Adiós al café

LABERINTOS MENTALES / POR ARANTXA DE HARO

Regresé de ver al enésimo especialista de la temporada. Mis gastos en salud, dependiendo de la circunstancia, llegan a inflarse porque mi cuerpo es el escenario, y mis malestares psíquicos se manifiestan en dolores y padecimientos, como actores protagonistas de esos periodos de mi vida. El estrés, el mal por excelencia resultado del capitalismo me ha alcanzado tantas veces, que crónico es, como lo es mi cansancio. La fuerza para mover los dedos sobre el teclado y quejarme en palabras y ensayos, me ha abandonado para transmutarse en sueño. Mi cuerpo reposa sobre esa cama, y las fierecillas peludas de repente tocan a mi puerta para recordarme que no debo estar encerrada tanto tiempo. La casa empieza de nuevo a ensuciarse, pero es tanto el cansancio que no me gana el impulso para limpiar. Sólo escribo esto en un pequeño instante entre los pendientes, esperando que el trabajo no interrumpa este fortuito tren de pensamientos.

El fin de semana de la inoculación transcurrió casi sin eventualidades salvo el cansancio. La neblina mental como efecto adverso se fue disipando poco a poco. Me vi en la necesidad de apagar el cerebro. Me ha quedado poca energía para pensar en hermenuética. Aplazo mis pendientes. En una de esas escuchaba a dos casas estruendosas carcajadas. Una carne asada que en tiempos de pandemia parece ser más una necedad que una necesidad. Se escuchaban los gritos de euforia de los adultos que me recuerdan las fiestas de la infancia. Me causa ansiedad ese tipo de ambientes. Pareciera que la gente está en trance. Las voces se amplifican en la caverna de mi cabeza y me oprime las sienes hasta que me hace estallar de la ansiedad, muchas veces la cual termina en pánico. Ello es a que me recuerdan las burlas a las que viví en la infancia, me remonta a los abusos y humillaciones que pasé. Por lo que mantengo mis interacciones sociales a pequeñas reuniones pero no grandes fiestas.

Siendo así, puedo decir que la tendencia de la ansiedad se ha revertido de un estado de gran actividad, a reclamarme en la somnolencia. En vez de sentir el ímpetu, el querer saltar de la ventana para poder solucionar la preocupación en turno, el flujo sanguíneo se ve limitado para evitar que tome apresuradas acciones. Me para en seco, y pierdo la conciencia. Pareciera que es un estadío de la mente, un botón de paro de emergencia. La preocupación al respecto, ha hecho que tenga que tomar otro fármaco para evitar esos improvisados paros. Y dicho ello, estaré resignándome a no tomar ni un gramo de cafeína. Ya no siento la estimulación,tomarle ya no tiene sentido. Me abandonaré en la práctica del buen dormir, y a la eterna somnolencia y diré «adiós al café».

Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas