La quemazón. Segunda parte

Foto Peter John Maridable en Unsplash

HOSPITAL INCURABLE / ADRIÁN LOBO

Dice la O.M.S. que hasta el 10% de los trabajadores activos en el mundo desarrollan en algún momento el síndrome del burnout, por lo que se planea para el 2022 reconocerlo oficialmente como una enfermedad.

Pero no es la única afección que puede hacer presa de sus angustias y suplicios a las personas que trabajan en un hospital. En mi no oficial ocupación de observador de la conducta humana —propia y ajena— del trabajador sanitario he podido notar que particularmente las enfermeras son susceptibles a desarrollar un mal al que yo llamo, no sin cierta pretensión, «Nurse Anxiety». 

Creo que es en realidad una variante específica que ataca a estas profesionales de la salud de un padecimiento conocido (pero al parecer aún no reconocido como enfermedad física ni mental) como «Hurry sickness». 

Así es que la «Ansiedad de enfermera» sería hija de la «Enfermedad de la prisa».  Como mencioné anteriormente no está relacionado con un trastorno de ansiedad como tal, consiste más bien en ese perenne sentido de urgencia, la constante apuración en la que parecen estar sumidas algunas enfermeras, siempre ansiosas por terminar prontamente sus tareas e incluso de ocuparse en más de una a la vez. Aunque ciertamente muchas veces por «necesidades del servicio» donde hay sobrecarga de trabajo.

Creo que esa condición puede ser un detonante para personas con cierta predisposición natural a padecer esta «Ansiedad de enfermera». Durante las guardias el medio las condiciona para apresurarse con el fin de cumplir con sus tareas y después este sentido de urgencia lo trasladan a su vida diaria fuera del hospital.

Pero, como dije, es una historia sin fin para las personas afectadas. Apenas terminando una actividad, a menudo aún antes, inmediatamente la hilan con otra y otra y una más de modo que se crean ellas mismas la percepción de no acabar nunca sus labores, lo cual les acrecienta la sensación de estar retrasadas en el cumplimiento de sus deberes y deben apresurarse, metiéndose en un bucle infinito.

La «Enfermedad de la prisa» puede presentarse en prácticamente cualquier persona, independientemente de la actividad a la que se dedique y creo que es muy probable que haya en los afectados algún tipo de predisposición, lo que me hace creer que es una afección que las personas especialmente propensas desarrollan mayormente a partir de la propia personalidad mientras que otras, en una proporción mucho menor, la adquieren o la aprenden, quizá incluso eso no ocurra realmente.

Creo que la variante específica que afecta a las enfermeras, la «Ansiedad de enfermera», merece su propio apartado debido a la proporción, que yo calculo de entre 15 y 20% de estas profesionales de la salud que la desarrollan en algún momento. Es, por otra parte, un mal incurable que he visto manifestarse por igual en jóvenes y veteranas. Me da por pensar que en las mayores se trata de casos de larga evolución y no males recientemente adquiridos y que puede haber también otros factores que inciden en el desarrollo de una personalidad peculiar.

Se puede reconocer fácilmente a una enfermera con este padecimiento nada más entrar al hospital porque, invariablemente, sea tarde o temprano, llegará caminando a paso vivo, vigorosamente, justamente como si tuviera mucha prisa. 

La situación no cambia una vez en su servicio sino que empeora: se les puede ver ir y venir sin cesar, apremiando a todos a su paso, dirigiendo o intentando dirigir toda la actividad a menudo desde un frenesí que, visto desde cierta distancia, puede parecer que linda con la neurosis. 

Así es que no solamente es ese sentido de urgencia exacerbado sino que frecuentemente viene aparejado con esa inquietud que sienten por dirigir todo, por ponerse en control de todo, quizá pensando que los compañeros no están al nivel de la exigencia del trabajo o a la altura de las capacidades propias o bien debido a la creencia de que no son tan rápidas para accionar como deberían. 

Es natural, hay teorías que dicen que mientras más rápido se mueva un observador más lentamente transcurre el tiempo para él, por lo que seguramente una persona intensamente afectada verá todo a su alrededor moverse más lentamente. Bueno, olvidemos de momento mis interpretaciones sobre la ciencia del tiempo y el espacio.

