Conoce a la auxiliar de vuelo que aprovechó la pandemia para entrenarse como piloto

(CNN) —  Cuando a Jordan Milano Hazrati le ofrecieron un trabajo como auxiliar de vuelo en Virgin Atlantic, fue un sueño hecho realidad.

«Era todo lo que siempre había querido… Todavía no puedo creer que lo hiciera», dice. «Estaba sentada en la cabina de vuelo aterrizando en Heathrow en mi primer vuelo, y nunca olvidaré esa vista del amanecer, y sentirme tan afortunada de haberlo conseguido. Y la tripulación es la gente más asombrosa: realmente fue la gente la que hizo que fuera un buen trabajo».

Hazrati, que anteriormente había sido azafata en la aerolínea Jet2 en su Manchester natal, se trasladó al aeropuerto londinense de Heathrow en febrero de 2020 para comenzar el trabajo de sus sueños.

Pero no fue así: ocho meses después, se convirtió en una de las muchas víctimas de la crisis que ha afectado al sector de la aviación.

Muchos habrían mirado a una industria en crisis y se habrían alejado. Pero Hazrati aprovechó la pandemia para intentar conseguir el trabajo que realmente siempre quiso: piloto.

De la pista de aterrizaje hacia el cielo

Jordan Milano Hazrati perdió su trabajo tras ocho meses como auxiliar de vuelo de Virgin Atlantic. Cortesía de Jordan Hazrati

Hazrati no recuerda un solo momento en el que decidiera que quería volar. De hecho, empezó su carrera haciendo algo totalmente diferente: era bailarina y actuaba en musicales.

«Hubo muchos momentos en los que pensé. ‘Algo no está bien’, y siempre me atrajo la aviación», dice. «Pero nunca quise admitirlo, por miedo al costo». Aprender a volar es excepcionalmente caro, y un «gran obstáculo», comenta, para aquellos que no vienen de un entorno adinerado.

En 2017 ocurrieron dos cosas: un cambio en su vida personal le permitió dar un salto en su carrera y sus padres le compraron una clase de vuelo para su cumpleaños: «sabían lo mucho que me gustaban los aviones», asegura.

Y así fue. «Cuando bajamos por la pista y despegamos, me volví adicta. Bastaron diez segundos. El instructor me dijo que iba a poder despegar, me aterrorizó rodar por la pista, pero lo hice, me puse en el aire, y me volví adicta».

«Estábamos mirando hacia abajo, donde fui a la universidad, a la autopista M6 por la que solía conducir todos los días. Pensé: esta es la perspectiva que necesito para el resto de mi vida. Cuando bajé, dije: ‘Esto es lo que voy a hacer’. Pero la gran pregunta era cómo».

Sin embargo, aún no podía dar el paso. Aprender a volar, dice, es un «compromiso para toda la vida: cuesta tanto que siempre tienes que estar segura de que es el camino correcto».

«Probablemente no fue hasta que me despidieron cuando me di cuenta de que estaba segura. Llegó el momento en que pensé: no solo quiero hacerlo, sino que es el momento perfecto».

Por eso, cuando llegó la pandemia, mientras otros reunían todos los ahorros que podían, Hazrati hizo lo contrario y decidió invertir todo el dinero que tenía en su sueño de convertirse en piloto.

Hazrati lleva mucho tiempo soñando con ser piloto. Cortesía de Jordan Hazrati

Era dinero que había ahorrado durante años para «algo grande, ya sea un depósito para una casa o un entrenamiento de vuelo, realmente dependía de cómo fuera mi carrera», dice.

«Podría haber pagado mi deuda estudiantil o conseguir una casa, pero no me arrepiento».

Desde que comenzó su formación en marzo de 2021, ha gastado £14.000 libras (US$ 19.200), pero eso es una fracción de la cifra final. Obtener la licencia le llevará hasta tres años y acabará costando alrededor de £ 50.000-£ 60.000 (US$ 69.000- US$ 82.000), dice, y esa es la forma más barata de hacerlo. Algunos cursos cuestan el doble.

