¡Ya chole con Avándaro!

DE UN MUNDO RARO / Por Miguel Ángel Isidro

Vivimos en la era de la nostalgia permanente. Constantemente las efemérides nos remiten al esplendor de los tiempos pasados; de las obras y los momentos que vale la pena rememorar.

Este fin de semana se cumplieron 50 años del Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, evento celebrado el 11 y 12 de septiembre de 1971 en un paraje rural del Estado de México.

La historia nos refiere la iniciativa de un grupo de juniors mexicanos encabezados por Justino Compeán, Eduardo López Negrete y Luis de Llano Macedo, entre otros personajes, para organizar un festival musical paralelo a una carrera de autos, a manera de celebrar una suerte de “noche mexicana”, pero en la onda hippie.

Lo que esperaban fuese un concierto masivo para una afluencia de cerca de 50 mil personas terminó siendo una avalancha de miles de jóvenes congregados por el espíritu de los festivales al aire libre celebrados por aquellos años en la Unión Americana, cómo lo fueron Woodstock y el Monterey Pop Festival. Aunque no se tuvo un registro oficial, se especula que en Avándaro se congregaron entre 300 y 500 mil personas.

Obviamente todo lo que sé sobre Avándaro es de oídas y referencias periodísticas. De hecho yo nací en 1972, y mis padres eran jóvenes de clase media baja en ese momento ya con tres hijos, y que aunque no eran ajenos al ambiente musical, definitivamente no andaban en la onda “jipiteca” (ése peculiar término acuñado para referirse a los hippies mexicanos).

Mis primeras referencias sobre Avándaro las obtuve durante mi adolescencia, como un ávido lector de las revistas especializadas en rock de aquella época: Conecte, Sonido, Banda Rockera y Pop Rock, entre otras. A años de distancia se seguía haciendo constante referencia al mítico festival, las bandas participantes y se resucitaba de cuando en cuando la polémica sobre los aciertos y errores del evento. Eran los años ochentas, y todavía se padecían parte de los efectos negativos del “avandarazo”: Los conciertos masivos estaban prácticamente prohibidos en México, y el rock y otros movimientos alternativos permanecían relegados a precarios espacios en la periferia de las grandes ciudades; los legendarios “hoyos fonkis”.

Fue también por aquellos años que tuve también un primer testimonio personal sobre Avándaro de parte de uno de sus asistentes: ni más ni menos que mi tío Guillermo Nova (esposo de la hermana menor de mi padre), quien me platicó que asistió al festival en compañía de su palomilla de amigos del barrio de  Verbena, para lo cual rentaron un autobús. Guillermo y algunos de sus amigos estuvieron a punto de perderse el mítico concierto porque la excursión salía el sábado muy temprano y unos cuantos de ellos se dirigían al Servicio Militar. Finalmente sus cuates los convencieron y fue así como en el camión viajaron junto con un montón de hippies cuatro chavitos con gorra y uniforme de conscripto. “A medio camino ya íbamos bien briagos, sin camiseta y con la gorra volteada”, recordaba mi tío, cuyas bandas favoritas en ese tiempo eran Peace and Love y Love Army.

A toro pasado, sobre Avándaro se han contado muchas historias; se ha mitificado su legado y también se le ha colgado (con mucha razón) la leyenda negra de haber sido la causa de que el rock mexicano fuese prácticamente proscrito durante poco más de dos décadas. Músicos, periodistas y diversos analistas han coincidido en señalar que el festival generó preocupación entre las altas esferas del poder político, al considerar que si el rock era capaz de congregar a medio millón de jóvenes,  ello podría representar un riesgo al régimen establecido si esas masas eran conminadas a la subversión.

No hay que olvidar que no sólo desde el oficialismo hubo críticas y ataques amarillistas al festival. El legendario escritor Carlos Monsiváis calificó a Avándaro como “uno de los momentos cumbres del colonialismo cultural en México”, lo que le valió acres recriminaciones de los adoradores ultras de eso que algunos llaman “rock nacional”.

Lo cierto es que muchos pasan por alto el hecho de que la mayoría de las bandas que se presentaron en ese legendario cartel cantaban completamente en inglés, y que en el repertorio de varias de ellas había gran cantidad de covers de bandas extranjeras.

Lo que Monsiváis y algunos otros intelectuales en su momento cuestionaron fue el hecho de que a poco tiempo de la masacre de Tlatelolco de 1968, y a escasos meses del Halconazo en San Cosme (1971), los jóvenes mexicanos se reunieran masivamente sin el mínimo espíritu contestatario; solo por el ánimo de fumar marihuana y escuchar rock. Pero así fue.

