Vértigo sin tregua

Llevadme, por piedad, a donde el vértigo con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas!
 «Libro de los gorriones» (1868), Gustavo Adolfo Bécquer

Por: Gwenn-Aelle

Al lado de faro del Cap Fréhel en mi pedacito de Bretaña, hay una roca, grande, alta, maciza aunque delgada.

En ella anidan centenas de pájaros, gaviotas de las blancas con punta negra en su mayoría, gavinas y uno que otro cormorán.

Es un refugio para ellos, un santuario. Está separada de la costa por sólo unos metros, pero su forma extremadamente escarpada y vertical no inclina a la exploración turística y hay, claro, un montón de leyes que amparan a las aves que en ella construyen sus nidos.

Hace años me senté frente a ella, en un ejercicio para dominar el vértigo que me da ante cualquier sugerencia de altura o de vacío y las escuché. Tienen un grito esas gavinas que desgarran el oído y que, cuando te sabes el origen de su nombre en francés – Goéland– te desgarra el corazón.

Viene su nombre del bretón, lengua de mi tierra, es deformación –apropiación- de “gwelan”. Gwelan significa algo como tristeza, muerte, corazón roto, llorar, llorar, llorar. Se les decía así, hace años, porque su grito recuerda un llanto en el viento y se invocaba la memoria de tanto marinero que nunca regresaría, de tanta mujer esperando por las costas, de tanto niño destrozado por aquella ausencia definitiva.

Estaba entonces sentada, escuchándolas llorar, cuando una de ellas llamó mi atención. Era una pequeña, muy pequeña gavina, y miraba con un dejo de desesperación, sí, lo supe al instante, al mar, a sus compañeras, tal vez hasta al cielo.

No se movía, no aleteaba, no gweleaba, congelados sus movimientos, el viento apenas visible en una que otra plumilla de sus alas.

A veces se le acercaba una de sus congéneres, chance siempre la misma, y parecía instarla a emprender el vuelo, a tirarse a las olas para sacar algún manjar marino, a mirar al sol de frente y a elevarse a decenas de metros sobre la roca.

Todo el tiempo que estuve allí, fue como una película repetida una y otra vez.

Hasta que, segundos antes de levantarme, entendí.

Las dos estábamos petrificadas frente al vacío.

Me levanté, me di la vuelta y me fui. Si no he podido en ningún momento de mi vida controlar mi vértigo, nada podía hacer por ella.

Soy contera no milagrera.