Mujeres o segmentos

POR: NO HILDA

El puerco sonreía.

Cuando era adolescente y mi madre me mandaba a comprar carne, dentro de la carnicería, sobre los azulejos blancos que recubrían la pared, había carteles con imágenes de trozos de carne, estaban enmarcados como si fueran obras de algún pintor talentoso, estaban recubiertos por vidrios llenos de excremento de mosca. Uno de esos cuadros era una imagen de un cerdo sonriente. El cuerpo del cerdo estaba dividido con líneas discontinuas y cada parte tenía un nombre: aguja, panceta, lomo, solomillo, jamón, etc. En ese momento, mientras el carnicero hacía bisteces y yo veía el cartel, hipnotizada, solo me daba curiosidad saber quién y por qué había dibujado la tierna sonrisa del puerco.

Hoy vi una noticia en Heatline acerca de nuevos avances en el tratamiento de papiloma humano, había un artículo para “hombres” y otro para “Vulva portantes”. No pude más que soltar una risa de coraje e ironía.

Últimamente los debates que se derivan del uso del lenguaje inclusivo, además de agrupar opiniones basadas en gustos propios, ortografía o deformación de un lenguaje que, dicho sea de paso, nunca termina de tener forma, ha salido el importante aspecto político de las definiciones. Se dice que “conceptualizar es politizar” porque para poder ejercer la ley y hacerla valer es necesario ser sujeto político. No se puede aplicar la ley a lo que no tiene nombre. El lenguaje inclusivo no solo implica agregar una vocal a nuestras pronunciaciones, debajo de toda superficialidad está el gravísimo problema del “borrado de las mujeres”.

Borrar una categoría implica que la aplicación de la ley, asunto de por sí defectuoso, se vuelva más complicado y turbulento. El feminismo siempre ha sido una postura que defiende y busca garantizar los derechos humanos a un sujeto político: la mujer. Y aunque la división de sus ramas tiene fundamentos distintos, el feminismo radical aboga por garantizar espacios seguros para quienes hemos nacido mujeres. El feminismo radical busca que, desde que una niña nace, tenga los mismos derechos que tiene un varón, que todos los mandatos de género (aretes, juguetes, oportunidades) sean neutros y no solo solo para determinados sexos. La igualdad se busca desde el nacimiento y no desde el momento en que se elegirá la expresión de género; es decir, que si una mujer u hombre usa falda, vestido o pantalón lo haga ante su decisión y no ante una imposición.

La abolición del genero busca salir de los estereotipos para que cada quien elija lo que mejor le parezca pero sin dejar de nombrar la realidad biológica que oprime: el sexo. Los vientres de alquiler, la prostitución y la maternidad son temas que están ligados al sexo y, por supuesto, a la opresión.

Si dejamos de nombrar a las mujeres para nombrar “úteros portantes”, “vulva portantes” o “personas gestantes”, no solo estamos abriendo inmensos abismos en las leyes que pretenden regir la compra-venta de seres humanos (vientres de alquiler), sino que además nos estamos segmentando como un terreno que se pretende vender.

Ya muchas lingüistas y filósofas nos lo han dicho: el lenguaje refleja realidades y en el enunciado “Soy una persona gestante” ya se deja ver la prioridad de dar vida por sobre la necesidad de Ser. Todo lenguaje prioriza las capacidades que son necesarias de comunicar.

Me imagino este cerdo sonriente diciendo “soy un solomillo portante” y dando más la imagen de su jugoso solomillo que de la cerdo completo que él es.

Cabe aclarar que cuestionar los matices de género no es igual a odiar. De hecho, el feminismo radical acoge a los hombres trans y a las violentas realidades que viven en una sociedad patriarcal. Es necesario dejar de temer hablar del tema, porque a costa de que no nos rechacen estamos cediendo nuestras reflexiones, nuestros lugares seguros y nuestros cuerpos.

Resulta confuso ver como con las denominaciones como “útero portante” se resaltan las partes de nuestros cuerpos que se pretenden integrar al mercado de compra-venta por sobre la imagen de seres completas que somos.

El puerco de la imagen de la carnicería quizá sonreía porque quien lo pintó dividido no cuestionaba que el mamífero ahí era más un objeto que un ser vivo y ahora que yo me veo en la necesidad de cuestionar todo esto y que se me ha borrado la sonrisa, me recuerdo hipnotizada sin la posibilidad de poder aterrizar esas ideas que, siendo adolescente, no podía exteriorizar.