Vidas Rotas: El impacto emocional de la separación familiar en la frontera

(CNN Español) — La mirada de Juana es una ventana a un mundo de abismos marcado por el profundo dolor de una despedida. Es un mundo marcado por el miedo de quien se ve obligada a vivir a escondidas y acechada por el fantasma de la soledad. Pero sobre todo es un mundo marcado por la ausencia de sus cuatro hijas.

Juana y sus hijas aceptaron contar su historia a un equipo de CNN.

Por razones de seguridad hay varios datos que no puedo revelar sobre Juana; entre ellos, su nombre completo y su lugar de residencia en Honduras, su país natal.

Mira aquí en video la historia de Juana

En cuanto a sus hijas, omitiré sus verdaderos nombres y utilizaré seudónimos debido a que sus solicitudes de asilo en Estados Unidos aún no han sido aprobadas. Tampoco mencionaré la ciudad donde viven.

Junto con mis colegas de CNN Catherine Shoichet y Madeleine Stix fui descubriendo quiénes eran Juana y sus cuatro hijas: “Montserrat’” de 20 años, “Abril” de 18 años, “Julieta” de 16 años, y la pequeña de la familia, “Casandra” de 11 años.

Tras la cámara, momentos de la grabación con Juana en Honduras mientras habla por videollamada con sus hijas. 

Primera cita

Conocí a Juana el 6 de junio. Había sido deportada de EE.UU. casi tres años antes, en 2018.

Nos encontramos una mañana de domingo en el exterior del edificio de apartamentos ubicado en una ciudad del norte de Honduras. Había llegado hasta allí con Orlando Ruiz, el camarógrafo asignado a este viaje, y Elvin Sandoval, el reportero de CNN en ese país. La acompañé a una iglesia que consideraba su refugio espiritual. Ella dijo ser una mujer de una fe inquebrantable, incluso en los momentos más dolorosos. Entró a la iglesia sola y se sentó en un banco. Yo la seguí minutos después y me senté unos bancos más atrás.

Cajas, cajas, más cajas y maletas, el equipo de Orlando Ruiz para nuestra cobertura. No viajan ligero nuestros camarógrafos. 

Asistir a la iglesia, me contará después, le causaba a la vez una profunda tristeza, porque al ver a otras familias recordaba cuando asistía a misa con sus hijas. Pude apreciar cómo Juana se llevaba las manos a la cara para secarse las lágrimas. No lograba escuchar lo que decía, pero intuía que estaba rezando.

De pronto comencé a sentirme incómoda. Un hombre se había sentado a su lado mientras le hablaba al oído. Los abogados de Juana nos habían advertido que su vida corría peligro y que nuestro equipo debía ser discreto en las entrevistas. Era una responsabilidad que a veces me angustiaba. Por un momento me sentí tentada a levantarme y sentarme junto a ella. Pero al final opté por enviarle un mensaje de texto y preguntarle si todo estaba bien. Me respondió que no me preocupara.

Concluida la misa, regresamos a nuestro punto de encuentro. Pero esta vez para adentrarnos en el verdadero mundo de Juana.

La madre con el corazón roto

La historia de Juana comienza con un abrazo y un adiós. Es el momento en el que un funcionario de inmigración de Estados Unidos les dijo a sus hijas que se despidieran de ella. “Casandra”, la más pequeña, tenía siete años.

En ese momento Juana pensó que las perdería para siempre y que nunca más las volvería a ver.

“Mi última hija me abrazaba y me decía que no se quería ir sin mí, que no quería y me abrazaba fuerte. Mi hija mayor me decía que fuera fuerte y que no llorara, pero yo le miraba y las lágrimas le rodaban por sus cachetes y me abrazaban todas. Fue un dolor inmenso. Desde eso momento, yo sentí que mi corazón se partió”.

A veces es difícil mantenerse en un segundo plano mientras escuchas testimonios tan desgarradores como el de Juana. La foto fue tomada por Elvin Sandoval, el corresponsal de CNN en Español en Honduras. 

Juana y sus hijas fueron una de las miles de familias que sufrieron el impacto de la política inmigratoria de »tolerancia cero» del gobierno del entonces presidente Donald Trump, en 2018.

Juana huyó de Honduras por miedo. En 2016 fue víctima de un ataque. Denunció a su agresor ante las autoridades. Su acusación fue el inicio de una pesadilla. Las amenazas de la familia de su atacante la obligaron a cambiar de residencia varias veces. Era un esfuerzo inútil porque sus victimarios la encontraban y las amenazas continuaban.

Fue entonces cuando, temerosa por su vida, decidió emprender un camino junto con sus hijas hacia lo desconocido, en busca de seguridad. “Las personas que como yo, huyen, tememos fracasar, ser asesinados y que nuestros hijos queden huérfanos”, me dijo.

El 22 de mayo de 2018 llegaron al puesto fronterizo de El Paso, Texas, donde se entregaron a las autoridades. Tan solo un día después las separaron, según Al Otro Lado, una organización de defensa y asistencia legal que ofrece ayuda a migrantes, refugiados y deportados.

Hasta esa fecha, Juana dice que siempre habían estado juntas.

Durante más de dos angustiosas y largas semanas, no tuvo noticias del paradero de sus hijas. Las cuatro niñas habían sido trasladadas a un refugio de la Oficina de Reasentamiento de Refugiados de Texas. Allí permanecieron dos semanas.

