó el hecho del racismo, tampoco afirmó tuviera una real importancia.

Pero si era consciente que se trataba de una anomalía, un punto debatible y una concepción incómoda sobre un territorio más amplio. Por supuesto, la escritora vivió una época de transición, una que atravesó el modernismo en busca de una identidad que no logró del todo. Al final, dos décadas después de su viaje a Nueva York, a punto de morir, con dos novelas y un libro de cuentos a cuestas, comprendió la grieta abrasiva en sus relatos. “Escribí para blancos, porque soy blanca y no sé cuál sea el significado de eso” dijo en una carta sin destinatario.

El tiempo y la identidad: dos criaturas a la sombra

La mujer que el obituario del Times llamó “una de las escritoras más prometedoras del país”, comprendió luego de un largo tránsito y batallas a través de la literatura, que el mundo era por completo distinto a cómo lo había imaginado. Se trató de un pliegue misterioso sobre la base de sus obras, honestidad dolorosa y frialdad violenta, principales características de lo que se llamó después “un incómodo regionalismo” en sus obras. El racismo de O’Connor no está presente en sus obras de manera directa, pero palpita al fondo del tema, lo sostiene como un imaginario grosero y oscuro que en la actualidad es difícil de entender en toda su extensión.

Por supuesto, anécdotas sobre el racismo rampante de O’ Connor sobran. Desde su repetido uso de la palabra “negro” en correspondencia privada que compartía familiares, amigos y editores. Se cuenta que, en Massachusetts, le enfureció que una mujer afroamericana estuviera en la clase de su prima. Tenía 23 años, ya escribía con frecuencia en varias revistas y en al menos, uno de sus artículos se refirió de manera directa sobre la “decadencia del mundo”, para referirse a la sensación de “mezclar dos mundos imposibles”.

De hecho, una de las grandes anécdotas de su viaje a Manhattan, se convirtió en una polémica carta que en el 2014 fue publicada para demostrar el rasgo prejuicioso de la escritora. En uno de sus puntillosos relatos acerca de su recorrido al norte, contó el enorme esfuerzo que le había llevado “convivir entre personas de color”. Y más allá, tener que “soportar” la “vista de estudiantes blancos y negros” en un campus “que le causaba franca repugnancia”.

¿Eso condena toda la obra de O’Connor a ser analizada desde la perspectiva del racismo? En realidad, la narrativa de la escritora va más allá de eso. Sus elaborados escenarios repletos de detalles grotescos de la Norteamérica inquietante, dura y muy lejos de sus habituales paisajes radiantes, resulta desconcertante sin otro elemento que añadir. ¿La personalidad de su autora deforma esa percepción? Es probable que sea complicado reflexionar sobre una obra tan personal sin añadir la concepción de la mujer que O’Connor fue —en especial cuando la mayoría de sus lectores le conocen por sus ensayos y cartas— y el cómo pudo influir en su obra.

Tal vez la anécdota que ilustra de mejor manera la forma en que O’Connor percibía su vida y su obra, es la que cuenta un artículo del 2014 del New Yorker y relata una de sus pocas entrevistas televisivas. En mayo de 1955, la autora regresó a Nueva York para promocionar su libro Un buen hombre es difícil de encontrar y fue invitada a un programa de televisión cultural en la que se le ve sentada, muy erguida, con aire sereno y seco. “Tengo entendido que está viviendo en una granja”, pregunta el anfitrión con cierta condescendencia. “Sí”, responde ella y parece enfurecida, en especial por la forma en que el hombre sonríe a continuación. No obstante, su rostro es una máscara, la boca apretada en un hilo tenso. “¿Es usted una escritora regionalista?” pregunta el entrevistador.

Ella hace entonces una pausa lenta, meditada y entonces dirige la pantalla no al rostro del hombre sentado frente a ella, sino a la cámara: “Creo que para superar el regionalismo hay que tener un gran conocimiento de sí mismo. Creo que conocerse a uno mismo es conocer su región, y que también es conocer el mundo, y en cierto sentido, paradójicamente, es también ser un exiliado de ese mundo. Soy lo que soy porque no puedo evitarlo”.

Muchos años después y en especial, en mitad del duro debate sobre su legado y la importancia de su obra, la cortísima entrevista se convirtió en emblema de lo complicado que puede resultar en la actualidad analizar la obra de O’Connor. Pero en especial su valor, en mitad de la discusión inevitable sobre sus silencios y temores.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.