La más cínica

Yves Decamps, Mutilated by happiness, 2018

“En primer lugar, Anna desprecia a las personas que tienen casa propia, choche y familia, y, en segundo lugar, a todos los demás.”

Para describir en pocas palabras a la escritora de la que hoy nos ocupamos, sólo haría falta cambiar el nombre de Anna, por el de Elfriede Jelinek. Si ella, la autora, fuera un género cinematográfico, sería gore, definitivamente. No hay otro literato, en su género, que sea más brutalmente apantallante que esta artista de las letras austriaca.

Cuando uno lee “La pianista”, cree haber encontrado algo insuperable en torno a las letras cínicas. Los cínicos son aquellos que hacen ver un punto crítico (o no) de una sociedad, por medio de un humor ácido. Hay muchos escritores talentosísimos en este tipo de literatura. Cada uno con su estilo particular, todos convergen en la burla de lo que nos rodea. Uno de los más sobresalientes es, sin duda, Thomas Pynchon, que tiene una fineza y elegancia insuperables. Incluso él tiembla ante la narrativa de Jelinek, quien es la más despiadada, nadie la supera.

Quizá otra aproximación que se podría llegar a pensar sería la del Marqués de Sade, pero sería poco útil. El punto de Sade era filosófico-político-social, y sus figuras retóricas retorcidas eran el área de descanso de su escritura. Ella es más radical que el francés por el simple hecho de que su punto a probar no se separa de su violencia, como sí sucede con el Marqués. Elfriede nos regala libros que, en todo su conjunto, es una continua violencia, no hay escape de la misma. No es pesimista como lo sería Houellebecq, otro francés: es radical, su narrativa es una protesta rebelde en forma de escupitajo en la cara.

“Los excluidos”, que es el libro que se tratará en este texto, es un ejemplo perfecto del cinismo rebelde de ella. Trata sobre 4 amigos que no son muy amigos, la verdad: Anna, hermana de Reiner, es la música frustrada enamorada de Hans, que es el musculoso sin talento que se quiere quedar con Sophie, quien es la ricachona deleznable que no ama, sólo detesta, y de ella está enamorada Reiner, cuyo talento es ser un literato prepotente y hablador frustrado con la vida, un mero cobarde. En este cuadrilátero del amor, sólo algo reluce: la burla a todo lo que nos rodea.

Ellos cuatro tienen un pasatiempo bastante peculiar en el que radica su toma de decisiones diaria: asaltar y robar a gente. De hecho, por eso del final, llegan a hacer un acto casi terrorista. No es tal porque no hay muertes, en realidad, no era eso lo que buscaban, su punto no era ese como tal. Tampoco, al cometer crímenes, a pesar de golpear a sus víctimas, no buscan matarlas en sí.

Eso es porque ellos no están contentos, no les gusta cómo viven ni quien los rodea. Su felicidad radica en aquello que no pueden tener, justamente aquello alejado de su realidad, es a lo que aspiran. No hay respeto por lo que hubo antes, ni siquiera hay la más mínima consideración a su propia madre. Tal vez este sea el punto más álgido de sus relaciones: el desprecio a su figura materna que no es, en sí, una mala madre. Todos son marginados, se apartan de lo que se consideraría normal, y es por eso que todos son enfermizos.

Sin embargo, su cinismo no se ve únicamente en sus temas tratados con una crudeza sin igual, sus figuras retóricas pueden ser igualmente graciosas y agresivas.

“La madre está cansada como un perro muerto a punto de ser enterrado.”

Lo vulgar del asunto radica en la comparación de la figura materna, una que cumple su rol social como debería, con un perro muerto. Es una humillación como la que sus hijos le hacen continuamente a lo largo de esta novela. Inolvidable y triste cuando la dejan sin comer a pesar de haber sido ella quien preparó la comida. Soez el trato de su esposo, quien le toma fotos tratando de aparentar violencia. Ella piensa que el maltrato es sólo en las fotos, no sabe que su día con día es un ataque constante hacia su figura.

La misma frase es ilustrativa también respecto a lo patético. En sí, la madre hace todo lo posible por sus hijos, se preocupa por ellos y vela por su bienestar. Ellos, en cambio, buscan maneras de sobajarla, maltratarla y lastimarla. Además, al ser tratada como un perro muerto a punto de ser enterrado, también viene la burla a la figura paterna. El padre es un mutilado de la guerra. Él cree que su mejor momento de la vida fue cuando mataba gente, y hoy en día, al no poderse mover libremente, lo hace menos hombre. Por eso busca explotar su lado artístico tomándole fotos pornográficas a su mujer. Sin embargo, quien la que trabaja en realidad, es ella, no él, y es él quien se la pasa “mejor” a pesar de estar por debajo del perro muerto.

Además, la frase también resulta grotesca. No es lo más fuerte de la novela, no en términos literales, hay otras escenas como la del padre masturbándose en frente de su hijo, que le ganan. Empero, la frase es ilustrativa en la narrativa explotada por Jelinek y del este mismo libro: la vida es eso, una madre cansada como un perro muerto, y si eso no es críticamente triste, nada más lo será.

Elfriede Jelinek nos lleva de la mano, como nadie más podría hacerlo, al mundo del marginado, del paria, de aquel que es diferente porque lo obligan. Nos ilustra la existencia de aquellos que no ven a los demás, de aquellos que se no adaptan a lo que los demás quieren ver en sí mismos. En su narrativa eso es lo más ilustrativo, que sus personajes parecen dejar de lado esta parte de la contracorriente a la adaptación a la normatividad social sólo para resultar más repulsivos que antes. Ella entiende perfectamente lo que un cínico rebelde buscaría, y lo escribe de tal forma que se te olvida ese mismo punto, porque si no fuera así, no sería un buen rebelde.

No es una lectura ligera ni agradable, pero en un mundo de optimistas recalcitrantes que creen que vibrando mucho o que los planetas se alinean para que logremos lo que queremos; en una sociedad donde si no eres aparentemente feliz, eres una burla nada más; en donde se creen teorías de justicia divina o de karma, al mismo tiempo que ignoran a políticos que no sufren las consecuencias de sus actos; en un mundo donde no estamos obligados a escuchar, aceptar y comprender, sino a cancelar… sí, al considerar todo eso, Elfriede Jelinek es liberadora.