El 7 de junio de 2018, según me cuenta Juana, fueron entregadas a su padre biológico que residía en Estados Unidos y quien se hizo cargo de las niñas sin dudarlo. Mientras, Juana pasó cuatro meses y medio encerrada en centros de detención de Texas. Primero, en una prisión federal y luego, en un centro de detención de inmigración.

El 5 de octubre de 2018 fue deportada a Honduras.

No es la primera vez que trabajo en una historia de deportados. Pero sí es la primera vez que soy testigo del impacto emocional, del drama humano y de las heridas que deja la separación familiar. “Cuando me deportaron, una tía me dijo que adoptara a un niño para que me distrajera. Yo le dije, ‘tía, el vacío que siente mi corazón no lo va a llenar nadie´”, me dijo Juana. Ella sentía como si no fuese una madre porque no tenía a sus hijas consigo. Se sentía demasiado sola y le preguntaba a Dios por qué le estaba ocurriendo todo aquello.

Vivir escondida

Después de la iglesia nos fuimos a la casa de Juana. Ella vivía en una habitación de poco más de 14 metros cuadrados. Era su otro refugio y donde pasaba casi todo el tiempo. Son cuatro paredes de un intenso color rosado, donde recuerda haber perdido la noción del tiempo mientras veía la vida pasar.

El mundo de Juana se reduce a una pequeña habitación donde pasa la mayor parte del tiempo encerrada con sus escasas pertenencias. El calor sofocante lo mitiga un pequeño ventilador. 

Era un lugar muy humilde que no tenía refrigerador. Había una cama, una silla con las patas rotas sobrepuesta en otra silla, otra más grande llena de peluches y una mesa con algunos objetos personales, entre ellos una Biblia desgastada por el uso y con múltiples páginas marcadas. Juana la leía una y otra vez.

Había tres sonidos constantes que la acompañaban: el de dos ventiladores que intentaban aplacar el asfixiante calor que ese día golpeaba la ciudad; el del agua goteando procedente del baño y el general del exterior. Los ruidos se colaban por una ventana de barrotes, su única conexión con el mundo y desde donde le pedía a Dios un milagro.

Pero ese deseo que parecía imposible estaba tomando forma.

Más tarde, durante nuestra conversación, Juana compartiría conmigo un mensaje de sus abogadas. Parecía que sus ruegos habían sido escuchados.

Objetos simples de incalculable valor

Casi todas las pertenencias de Juana estaban guardadas en una maleta, entre ellos algunos recuerdos que conservaba de sus hijas y regalos muy especiales, como la camiseta con una fotografía de las cuatro niñas celebrando el cumpleaños de la mayor en Estados Unidos.

Juana con la camiseta y las cartas que le enviaron sus hijas. El primer regalo que recibió de ellas tras su deportación, un momento de sentimientos encontrados. 

Otros tesoros, de incalculable valor para ella, los escondía bajo el colchón. Eran las cartas de cada una de sus hijas donde describen el vacío y las lecciones que dejaba su ausencia.

Juana compartió conmigo esas cartas; las leía mientras le temblaba la voz y sus ojos se llenaban de lágrimas. Solo su hija mayor, “Montserrat” aceptó que el contenido de su carta se hiciera público. Decía: “Quiero verla, abrazarla, y no soltarle nunca más, pues cuando tenemos a la persona que amamos pensamos que siempre vamos a estar juntas y no apreciamos ese valor. Y ahora un año y meses que no estamos con usted, sabemos realmente qué se siente estar sin usted”.

Recordar no era fácil para Juana. Los recuerdos venían acompañados por un incisivo dolor.

En dos ocasiones durante nuestra conversación, tuvimos que hacer una pausa. Juana lloraba de forma desconsolada.

La primera, tras cantarme la nana con la que dormía a sus hijas cuando eran bebés. Un canto de la iglesia que dice:

“Cuántas veces siendo niño te recé

con mil besos te decía que te amaba,

poco a poco con el tiempo olvidándome de ti

por cariños que se alejan, me perdí.

Hoy he vuelto madre a recordar,

cuántas cosas virgen de tu altar.

Y al rezarte puedo comprender

que una madre no se cansa de esperar”.

La segunda, mucho más alarmante, cuando hablaba del actual presidente de EE.UU., Joe Biden, y de cómo veía ella sus esfuerzos para reunificar familias, del dolor que sienten los padres que, al igual que ella, habían sido separados de sus hijos.

Juana, entre lágrimas, me dijo que sentía que se estaba desmayando. Yo me asusté. El camarógrafo, Orlando, que grababa la entrevista, también. Me di cuenta del sufrimiento que Juana guardaba en su interior, de los estragos que ocasionaba en su salud. Juana era una mujer emocionalmente exhausta.

Le tendí una mano y le di un abrazo. Pero eso no fue suficiente. Juana necesitaba llorar y yo también. Poco después dimos por terminada la entrevista.

Yo me preguntaba cómo se puede aprender a vivir sin un hijo.

Así transcurrió mi primer día con Juana, navegando entre sus memorias.

Mientras conducía de regreso al hotel, me angustiaba pensar que a Juana le podía pasar algo. Temía que alguien nos hubiera visto saliendo del edificio. Empecé a sentir miedo por ella.

Orlando Ruiz, uno de los camarógrafos más veteranos de CNN, asignado a esta cobertura. Con él siempre aprendo algo. Viajar con Orlando es siempre una aventura, excelente ser humano, trabajador incansable, buen conversador y con gran sentido del humor. 

Una esperanza se abre

Después tuve la oportunidad de pasar más tiempo con Juana en un ambiente más distendido que el día que nos conocimos. Escuchamos sus canciones preferidas, cocinamos la comida favorita de sus hijas, las famosas baleadas, un plato hondureño.

