Legión: capítulo 4, parte 2 de 4

–No estoy seguro –le contestó viéndolo a los ojos–, no estoy seguro, pero algo voy a intentar hoy.

–Cuídate, por favor, Santiago –Matías vio que Santiago salía del auto y le dijo–… ¡oye! Te amo.

Santiago lo vio desde la ventana y le sonrió, a pesar de estar con apariencia de credo, su sonrisa era genuina, porque verlo ahí, como él, en sus años de juventud, mozos, Matías que siempre lo había apoyado en todo sin importar qué; eso llenaba de felicidad a Santiago.

–También te amo… Te marco al rato.

Matías meneó la cabeza arriba y abajo, le sonrió de vuelta y se fue. Pensó Santiago que ese carro era muy grande para él, el conductor, parecía un bebé tratando de manejar una bicicleta… y aun así lo hacía bien. Matías sabía que la sesión podía durar mucho, así que iría a casa. Santiago dio la media vuelta y vio el hospital que tenía la capilla al frente, suspiró y por momentos se sintió como si fuera la portada de la película del exorcista. Sacó su celular y se puso el audífono, caminó hacia la entrada del hospital, no decididamente, sino más bien como quien sabe que tiene que hacer un trabajo desagradable pero no hay alguien más para hacerlo. No hay de otra. Puso una canción a reproducir. Generalmente cuando va a algún lado es que escucha algo, y ese sonido es el que le indica de qué naturaleza es el ente a vencer. Obviamente, porque ya sabía él qué es lo que sucedía ahí, sabía que no sería fácil, porque no siendo sacerdote, el entablar una conversación con el que decía ser el mismísimo Lucifer, no le auguraba nada bueno. El Ritual Romano, de hecho, dice que no debes hablar con ese demonio y solamente hacer preguntas concisas respecto a lo por qué poseyó, cuándo se irá, y demás. Le esperaba una lucha tremenda.

Justo en el momento en que pasaba la puerta de entrada y se introducía al recinto, una voz poderosísima hizo temblar, no solamente a él, sino a todo el lugar. Santiago sintió cómo se le doblaban las piernas, el miedo se revelaba en él en forma de cabello erizado, el de su nuca, como cuando sentimos una mirada que en realidad no está ahí. La voz era grave, enfurecida, una cosa de locura, tan fuerte que casi hubiera jurado que le gritaron al oído. Era profunda y potente, aguardentosa, sucia.

–¡LÁRGATE DE AQUÍ, IMBÉCIL!

Se detuvo en la entrada, cerró los ojos, respiró para calmar su ritmo cardíaco. Se quería lanzar corriendo lejos de ahí, y sólo por un grito. Abrió los ojos, vio el recinto adornado con figuras religiosas cuyas luces artificiales lucían opacadas, todo lucía oscurecido y helado. Comenzó a caminar. Ya sabían todos que llegaría, o al menos deberían, Umberto debió haberles informado ya; así que caminó.

Pasó por un pasillo alargado donde había varias puertas que eran las habitaciones de los otros enfermos. Escuchaba llantos y gemidos de miedo. Conforme se acercaba a la habitación el frío recrudecía, el olor a orín rancio entraba por su nariz y él podría jurar que de alguna forma se condensaba ahí, era tan penetrante que incluso uno podría sentir que la piel se le volvía pegajosa por el mismo. Era tan penetrante que los ojos se ponían levemente llorosos. El murmuro de los que rezaban ya estaba ahí, y los gemidos: la voz era totalmente gutural, no era humana. Era la única forma en la que Santiago la podría describir: no era una voz humana, era totalmente afónica, era como varias personas gritando al mismo tiempo, todas ellas con voces graves y potentes, una especie de llanto, gemidos de dolor, de terror. Era dolor lo que esa voz revelaba. No era humana, y mucho menos genérica: nunca había escuchado semejante tono hasta que conoció a Roberto.

En la entrada, una enfermera lo recibió con un movimiento de cabeza. Él la vio a los ojos y le dijo:

–Voy a intentar algo hoy.

–Claro, joven Santiago, solamente tenemos que esperar a que acabe la novena. Adelante.

Él confirmó con la cabeza. Al entrar, por instinto, movió la cabeza hacia atrás y pudo ver el escupitajo volando a unos milímetros de su cabeza. Prosiguió y tomó un lugar al lado de las enfermeras que ahí laboraban. Vio la escena: en la cama, sostenido por dos hombres, y uno más, listo para entrar en acción, se encontraba el joven Roberto: un niño físicamente delgado y nada atlético, con el cabello totalmente mojado por el sudor y con los ojos fuertemente cerrados, con un gesto deformado, un odio iracundo a todo lo que ahí había, un gran dolor. Su camisón de hospital debió haber estado limpio antes de iniciar esto, ahora había sangre y estaba en el suelo; pudo ver en su torso heridas abiertas, la piel rasgada finamente como si de una afiladísima cuchilla de afeitar hubiera sido, podía ver palabras, decía “infierno”. Estaba muy delgado ya, podía ver sus huesos e, incluso así, eran necesarios dos hombres para sostenerlo. Él, sin nunca abrir los ojos, con el ceño totalmente enfurecido, como animal, se retorcía, se arqueaba. Veía Santiago verdaderamente impresionado cómo casi llegaba su cabeza a sus pies casi como la película que alguna vez al mismo tiempo que rugía, no sonaba como un joven de voz cambiante gritando: sonaba como un león.

