Sin conocerte escribo de ti

Por: Gwenn-Aëlle Folange Téry

Taxi.

Privado.

Es domingo, temprano por la mañana y voy del centro de Temas a la Mesa de los Garnica.

Es tan tempranito que los vendedores de tamales no han terminado de instalarse.

Tan temprano que sólo está abierta la tiendita de Telcel, recargue su teléfono aquí.

Desde dónde estoy se alcanzan a ver dos cerros, cada uno a un extremo de la calle, que tal vez sea la principal. Pasa frente a la iglesia, y atraviesa el centro. No he visitado el mercado, pero pasé frente a él al llegar a Temas, por esta misma calle.

Ayer llovió, mucho, y se siente el aire limpio, cargado de agua, de brumas y de fresco. Es un aire de esos que te inclinan a respirar a pleno pulmón.

Hoy Temas despierta lleno de bríos, un nuevo día frente a él… o a ella.

Siento algo de ambigüedad en Temas, soy por ejemplo incapaz de decidir su género. La siento fuerte, siempre, lo cual puede ser tanto de hombres como de mujeres. Lo siento también lleno de ilusiones, de nuevas ideas. Y después de repente, siento una dureza que tal vez provenga de la lucha por sobrevivir de las familias que moran aquí.

Vi hombres de bota y sombrero, mujeres de mandil y rudas manos. Vi también señores de corbata de seda italiana y señoras con ropa cara, muy cara.

Sé de luchas intestinas, de partidos políticos en pugna, de rencores entre habitantes, de los de largo linaje, de casas sin agua por rencillas familiares, de cafés desiertos por bloqueos de los otrora amigos.

¿Quién es Temas? ¿Ciudad o pueblo? ¿Hembra o macho? ¿Pudiente o humilde? ¿Acogedor o inhóspito?

Temas es Temascalcingo para los cuates, para los que lo/la conocen aunque sea tantito y se apropian del lugar, así, como si fuera posible.

Y la Mesa de los Garnica, es el lugar de donde son originarios los Garnica, así de sencillo.

Mi taxi va siguiendo los meandros de la carretera, pasamos frente a la Gruta de la Virgen, encima del remolino de agua, entre árboles centenarios y llanos tristes, bajo humo negro que no me explico.

El taxista está feliz, puede hablar de su tierra con una que no sabe. Platica su ida al otro lado, su tristeza al ser regresado, su vuelta a casa, a Temas.

Hablamos del consabido tema, irse o quedarse.

“No señora, aquí estamos mejor. Allá nos ven feo todos y se aprovechan. Y luego el miedo. No.

Y tampoco me iría al D.F., allá no hay dónde vivir. Aquí tengo mis dos cuartos, techados, allá todo es de lámina y cartón.

No, aquí no hay mucho, de taxista no gano tanto. Mis hermanos siguen allá -léase del otro lado- y dicen que me mandan con qué pasar. Sí, como 200 mil pesos. Sí ya sé, aquí con eso pongo un negocio, pero luego hay dos situaciones: una, que tengo que regresar todo el dinero que me manden. Y otra que no hay a quién venderle,  aquí ya no hay nadie.”

Y así llegamos al cruce de la carretera con un puente nuevo, que lleva a Atlacomulco a la izquierda, y a Guadalajara a la derecha. Estamos en Santa María Canchesda. Pago, 80 pesos, me bajo.

No le dije al señor, no me atreví, que su tonadita al hablar es exquisita. Que me recuerda a la cronista municipal  Francisca Feliciana Martínez que escuché una tarde declamar poesía en mazahua. Ese hablar me lleva a pensar en perlas líquidas, por absurdo que parezca, perlas líquidas que caen de la boca de quienes saben mazahua, caen y corren por su cuerpo, sus piernas y todo lo inundan de luz.

Fue mi primera vez, mi primer encuentro con el mazahua, y sobre mí ejerció un sortilegio, quedé enamorada de su tono, su ritmo. Perlas líquidas, perlas líquidas.

Espero de pie un rato. Luego me siento. Van a venir por mí, no estoy preocupada, ni ansiosa. Disfruto la vista, ignorando deliberadamente el puente moderno. Disfruto la llanura, los cerros.

Llega el coche, y empezamos a subir.

Ya en otra ocasión había yo subido a la Mesa de Los Garnica, pero era un momento diferente, había pasado cuatro días en Temascalcingo y me sentía abrumada por la cantidad y calidad de vivencias.

Esta vez voy con mente, corazón y ojos muy abiertos.

Y de repente entiendo a José María Velazco, y sus cuadros eternos de llanos con cerros o montañas a lo lejos, con cielos a veces grises, las nubes van pasando lentamente. Yo no discernía lo glorioso de sus paisajes y pensaba que con haber visto uno, los había yo visto todos. Tonta. Tonta e ignorante.

Descubro, ya arriba de un pequeño cerro, un llano frente a mí. A lo lejos, se adivinan Temascalcingo y otras aglomeraciones. Pero entrecerrando los ojos, se pueden ignorar.