La cámara capta a Juana preparando la comida favorita de sus hijas, baleadas, un plato típico hondureño de tortillas de harina de trigo, frijoles y queso. 

Presencié, por ejemplo, cómo un teléfono móvil era el epicentro de su vida. A través de la pantalla, Juana había visto cómo sus hijas dejaban de ser unas niñas y era partícipe de lo que vivían a miles de kilómetros. “Siento que mi corazón no se llena. No es como que yo las tenga conmigo. Les dé un abrazo y le diga: hija, te amo”, me dijo.

Juana me contó que una vez quiso castigar a sus hijas y apagó el teléfono. Ocurrió el Día de la Madre de 2020. Sentía que no la querían. “La pasé sola, encerrada como siempre, llorando, triste”, recordó. Al final del día lo encendió y le comenzaron a llegar mensajes de sus hijas. Sus dudas desaparecieron. Su amor seguía intacto.

“Ellas me pidieron una disculpa, pues yo comprendo que ellas me aman, al igual que yo”.

A través del teléfono también se enteró de otras noticias importantes. La más relevante llegó el primero de junio. Su abogada de la organización Al Otro Lado le contó que su permiso humanitario de ingreso al país (Humanitarian Parole) había sido aprobado por las autoridades estadounidenses. Juana iba a poder finalmente volver a abrazar a sus hijas. “Lo leí, llore de la emoción y se lo mandé a mis hijas”, me dijo

Pero antes debía acudir a una cita a la embajada de EE.UU. en Tegucigalpa.

La entrevista en la embajada

Acompañé a Juana en ese viaje hasta la capital hondureña.

En el camino hicimos una parada en un mirador junto a un lago de la zona norte de Honduras.

Creo que fue la primera vez que nos tomamos una foto juntas. La mirada de Juana había comenzado a cambiar, aunque sus ojos seguían hablando por ella. Volvía a saborear la libertad tras estar tanto tiempo encerrada en su apartamento. Estaba mucho más relajada y creo que también se sentía feliz de tener compañía.

Una parada en nuestro viaje a Tegucigalpa, nuestra primera foto juntas. Juana está nerviosa, pero disfruta la oportunidad de poder abandonar su apartamento y su encierro. 

Juana pasó durmiendo una parte de ese recorrido. La notaba cansada y nerviosa. La incertidumbre de lo que pudiera pasar no le daba tregua, confesaba, y decía que hasta tenía una sensación de frío en su cuerpo.

En una de las ocasiones, se despertó contando que estaba soñando con sus hijas. No recordaba dónde estaban, pero sí que volvían a estar juntas. Que sus hijas llegaron y la abrazaron. Era un momento que anhelaba desde hacía años y que ahora parecía estar tan cerca.

Nos volvimos a reencontrar el día de su cita en la embajada de Estados Unidos.

Antes de su ingreso, Juana estaba preocupaba porque temía que algo pudiera salir mal. Recordaba a su madre porque sabía que si le aprobaban el viaje tendría que despedirse de ella.

Mi otro compañero en esta cobertura, el corresponsal de CNN en Español en Honduras, Elvin Sandoval, a quien conozco desde hace años. Nuestra primera cobertura juntos en el terreno, muchas horas al volante y muy buenos ratos conversando. 

Aunque teníamos que salir en ruta hacia El Salvador, preferimos posponer nuestro viaje hasta saber cómo había ido ese momento que Juana estuvo esperado durante tanto tiempo.

A su salida, nos encontramos con ella en un restaurante de comida rápida de una franquicia estadounidense. Juana irradiaba felicidad. Miraba de otra forma. La tristeza de los días anteriores había desaparecido.

En el estacionamiento nos describió todas esas sensaciones que la embargaron antes de ser recibida por la cónsul. “Me sudaron las manos mucho, las sentía heladas, sentí escalofríos, fue algo muy nervioso”.

Tras la entrevista, dijo, sintió cómo el calor le había vuelto a la cara. Ya solo quedaba esperar. La respuesta sobre su salida de Honduras y cuándo podría viajar a Estados Unidos se la notificarían a su abogada.

Llegó el momento de despedirnos. Juana y yo nos abrazamos. Ella me dio las gracias. Yo también le di las gracias a ella por haber compartido su historia conmigo.

https://cnnespanol.cnn.com/wp-content/uploads/2021/08/VidasRotasembeber.mp4

El reencuentro

Nuestro próximo encuentro cara a cara fue en Estados Unidos.

En esa ocasión Juana me recibió con un fuerte abrazo, llorando.

El reencuentro sucedió el 22 de julio en una ciudad de la costa este de este país.

Mi abrazo con Juana es el mejor símbolo del final esperanzador de este reportaje, que culmina con la reunión de ella y sus hijas tras tres años y 27 días de separación. 

Inmediatamente después de ese abrazo conocí a las cuatro hijas de Juana. Ya no eran esas niñas de las que me había hablado en Honduras.

“Abril”, la segunda de ellas, la más sentimental, según Juana, prefería no aparecer ante las cámaras.

Eran tres jovencitas divertidas, diferentes, maduras, en especial la hija mayor, que estaban felices de tener a su mamá de vuelta.

Me hubiera gustado hablar con Bernardino, el papá de las niñas, quien durante más de tres años estuvo con ellas, pero declinó ser entrevistado.

Durante nuestras conversaciones en Honduras, Juana me comentó que se había separado de él antes de comenzar su viaje a Estados Unidos.

