Legión: capítulo 4, parte 1 de 4

Cuando llegaron al hospital, Matías apagó el auto y voltearon ambos, al mismo tiempo, hacia el mismo lado. Lo único que lo hacía especial es que ellos lo estaban buscando, querían llegar a él. Esta sería la duodécima noche que él iba a desvelarse a ayudar al exorcismo, su primer caso de exorcismo como tal. Como siempre, a Santiago le pasó el caso detallado Umberto, su tocayo…

Comenzó todo como lo hacen todos los exorcismos, fue escalando por tres etapas: primero fue la infestación: en la habitación del joven de 14 años escuchaban ruidos, como si rascaran el colchón de su cama, como si adentro del colchón hubiera algo y rascara; escucharon lo mismo en la pared. El padre de familia supuso que se trataba de animales que estaban por ahí, así que decidieron usar veneno para acabar con los ruidos. No cesaron, y a pesar de que Roberto no se podía acostumbrar a lo mismo, ya habían sido tantas noches continuas que en realidad no le quedaba de otra. Un tiempo después, cuestión de días, murió la tía del joven, Luz, quien tenía ciertas prácticas espiritistas que enseñó a Roberto. Usaban la ouija como instrumento de comunicación con entes que no podían ver.

Santiago suponía que eso fue la puerta de entrada, aunque en realidad nunca supieron la naturaleza de estas prácticas, sesiones o clases que la tía enseñaba al niño con relación a los espíritus. Los ruidos duraban desde las siete de la noche hasta las doce, en ocasiones.

Luego siguió la obsesión: si los ruidos incesantes todas las noches. Umberto, le enseñó a Santiago que desde siempre el Demonio prefiere las noches a los días porque en la oscuridad puede moverse más libremente y actuar mejor porque es cuando, por naturaleza, los humanos sentimos más miedo. Fue de noche que comenzó la cama a moverse.

La cama temblaba y cuando lo hacía, Roberto se quedaba ahí, pasmado, como en una especie de trance, y la cama temblaba sola, se movía por sí misma. Veían que las esquinas de la misma, las sábanas, apuntaban hacia arriba y lucían rígidas como si a la tela le hubieran puesto almidón. La familia no era creyente ni practicante, pero decidieron pedir ayuda porque, a parte de la cama que se movía por las noches, distintos objetos de la casa salían volando sin que nadie los tocara ni los lanzara.

Llegaron a pensar que se trataba de fuerzas telequinéticas que, tal vez, no sabían que el joven poseía y que usaba inconscientemente; pero el problema escalaba de tal forma que no había noche en la que Roberto pudiera dormir bien porque se movía la cama y había toques, tocaban las paredes, como con un puño. El crucifijo que estaba en la pared se movía como si alguien desde atrás de la pared la golpeara con mucha fuerza, como si quisiera tirar el mismo. Además, en la escuela, Roberto reportó que se movía su mesa-banco. Obvio era que no le creían que se movía solo, creían que él lo movía, así que dejó de asistir a la escuela por el momento.

Pidieron ayuda a un cura local quien sugirió que, para que la familia tuviera una noche de sueño reparador después de quién sabe cuántos días sin poder dormir; se llevara a Roberto a su casa para ver si así menguaba la actividad. Los padres accedieron a esta petición y esa noche el joven fue a dormir a la casa del eclesiástico. La cama donde el joven durmió, se empezó a mover, empezó a temblar, y al cura le pareció obvio que lo hacía. Movió al joven a un sillón pesado que él, en lo personal, el eclesiástico, no podría mover. Al sentarse, después de un rato, sin que Roberto hiciera nada, el sillón se inclinó sobre la pared. Al quitarlo, el sillón regresó a su posición original. El padre trató de moverlo pero no pudo. Creyó que lo más indicado sería que él durmiera en el suelo, así que le puso sábanas en el mismo y lo acostó: sorpresa magna se llevaría al ver cómo las sábanas parecían almidonadas también y el joven se empezó a deslizar por todo el suelo como si lo fueran jalando.

Tercera etapa, la posesión: en el cuerpo de Roberto se marcaban heridas que parecían ser causadas con una navaja de afeitar, al aparecer las mismas, él sufría de mucho dolor. En una ocasión, su madre sugirió regresarlo a la escuela y en una de sus piernas apareció visiblemente la letra “N”, y en la otra, la letra “O”. “No”. Aparecían estas marcas en todo su cuerpo, así como él comenzaba a actuar violentamente. El mismo padre que lo llevó por una noche a su casa, decidió empezar el exorcismo por su cuenta a pesar de su poca investigación al respecto.

Lo llevaron, al joven, a un hospital religioso y ahí, en medio del exorcismo, el poseído logró quitar un pedazo de la cama, un fierro, lo arrancó con sus manos y se lo lanzó al padre en el hombro. Pasarían años antes de que él, el cura, pudiera volver a levantar siquiera la mano por la herida tan profunda y se requirieron más de 100 puntadas para curarlo.

Para este momento, Roberto tenía ataques de violencia extrema y se retorcía de dolor cuando aparecían más marcas. Una de ellas les dijo que se fueran a vivir a casa de una tía de él, y así lo hicieron, pues también pensaban que si se iban de ahí, si se alejaban, esto menguaría. No fue así: durante la noche, incluso si dormía con alguien más, se veía afectado por sus trances, por la cama que temblaba, las cosas se movían, heridas aparecían de la nada y daban órdenes a través de palabras e, incluso, llegaron a reportar figuras cuasidemoníacas.

La prima de Roberto, que iba a una escuela religiosa, pidió ayuda al director, un sacerdote muy estimado y, junto a otro sacerdote que había llevado toda su vida al servicio de Dios, comenzaron las investigaciones pertinentes para el exorcismo, eso a pesar de que hubo ciertas disputas de sentido teológico y administrativo para saber qué institución religiosa debía llevarlo a cabo.

Cuando los padres fueron a la casa, pudieron conversar con el joven, y al ver que no pasaba nada, decidieron irse. Bendijeron la casa y, a escondidas, pusieron una reliquia sagrada secundaria (o sea, algo que ha sido tocado por una reliquia sagrada primaria como una astilla de la cruz de Jesús) bajo la almohada del joven. A punto de irse, escucharon ruidos arriba, subieron: la cama se movía violentamente, la reliquia había salido volando, el niño estaba en trance, con los ojos cerrados. En ese momento decidieron que era necesario un exorcismo.

Comenzaron en la casa de la familia, ahí iban todas las noches, y duraban horas y horas, desde que el joven se iba a dormir, por eso de las 7 u 8 de la noche, hasta las 2 o 3 de la madrugada, dependía mucho del joven en sí. Cuando hacían el exorcismo, Roberto daba muestras de una fuerza muscular casi sobrehumana, por lo que llegaban a necesitar hasta 3 hombres para mantenerlo a raya, siempre tenía los ojos cerrados y a pesar de eso, les escupía a todos, tanto a quienes lo detenían para que su violencia no causara estragos hasta a los sacerdotes mismos. Eran escupitajos espesos de un color verde denso. El joven tiraba flatulencias muy pestilentes, así como orinaba de forma desproporcionada. El olor en la habitación era de sobra aborrecible. Durante semanas y semanas los padres lucharon cada noche para alejar al demonio, siempre resistentes a pesar de que no podían dejar de lado sus labores académicas y administrativas por el día: no tenían permitido faltar, debían aparentar un estado de normalidad porque esto de los exorcismos era de la edad media, no de la actualidad.

El joven llegaba a hablar con voces muy distintas: algunas veces agudas, otras veces graves, llegaba a tararear canciones que al despertar, no recordaba, como el Danubio Azul de Johan Strauss, y al cuestionársele cuando estaba fuera de trance si conocía la melodía o se le pedía que la cantara, no lo podía hacer. Llegó a cantar incluso, según los sacerdotes presentes, como lo haría un niño de voz blanca en coro de iglesia, tan afinado y hermoso; sin embargo, la madre sostenía que Roberto nunca se había interesado por cantar. A pesar de que siempre tenía los ojos cerrados, al escupir daba en el rostro a todos, tanto a los sacerdotes como a quienes lo sostenían. Cuando tarareaba canciones, se ponía a marchar en la cama, acostado, movía los pies a un ritmo, y el sonido de rascar en su cama también iba a ese ritmo. En una ocasión incluso un librero, cuando los sacerdotes iban subiendo, se movió para bloquear la puerta.

Una de las heridas le dijo a los padres que saldría un día en específico, y al llegar ese día, una herida se dibujó en el abdomen: decía “salida” y apuntaba al sexo del muchacho. Es más que sabido que, desde tiempos antiguos, los demonios salen del cuerpo de los poseídos por medio de la orina o defecando. Según palabras del joven, vio irse por la ventana una sombra oscura por la ventana, una especie de humo, y todos celebraron su victoria pues, por fin, después de semanas de lucha, lograron expulsar al demonio.

