OPINIÓN | Mi nombre es mi nombre. Y punto final

Nota del editor: Mari Rodríguez Ichaso ha sido colaboradora de la revista Vanidades durante varias décadas. Es especialista en moda, viajes, gastronomía, arte, arquitectura y entretenimiento, productora de cine y columnista de estilo de CNN en Español. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivamente suyas. Lee más artículos de opinión en cnne.com/opinion.

(CNN Español) — Nunca he entendido por qué, en el siglo XXI, muchas mujeres al casarse pierden su identidad. Y, sin que la ley las obligue, cambian su nombre, adoptando el apellido de su marido.

Y lo que siempre me ha sorprendido es que incluso muchas chicas jóvenes y modernas, tan pronto se casan, ¡corren a cambiarse el apellido para usar el de su nueva pareja! ¿Cuál es el apuro?

Otras añaden ese apellido al suyo con un guion, y usan los dos. Y otras –y esto me parece más incomprensible aún–, cuando se divorcian (¡y algunas pasan por divorcios muy feos!), siguen usando el apellido de esa persona que detestan y tanto les hizo sufrir. ¿Por qué recordar continuamente al innombrable?

Esto me hace recordar un hecho de la vida real, en 1991, (que inspiró un libro y la película “Not Without My Daughter”) cuando una madre estadounidense tuvo que luchar arduamente porque su esposo iraní no le dejaba sacar a su hija de Irán y ella tuvo que huir con ella y encontrar una forma de llevársela de nuevo a Estados Unidos, creándose toda una tragedia internacional . Pero –así y todo– la señora Betty Mahmoody ¡siguió usando todo el tiempo el nombre del esposo abusador! ¿Cómo no se quitó al instante ese apellido y volvió a usar su nombre de soltera? Eso, para mí, es inconcebible.

Nunca lo entendí y, ahora, cada vez que veo que una amiga, las hijas de mis amigas o mis propias familiares se quitan su nombre, ¡me horrorizo! Y cuando pregunto por qué lo hacen, muchas veces me dicen que ese es el apellido de sus hijos y así ambos padres se llaman igual. O porque es más correcto. O más conveniente. Y mil explicaciones que no comprendo y para mí –que aunque nunca fui feminista hasta que me hice mayor– me parece una enorme pérdida de independencia y personalidad. Mi nombre es mi nombre. Y punto final.

Cuando me casé, nunca cambié mi nombre en mis documentos legales. En el colegio de mi hija, yo era la señora Jiménez porque así me llamaban las maestras, pero no era mi nombre en mi pasaporte o tarjetas de crédito, ni nunca les pedí que me llamaran así. ¡Y solo la cuenta de la tintorería de mi barrio estaba a nombre de María Jiménez! ¡Y cuando muchos años más tarde me divorcié, no tuve que quitarme ni cambiarme apellido alguno! Cuando se casó mi hija, ampoco se cambió el nombre – y me gusta como esto no afecta para nada su vida familiar–. Y mi nieta sabe perfectamente quién es y cómo se llaman sus padres.

Este fenómeno lo veo mayormente en Estados Unidos, aunque también se ve en Reino Unido y algunos países de Europa. ¡Es una costumbre realmente anticuada, especialmente en estas épocas de empoderamiento de la mujer! Y aunque en America Latina también ocurre, aunque menos a menudo, a veces solo se usa el “de” uniendo su primer nombre al apellido de su esposo. Ejemplo: Carmen Sánchez se casa con Luis Pérez y se convierte en Carmen de Pérez… O sea, Carmen le ‘pertenece’ a Luis Perez desde el momento en que se casan.

¿Curioso? Los famosos casi no lo hacen. Pocas mujeres célebres dejan su apellido y cambian su nombre al contraer matrimonio. Si fuera así Jennifer Lopez se hubiera llamado Jennifer Noa, Jennifer Judd y Jennifer Muñiz. ¡Y dudo mucho que si se casa con su muy amado Ben Affleck la veamos convertida en Jennifer Affleck!

Mari Rodríguez Ichaso habla sobre la decisión de algunas mujeres de cambiarse el apellido cuando se casan. ¿Qué opinas de esa decisión?
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