Juana rememoró otra fecha que había quedado grabada en su memoria: el 19 de junio de 2021. Era el final de una historia triste.

Habían pasado tres años y 27 días desde que la separaron de sus hijas y Juana volvía a fundirse en un abrazo con sus hijas en un aeropuerto de Estados Unidos. “Fue un momento de felicidad, de mucha alegría y al mismo tiempo dolor. Porque recordé el momento que fui separada de ellas”, me dijo. Cada una de sus hijas recordaba ese momento. ‘’Julieta’’ me dijo que estaba nerviosa y feliz al mismo tiempo. ‘’Quería volver a verla después de tres años”.

A ‘’Montserrat’’ le llamaba la atención lo bajita que era Juana. Se habían invertido los papeles. ‘’La miraba tan pequeña, porque antes era muy alta. Y ahora era tan pequeña”. E hizo alusión a cómo la llegada de Juana era el comienzo de una nueva vida para todas ellas.

La más pequeña, ‘’Casandra’’, entre las risas de sus hermanas, me contó cómo se olvidaron de ella y tuvo que colarse prácticamente para ser partícipe de ese abrazo de bienvenida.

‘’En el reencuentro, cuando iba a abrazar a mi mamá, como todas mis hermanas son más altas, no sabía por dónde abrazarla, porque todas estaban alrededor de ella. Me fui por un lado para entrar por adentro y la abracé”.

Juana volvió a sentirse madre, a percibir esa sensación maravillosa de despertarse y tener cerca a sus hijas. A poder mirarlas y tocarlas. Ya no se va a dormir sola.

‘’No ha habido un día, desde que llegue aquí, que no me hayan dado un beso y un abrazo antes de dormir y las buenas noches”, me dijo Juana.

Juana ha vuelto a celebrar fechas importantes en sus vidas. ‘’Montserrat’’ acaba de cumplir 20 años y ‘’Casandra’’, 11. Por primera vez en tres años han podido celebrar cumpleaños juntas y ha vuelto a prepararles sus platos favoritos. ‘’Creo que todavía no he perdido ese ritmo de mamá”.

Los globos de la celebración de un cumpleaños. Por primera vez en más de tres años Juana ha podido celebrar fechas importantes en la vida de sus hijas. «Montserrat» y «Casandra» acaban de cumplir 20 y 11 años respectivamente. 

«Julieta», de complexión delgada, me contó que el día después de reencontrarse con su madre Juana cocinó baleadas, y que ella las añoraba tanto que se comió veinte.

Juana me dijo que había recuperado esa familia que perdió hace más de tres años. En mi cabeza me pregunté por cuánto tiempo. Recordé entonces las palabras de Lee Gelernt, abogado de ACLU, con quien hablé de cómo trabajan para conseguir un estatus permanente para personas como Juana, para que una vez cumplidos esos 36 meses de permiso humanitario otorgados por el gobierno de Estados Unidos no tengan que regresar a los países de los que huyeron.

Juana vuelve a disfrutar de esos momentos cotidianos y simples que tanto añoraba durante sus días de soledad en Honduras, cocinar en familia. 

Lo cierto es que Juana volvió a reír. Pero también fue mucho más cauta describiendo sus emociones. Sus hijas la escuchaban. Creo que las intenta proteger.

Y es que pese a que volvían a estar juntas esta experiencia le había dejado heridas. Quien mejor lo resumía era “Montserrat”.

‘’Tenerla aquí es importante, pero hay cicatrices que no se olvidan. A ninguna de nosotras se nos va a olvidar que nos separaron, que lloramos. Y quién nos va a devolver las lágrimas, quién nos va a devolver la tristeza que tuvimos. Quién nos va a devolver un te quiero. Un te amo cerca, ya nadie”.

Es verdad que no van a poder recuperar esos momentos, pero al menos poco a poco, están recuperando las conversaciones en familia, las confidencias entre madre e hijas, las sonrisas.

Juana ha vuelto a recuperar a la familia que perdió durante más de tres años, quedan cicatrices, pero vuelven a estar a juntas. 

Y por encima de todo, los afectos.

Esos gestos y palabras con los que día a día, fragmento a fragmento, van reconstruyendo esas vidas rotas; beso a beso, abrazo tras abrazo, un te quiero y no desde la distancia, sino finalmente juntas.

Orlando Ruiz, Elvin Sandoval y Jeremy Moorhead de CNN contribuyeron a esta historia.

(CNN Español) — La mirada de Juana es una ventana a un mundo de abismos marcado por el profundo dolor de una despedida. Es un mundo marcado por el miedo de quien se ve obligada a vivir a escondidas y acechada por el fantasma de la soledad. Pero sobre todo es un mundo marcado por la ausencia de sus cuatro hijas.

Juana y sus hijas aceptaron contar su historia a un equipo de CNN.

Por razones de seguridad hay varios datos que no puedo revelar sobre Juana; entre ellos, su nombre completo y su lugar de residencia en Honduras, su país natal.

Mira aquí en video la historia de Juana

¿Qué siente una madre cuando le arrebatan a sus hijas? 8:24

En cuanto a sus hijas, omitiré sus verdaderos nombres y utilizaré seudónimos debido a que sus solicitudes de asilo en Estados Unidos aún no han sido aprobadas. Tampoco mencionaré la ciudad donde viven.

Junto con mis colegas de CNN Catherine Shoichet y Madeleine Stix fui descubriendo quiénes eran Juana y sus cuatro hijas: “Montserrat’” de 20 años, “Abril” de 18 años, “Julieta” de 16 años, y la pequeña de la familia, “Casandra” de 11 años.