Además,recibió una beca de The Air League, una organización británica sin ánimo de lucro dedicada a la aviación, para ayudar a completar su formación de PPL (licencia de piloto privado).

Desde que perdió su empleo, Hazrati ha tenido una serie de trabajos para mantenerse a flote durante la pandemia: entrenadora personal, mesera, telefonista de la línea nacional de vacunación del Reino Unido y elfa navideña.

También fue voluntaria en una clínica de vacunación, y ahora, siete empleos después, trabaja como especialista en factores humanos en otra aerolínea.

Pero cada semana está en el aire, trabajando por su objetivo final. E incluso cuando está en tierra, estudia las rutas y aprende la teoría: calcula que dedica al menos 15 horas a preparar sus vuelos semanales. «Aprovecho al máximo cada segundo», cuenta.

Volar sin compañía

Hazrati invirtió los ahorros de toda su vida en la formación de pilotos. Cortesía de Jordan Hazrati

¿Qué es lo que obtiene de volar?

«La mejor sensación del mundo», dice. «Me hace arder el alma. Volar es la sensación más increíble, irreal y única, y solo una pequeña proporción de personas llegará a sentirla… Me siento muy agradecida».

Su alegría es palpable, mientras habla y en las fotos que publica en su Instagram.

Hazrati ya es capaz de hacer vuelos en solitario, mientras hace horas, y admite que hay algo de «vulnerabilidad» cuando vuela por su cuenta.

«Pero me encanta la rutina y también el reto: utiliza toda mi capacidad cerebral y mi energía. Y el trabajo que haces en tierra, todos esos mapas y rutas, se paga en el aire», destaca.

«Piensas en lo que podría pasar si se cerrara el aeropuerto. Piensas en los refuerzos, buscas campos. Me encanta ese reto: me da libertad y algo de perspectiva en la vida».

Por supuesto, no todo el mundo supondría que un miembro de la tripulación de cabina sería el mejor piloto. La tripulación de cabina son conocidos por su personalidad sociable; a los pilotos les gusta bromear diciendo que son estables y serios, perfectos para manejar el avión con tranquilidad.

«Eso es un estereotipo, y está un poco anticuado: muchos de los pilotos con los que he volado tienen un carácter increíble», dice Hazrati.

«Son divertidos e interesantes, pero tienen la capacidad de volverse a centrar cuando lo necesitan. Yo entraba a ofrecerles un té o un café, y podía estar allí charlando durante una buena hora».

«Soy muy alegre y hablo con todo el mundo, pero también tengo esa capacidad: soy bastante específica, matemática y me encantan los procedimientos. En la formación [anual de la tripulación de cabina], mis partes favoritas son siempre los procedimientos de seguridad, así que eso funciona bien con el cambio».

«Vemos el valor de cada uno, pero en algunas áreas de la industria existe esa jerarquía: a los pilotos se les trata más profesionalmente y a la tripulación de cabina se les ve como servicio al cliente», opina.

«Algunos esperarían ver a los pilotos caminando por delante y a los tripulantes de cabina por detrás, pero eso es una herencia de los viejos tiempos. Somos un equipo, no son ellos en la cabina de vuelo y nosotros fuera».

Y espera que su pasado como tripulante de cabina le sirva para futuros trabajos de piloto: «Espero que una aerolínea diga que puedo tender un puente entre la cabina de vuelo y la tripulación, y esa es una barrera que hay que derribar».

«Queremos que más auxiliares de vuelo digan: ‘Sabes qué, realmente quiero volar esta cosa'».

La supermujer de los cielos

Volar es «la mejor sensación del mundo», dice Hazrati. Cortesía de Jordan Hazrati

El último vuelo de Hazrati para Virgin Atlantic fue un vuelo de repatriación de Nueva York a Heathrow en abril de 2020, en el que ayudaba a los pasajeros que se apresuraban a ver a sus familiares enfermos, o a llegar a casa a mitad de los confinamientos por covid-19.