Pero se equivocaron, y fue cuando llamaron a Umberto para ver si su soldado de Dios, Santiago, podría hacer algo.

Cuatro días después de que se fuera el mal espíritu, comenzó de nuevo a temblar la cama, sus ataques de trance, su violencia. Decidieron, pues, llevarlo a un hospital religioso e iniciarlo en el catolicismo para que hiciera la comunión. El joven nunca se veía en problemas durante el día, siempre sucedían estos durante la noche, y nunca recordaba lo que le pasaba al estar en trance, ni siquiera cuando, en medio de los exorcismos regresaba en sí y pedía agua para beber. Cuando entraba en trance, era otra persona que él no podía controlar ni saber de él o eso.

Se estaba preparando para la comunión. Ese día que lo llevaban a la iglesia, se puso violento, hizo que chocaran, iba con sus tíos y su mamá, pero nadie resultó herido. Lograron llevarlo a la iglesia pero fue recluido directamente en el hospital. Le hicieron la comunión entre estadios de consciencia y ataque: cuando le daban la hostia, la escupía, cuando le preguntaban si quería a Dios en su cuerpo, el joven Roberto comenzaba diciendo que sí pero luego parecía como si luchara, como si quisiera decir algo pero no podía. El Demonio le había dicho a los padres que había una palabra que el niño tenía que decir para irse él, pero que jamás lo haría.

Santiago tuvo la oportunidad de ver lo que pasaba bajo juramento de no hablar directamente con el Demonio, que decía ser Lucifer. Únicamente debía observar y ver qué podría hacer. Ya en el hospital, por las noches el olor era fuerte, mucho, intenso y vomitivo; el joven mostraba una fuerza brutal. Decían que en sus ataques de rigidez, al arquearse, llegaba a tocar con la nuca sus talones, pero Santiago no tuvo la oportunidad de ver eso, aunque sí demostraba, por su forma de contorsionarse, una fuerza que llegó a creer no era propia de su complexión física.

Durante el día el joven estudiaba para pasarse al catolicismo, pero durante la noche era alguien totalmente diferente, además de que se iban repitiendo patrones como las heridas, la voces cambiantes, cantaba canciones, cosas se movían solas, él las aventaba, orinaba, expulsaba flatulencias, imitaba movimientos de masturbación y llegó a decirle al mismo sacerdote cosas sobre su sexo en una sesión de exorcismo, llegó a decir maldiciones seriamente ofensivas y llegó a burlarse de quienes estaban presentes, incluido Santiago: a todos dijo, en tono de burla, cuestiones totalmente personales sobre las que nadie le había comentado y que no habría forma de que él se enterara.

Cuando cantaba las canciones, les cambiaba las letras y las hacía en un tono sombrío, cuando los padres rezaban en latín, él se burlaba y cambiaba los rezos con otras palabras en latín para torcer el significado de las santas oraciones, sabía perfectamente lo que hacía y llegaba a reaccionar violentamente con ciertas palabras en específico. Nadie sabía aún qué palabra tenía que decir él para que el demonio se fuera, así como comenzaba a ser consciente: durante las sesiones de exorcismo el verdadero Roberto sufría y decía que en sueños se encontraba en un abismo, pero había una luz que cada vez se veía más cerca. Es por eso que los padres continuaron con los exorcismos, pero esto se seguía alargando y alargando, causando conmoción no sólo entre las enfermeras, sino entre los enfermos, que también mostraban signos de inquietud ante el caso de Roberto. Durante el día se comportaba violento con todos los enfermeros, que ya tenían experiencia con pacientes problemáticos, pero los pateaba, golpeaba, les aventaba los platos de comida para dañarlos, los mordía.

Se enteró que cuando querían hacer la comunión, Satanás se burlaba, porque él, Roberto, tenía que decir las palabras, literalmente, que quería recibir el cuerpo de Cristo, pero el Dragón no los dejaba, y se burlaba, proclamaba que él era suyo y no lo dejaría, además de que debía decir una palabra, una palabra muy fuerte para, de verdad, ser expulsado…

–Esto ya parece una eternidad… –dijo Matías viendo al hospital santo, y luego viendo a Santiago, quien observaba el mechón de cabello que le arrancó al hombre.

–Esto se va a acabar pronto –dijo él, Santiago, guardando el cabello en su bolsa y viendo decididamente al hospital.

–¿Qué harás, Santi?

–No estoy seguro –le contestó viéndolo a los ojos–, no estoy seguro, pero algo voy a intentar hoy…