–¡Quítamelos! ¡Quítamelos! ¡Pesan!

Santiago pudo ver que le habían puesto un rosario y una medalla en el cuello, la de San Benito, y él quería que se las quitaran, pero no lo hacían. Al hablar, su cuello se llenaba de venas en un paroxismo irremediable. Al ver que no le hacían caso y los padres seguían con el ritual, rugía de nuevo con esa voz de voces múltiples, no era humana, no creía él que alguien fuera capaz de igualarla a pesar de que siempre había escuchado voces retorcidas con su música. Se quitó el audífono y siguió rezando en su cabeza, preparándose para su momento. Los padres seguían y el niño aullaba, y entre aullidos, el sonido se fue transformando en risas.

–¿Quién eres? ¡Contesta! –Preguntaba el sacerdote con voz imperiosa, valiente. No se notaba cansado a pesar de que todos sabían que era así.

–¡Yo soy Legión!

–¡Te ordeno abandonar el cuerpo de este seguidor de Cristo!

–¡No! –Dijo para luego ladrar– ¡No, él es mío! –Y siguió ladrando.

El padre continuó:

–Bajo la protección del Altísimo les he dado poder de caminar sobre serpientes y para vencer todas las fuerzas del enemigo.

Todos contestaron:

–Tú eres, Señor, mi refugio.

–Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío.

–Tú eres, Señor, mi refugio.

Conforme la oración continuaba, así como las respuestas, Roberto no dejaba de quejarse y retorcerse.

–Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa; te cubrirá con sus plumas, y hallarás un refugio bajo sus alas. No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol.

–Tú eres, Señor, mi refugio.

–¡Méteselo en el culo, padre! –Le gritó Roberto con su demoníaca voz siempre con los ojos bien apretados, pero dirigiéndose a él como si lo pudiera ver, y le escupió en la cara. Atinó, como siempre. Nunca fallaba.

–Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza. Con sólo dirigir una mirada, verás el castigo de los malos, porque hiciste del Señor tu refugio y pusiste como defensa al Altísimo.

–Tú eres, Señor, mi refugio.

El padre continuó:

–Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era luz, sino el testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Durante esto, el joven dejó de tratar de liberarse, se quedó acostado en la cama y echó la cabeza hacia atrás, cerró la boca y empezó a reír con la boca cerrada, podían ver todo cómo su pecho vibraba por la risa que trataba de emitir, era como una especie de disco rayado emitiendo el mismo sonido una y otra vez, luego levantó la cabeza de nuevo y se iba a tratar de levantar de la cama pero se lo impidieron. Y de su boca no salía sonido humano, sino como de un perro llorando al mismo tiempo que se tocaba los genitales e imitaba la masturbación. Sus gemidos de perro era la ridiculización del placer.

Entonces el padre se acercó y le puso la mano en la cabeza, y conforme trazaba con su dedo pulgar la cruz en su frente, dijo:

–Hágase tu Voluntad, Señor, sobre nosotros del modo como todos esperan de ti.

Y todos contestaron:

–Señor, ten piedad.

–Envía tu Espíritu y las cosas serán creadas, y renovarás la faz de la tierra.

–Señor, ten piedad.

–Salva a tu siervo que espera en ti, Dios mío.

–Señor, ten piedad.

–Sé para él, Señor, una torre de fortaleza frente al enemigo.

–Señor, ten piedad.

–Que el enemigo no se aproveche de él, y que el hijo de la impiedad no añada más dolor.

–Señor, ten piedad.

–Envíale, Señor, tu auxilio y cuídalo desde tu morada.

–Señor, ten piedad.

El padre regresó a la cabeza de la cama y el joven se sentó, levantó el torso, y con los ojos bien apretados, dijo con su voz demoníaca:

–¿Quieren ver algo? A continuación, lo van a amar.

Entonces, Roberto suspiró, abrió los ojos, jadeaba cansado, como si un terrible dolor lo hubiera afligido por mucho tiempo, volteó a su rededor confundido sin saber dónde estaba, al borde del llanto.

–Por favor, padrecito, deme un poco de agua, por favor, un poco de agua…

Entonces, bajó la cabeza y apretó los ojos.

–Y ahora –con su voz demoníaca dijo–, lo van a odiar.

Roberto abrió los ojos de nuevo, pero había iracundia en su mirada, estaba totalmente trastornado, sus ojos eran pistolas con las que te podía matar.

–¡En lugar de estar diciendo pendejadas, vengan a mamarme la verga!

Bajó la cabeza de nuevo y apretó los ojos.

–Ese es mi poder, padre –dijo con su voz que eran mil voces al mismo tiempo–, así que puede irse rindiendo, imbécil, ojete de mierda…