«Sabíamos que estábamos a punto de que algo cambiara, y muchos de nosotros teníamos el presentimiento de que sería nuestro último vuelo durante un tiempo, si no es que para siempre», dice.

«Recuerdo estar sentada en la cabina de vuelo para el aterrizaje. El capitán dijo: ‘Espero que lo hayan disfrutado, será el último durante unos meses’, y yo lloré. No podía creer que me lo fueran a quitar. Pero fue un honor absoluto estar en ese vuelo, haciendo lo que me gusta y ayudando a la gente que lo necesita».

Infatigable ante las dificultades que ha tenido la aviación en los últimos 18 meses, Hazrati no solo empezó a capacitarse durante la pandemia, sino que también regresó a la escuela, estudiando un máster en factores humanos y aviación. «Necesitaba seguir conectada con el sector para asegurarme [de que cuando se recupere] tengo algo mejor que ofrecer que cuando me fui», dice.

«Me gusta aprender, así que un máster siempre estuvo entre mis planes, y los factores humanos es lo que me interesa, pero no pensaba hacerlo tan rápido. La pandemia lo aceleró todo de nuevo».

De hecho, apunta a los «factores humanos», las formas en que las personas interactúan con la aviación, que abarcan desde la ergonomía hasta la toma de decisiones y la psicología laboral, como un sector importante que surgirá tras la pandemia, ya que «se hará hincapié en asegurarse de que la gente esté bien».

En última instancia, sin embargo, la meta de convertirse en piloto sigue ahí, aunque el sector esté en la peor situación de su historia. Sabe que se necesitan años para llegar a volar en una aerolínea tradicional, y aún más para volar en vuelos de larga distancia.

Pero estaría encantada de cambiar esos glamurosos viajes de la tripulación de cabina a Johannesburgo, Hong Kong y Los Ángeles por cortos trayectos nacionales, siempre que pueda sentarse en la cabina de vuelo.

Aviación
Pandemia

(CNN) —  Cuando a Jordan Milano Hazrati le ofrecieron un trabajo como auxiliar de vuelo en Virgin Atlantic, fue un sueño hecho realidad.

«Era todo lo que siempre había querido… Todavía no puedo creer que lo hiciera», dice. «Estaba sentada en la cabina de vuelo aterrizando en Heathrow en mi primer vuelo, y nunca olvidaré esa vista del amanecer, y sentirme tan afortunada de haberlo conseguido. Y la tripulación es la gente más asombrosa: realmente fue la gente la que hizo que fuera un buen trabajo».

Hazrati, que anteriormente había sido azafata en la aerolínea Jet2 en su Manchester natal, se trasladó al aeropuerto londinense de Heathrow en febrero de 2020 para comenzar el trabajo de sus sueños.

Pero no fue así: ocho meses después, se convirtió en una de las muchas víctimas de la crisis que ha afectado al sector de la aviación.

Muchos habrían mirado a una industria en crisis y se habrían alejado. Pero Hazrati aprovechó la pandemia para intentar conseguir el trabajo que realmente siempre quiso: piloto.

De la pista de aterrizaje hacia el cielo

Jordan Milano Hazrati perdió su trabajo tras ocho meses como auxiliar de vuelo de Virgin Atlantic. Cortesía de Jordan Hazrati

Hazrati no recuerda un solo momento en el que decidiera que quería volar. De hecho, empezó su carrera haciendo algo totalmente diferente: era bailarina y actuaba en musicales.

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«Hubo muchos momentos en los que pensé. ‘Algo no está bien’, y siempre me atrajo la aviación», dice. «Pero nunca quise admitirlo, por miedo al costo». Aprender a volar es excepcionalmente caro, y un «gran obstáculo», comenta, para aquellos que no vienen de un entorno adinerado.

