Ursula K. Le Guin: el poder de las estrellas en una pluma

OUROBOROS / POR AGLAIA BERLUTTI

Ursula K. Le Guin solía decir que, aunque creía que Mary Shelley era la mujer que dio a luz —ese término tan orgánico y poderoso para definir la creación de un género literario— a la ciencia ficción, también estaba convencida de que su “fertilidad espiritual” era un tipo de herencia.

En realidad, antes que ella, hubo una mujer que se enfrentó a la posibilidad de ser anónima para alumbrar las primeras historias en la que el pensamiento especulativo lo era todo. Se trató de Margaret Cavendish, que con su novela El mundo resplandeciente, se convirtió en 1666 en la primera mujer en escribir una historia sobre terrores casi modernos sobre la incertidumbre del futuro y en especial, la búsqueda desesperada de una forma de entender el mundo como algo más que una mirada a la realidad.

De Cavendish se sabe muy poco, pero Le Guin lo sabía casi todo. Solía comentar que leerla “le permitió comprender que la ciencia ficción, en realidad narra el mundo como deseamos que sea y como tememos pueda ser, no el que es”, toda una declaración de intenciones sobre lo que podía construir la literatura como heraldo de futuros posibles. De hecho, Ursula Le Guin había leído en más de una docena de veces, la novela en que la escritora imaginaba la tierra abierta en dos mitades, con un misterio que se escondía en sus entrañas.

La historia tiene una estructura rápida, brillante y curiosa. Los personajes de la escritora no se parecen debatirse entre temas morales, pero a medida que se abren camino hacia “la tierra más allá de la tierra”, encuentran consideraciones de carácter moral sobre el bien y el mal, construido como algo más peligroso y complejo que la mera idea de una decisión. Cavendish, que había pasado buena parte de su vida escribiendo sin parar para recordar a la represiva sociedad inglesa en la que nació, convirtió a sus personajes en una forma de recorrer el tiempo, los dolores y las versiones sobre la ética y lo espiritual que se sostenían sobre una narración que, en apariencia, sólo era una era una aventura.

“El mundo resplandeciente no hablaba sobre el cielo o el infierno, sino de lo que puede ocurrir cuando comprobamos que lo desconocido es real” escribió en una oportunidad Le Guin, deslumbrada por la novela de Cavendish. Una idea que la acompañó cuando comenzó a elucubrar sobre su propia obra y hasta donde deseaba que llegara su perspectiva sobre la literatura. Tenía veinticuatro años, ya estaba convencida que dedicaría su vida “sólo a escribir” y que, de hecho, “sólo escribir” sería su manera de entender todo lo que le rodeaba.

Curiosamente, Cavendish también había dicho algo semejante, casi quinientos años atrás. La escritora, duquesa de Newcastle, fue una aristócrata y prolífica escritora dedicada a temas políticos en los que reivindicaba el papel de la mujer en una sociedad represiva.

Pero en realidad, estaba más interesada en especular, crear y reconstruir la realidad. De modo que construyó un universo sólido de miradas sobre el futuro, lo sobrenatural y su extraño, que ya en su tiempo, le ganaron la desconfianza y el temor de sus lectores. Se le llegó a considerarse “poseída”, simplemente “demente” y, de hecho, se supone que Cavendish dedicó más tiempo a escribir literatura y política que cualquier otro género, para evitar condenas o incluso, la censura de la muy rígida corte de Carlos I de Inglaterra.

Para cuando Úrsula K. Le Guin encontró (y se volvió devota) de Mary Shelley (esa otra creadora de la ciencia ficción que creó el género a fuerza de inspiración), ya Cavendish le había dado la primera gran lección al escribir sobre la incertidumbre. “Margareth insistía que cada novela que habla de lo que no existe debe escribir sus propias reglas, de modo que eso hice” diría Úrsula. La segunda lección, aprendería de Shelley. “Todo significa algo, todo está en algún momento por alguna razón”. Entre ambas versiones del mundo, de la realidad y de lo que carece de forma y sentido, Le Guin encontró una forma de dialogar con la literatura por completo nueva y que rompió todo tipo de patrones y límites.

Hija de antropólogos, utilizaba las mismas técnicas de investigación que había aprendido de sus padres para analizar el tiempo, la cultura y sus consecuencias. Para Le Guin, sus personajes tenían un peso en el contexto, en el espacio y en la cultura a la que pertenecían y como todo escritor de ficción, trató de reinventar el futuro a través de la forma en que elaboró y sostuvo una coincidencia potente sobre lo ético, lo biológico y lo futurible a partir de esas reglas no escritas. 