Tras la cámara, momentos de la grabación con Juana en Honduras mientras habla por videollamada con sus hijas. 

Una madre y sus cuatro hijas fueron separadas en la frontera en 2018. Esto es lo que perdieron FOTOS | 3 años y medio de separación en 11 momentos: la historia de Juana y sus hijas Primera cita

Conocí a Juana el 6 de junio. Había sido deportada de EE.UU. casi tres años antes, en 2018.

Nos encontramos una mañana de domingo en el exterior del edificio de apartamentos ubicado en una ciudad del norte de Honduras. Había llegado hasta allí con Orlando Ruiz, el camarógrafo asignado a este viaje, y Elvin Sandoval, el reportero de CNN en ese país. La acompañé a una iglesia que consideraba su refugio espiritual. Ella dijo ser una mujer de una fe inquebrantable, incluso en los momentos más dolorosos. Entró a la iglesia sola y se sentó en un banco. Yo la seguí minutos después y me senté unos bancos más atrás.

Cajas, cajas, más cajas y maletas, el equipo de Orlando Ruiz para nuestra cobertura. No viajan ligero nuestros camarógrafos. 

Asistir a la iglesia, me contará después, le causaba a la vez una profunda tristeza, porque al ver a otras familias recordaba cuando asistía a misa con sus hijas. Pude apreciar cómo Juana se llevaba las manos a la cara para secarse las lágrimas. No lograba escuchar lo que decía, pero intuía que estaba rezando.

De pronto comencé a sentirme incómoda. Un hombre se había sentado a su lado mientras le hablaba al oído. Los abogados de Juana nos habían advertido que su vida corría peligro y que nuestro equipo debía ser discreto en las entrevistas. Era una responsabilidad que a veces me angustiaba. Por un momento me sentí tentada a levantarme y sentarme junto a ella. Pero al final opté por enviarle un mensaje de texto y preguntarle si todo estaba bien. Me respondió que no me preocupara.

Concluida la misa, regresamos a nuestro punto de encuentro. Pero esta vez para adentrarnos en el verdadero mundo de Juana.

La madre con el corazón roto

La historia de Juana comienza con un abrazo y un adiós. Es el momento en el que un funcionario de inmigración de Estados Unidos les dijo a sus hijas que se despidieran de ella. “Casandra”, la más pequeña, tenía siete años.

En ese momento Juana pensó que las perdería para siempre y que nunca más las volvería a ver.

“Mi última hija me abrazaba y me decía que no se quería ir sin mí, que no quería y me abrazaba fuerte. Mi hija mayor me decía que fuera fuerte y que no llorara, pero yo le miraba y las lágrimas le rodaban por sus cachetes y me abrazaban todas. Fue un dolor inmenso. Desde eso momento, yo sentí que mi corazón se partió”.

A veces es difícil mantenerse en un segundo plano mientras escuchas testimonios tan desgarradores como el de Juana. La foto fue tomada por Elvin Sandoval, el corresponsal de CNN en Español en Honduras. 

Juana y sus hijas fueron una de las miles de familias que sufrieron el impacto de la política inmigratoria de »tolerancia cero» del gobierno del entonces presidente Donald Trump, en 2018.

Juana huyó de Honduras por miedo. En 2016 fue víctima de un ataque. Denunció a su agresor ante las autoridades. Su acusación fue el inicio de una pesadilla. Las amenazas de la familia de su atacante la obligaron a cambiar de residencia varias veces. Era un esfuerzo inútil porque sus victimarios la encontraban y las amenazas continuaban.

Fue entonces cuando, temerosa por su vida, decidió emprender un camino junto con sus hijas hacia lo desconocido, en busca de seguridad. “Las personas que como yo, huyen, tememos fracasar, ser asesinados y que nuestros hijos queden huérfanos”, me dijo.

El 22 de mayo de 2018 llegaron al puesto fronterizo de El Paso, Texas, donde se entregaron a las autoridades. Tan solo un día después las separaron, según Al Otro Lado, una organización de defensa y asistencia legal que ofrece ayuda a migrantes, refugiados y deportados.

Hasta esa fecha, Juana dice que siempre habían estado juntas.

Durante más de dos angustiosas y largas semanas, no tuvo noticias del paradero de sus hijas. Las cuatro niñas habían sido trasladadas a un refugio de la Oficina de Reasentamiento de Refugiados de Texas. Allí permanecieron dos semanas.

El 7 de junio de 2018, según me cuenta Juana, fueron entregadas a su padre biológico que residía en Estados Unidos y quien se hizo cargo de las niñas sin dudarlo. Mientras, Juana pasó cuatro meses y medio encerrada en centros de detención de Texas. Primero, en una prisión federal y luego, en un centro de detención de inmigración.

El 5 de octubre de 2018 fue deportada a Honduras.

No es la primera vez que trabajo en una historia de deportados. Pero sí es la primera vez que soy testigo del impacto emocional, del drama humano y de las heridas que deja la separación familiar. “Cuando me deportaron, una tía me dijo que adoptara a un niño para que me distrajera. Yo le dije, ‘tía, el vacío que siente mi corazón no lo va a llenar nadie´”, me dijo Juana. Ella sentía como si no fuese una madre porque no tenía a sus hijas consigo. Se sentía demasiado sola y le preguntaba a Dios por qué le estaba ocurriendo todo aquello.

Vivir escondida

Después de la iglesia nos fuimos a la casa de Juana. Ella vivía en una habitación de poco más de 14 metros cuadrados. Era su otro refugio y donde pasaba casi todo el tiempo. Son cuatro paredes de un intenso color rosado, donde recuerda haber perdido la noción del tiempo mientras veía la vida pasar.