A consecuencia de Avándaro y su contexto, el rock fue condenado a la clandestinidad y tanto los medios masivos como la industria del entretenimiento le cerraron importantes espacios. Hasta ahí podemos circunscribir la responsabilidad de un régimen represor, manipulador y corrupto como el que se padeció en nuestro país durante tres cuartas partes del siglo pasado. Pero también hubo otro tipo de consecuencias que tienen que ver más con el público.

Por conveniencia y complicidad con el sistema, la industria mexicana del entretenimiento se fue especializando en la generación de artistas y contenidos de plástico, confeccionados para explotar comercialmente las modas provenientes del exterior, pero dándoles el toque especial para hacerlas asépticas y de mínimo riesgo para el sistema. Así fue como tuvimos nuestras versiones “charritas” de baladistas, grupos músico vocales, música disco y las famosas “boys/ girls bands”. Quienes gustábamos de otros géneros o expresiones artísticas no los quedaba más que resignarnos a consumir lo que se podía conseguir por recomendaciones de boca en boca o lo que se refería en las pocas publicaciones o programas especializados; los discos importados eran de precios inalcanzables y con el advenimiento de nuevas tecnologías, la piratería se convirtió en una forma de obtener la música “no comercial” a un precio accesible.

La parte negativa para el rock mexicano fue, que si bien padeció de marginación, represión y poca difusión, también se fue asfixiando en una pasmosa mediocridad. Muchas de las bandas que subsistieron de aquellas épocas lograron la supervivencia gracias a la tenacidad y empuje de sus creadores, y no necesariamente de su talento. El hecho de haberse convertido en un elemento del “underground” hizo que el rock mexicano perdiera matices, y con el paso del tiempo, esto se reflejó en el surgimiento de dos corrientes antagónicas: una notoriamente inclinada al blues, al metal y al punk, y otra con mayores acercamientos al pop y al new wave. En el territorio del entonces llamado Distrito Federal ambos movimientos se repartían entre el norte y sur de la ciudad, respectivamente.

El sentido de “marginalidad” condenó durante largos años al rock mexicano a un estado de precariedad, del que apenas pudo librarse a finales de la década de los ochentas y principios de los noventas, con el llamado “boom” del Rock en Tu Idioma. A muchos puristas les ofende que se afirme que españoles y argentinos vinieron a enseñarnos sobre rock, cuando en tierras aztecas se tenía mucha experiencia al respecto, pero la realidad es que en materia de producción, técnicas de grabación y en la organización y realización de conciertos, otros países hispanoparlantes nos llevaban para entonces mucha ventaja al respecto. No todo se puede atribuir al talento o a las circunstancias del entorno.

Creo personalmente que el cumplimiento del 50 aniversario del Festival de Avándaro representa un momento formidable para darle vuelta a la página; es válido hacer evocaciones a la nostalgia, pero también es necesario desprenderse de los lastres del pasado.

Todos los días en distintas comunidades, barrios y colonias de todo el país se forman nuevas expresiones musicales que vale la pena conocer, promover y apoyar. Y ya no es sólo cosa de echarle la culpa “al gobierno, al sistema, a los medios” de la falta de espacios o promoción; en los tiempos actuales se cuenta con diversas plataformas que facilitan la labor que a otras generaciones les habría tomado años de trabajo para alcanzar mayores audiencias.

Chido por las remembranzas, bien por las anécdotas, saludemos la reflexión de lo que se hizo bien o mal en el pasado; finalmente eso ya no lo podemos cambiar.

Y de una vez por todas… ¡ya chole con Avándaro!

Twitter: @miguelisidro

SOUNDTRACK PARA LA LECTURA

Peace and Love (México) / “We got the power”

El Tri (México) / “Nostalgia”

Los Dug Dug’s (México) / “Let’s make it now”

La Castañeda  (México) / “Viejo veneno”

(Ésta banda no tiene que ver con Avándaro, pero creo que la letra de la canción concuerda con el espíritu del comentario)

miguelaisidro

Periodista independiente radicado en EEUU. Más de 25 años de trayectoria en medios escritos, electrónicos; actividades académicas y servicio público. Busco transformar la Era de la Información en la Era de los Ciudadanos; toda ayuda para éste propósito siempre será bienvenida....

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