Legión: capítulo 3, parte 2 de 2

… –Lo pude haber evitado, Umberto, pude haberlo evitado, pero estaba ocupado… estaba en un caso que… que supe desde el inicio que no debí tomar, debí haber corrido lejos, muy lejos de ahí, y ahora… ahora nada… sólo silencio y oscuridad.

–Santiago, escúchame –guarda silencio, suspira–, lo que sea que haya pasado, lo que sea que haya causado su pelea, no tiene nada que ver contigo. Tú, mi hijo, tú haces un servicio a Dios y a la humanidad. Tú no eres el causante de nada.

–Les fallé, Umberto…

–Tantos años de trabajo, tantos años de crecimiento, ¿y me dices que les fallaste?

–Es que ya no están –dice totalmente afónico.

–Santi, mi niño, escúchame: Esto no es algo que esté en tus manos, esto ya le pertenece a alguien más.

–Umberto… no entiendes… Yo, desde que empecé a estudiar contigo, a adquirir todo este conocimiento, yo supe una cosa nada más: yo estaba condenado al infierno, ¿sabes? Por sodomita, porque mis gustos, al parecer del Señor, no son lo correcto, merezco quemarme para siempre, Umberto, y eso nadie lo puede negar, ni siquiera tú.

–¿A qué quieres llegar con esto, Santiago?

–Que yo quería comprar el pasaje al cielo…

–¡Qué! ¿Qué estás diciendo?

–Es eso por lo que acepté seguir en esto, Umberto. La posibilidad de hacer un intercambio.

–¿Te das cuenta de la blasfemia que estás cometiendo?

–Sí…

–Santiago, con esto que me estás diciendo, estás poniendo en el mismo lugar a nuestro señor Dios que al Demonio. ¿Qué te pasa? ¿Cómo que querías hacer un intercambio? ¿Me vas a decir ahora que todos estos años de trabajo no han sido nada más que un capricho? ¿Una mera necesidad tuya de redención? ¿Qué buscabas? Que Dios dijera que tú entrarías al reino de los cielos a pesar de…

Silencio. Santiago bebe.

–Tú me lo dijiste claramente desde el inicio, Umberto, tú me dijiste que alguien como yo jamás se ganaría el reino de los cielos porque me gustan los hombres. Bueno, no todos, sólo uno, pero de todos modos…

–No puedes intercambiar con Dios, Santi, no puedes es… es… es una locura. Tu manera de hacer las cosas no es aplicable a todo. Ten mucho cuidado con lo que dices.

–Ahora ya no importa tener cuidado, además –dice con la voz rota–, da igual porque… porque si Dios siempre me escuchó, supo por qué hacía las cosas. No hay nada que ocultar. No vale la pena ni siquiera tratar de ocultarlo.

–Hijo, estás blasfemando.

–No –dice con el rostro en un rictus de dolor, un rictus tan penoso que cualquiera que tuviera la oportunidad de verlo, se vería automáticamente contagiado de ese pesar, de ese nudo en la garganta, de ese penar, de esa enorme cruz en su espalda–, es que no entiendes –dice barriendo las palabras, casi incomprensiblemente, pero Umberto se las juega a santo, y le dice:

–Claro que te entiendo, hijo mío, pero si tu motivo era egoísta, si querías ganarte el cielo y por eso comenzaste esta cruzada de ayuda a los demás, desde un inicio estuvo mal.

–Umberto –dice Santiago– yo no hice esto por mí. Yo nunca quise, y lo sabes. Para mí fue horrible, un terrible peso por cargar. Las llamas del infierno no son, para mí, lo que me espera después de la muerte, sino lo que he vivido ya en el sufrimiento desde que tengo memoria. Desde pequeño, el no querer ser yo y darme miedo a mí mismo, que la música más bella me diera pánico por ser la posibilidad de escuchar algo más, nunca tranquilo, siempre atento, el conocer a alguien maravilloso y causar yo su muerte…

Es interrumpido por la voz imperiosa, de Umberto:

–¡Tú no fuiste el culpable de esto!

–Pero yo no lo hice por mí, Umberto… nunca fue por mí…

–Santi…

–No era por mí, era por ellos. A mí me daría igual quemarme por todas las eternidades por lo que soy, Umberto… Yo quería que ellos se salvaran, que ellos fueran… que… que ellos fueran los que los cielos recibieran… Ellos, no yo. ¡No yo! Ellos se lo merecían… No entiendes… Nunca fue por mí… siempre fue por ellos… y les fallé.

Santiago rompe a llorar desconsoladamente, mientras Umberto sigue recibiendo el sonido de sus sollozos a través del altavoz de su celular. Puede sentir, a pesar de estar en un medio indirecto, el terrible dolor que a Santiago embarga, el terrible dolor que lo atosiga.

–Hijo, lo siento… de verdad lo siento.

–Lo sé… lo sé…

–¿Hay algo, lo que sea, que pueda hacer por ti?

–De hecho, Umberto, sí lo hay.

–Dime, dime por favor, lo que sea…

–El siguiente caso de posesión luciferiana, me tienes que informar al respecto.

–¿Cómo?

–No me voy a dar por vencido hasta saber por qué pasó lo que pasó.

–¿Estás seguro? Meterte tan pronto en un caso de posesión podría costarte la vida…

Después de un silencio, Santiago dice:

–Nunca he estado seguro de nada, Umberto, ¿qué más da?