El mundo de Juana se reduce a una pequeña habitación donde pasa la mayor parte del tiempo encerrada con sus escasas pertenencias. El calor sofocante lo mitiga un pequeño ventilador. 

Era un lugar muy humilde que no tenía refrigerador. Había una cama, una silla con las patas rotas sobrepuesta en otra silla, otra más grande llena de peluches y una mesa con algunos objetos personales, entre ellos una Biblia desgastada por el uso y con múltiples páginas marcadas. Juana la leía una y otra vez.

Había tres sonidos constantes que la acompañaban: el de dos ventiladores que intentaban aplacar el asfixiante calor que ese día golpeaba la ciudad; el del agua goteando procedente del baño y el general del exterior. Los ruidos se colaban por una ventana de barrotes, su única conexión con el mundo y desde donde le pedía a Dios un milagro.

Pero ese deseo que parecía imposible estaba tomando forma.

Más tarde, durante nuestra conversación, Juana compartiría conmigo un mensaje de sus abogadas. Parecía que sus ruegos habían sido escuchados.

Objetos simples de incalculable valor

Casi todas las pertenencias de Juana estaban guardadas en una maleta, entre ellos algunos recuerdos que conservaba de sus hijas y regalos muy especiales, como la camiseta con una fotografía de las cuatro niñas celebrando el cumpleaños de la mayor en Estados Unidos.

Juana con la camiseta y las cartas que le enviaron sus hijas. El primer regalo que recibió de ellas tras su deportación, un momento de sentimientos encontrados. 

Otros tesoros, de incalculable valor para ella, los escondía bajo el colchón. Eran las cartas de cada una de sus hijas donde describen el vacío y las lecciones que dejaba su ausencia.

Juana compartió conmigo esas cartas; las leía mientras le temblaba la voz y sus ojos se llenaban de lágrimas. Solo su hija mayor, “Montserrat” aceptó que el contenido de su carta se hiciera público. Decía: “Quiero verla, abrazarla, y no soltarle nunca más, pues cuando tenemos a la persona que amamos pensamos que siempre vamos a estar juntas y no apreciamos ese valor. Y ahora un año y meses que no estamos con usted, sabemos realmente qué se siente estar sin usted”.

Recordar no era fácil para Juana. Los recuerdos venían acompañados por un incisivo dolor.

En dos ocasiones durante nuestra conversación, tuvimos que hacer una pausa. Juana lloraba de forma desconsolada.

La primera, tras cantarme la nana con la que dormía a sus hijas cuando eran bebés. Un canto de la iglesia que dice:

“Cuántas veces siendo niño te recé

con mil besos te decía que te amaba,

poco a poco con el tiempo olvidándome de ti

por cariños que se alejan, me perdí.

Hoy he vuelto madre a recordar,

cuántas cosas virgen de tu altar.

Y al rezarte puedo comprender

que una madre no se cansa de esperar”.

1 de 11 | Juana, una madre separada de sus cuatro hijas durante más de 3 años, no puede contener el llanto al recordarlas. Conoce su historia en la siguiente galería de fotos. 2 de 11 | El sol entra en la habitación donde Juana vive escondida en Honduras, mientras espera el permiso de EE.UU. para reencontrarse con sus hijas. (Foto: Ana Maria Luengo-Romero) 3 de 11 | Mano sobre mano, los días se hacen eternos para Juana, quien confía en que podrá regresar a EE.UU. y abrazar a sus hijas. (Foto: Ana Maria Luengo-Romero) 4 de 11 | Un momento de la grabación del reportaje sobre Juana. El camarógrafo Orlando Ruiz capta cuando Juana mantiene una videollamada con sus hijas, que están a más de 5.000 kilómetros de distancia. (Foto: Ana Maria Luengo-Romero) 5 de 11 | Durante más de tres años, la Biblia se ha convertido en un apoyo espiritual para Juana. (Foto: Ana Maria Luengo-Romero) 6 de 11 | Juana es una mujer emocionalmente exhausta. Vencida por el cansancio, se ha quedado dormida en una hamaca ubicada en la azotea del edificio de apartamentos donde reside y a la que sube a lavar su ropa. 7 de 11 | Casi todas las pertenencias de Juana están guardadas en esta maleta. Entre ellas, el primer regalo que recibió de sus hijas tras haber sido deportada a Honduras. 8 de 11 | Juana duerme durante gran parte del día y de la noche, para que los días no se le hagan largos. Duerme sola y sueña con volver a despertarse y acostarse junto con sus hijas, a su vida anterior a la separación. 9 de 11 | Cuando no duerme, Juana contempla el mundo exterior desde una ventana y reza a Dios para que pueda reunirse con sus hijas. 10 de 11 | Juana prepara la comida favorita de sus hijas, baleadas, un plato típico hondureño hecho de tortillas de harina de trigo, frijoles y queso. 11 de 11 | Coser era uno de los pasatiempos de Juana, pero la vieja máquina que le regaló su madre dejó de funcionar y sus días son aún más largos.

La segunda, mucho más alarmante, cuando hablaba del actual presidente de EE.UU., Joe Biden, y de cómo veía ella sus esfuerzos para reunificar familias, del dolor que sienten los padres que, al igual que ella, habían sido separados de sus hijos.

Juana, entre lágrimas, me dijo que sentía que se estaba desmayando. Yo me asusté. El camarógrafo, Orlando, que grababa la entrevista, también. Me di cuenta del sufrimiento que Juana guardaba en su interior, de los estragos que ocasionaba en su salud. Juana era una mujer emocionalmente exhausta.