Y viajo entonces más de cien años en el tiempo, veo lo que vio ese hombre: mil verdes distintos, cerros y montes, el cielo, el cielo magnífico, recuerda el hablar mazahua, las perlas liquidas que corren y que Velazco supo captar. Y entiendo, así, sin previo aviso, su amor por esa tierra. Soy otra.

Saco fotos, con la idea de pintar yo también, con mi estilo, lo que veía Velasco. Quiero, absurdamente, hablar mazahua y vivir aquí. Tomar vino con los que andan en lo de la cultura y nutrirme de poesía con los que hacen tamales y salen a vender, los domingos tempranito. Absurdamente porque no conozco Temas, debería yo decir Temascalcingo, soy fuereña y no he estado más que unos días, tres veces. Desconozco la cotidianeidad del lugar, desconozco a la gente que diario sale a ganarse el pan, a los que vienen de fin de semana y a los que huyeron y acabaron encerrados entre sus cuatro láminas, en el D.F.

Sólo sé esa mirada de pintor.

Y la voz de su Herrero Poeta, a quién he visto dos veces y que hace rimar hierro con poesía,  quien canta, sin pena, sin falsas intenciones, nada más por el intenso placer de expresarse. Le canta a Temas y a su esposa de quién dice que es mujer de su delirio.

Y miro a mis pies, la tierra. Roja por lados, negra frente a mí. Tomo entre mis manos un puño de terrones, de los que recibieron agua de cielo, de los que sostienen pasto. Y entiendo de repente el color de las cazuelas y la tierra pegada a las papas, a las cebollas. Y trato, ingenuamente, o Hollywoodientamente, de ser una con la tierra, que no se puede, porque igual que Temas, no es una, son dos: tierra de cazuela, tierra de sembradío.

Y debería de caer un rayo en medio del cuadro de Velazco que acabo de invadir. Y partirme a la mitad, para ser dos mundos, como lo es lo que vivo.

Y claro, llega el momento de partir. Porque así es en todas las vivencias.

Bajamos en coche, por una vía que pronto será brecha por la cantidad de baches que tiene. Podemos escoger ir a la derecha, hacia Tlapujahua.  Sabremos que hemos dejado Temas -sí, ya sé, no debería- al pasar la capilla Palo de la Raya que marca el límite entre Temascalcingo, Estado de México y lo demás, todo lo demás… O podemos bajar por la izquierda y pasar por los pueblos en los que los alfareros trabajan, aunque sea domingo.

¿Cómo sé que están trabajando? Por el humo, o mejor dicho los humos. Suben hacia el cielo, blancos los de madera, negros los de llanta. Me explicaron ya los colores que no entendí por la mañana, al tiempo que tomábamos café y pan de acá, que no es como el pan de otros lados, con queso fresco que vende una señora de los alrededores.

En el municipio de Temascalcingo, la alfarería es una de las actividades económicas más importantes. Pero, siempre hay un pero, aunque estemos en un llano de Velazco, aunque el cielo azul sirva de estuche a las nubes que se estiran, pero entonces, los hornos piden a gritos de fuego, más combustible.

Y los árboles son pocos, la madera de antaño ha desaparecido, y es cara la que queda, muy cara. Entonces, varios alfareros han decidido quemar llantas, lo cual podría parecer una gran idea. Y lo sería si la quema de caucho no provocara daños al medio ambiente, que se notan desde la primera nube negra, y a la salud, que no se notan, más que por la imposibilidad de respirar aquellos aires y que llevan muy rápido al desarrollo del cochino cáncer. Que ése sí se nota, pero tan tarde…

Sé, porque tengo orejas muy grandes y muy quisquillosas, que en Temascalcingo, hay algo así como dos facciones, los pro-quema-de-llanta y los anti-quema-de -lo-mismo. No sé, porque una cosa es oír y otra entender, si los anti-eso-y-lo-otro son los que llevan camisa de seda o los que han leído mucho.

Sólo sé lo que veo, humaredas negras que no conoció nunca José María, el pintor.

Y entonces nos vamos, me voy.

Regreso al famoso D.F. que hasta de nombre cambió.

Regreso al humo negro de llanta, quemada por el asfalto y los enfrenones, y lo respiro y mis pulmones lloran.

Regreso a las casitas de lámina y cartón que van avisando kilómetros antes que la frontera con la CdMx está cerca llora mi mente.

Tiene razón el taxista, el que con tonadita mazahua habla: aquí no se debe vivir.

Y me uno entonces a la dualidad de Temas: Me siento yo, mujer, y Herrero Poeta, hombre. Quiero ir al café del otro día y al mismo tiempo, mejor a comerme una gordita de chicharrón gigante frente a la iglesia. Necesito que me abran los brazos pero no sé a quién pedírselo.

Temascalcingo, Temas, me abriste el alma y no encuentro reposo.

Llego a casa y llora mi corazón.