En 2017 ocurrieron dos cosas: un cambio en su vida personal le permitió dar un salto en su carrera y sus padres le compraron una clase de vuelo para su cumpleaños: «sabían lo mucho que me gustaban los aviones», asegura.

Y así fue. «Cuando bajamos por la pista y despegamos, me volví adicta. Bastaron diez segundos. El instructor me dijo que iba a poder despegar, me aterrorizó rodar por la pista, pero lo hice, me puse en el aire, y me volví adicta».

«Estábamos mirando hacia abajo, donde fui a la universidad, a la autopista M6 por la que solía conducir todos los días. Pensé: esta es la perspectiva que necesito para el resto de mi vida. Cuando bajé, dije: ‘Esto es lo que voy a hacer’. Pero la gran pregunta era cómo».

Sin embargo, aún no podía dar el paso. Aprender a volar, dice, es un «compromiso para toda la vida: cuesta tanto que siempre tienes que estar segura de que es el camino correcto».

«Probablemente no fue hasta que me despidieron cuando me di cuenta de que estaba segura. Llegó el momento en que pensé: no solo quiero hacerlo, sino que es el momento perfecto».

Por eso, cuando llegó la pandemia, mientras otros reunían todos los ahorros que podían, Hazrati hizo lo contrario y decidió invertir todo el dinero que tenía en su sueño de convertirse en piloto.

Hazrati lleva mucho tiempo soñando con ser piloto. Cortesía de Jordan Hazrati

Era dinero que había ahorrado durante años para «algo grande, ya sea un depósito para una casa o un entrenamiento de vuelo, realmente dependía de cómo fuera mi carrera», dice.

«Podría haber pagado mi deuda estudiantil o conseguir una casa, pero no me arrepiento».

Desde que comenzó su formación en marzo de 2021, ha gastado £14.000 libras (US$ 19.200), pero eso es una fracción de la cifra final. Obtener la licencia le llevará hasta tres años y acabará costando alrededor de £ 50.000-£ 60.000 (US$ 69.000- US$ 82.000), dice, y esa es la forma más barata de hacerlo. Algunos cursos cuestan el doble.

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Además,recibió una beca de The Air League, una organización británica sin ánimo de lucro dedicada a la aviación, para ayudar a completar su formación de PPL (licencia de piloto privado).

Desde que perdió su empleo, Hazrati ha tenido una serie de trabajos para mantenerse a flote durante la pandemia: entrenadora personal, mesera, telefonista de la línea nacional de vacunación del Reino Unido y elfa navideña.

También fue voluntaria en una clínica de vacunación, y ahora, siete empleos después, trabaja como especialista en factores humanos en otra aerolínea.

Pero cada semana está en el aire, trabajando por su objetivo final. E incluso cuando está en tierra, estudia las rutas y aprende la teoría: calcula que dedica al menos 15 horas a preparar sus vuelos semanales. «Aprovecho al máximo cada segundo», cuenta.

Volar sin compañía

Hazrati invirtió los ahorros de toda su vida en la formación de pilotos. Cortesía de Jordan Hazrati

¿Qué es lo que obtiene de volar?

«La mejor sensación del mundo», dice. «Me hace arder el alma. Volar es la sensación más increíble, irreal y única, y solo una pequeña proporción de personas llegará a sentirla… Me siento muy agradecida».

Su alegría es palpable, mientras habla y en las fotos que publica en su Instagram.

Hazrati ya es capaz de hacer vuelos en solitario, mientras hace horas, y admite que hay algo de «vulnerabilidad» cuando vuela por su cuenta.

«Pero me encanta la rutina y también el reto: utiliza toda mi capacidad cerebral y mi energía. Y el trabajo que haces en tierra, todos esos mapas y rutas, se paga en el aire», destaca.

«Piensas en lo que podría pasar si se cerrara el aeropuerto. Piensas en los refuerzos, buscas campos. Me encanta ese reto: me da libertad y algo de perspectiva en la vida».