Le tendí una mano y le di un abrazo. Pero eso no fue suficiente. Juana necesitaba llorar y yo también. Poco después dimos por terminada la entrevista.

Yo me preguntaba cómo se puede aprender a vivir sin un hijo.

Así transcurrió mi primer día con Juana, navegando entre sus memorias.

Mientras conducía de regreso al hotel, me angustiaba pensar que a Juana le podía pasar algo. Temía que alguien nos hubiera visto saliendo del edificio. Empecé a sentir miedo por ella.

Orlando Ruiz, uno de los camarógrafos más veteranos de CNN, asignado a esta cobertura. Con él siempre aprendo algo. Viajar con Orlando es siempre una aventura, excelente ser humano, trabajador incansable, buen conversador y con gran sentido del humor. 

Una esperanza se abre

Después tuve la oportunidad de pasar más tiempo con Juana en un ambiente más distendido que el día que nos conocimos. Escuchamos sus canciones preferidas, cocinamos la comida favorita de sus hijas, las famosas baleadas, un plato hondureño.

La cámara capta a Juana preparando la comida favorita de sus hijas, baleadas, un plato típico hondureño de tortillas de harina de trigo, frijoles y queso. 

Presencié, por ejemplo, cómo un teléfono móvil era el epicentro de su vida. A través de la pantalla, Juana había visto cómo sus hijas dejaban de ser unas niñas y era partícipe de lo que vivían a miles de kilómetros. “Siento que mi corazón no se llena. No es como que yo las tenga conmigo. Les dé un abrazo y le diga: hija, te amo”, me dijo.

Juana me contó que una vez quiso castigar a sus hijas y apagó el teléfono. Ocurrió el Día de la Madre de 2020. Sentía que no la querían. “La pasé sola, encerrada como siempre, llorando, triste”, recordó. Al final del día lo encendió y le comenzaron a llegar mensajes de sus hijas. Sus dudas desaparecieron. Su amor seguía intacto.

“Ellas me pidieron una disculpa, pues yo comprendo que ellas me aman, al igual que yo”.

A través del teléfono también se enteró de otras noticias importantes. La más relevante llegó el primero de junio. Su abogada de la organización Al Otro Lado le contó que su permiso humanitario de ingreso al país (Humanitarian Parole) había sido aprobado por las autoridades estadounidenses. Juana iba a poder finalmente volver a abrazar a sus hijas. “Lo leí, llore de la emoción y se lo mandé a mis hijas”, me dijo

Pero antes debía acudir a una cita a la embajada de EE.UU. en Tegucigalpa.

La entrevista en la embajada

Acompañé a Juana en ese viaje hasta la capital hondureña.

En el camino hicimos una parada en un mirador junto a un lago de la zona norte de Honduras.

Creo que fue la primera vez que nos tomamos una foto juntas. La mirada de Juana había comenzado a cambiar, aunque sus ojos seguían hablando por ella. Volvía a saborear la libertad tras estar tanto tiempo encerrada en su apartamento. Estaba mucho más relajada y creo que también se sentía feliz de tener compañía.

Una parada en nuestro viaje a Tegucigalpa, nuestra primera foto juntas. Juana está nerviosa, pero disfruta la oportunidad de poder abandonar su apartamento y su encierro. 

Juana pasó durmiendo una parte de ese recorrido. La notaba cansada y nerviosa. La incertidumbre de lo que pudiera pasar no le daba tregua, confesaba, y decía que hasta tenía una sensación de frío en su cuerpo.

En una de las ocasiones, se despertó contando que estaba soñando con sus hijas. No recordaba dónde estaban, pero sí que volvían a estar juntas. Que sus hijas llegaron y la abrazaron. Era un momento que anhelaba desde hacía años y que ahora parecía estar tan cerca.

Nos volvimos a reencontrar el día de su cita en la embajada de Estados Unidos.

Antes de su ingreso, Juana estaba preocupaba porque temía que algo pudiera salir mal. Recordaba a su madre porque sabía que si le aprobaban el viaje tendría que despedirse de ella.

Mi otro compañero en esta cobertura, el corresponsal de CNN en Español en Honduras, Elvin Sandoval, a quien conozco desde hace años. Nuestra primera cobertura juntos en el terreno, muchas horas al volante y muy buenos ratos conversando. 

Aunque teníamos que salir en ruta hacia El Salvador, preferimos posponer nuestro viaje hasta saber cómo había ido ese momento que Juana estuvo esperado durante tanto tiempo.

A su salida, nos encontramos con ella en un restaurante de comida rápida de una franquicia estadounidense. Juana irradiaba felicidad. Miraba de otra forma. La tristeza de los días anteriores había desaparecido.

En el estacionamiento nos describió todas esas sensaciones que la embargaron antes de ser recibida por la cónsul. “Me sudaron las manos mucho, las sentía heladas, sentí escalofríos, fue algo muy nervioso”.

Tras la entrevista, dijo, sintió cómo el calor le había vuelto a la cara. Ya solo quedaba esperar. La respuesta sobre su salida de Honduras y cuándo podría viajar a Estados Unidos se la notificarían a su abogada.

Llegó el momento de despedirnos. Juana y yo nos abrazamos. Ella me dio las gracias. Yo también le di las gracias a ella por haber compartido su historia conmigo.

https://cnnespanol.cnn.com/wp-content/uploads/2021/08/VidasRotasembeber.mp4 El reencuentro

Nuestro próximo encuentro cara a cara fue en Estados Unidos.

