Legión: capítulo 1, parte 1 de 2

El semáforo se puso en rojo. Por un momento pensó que Matías iba a acelerar cuando todavía estaba en amarillo, justo antes de marcar el alto, pero no fue así. Matías no es yo, pensó, él sí obedece las reglas de tránsito, no le gusta jugársela de esa forma. Santiago se sentía exasperado, cansado, realmente encabronado. Sintió el auto detenerse lentamente, él en el asiento del copiloto, mientras Matías suspiraba por el silencio sepulcral de su amado, y volteó a verlo: Santiago lucía adelgazado a pesar de las horas de ejercicio que hacía para mantenerse fuerte para su trabajo, tenía los ojos hinchados y enrojecidos, sus facciones parecían estar apuntando hacia abajo como si la gravedad fuera tal que su piel se quisiera estirar hasta el centro de la Tierra pero sus huesos no. Tenía ese gesto que bien le conoce, ese de pocos amigos, ese de no me hables porque te voy a atacar. El auto, por el momento, estaba ocupado por dos cuerpos inertes. Era un sarcófago. El conductor regresó la mirada al frente y dijo:

–Necesitas descansar, Santi.

Santiago solamente aspiró con la nariz y expulsó con la boca, sentía los ojos secos, como si fueran de vidrio o como si estuvieran cubiertos por una capa de arena, le ardían y los sentía el doble de grandes, como si no fueran parte de su cuerpo. Cada vez que los cerraba, quemaban, lagrimeaban. Todo su cuerpo estaba como cortado a pesar de no estar enfermo, él sabía que lo que tenía no era enfermedad real: se lo estaban causando, era una broma de pésimo gusto.

–¿Y qué hago?

–Pide tiempo.

–No puedo, no puedo llegar y decir “Hey, me voy a tomar unas vacaciones, nos vemos después, señor Lucy”.

–¿Señor Lucy? –Preguntó Matías frunciendo el ceño, volteando a Santiago.

–Lucifer, señor Lucifer.

–Ellos tomaron un descanso, ¿no?, los otros eclesiásticos… Roberto se vio libre unos días.

–Pero regresó, se confiaron los sacerdotes. Por eso me dijo Umberto que viniera, porque soy el único que puede ayudar… según él.

–¿Y de verdad está seguro el padre Umberto?

–Ya sabes cómo es, un necio –Santiago meneó negativamente la cabeza con pequeños movimientos–. No importa lo que le diga, él cree que esta es la forma de encontrar mi manera. No entiendo eso… Encuentra tu manera –suspiró–… a veces habla como verdadero sacerdote: con frases sin sentido. El problema es que no me explica como lo haría en misa.

Matías le puso la mano en la pierna casi a la altura de la rodilla. Sebastián recorrió con la mirada el brazo, el hombro, el cuello, y llegó al rostro de su compañero: era como un ángel, si estos fueran visibles, eso creía él. Tenía cabello ondulado negro que nunca había logrado domar con ningún gel, que se agrupaba en risos que lo enternecían más, sus ojos grandes y cafés como los suyos propios, su nariz respingada que apuntaba hacia el cielo de donde debió venir, sus labios eran gruesos y rosados, su piel era como un café con demasiada leche, a pesar de ser moreno claro aún se podían ver los esfuerzos físicos cuando los hacía pues su piel se tornaba rojiza, y él se sonrojaba con facilidad cuando no estaba en una situación conveniente, tenía pecas que se esparcían por su rostro como si fueran estrellas en el cielo y era delgado, lampiño como le gustaban a Santiago. Tomó su mano, la de Matías, y la apretó. ¿Qué sería de mí sin él?, se preguntaba todos los días.

–Creo en ti, creo que lo vas a lograr, solamente…

Santiago le sonrió a pesar de sentirse cansado y fastidiado.

–No digas tus frases de motivación, por favor –casi le suplicó a Matías.

–Solamente debes pensar fuera de tu burbuja, fuera de tu zona de confort.

