Crónicas de consultorio: Cuatro preguntas que Luz no responderá

Foto por Josh Boot en Unsplash

POR: NO HILDA

Primero llegó su esposo.

Días antes de la cita de Luz, su esposo vino al consultorio para hablar conmigo. Generalmente no atendía a nadie sin cita, pero debido a la urgencia que él expresaba, accedí. Tenía casi un año consultando a las personas, ese tiempo no me había dado suficientes herramientas para negarme a su petición ni tampoco para poder afrontar su caso, pero eso no lo supe hasta meses después que digerí la experiencia. 

Él comenzó a contarme por el gran peso que cargaba en sus hombros, trabajaba todos los días, llevaba el sustento a su casa y había renunciado a las reuniones con sus amigos y familia. Me contó que no podía dormir bien, que últimamente comía mucho en la calle y que ya no disfrutaba ir a jugar frontón por las mañanas. Sus gestos mientras hablaba eran acordes con el dolor que decía sentir, por ello le pregunté si él deseaba una cita a parte. Él se negó y rió burlonamente al mismo tiempo; yo me confundí ante su reacción y al notarlo, me preguntó algunas cosas sobre mi vida personal a las que no contesté sinceramente y otras las evadí. Con mi paciencia ya casi hasta el tope le pregunté a qué venía.

Es mi esposa, dijo, creo que tiene depresión. Me contó que habían tenido un bebé y que ella parecía otra, pero lo dijo con menos intensidad de la que habló de sus problemas, incluso lo dijo en menos tiempo. Lo despedí alegando que tenía otros pacientes pero su actitud me dejó inquieta.

    En la primera de las dos citas que tuve con Luz, ella iba vestida de blanco. Traía un vestido holgado de algodón donde se camuflaba su bebé de tres meses. Su cabello negro y profundo caía como dos cortinas que casi cubrían su cara. Subió las escaleras, entró al consultorio y se sentó sin despegar un milímetro a Julián, su hijo. Todavía eran uno solo. 

Sin decir nada, su esposo le quitó al niño y me lo acercó. ¿Verdad que se parece a ella? dijo, sonriendo. Asentí y le pedí que nos esperara afuera. Con el niño en brazos él se quedó parado y dijo que prefería esperar ahí por si el bebé lloraba. Luz alzó las manos hacia el bebé quién tomando eso como un llamado de su madre comenzó a quejarse. No había opción para su esposo, le dejó al niño y salió.

Él me trajo a Guadalajara cuando yo tenía 16 años, nos casamos y tuvimos hijos, tenemos seis, dijo luz sin ganas de contar nada, todas sus fuerzas estaban repartidas en cuidar de sus pequeños. Los brazos le pesaban pero el bebé parecía sostenerlos, sostenía toda su existencia. 

Luz era ama de casa, nunca trabajó, casi nunca salía y pasaba sus días limpiando, cocinando y volviendo a limpiar. Le costaba juntar las letras, amontonarlas en su paladar empujarlas con la lengua, le costaba abrir los labios, los párpados y a su corazón le costaba latir. Habían ido con varios doctores para que revisaran su estado de salud pero Luz estaba sana. Su esposo no entendía y ella menos, apenas y podía darse cuenta de que bajo su esas hermosas cortinas de obsidiana que tapan su cara estaba ella, que tras todas las actividades, tras los hijos pero sobre todo tras su esposo había un “YO”.

Como su nombre lo decía, ella iluminaba, apaciguaba y reconfortaba, pero solo a los demás. Comenzó con poco ánimo a contarme sobre su madre y acerca de los recuerdos que tenía cuando iban a cosechar frijol, cuando su esposo tocó la puerta para preguntar si faltaba mucho para que se terminara la sesión. Ella se levantó y dijo que ya se quería ir, salió a la sala de espera y él se quedó para contarme de nuevo la gran preocupación que sentía por su esposa. Con mi poca experiencia para confrontar personas, le dije que su esposa en efecto estaba deprimida y que mucho tenía que ver la carga de trabajo que sobre ella caía. Negándolo, su esposo me dijo que ella “era de rancho” y que las mujeres de allá aguantaban mucho, que lo que ella tenía era flojera. Quise seguir hablando con él pero se despidió y rápidamente se fueron. 

No volví a saber de ellos hasta seis meses después cuando él hizo cita de nuevo. Luz había tenido un intento de suicidio y la habían internado en el psiquiátrico, luego que salió le dieron medicamentos pero su esposo estaba molesto porque “en lugar de que se anime está dormida todo el día”. En vano le traté de explicar el funcionamiento de la química cerebral, él no escuchaba. Pero como si eso no fuera suficiente él se quedaría ahí junto a ella en la sesión para apoyarla.  Yo no sabía qué hacer, no podía obligarlo a salir porque se iría con ella detrás suyo, pero tampoco podía exponerla a ella a decir algo que la pusiera en riesgo, así que le pedí que me siguiera contando sobre su madre y su pueblo.

Su esposo la interrumpía constantemente haciéndonos ver que él conocía mejor el pueblo y me interrumpía a mí para aclararme lo que una mujer tenía que hacer. Para él, las mujeres no éramos, sino que, hacíamos. La sesión fue eterna y traté de que mis palabras fueran lo más neutras posibles, Luz solo miró el piso durante todo el tiempo.

Nunca más la vi. Supe por un comentario de mi padre, que conocía al esposo, que Luz se había quitado la vida de un disparo en la boca. Me cuestioné muchas cosas y me culpé de más, durante muchos años quise redimir lo que me había sido imposible hacer con otros de mis pacientes, pero la culpa no se iba. Me hubiera gustado arrebatársela a su esposo, quien seguramente le quitó los medicamentos, la alejó de los terapeutas y la encerró en su mundo. La fue apagando. Nunca hubo ningún signo de violencia física pero sí muchos de violencia emocional, y aunque, informé sobre su caso, los datos que tenía eran todos de él.

Siempre me quedé con la curiosidad de preguntarle a Luz en qué le gustaría trabajar, cuál de sus recuerdos era el más preciado, qué la hacía feliz y cómo quería llamar a su bebé. Me hubiera gustado conocerla a ella y a su pueblo a través de sus palabras, pero lamentablemente ella ya se había apagado antes de que yo la conociera. 

*Los nombres de las personas han sido modificados por cuestiones éticas.