La quemazón

Foto Cullan Smith en Unsplash

HOSPITAL INCURABLE / ADRIÁN LOBO

En prácticamente todas las actividades humanas se ha observado, y se ha consignado así en estudios por parte de algunos profesionales, un curioso fenómeno con la categoría de síndrome conocido como burnout. Aunque se le ha llamado de diversas formas, a saber:

  • Síndrome de desgaste profesional.
  • Síndrome del quemado.
  • Síndrome del trabajador desgastado.
  • Síndrome de desgaste ocupacional.
  • Síndrome del trabajador quemado.

Comúnmente he escuchado que algunas personas se refieren a este fenómeno como “estar chocado” o expresiones menos cordiales. No es mi intención intentar entrar en detalles y es mejor así porque seguramente no haría un buen trabajo, ya que se dice que es más fácil de observar y describir que de definir. Lo que sí parece estar muy claro es que está relacionado con el estrés laboral continuo, sobrecarga de trabajo, falta de oportunidades de crecimiento laboral, falta de incentivos y reconocimiento, largas jornadas laborales y discrepancia entre los valores y objetivos del trabajador con los de su empleador. 

En el servicio público yo supongo que un factor de importancia puede ser los continuos –y la mayor parte de las veces absurdos– obstáculos que suele imponer la burocracia incluso a ella misma. Todo esto puede afectar a cualquier trabajador pero resulta más frecuente entre los profesionales que están en contacto intenso con otras personas, como clientes, usuarios o pacientes. Así es que, como podrá usted imaginar, el hospital es toda una quemazón.

El psiquiatra (al parecer estadounidense) Herbert Freudenberger empleó el término burnout a inicios de la década de los setenta del siglo pasado para referirse a este fenómeno después de haber estudiado a un grupo de trabajadores en una clínica para toxicómanos donde sólo después de un año observó que “…comenzaban a presentar estado de ánimo depresivo, pérdida de energía y desmotivación para el trabajo”. Y además “…observó cómo estas personas gradualmente se volvían insensibles, poco comprensivas e incluso agresivas en relación con los pacientes, pasando a tener un trato distanciado y cínico con ellos y llegando incluso a culparles de los problemas que padecían”. 

Curiosamente hasta entonces el término burnout “…se había venido empleando para referirse al estadio de deterioro final al que llevaba el consumo crónico de drogas». Freudenberger lo definió como: “La extinción de la motivación o el incentivo, especialmente allí donde la dedicación a un objetivo o a una relación fracasa en conseguir los resultados deseados”. Aún antes de él, según el documento arriba citado, ya se había comentado lo que ahora se conoce como burnout en un estudio de la situación en que se encontraban algunas enfermeras de un servicio de psiquiatría donde se recoge el siguiente testimonio de una de ellas:

“Comencé a ser cada vez menos efectiva en mis relaciones con los pacientes. Mi hostilidad hacia ellos era insoportable. Comencé a verlos como personas irritantes que hacían continuas demandas. Ellos lo notaban y tendían a alejarse de mí. Los pacientes agresivos comenzaron a gruñirme. Las notas de Miss … [la supervisora] sobre mi eficacia eran cada vez más frecuentes y mi ira era personal e intensa. Las notas despreciativas de los pacientes me afectaban y yo tendía a mantenerme alejada de ellos”.

Esto es algo que se desarrolla con el tiempo, no necesariamente mucho, y algunas personas caen en una clase de hastío debido tal vez a la rutina, van perdiendo el entusiasmo por su trabajo, quizá por experimentar reiteradamente una frustración intensa, cada vez les resulta más fastidioso y pierden el interés en el trabajo que un día les llegó a causar tanto entusiasmo como para decidirse a dedicar su vida a ello.

Se puede identificar a una persona víctima del burnout porque es el clásico veterano cascarrabias cínico y melindroso que se exaspera por cualquier nimiedad y continuamente está armando un escándalo debido a ello. En el H.G.D.A.V. no faltan los afectados por esta “quemazón”. Tuve conocimiento en particular de algunos casos de enfermeras que tuvieron momentos “curiosos” de interacción con pacientes en los que a mi parecer hicieron evidente que estaban “quemadas”. Las condiciones en que se produjeron eran un tanto delicadas, donde era quizá necesario actuar con tacto porque estos pacientes y sus familiares estaban pasando por momentos difíciles, ya que la atención que requerían se debía a un intento de suicidio.

El primer paciente lo intentó arrojándose desde un segundo piso. Aunque con la particularidad de hacerlo en posición vertical, resultando así con las piernas fracturadas.

El personal sanitario usualmente –tal vez por conversar, por curiosidad o a veces por una necesidad operativa– inquiere al paciente, “¿Qué le pasó?”, “¿Cómo se hizo eso?”, o cosas así. De modo que así se ponen en antecedentes sobre la situación. Bien, pues esta enfermera en particular al enterarse de lo ocurrido hizo un gesto de fastidio e  impaciencia y le dedicó unas reconfortantes y cálidas palabras de aliento.

— ¡Jesús de Veracruz, niña! ¡La próxima vez, aviéntate de cabeza mija!

En el segundo caso se utilizaron pastillas. Seguramente no unas cualquiera, supongo que fueron las que estaban más al alcance: ácido acetilsalicílico, no sé bien cuántas, pero seguramente muchas.

Nuevamente una enfermera que tuvo conocimiento de esto se acercó a brindar su apoyo y valiosos consejos:

— ¡No, no, no! ¡Así  no…! Lo único que sacaste fue un lavado gástrico. Tómate de éstas o aquéllas o esas otras… pero, ¿aspirina? ¡Por favor!

En un tercer caso una mujer tomó antidepresivos que no le habían sido recetados.

— ¿Por qué se las tomó, señora? ¿Se quiere morir? – le preguntó la enfermera de guardia.

— Sí…

— ¡Ay…! Mejor hubiera tomado veneno, así se moría de una vez…

Una vez en un servicio a un paciente le solicitaron firmar un documento, un consentimiento informado. El tipo no lo tomó muy bien, creo que obviamente porque no se estaba sintiendo bien y habría preferido no demorar más la atención que le iban a dar, aunque en realidad no le llevaría más de un minuto. Y entonces se quejó:

— No creo que sea necesario firmar tantos papeles, ¡ya van tres veces que me lo piden..! — Y entonces un médico lo interrumpió.

— Tampoco era necesario que manejaras borracho y te estrellaras, así que anda, firma ya.

Aclaro que no intento juzgar a nadie, sí empleo la ironía pero no lo hago con la intención de ofender, únicamente deseo comentar un fenómeno que puede ocurrir en cualquier centro de trabajo, sea una fábrica o una oficina, nada más que resulta que en este caso en particular se trata de un hospital. 

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