Le Guin encontró en la ciencia ficción una forma de dialogar con la escritura como un medio para sostener un lenguaje profundo y elaborado sobre la naturaleza humana. Desde el género fluido hasta el dolor espiritual, las novelas de la escritora son un recorrido por un mundo que se crea a sí mismo. Como quinientos años antes lo hizo Cavendish, Le Guin reflexionó sobre lo esencial de la estructura del tiempo y de la percepción sobre lo creativo a través del simbolismo.

Como lo hizo también Shelley, encontró en el lenguaje una forma de batallar contra el miedo a la muerte, el tiempo y la incertidumbre. “Somos batallas perdidas que pudieron ganarse” escribió en 1954. “Pero la posibilidad de la derrota es también una forma de supervivencia.

La búsqueda de la palabra y el reloj del tiempo inquieto

En 1969, Le Guin escribió que “el hombre siempre ha mirado el cielo en busca de respuestas. Esa vastedad inimaginable que parece resumir el misterio y el temor hacia lo desconocido”. Por ese motivo, quizás no sea en absoluto casual que casi todos sus personajes también levanten la mirada asombrada hacia la bóveda celeste, para hacerse preguntas, para cuestionar y sobre todo, para intentar comprender la Grandeza —así, en mayúsculas— de ese enigma que se extiende más allá de las estrellas.

Para Le Guin, la búsqueda de respuestas lo es todo. Y esa es justamente el sentido de mirar esa vastedad del universo, el secreto del mundo, lo que hay más allá de lo ordinario, lo asombroso y lo portentoso. Porque para la escritora, la palabra es una forma de creación asombrosa, vasta como el infinito y con toda probabilidad, tan poderosa y temible como los misterios del infinito.

La novela La mano izquierda de la Oscuridad —esa búsqueda de la grandeza que comienza también mirando al cielo nocturno— fue todo una revelación para una generación de lectores en busca de respuestas pero en particular, con la necesidad de encontrar en la ciencia ficción territorio desconocido. Con su travesía a través de los extremos, la primera novela de ciencia ficción escrita por una mujer en ganar el prestigioso premio Nébula, Le Guin demostró que un libro es una aventura, un viaje, una travesía hacia lugares que el libro construye para explorar sus propias fronteras. Mostró con un pulso firme e ingenioso, los universos radiantes que pueden sorprender y confundir en la ciencia ficción. Páramos desiguales que página a página crean una experiencia por completo nueva para el lector.

Sin duda, Ursula K. LeGuin no fue solo una extraordinaria escritora, sino una visionaria de lo que puede significar asumir el rol de contar el mundo, desmenuzarlo palabra a palabra, imaginarlo mucho más intrincado de lo que es y con toda seguridad, más rico en matices. Y aun así, continúa siendo el mundo reconocible. La escritura, que estaba obsesionada por crear espacios “transformadores” dentro de la literatura” creó lugares extraordinarios que sostenían la forma de comprender lo moral, lo biológico como algo por completo nuevo. Un mundo transformado, eso sí, por la imaginación ilimitada de una mujer que está convencida que crear es una aspiración al valor de la realidad.

Pero Ursula K. Le Guin escribió ciencia ficción. Y quizás por ese motivo, no forma parte de ese Olimpo restringido donde habitan los grandes escritores de nuestro siglo. Y es que la literatura de este género aún se menosprecia, se considera menor, se asume como una curiosidad en esa interpretación de la literatura lapidaria que no admite grietas de puro colorido imaginario. Muy poca gente duda del genio creativo de Virginia Woolf, o del de una Doris Lessing en estado de gracia. Mucho menos de una profunda Susan Sontag, tan cercana a la grandeza. No obstante, a Ursula K. Le Guin se le negó el reconocimiento mayoritario por las mismas razones arrogantes y quizás puramente académicas que se minimiza su trabajo: la literatura que crea en estado puro siempre produce desconfianza.

Sin embargo, los universos de Ursula K. Le Guin no son sólo inspiradas reinterpretaciones de la realidad, lo místico, el dolor y el poder, sino verdaderos tratados sobre la naturaleza humana, sobre la fragilidad del espíritu del hombre y algo más sutil: su poder para soñar. Más allá de la ciencia ficción, Le Guin pondera sobre las debilidades y las virtudes de nuestra mente y espíritu, con tanta profundidad y agudeza de lo que se suele llamar con tanta pomposidad “literatura Universal”.

Por ese motivo, los libros de Ursula K. Le Guin jamás terminan de leerse. Cada una de sus novelas, es un prodigio de pensamiento y emoción, una combinación casi perfecta de innumerables niveles y dimensiones de expresión, que llevan al lector de la mano por parajes recién descubiertos. Una empresa casi mítica, que te lleva de la mano hacia un tipo de asombro que te recuerda —si alguna vez lo habías olvidado— el poder de la palabra que crea.