Andan entonces por ahí dando instrucciones incluso sobre aspectos que resultan obvios y por demás conocidos. Empieza uno a escuchar frases como: «Ábrale al oxígeno», «Ciérrele al oxígeno», «Suba la camilla», «Baje la camilla», «Baje el barandal», «Suba el barandal». Incluso he estado cerca de personas que quieren hasta controlar cómo se debe guiar una camilla o silla de ruedas, dónde colocar las manos cada vez y por dónde debe uno pasar. Y así.

No es un fenómeno simple, intuyo que puede tener repercusiones tanto a nivel personal, físicas (el natural agotamiento y desgaste) como mentales (el famoso estrés), como a nivel colectivo. Es seguro que enrarece el clima laboral, además una persona gravemente afectada puede ver decaer la calidad de su trabajo, lo cual, en el caso de la enfermería, podría poner en cierto peligro a sus pacientes en algún momento, porque supongo que tal vez y sólo tal vez necesariamente menos tiempo dedicado a una tarea podría significar menor calidad en el resultado ya que algunos detalles pueden pasarse por alto debido a las prisas.

Y como dice Shakira que al hablar es mejor empezar por uno mismo, acompáñenme ahora a recordar un triste caso de la vida real de un paciente que estaba internado en la UCI. 

Estaba intubado. Los mecanismos de defensa del cuerpo se manifiestan casi en todo momento, hay reacciones conocidas que es necesario atender cuando interfieren con el tratamiento proporcionado que podrían ocasionar complicaciones, siendo el ejemplo extremo la conocida como «iatrogenia», que se define como un daño no deseado ni intencional ocasionado por un tratamiento legítimo y avalado. 

En el caso de un paciente intubado se producen secreciones que es necesario retirar porque podrían llegar a bloquear el tubo, lo que ocasionaría el efecto contrario al deseado, que es lograr que el paciente pueda tener un suministro adecuado de oxígeno.

Pues resulta que una noche había que aspirar el tubo de aquel paciente. Había un pequeño detalle en este caso: por medio de una sonda nasogástrica se le estaba proporcionando nutrición artificial. Quienes tengan experiencia en el ramo habrán podido ya visualizar lo que sucedió entonces.

Para aquellos que no, sólo diré que todo eso parece un sistema interconectado y cerrado. Una precaución elemental que debe tomarse ante un panorama como el planteado es cerrar el paso de la nutrición artificial, de lo contrario ocurre lo que terminó por ocurrir con el paciente mencionado. ¿Ya lo pudo ver? ¿No?

Ah, bueno, pues lo que sucedió fue que al punto en que se inició con la aspiración de secreciones, la cual es de por sí una experiencia nada recomendable ya que uno siente que le arrancarán en el acto los pulmones y que hasta podrían sacarle el alma del cuerpo, todo lo demás se vino también. El contenido de la bolsa de alimentación fue arrastrado por el ímpetu de la succión a través de la sonda nasogástrica, pasando por el estómago para finalmente emerger por la boca y nariz del paciente. 

Linda experiencia para una noche cualquiera, ¿no? Irónicamente el paciente había llegado al hospital con broncoaspiración y, mire usted, prácticamente le recetaron más de lo mismo, y aquí el principio similia similibulus curantur no aplica. En fin. 

Y hablando de ironías, me resulta bastante curioso cómo es que a alguien se le ocurrió poner en un pequeño monumento atrás del hospital el busto de Samuel Hahnemann. Pero está como escondido, lo cubren un poco las ramas de algunos árboles y arbustos, creo yo que eso lo habrá salvado de ser objeto de vandalismo por parte de estudiantes de medicina ebrios y revoltosos cuya escuela está a la vuelta de la esquina.

El punto es que quizá por un malentendido de la expresión «cuidados intensivos» se habrá confundido el significado de «intensivo» con «urgente». Así es que por las prisas se deja de obrar con cautela y pasan cosas como la anteriormente mencionada. Ese es para mí, más allá de lo exasperante que me puede resultar estar cerca de alguien que padezca «Nurse anxiety», el verdadero peligro de esa bendita manía de quererlo todo rápido aún sin haber necesidad.

  1. Adrián Lobo. 
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