–Llevo desde que estaba en secundaria fuera de mi burbuja… yo no tengo zona de confort.

–Y me gusta eso de ti, Santi, eres muy valiente.

Santiago soltó la mano de Matías y recorrió suavemente su mejilla adornada por una barba irregular que siempre se quitaba, sintió la suavidad de su rostro y luego pasó sus dedos entre sus cabellos oscuros y percibió la calidez que emitía su cabeza, el calor. Santiago solamente apretó los labios como si quisiera sonreír, pero no lo lograba.

–No sé qué hacer… estoy desesperado… tú eres lo único que podría reconocer como zona de confort, como algo conocido, algo familiar… tú eres lo único que necesito constante.

Matías lo observó con gesto serio pero un poco triste, preocupado, con esas densas cejas que en su parte más cercana la una con la otra, se torcían ligeramente hacia arriba, y sus ojos enormes se veían como los de un niño pequeño, así como sus labios se inclinaron a la izquierda, se estiraron para ese lado. Matías inclinó la cabeza y la estrechó contra la mano de Santiago.

Santiago, entonces, vio que un auto se detuvo fruto del semáforo rojo, justo al lado del suyo. A pesar de que el contacto con su novio siempre lo había curado, y por el momento era lo único que lo mantenía en aras de la cordura, eso que vio lo hizo olvidar todo. Retiró la mano del suave cabello de Matías y observó fijamente. Se sintió ensombrecer. Sintió cómo el coraje llenó su estómago de líquidos flatulentos dañinos para todos los que tuvieran la desgracia de conocerlos. Su apenas esbozada sonrisa se transformó en una mueca neutral que pasó a una de odio escondido, ese gesto que haría un niño que sabe que no debe expresar tan enfáticamente sus deseos de enojo pero que apenas puede evitar mostrar. Cada músculo de su cuerpo se tensó y en seguida sintió cómo empezaba a tener calor. Temblaría de no ser porque estaba ya muy cansado. Subió el volumen de la música sin dejar de ver al auto al lado.

Matías sabía que Santiago necesitaba escuchar metal siempre que iba a un caso, a esclarecer un misterio. La música y él tenían una relación de dependencia en una sola dirección: la música podía ser ella sin problema, pero Santiago no podría hacer nada sin música. Justo en ese momento sonaba uno de los favoritos de él, del copiloto, Power Metal, ese que iba Say will you stand up for Christ and combat

Matías sabía que debía guardar silencio, sólo se le quedó viendo directamente a los ojos.

Santiago la podía escuchar, ella se veía como una mujer normal, como cualquiera, muchas miles que había visto en su vida y otras tantas que había visto en autos con su pareja, ella en el asiento que él ocupaba ahora mismo, pero en el otro auto. Seria totalmente, su cabello negro le cubría gran parte de la cara, por lo que Santiago solamente podía ver su nariz que tenía un matiz aguileño, su mejilla derecha sonrojada por los maquillajes, y sus labios femeninos. No vio nada extraño, y es por eso que le subió a la música, porque parecía mover los labios.

Entre los tamborazos y el estribillo que, desde la primera vez que escuchó esta canción, le gustó; podía escuchar la voz de la mujer. Era una voz llena de furor asesino, de enojo, ese que nos invade cuando deseamos hacer algo pero no lo logramos, cuando queríamos lograr algo pero no estuvimos ni cerca, de esas veces cuando absolutamente todo se puso en nuestra contra para evitar una victoria.

–Mira lo que este hijo de puta nos hizo…

Santiago respiró, aguantó el aire dentro de sí para mantener la calma, eso que le enseñó Umberto a hacer cuando el coraje lo embargaba.

–Mati, mi amor, ¿cuántas personas van en el auto de al lado? –Preguntó Santiago viendo el auto y haciendo un movimiento con la cabeza hacia el mismo. Matías volteó del lado contrario al que estaba Santiago, y luego regresó la mirada a él, para contestarle:

–Una persona nada más, el güey que va manejando. ¿Por qué?…

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