Las tribulaciones de un trabajador sanitario novato en un establecimiento sanitario. Primera parte.

HOSPITAL INCURABLE / POR ADRIÁN LOBO

Primer día de trabajo, estoy exultante. Llego con toda la actitud (de servicio). Entro emocionado al servicio al que fui asignado ese día, me presento algo nervioso, pero con mucho ánimo. Entro con energía, dando vigorosos pasos, casi trotando para que se note que vengo a darlo todo.

¡Vamos a darle con todo…! Vamos a darle con todo… Con todo…

El primer paciente que veo no luce muy bien, pero bueno, es normal, esto es un hospital… pero ¿por qué todos corren hacia él? Finalmente me doy cuenta, igualmente trotando y sin detenerme doy vuelta “en U” y me regreso por donde vine.

— ¡Uy! ¡El paciente cayó en paro…! El paciente cayó en paro… Cayó en paro…

No me detengo hasta llegar a la puerta por donde entré al hospital.

***

Otro día, otro servicio.

— ¿Me puede ayudar a acomodar a mi paciente?– me dice en el pasillo una enfermera que me ve pasar de camino al comedor.

— Sí, claro. ¿Qué necesita?

— Básicamente subirlo un poco, ¡está casi cayéndose!

— Bien, ¡vamos! ¿Pero cómo…?

— Lo que debe hacer es colocar una mano debajo de su brazo, en la axila, y la otra un poco más abajo de la nuca y subirlo– me explica mientras caminamos hacia allá.

— De acuerdo.

Llegamos al pie de la cama del paciente, es un hombre de mediana edad, parece que no está muy consciente y no se ve muy pesado… Creo que esto será rápido. Me acerco para hacer lo que se me ha pedido y…

— Primero baje la cabecera…

— ¡Ah, sí…!— sonrío. Ahora sí, manos a la…

— Y baje el barandal de la cama…

— ¡Oh, cierto!—  encojo los hombros un poco avergonzado. Ahora ya…

— Cuidado con la sonda vesical… — me recomienda mientras le dirijo una mirada como de impaciencia a mi interlocutora que me apremia afirmando con la cabeza y señalándola casi con frenesí. Me inclino levemente para agarrar al paciente y…

— ¡La venoclisis…! —  Exclama. ¡Ufff! No he tocado al paciente aún y ya estoy sudando.

Finalmente parece que todas las previsiones se han tomado, ahora sí, a lo que vine. Veamos, una mano en la axila… No, mejor la otra mano… así, debajo de su brazo… y la otra mano un poco más abajo de la nuca… bien…

— Señor, lo voy a mover un poco, alce la cabeza, por favor… – El paciente ni se inmuta. Así es que intento alzársela yo.

Una, dos y… (pujido) ¡Rayos! ¿Qué es lo que pasa aquí? No se movió ni un centímetro y tengo que desplazarlo hacia arriba como 50. Bueno, bueno, me tomó desprevenido, me confié. Otro intento. Esta vez con más energía.

Uno, dos y… (un pujido más fuerte). Nada. ¡Caramba! Está más pesado de lo que parece, es eso o que se ha quedado pegado a la cama.

— ¿Y si le pide a alguien que le ayude?— me pregunta la enfermera.

Yo no estoy muy convencido, todo esto empezó con ella pidiendo ayuda y hasta ahora no hemos logrado nada. Además, ¿a qué tipo de ayuda se refiere, una grúa? En fin, salgo al pasillo a buscar a un compañero para pedirle que me ayude a ayudar a la enfermera, encuentro a uno en el pasillo que nada más entrar empieza muy ufano a hacer alarde de las mañas que ha adquirido, de su experiencia cargando bultos en la central de abastos.

— Jefa, ¿le puede flexionar las piernas? Así, gracias. Y creo que mejor inclinamos la cama un poco… hasta ahí. Ahora vamos, al mismo tiempo, una, dos…y ¡hump! Ahí quedó.

— Parece que sí, ¿eh? Gracias.

— De nada. Y oye, hay que ir al gimnasio, ¿eh? — Me dice. Yo le dedico una sonrisa hipócrita mientras pienso: “¡Ya, largo de aquí estúpido!”

— Sí, sí, ya. Gracias. — le digo y aquél se retira.

Intento irme también de ese lugar, pero me detiene la enfermera:

— Antes que se vaya… ¿le puede enderezar la cama?

— Sí… — voy al pie de la cama y me hinco, giro una manivela como doscientas veces y… — Ya está… ahora me…

— ¿Y le sube la cabecera…?

— Claro — le respondo. Y mentalmente me digo a mí mismo con fastidio mientras me hinco otra vez y giro otra manivela doscientas veces más: “Y el barandal y la sonda vesical y la venoclisis… ¡ufff! Ya no me va a tocar nada en el comedor…”

***

Otro día, otro servicio. Me toca entrar al quirófano, mi primera vez. Estoy listo, me he puesto el pijama, no había usado una desde… en realidad nunca había usado pijama… así es que esto parece un día de “primeras veces”. Me acerco a la entrada, me coloco los implementos necesarios (mascarilla, gorro y botas quirúrgicos) y allá voy. No había dado ni tres pasos al interior cuando una enfermera que se dirige a la sala cuatro se cruza en mi camino y se detiene frente a mí. Algo sin duda le ha llamado la atención, lo que me sorprende e incomoda un poco. Presiento que algo desagradable está por ocurrir. De repente me pregunta intrigada:

— ¿Por qué se puso una bota en la cabeza?

— Ejem… ¿una bota?

— Sí, es una bota.

— ¡Ah, sí… claro! Es que fíjese que los gorros se acabaron y quise entrar así para traer algunos y colocarlos en la trampilla.

— ¡Ah! —   parecía retirarse, pero antes quiso saber algo. — ¿Y usted que es? —  Me preguntó para saber si era yo médico, enfermero, camillero, personal de aseo, de mantenimiento, de ingeniería biomédica, similar o conexo.

— ¿Yo? ¿Qué soy? Un idiota, al parecer. Eso es lo que soy, jefa.

La enfermera se fue finalmente, riéndose de mí, aproveché entonces para volver sobre mis pasos y cambiar la bota en mi cabeza por un gorro quirúrgico de verdad. Bueno, otra primera vez: Usar en la cabeza una prenda diseñada para el pie.

Adrián Lobo. adrian.lobo.om@gmail.com | hospital-incurable.blogspot.com | facebook.com/adrian.lobo.378199