En esa ocasión Juana me recibió con un fuerte abrazo, llorando.

El reencuentro sucedió el 22 de julio en una ciudad de la costa este de este país.

Mi abrazo con Juana es el mejor símbolo del final esperanzador de este reportaje, que culmina con la reunión de ella y sus hijas tras tres años y 27 días de separación. 

Inmediatamente después de ese abrazo conocí a las cuatro hijas de Juana. Ya no eran esas niñas de las que me había hablado en Honduras.

“Abril”, la segunda de ellas, la más sentimental, según Juana, prefería no aparecer ante las cámaras.

Eran tres jovencitas divertidas, diferentes, maduras, en especial la hija mayor, que estaban felices de tener a su mamá de vuelta.

Me hubiera gustado hablar con Bernardino, el papá de las niñas, quien durante más de tres años estuvo con ellas, pero declinó ser entrevistado.

Durante nuestras conversaciones en Honduras, Juana me comentó que se había separado de él antes de comenzar su viaje a Estados Unidos.

Juana rememoró otra fecha que había quedado grabada en su memoria: el 19 de junio de 2021. Era el final de una historia triste.

Habían pasado tres años y 27 días desde que la separaron de sus hijas y Juana volvía a fundirse en un abrazo con sus hijas en un aeropuerto de Estados Unidos. “Fue un momento de felicidad, de mucha alegría y al mismo tiempo dolor. Porque recordé el momento que fui separada de ellas”, me dijo. Cada una de sus hijas recordaba ese momento. ‘’Julieta’’ me dijo que estaba nerviosa y feliz al mismo tiempo. ‘’Quería volver a verla después de tres años”.

A ‘’Montserrat’’ le llamaba la atención lo bajita que era Juana. Se habían invertido los papeles. ‘’La miraba tan pequeña, porque antes era muy alta. Y ahora era tan pequeña”. E hizo alusión a cómo la llegada de Juana era el comienzo de una nueva vida para todas ellas.

La más pequeña, ‘’Casandra’’, entre las risas de sus hermanas, me contó cómo se olvidaron de ella y tuvo que colarse prácticamente para ser partícipe de ese abrazo de bienvenida.

‘’En el reencuentro, cuando iba a abrazar a mi mamá, como todas mis hermanas son más altas, no sabía por dónde abrazarla, porque todas estaban alrededor de ella. Me fui por un lado para entrar por adentro y la abracé”.

Juana volvió a sentirse madre, a percibir esa sensación maravillosa de despertarse y tener cerca a sus hijas. A poder mirarlas y tocarlas. Ya no se va a dormir sola.

‘’No ha habido un día, desde que llegue aquí, que no me hayan dado un beso y un abrazo antes de dormir y las buenas noches”, me dijo Juana.

Juana ha vuelto a celebrar fechas importantes en sus vidas. ‘’Montserrat’’ acaba de cumplir 20 años y ‘’Casandra’’, 11. Por primera vez en tres años han podido celebrar cumpleaños juntas y ha vuelto a prepararles sus platos favoritos. ‘’Creo que todavía no he perdido ese ritmo de mamá”.

Los globos de la celebración de un cumpleaños. Por primera vez en más de tres años Juana ha podido celebrar fechas importantes en la vida de sus hijas. «Montserrat» y «Casandra» acaban de cumplir 20 y 11 años respectivamente. 

«Julieta», de complexión delgada, me contó que el día después de reencontrarse con su madre Juana cocinó baleadas, y que ella las añoraba tanto que se comió veinte.

Juana me dijo que había recuperado esa familia que perdió hace más de tres años. En mi cabeza me pregunté por cuánto tiempo. Recordé entonces las palabras de Lee Gelernt, abogado de ACLU, con quien hablé de cómo trabajan para conseguir un estatus permanente para personas como Juana, para que una vez cumplidos esos 36 meses de permiso humanitario otorgados por el gobierno de Estados Unidos no tengan que regresar a los países de los que huyeron.

Juana vuelve a disfrutar de esos momentos cotidianos y simples que tanto añoraba durante sus días de soledad en Honduras, cocinar en familia. 

Lo cierto es que Juana volvió a reír. Pero también fue mucho más cauta describiendo sus emociones. Sus hijas la escuchaban. Creo que las intenta proteger.

Y es que pese a que volvían a estar juntas esta experiencia le había dejado heridas. Quien mejor lo resumía era “Montserrat”.

‘’Tenerla aquí es importante, pero hay cicatrices que no se olvidan. A ninguna de nosotras se nos va a olvidar que nos separaron, que lloramos. Y quién nos va a devolver las lágrimas, quién nos va a devolver la tristeza que tuvimos. Quién nos va a devolver un te quiero. Un te amo cerca, ya nadie”.

Es verdad que no van a poder recuperar esos momentos, pero al menos poco a poco, están recuperando las conversaciones en familia, las confidencias entre madre e hijas, las sonrisas.

Juana ha vuelto a recuperar a la familia que perdió durante más de tres años, quedan cicatrices, pero vuelven a estar a juntas. 

Y por encima de todo, los afectos.

Esos gestos y palabras con los que día a día, fragmento a fragmento, van reconstruyendo esas vidas rotas; beso a beso, abrazo tras abrazo, un te quiero y no desde la distancia, sino finalmente juntas.

Orlando Ruiz, Elvin Sandoval y Jeremy Moorhead de CNN contribuyeron a esta historia.

Feedzy

0
    0
    Tu carrito
    Tu carrito está vacíoRegresar para ver