Con frecuencia, se ha dicho que Le Guin posee una comprensión de la noción de infinito mucha más profunda que cualquiera. Pareciera que hay un universo entero en ese conocimiento suyo tan real y vasto, sobre la identidad del hombre, el espíritu de la cultura en la que creció y sobre todo, en la necesidad de romper esa noción de la límites que el ser humano teme y construye a través de su vida.

Pero para Le Guin, que estuvo convencida de que no hay una frontera para la capacidad humana, la palabra es capaz de subvertir ese orden natural de lo pequeño y transformarlo en grandeza. En cientos de dimensiones distintas de una misma percepción. Por ese motivo, varias de sus novelas suceden en distintos mundos, una especie de gran república misteriosa compuesta por más de ochenta planetas. Son relatos independientes, contextualizados en un único universo común, pero que forman, por separado, relatos autónomos de enorme valor individual.

Cada novela es una narración única, que muestra un matiz del gran universo único de manera distinta. Y es allí, donde Le Guin muestra su magnífica capacidad para construir y reconstruir la narrativa moderna. Porque sus mundos —sus expresiones de Infinito— tienen una personalidad reconocible, se complementan entre sí. Una metáfora literaria de las Mecánicas Celestes de Galileo, inolvidables por fecundas y poderosas.

Asombra que todos los personajes de Le Guin siempre tengan un elemento melancólico. Un extranjero solitario y extraño en mitad de extraordinarios viajes literarios. Cabe preguntarse si no es la mejor metáfora que la escritora encontró para escribir esa travesía suya de escribir a contracorriente, contra la evidencia, contra el temor, contra el deber ser.

Porque Ursula K. Le Guin jamás se conformó con lo obvio y quizás por eso, asumió esa titánica empresa de crear lo inexplorado. Mundo a mundo, palabra a palabra, aborda de manera apasionante temas universales como la diferencia de sexo, los prejuicios, temores, los peligros de poder, siempre bajo el cariz de la fantasía que sana, que crea un simbolismo purísimo para transmitir un mensaje muy viejo. Para Le Guin, nada es ajeno. Para su imaginación, nada es desconocido.

En una ocasión, un periodista le preguntó a Úrsula K. Le Guin cual era la imagen más perdurable que tenía sobre el mundo real, siendo como lo es, una prolífica creadora de mundos imaginarios. Le Guin, sonrío y cuenta el periodista que le llevó junto a una gran ventana de la habitación donde conversaban.

Los rayos del sol entraban a raudales por los cristales, creando pequeñas franjas de luz y sombra. La escritora tomó las manos del periodista y las hizo moverse entre las franjas resplandecientes entre la penumbra. Un equilibrio pequeño, fugaz, pero perceptible entre dos fuerzas antagónicas “La luz es la mano izquierda de la oscuridad, y la oscuridad es la mano derecha de la luz; las dos son una, vida y muerte, juntas como amantes”. Le explicó Le Guin, con una sonrisa. Quizás esa sea la manera más profunda de describir esa búsqueda de la escritora de una visión mucho más compleja de la realidad que la aparente, de esa lucha palabra a palabra contra lo evidente.

“Somos creadores esenciales” concluyó después y el periodista diría después que nunca olvidó la imagen, la sonrisa y la frase con la escritora culminó la entrevista “siempre mirando el tiempo desde una perspectiva totalmente nueva”.

Hasta pocos días antes de su muerte, Ursula K. Le Guin continuó viajando. Hacia el interior de su mente, más allá de los límites. Guiando a sus devotos lectores a nuevas fronteras, insistiéndoles en explorar con invencible curiosidad su propio espíritu. Y, sobre todo, permitiéndonos viajar en su compañía. Pionera del feminismo moderno, intelectual —aunque ella jamás se llamó de esa forma—, polémica y poderosa, siguió escribiendo, con una devoción asombrosa y una perspicacia sobre los cambios que desconcertó a buena parte de sus lectores. Y que extraordinario que lo haga, que aún tenga la perseverancia para intentar definir quienes somos, esa noción de existir tan brumosa como elemental. Siguió mirando desde una perspectiva lejana, pero jamás altiva.

Comprendiendo, creciendo, describiendo ese mundo que sueña y que crea con tanta precisión. Y es que la realidad no es sólo lo evidente, lo que nos rodea en formas y colores, lo que nos sentidos pueden captar. Nuestra vida, nuestra visión del pasado y el futuro está llena de mitos, de sueños, de aspiraciones, de esperanzas. Tal vez allí radique el éxito de Le Guin, que insistió más de una vez que “la ciencia ficción es una metáfora de la vida”. Una visión asombrada del mundo en toda su plenitud, pero sobre todo, de cómo podría ser.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.