La ley seca que inundó Tijuana (III)

TRES DE TRES / POR JOSÉ LUIS ENRÍQUEZ GUZMÁN

A pesar de que es difícil cuantificar a los turistas que ingresaron a Tijuana a partir de la Prohibición, algunos diarios estadounidenses afirman que la afluencia de personas en días festivos y domingos era de casi 40 mil personas. Además de la cantidad de norteamericanos que cruzaban la frontera, el paisaje de Tijuana cambió rápidamente. 

Los productores de licores y cerveza se establecieron en Tijuana. La alta demanda de consumo generó que la industria cervecera tuviera un crecimiento sin precedentes en la historia de México; así, nacieron compañías como la Cervecería Mexicali, la Aztec Brew Company, la Old Judge Manufacturing Company, la Compañía Cervecera de Tijuana, la Mexico Star Liquor Company y la Compañía Destiladora Nacional. Dado el auge de la industria, el presidente Álvaro Obregón, contrario a otros revolucionarios, no prohibió el consumo, sino que le puso un impesto, lo que no afectó a los consumidores, sino todo lo contrario, aumentó la demanda de bebidas alcohólicas y resultó una fuente de ingresos a las arcas de la nación. 

Aunado al alcohol también se desarrolló el uso de otras sustancias de uso recreativo, como el opio. Esta droga fue traída por los inmigrantes chinos a finales del siglo XIX. Aun cuando la mayoría de los inmigrantes se establecieron en Mexicali, algunos se quedaron en Tijuana, donde establecieron fumaderos de opio desde la segunda década del siglo XX; incluso, en 1915 el gobernador de Baja California, Esteban Cantú legalizó el procesamiento y consumo de opio ante la “imposibilidad” jurídica de detener el tráfico de esta droga; sin embargo, se cobraban concesiones a los que establecían fumaderos, ya que, al igual el gravamen de Obregón al alcohol, este resultó ser un negocio redituable para el gobierno local. No obstante, sería impreciso afirmar que la totalidad de la población china estaba de acuerdo con la comercialización del opio; en realidad, eran pocos los que lo consumían y menos los que lo vendían, ya que era mal visto entre esa comunidad. 

South of the border, down Mexico way

Aunque por las imágenes se puede pensar que la época de la Ley Seca fue favorable para Tijuana, la realidad es que el desarrollo de la ciudad fue, si acaso, la última consecuencia de las grandes cantidades de dinero que entraban a la urbe fronteriza. Como afirma el investigador José Alfredo Gómez Estrada, entre 1920 y 1933 era normal ver la garita de San Diego repleta de estadounidenses, la mayoría hombres, que aprovechaban los días de asueto, como el 4 de julio o Acción de Gracias y los fines de semana, para cruzar la frontera y aprovechar la diversión y lugares que Tijuana ofrecía. Un sábado en la tarde era común ver atestados casinos como el Sunset  Inn,  Montecarlo,  Tivoli y Foreign Club. Aunado a esto, había un complejo turístico en el que podían encontrar un bar, restaurante, balneario, canchas de tenis, campo de golf, hotel, un hipódromo y un casino. 

Sin embargo, la diversión captada por las cámaras y los testimonios de los partícipes y/u observadores no alcanzó a cubrir el panorama completo de Tijuana durante la Prohibición. La imagen de una ciudad parecida a Sodoma y Gomorra iba acompañada de una serie de factores negativos que, aunque perjudiciales, no parecieron mermar el ánimo por cruzar la frontera cada fin de semana. 

Rápidamente, las autoridades del territorio y los diarios estadounidenses documentaron la existencia de ladrones que se aprovechaban de la embriaguez de los visitantes para llevar a cabo su cometido; entre ellos, había varios grupos de bandidos a los que se les logró comprobar delitos graves, como secuestro y hasta asesinato. De acuerdo con los expedientes de las autoridades, se lograron evidenciar delitos como el secuestro de una turista estadounidense que fue obligada a firmar cheques, el asesianto de una visitante a manos de un policía norteamericano en la frontera, entre otros.

Aunque los gobernadores del entonces Distrito Norte, denominación de Baja California antes que fuera un estado, trataron de poner medidas restrictivas para moderar los excesos en los que incurrían tanto extranjeros como nacionales, la derrama económica y la imposibilidad material de los cuerpos policiacos para atender la cantidad y calidad de los problemas hicieron que Tijuana siguiera siendo una moneda de dos caras. Sin embargo, esos no eran los únicos problemas de la localidad. 

Aunado a lo dicho, Tijuana padecía de falta de drenaje, tuberías que llevaran agua potable a los domicilios particulares, mala pavimentación, etc. Incluso, el Puente México, que conectaba Estados Unidos con nuestro país, había sido construido de forma endeble, por lo que a menos de un año de su inauguración ya requería reparaciones serias. A esto habría que sumarle los constantes incendios y la mala construcción de los lugares de diversión, al grado que en un punto se prohibió la construcción con madera. Si bien en Tijuana circulaba bastante dinero, poco se fue en el mejoramiento del lugar. No obstante, como se dijo, ninguna de estas circunstancias impidió la llegada de turistas estadounidenses, este flujo disminuyó considerablemente cuando la Ley Seca fue revocada como artículo constitucional en 1933. 

Tijuana después de Tijuana

Aunque basta observar alguna película estadounidense que tenga como escenario Tijuana para comprender que la idea de la ciudad como un centro de diversión, casi al grado de patio trasero de la nación norteamericana, siguió vigente durante mucho tiempo. Incluso, a inicios de la década de los noventa, los marines estadounidenses asignados a San Diego cruzaban la frontera para divertirse en Tijuana antes de ser mandados a la Guerra del Golfo. A estas alturas de la entrega cabe preguntarse qué queda de la Tijuana de principios del siglo pasado y qué ha cambiado. Sin duda Tijuana -y en general México- ofrece ciertas facilidades morales y de diversión que es complicado encontrar en Estados Unidos, como la mayoría de edad, con la que se pueden acceder a ciertos servicios y productos; incluso, en un punto las autoridades estadounidenses trataron de incentivar a los gobiernos mexicanos para que no les vendieran alcohol a sus habitantes menores de 21 años. 

Sin embargo, más que una ciudad que sólo ofrece ventajas que llevan al libertinaje, también brinda la facilidad de residencia a estadounidenses -impulsados principalmente por el costo de vida menor y la cercanía con su país- y, sobre todo en los últimos años, como una ciudad atractiva para el turismo médico. Esta práctica se ha hecho común recientemente ante la inaccesibilidad económica de muchos servicios sanitarios que en Tijuana, y otras ciudades fronterizas, son más baratos y no merman la calidad. Incluso, los gobiernos estatal y local han invertido en la creación de la Newcity Medical Plaza, un complejo único en su tipo dedicado al turismo médico. 

Tijuana sigue siendo una ciudad que representa la antítesis de muchas cosas en Estados Unidos. Aunque ya no es la frontera más compleja y disímil del mundo, no cabe duda que del pecado a la alternativa hay solo un paso, y Tijuana seguirá siendo una ciudad en la que se puede caer en el pecado de divertirse o buscar una opción distinta al sistema de salud de un país.