Por supuesto, no todo el mundo supondría que un miembro de la tripulación de cabina sería el mejor piloto. La tripulación de cabina son conocidos por su personalidad sociable; a los pilotos les gusta bromear diciendo que son estables y serios, perfectos para manejar el avión con tranquilidad.

«Eso es un estereotipo, y está un poco anticuado: muchos de los pilotos con los que he volado tienen un carácter increíble», dice Hazrati.

«Son divertidos e interesantes, pero tienen la capacidad de volverse a centrar cuando lo necesitan. Yo entraba a ofrecerles un té o un café, y podía estar allí charlando durante una buena hora».

«Soy muy alegre y hablo con todo el mundo, pero también tengo esa capacidad: soy bastante específica, matemática y me encantan los procedimientos. En la formación [anual de la tripulación de cabina], mis partes favoritas son siempre los procedimientos de seguridad, así que eso funciona bien con el cambio».

«Vemos el valor de cada uno, pero en algunas áreas de la industria existe esa jerarquía: a los pilotos se les trata más profesionalmente y a la tripulación de cabina se les ve como servicio al cliente», opina.

«Algunos esperarían ver a los pilotos caminando por delante y a los tripulantes de cabina por detrás, pero eso es una herencia de los viejos tiempos. Somos un equipo, no son ellos en la cabina de vuelo y nosotros fuera».

Y espera que su pasado como tripulante de cabina le sirva para futuros trabajos de piloto: «Espero que una aerolínea diga que puedo tender un puente entre la cabina de vuelo y la tripulación, y esa es una barrera que hay que derribar».

«Queremos que más auxiliares de vuelo digan: ‘Sabes qué, realmente quiero volar esta cosa'».

La supermujer de los cielos

Volar es «la mejor sensación del mundo», dice Hazrati. Cortesía de Jordan Hazrati

El último vuelo de Hazrati para Virgin Atlantic fue un vuelo de repatriación de Nueva York a Heathrow en abril de 2020, en el que ayudaba a los pasajeros que se apresuraban a ver a sus familiares enfermos, o a llegar a casa a mitad de los confinamientos por covid-19.

«Sabíamos que estábamos a punto de que algo cambiara, y muchos de nosotros teníamos el presentimiento de que sería nuestro último vuelo durante un tiempo, si no es que para siempre», dice.

«Recuerdo estar sentada en la cabina de vuelo para el aterrizaje. El capitán dijo: ‘Espero que lo hayan disfrutado, será el último durante unos meses’, y yo lloré. No podía creer que me lo fueran a quitar. Pero fue un honor absoluto estar en ese vuelo, haciendo lo que me gusta y ayudando a la gente que lo necesita».

Infatigable ante las dificultades que ha tenido la aviación en los últimos 18 meses, Hazrati no solo empezó a capacitarse durante la pandemia, sino que también regresó a la escuela, estudiando un máster en factores humanos y aviación. «Necesitaba seguir conectada con el sector para asegurarme [de que cuando se recupere] tengo algo mejor que ofrecer que cuando me fui», dice.

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«Me gusta aprender, así que un máster siempre estuvo entre mis planes, y los factores humanos es lo que me interesa, pero no pensaba hacerlo tan rápido. La pandemia lo aceleró todo de nuevo».

De hecho, apunta a los «factores humanos», las formas en que las personas interactúan con la aviación, que abarcan desde la ergonomía hasta la toma de decisiones y la psicología laboral, como un sector importante que surgirá tras la pandemia, ya que «se hará hincapié en asegurarse de que la gente esté bien».

En última instancia, sin embargo, la meta de convertirse en piloto sigue ahí, aunque el sector esté en la peor situación de su historia. Sabe que se necesitan años para llegar a volar en una aerolínea tradicional, y aún más para volar en vuelos de larga distancia.

Pero estaría encantada de cambiar esos glamurosos viajes de la tripulación de cabina a Johannesburgo, Hong Kong y Los Ángeles por cortos trayectos nacionales, siempre que pueda sentarse en la cabina de vuelo.

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