OPINIÓN | El estilo político de Donald Trump se extiende por el mundo

Nota del editor: Frida Ghitis (@fridaghitis), exproductora y corresponsal de CNN, es columnista de asuntos mundiales. Es colaboradora de CNN, columnista del diario The Washington Post y columnista de World Politics Review. Las opiniones expresadas en este comentario le pertenecen. Ver más opiniones aquí.

(CNN) — Quizás esto sea un motivo de orgullo para el expresidente Donald Trump. Pero para el resto del mundo, ver la agitación política de los últimos tiempos en Estados Unidos emulada en naciones de este a oeste es algo muy diferente. El ejemplo dado por Trump —de despreciar, agredir y socavar la democracia de un país— se ha convertido ahora en la plantilla para actores políticos con inclinaciones autoritarias en todo el mundo.

De la misma manera que el grito de Trump de «¡noticias falsas!» —que utilizó con cierto éxito para desacreditar a los periodistas profesionales— ha sido usado por dictadores para aplastar a la prensa libre en sus países, la afirmación de unas elecciones «amañadas» también está siendo desplegada por aquellos que no pueden ganarse el apoyo de los votantes mientras intentan obtener poder.

Con los funcionarios de seguridad en Washington preparándose para la posibilidad de que haya más violencia en la manifestación del 18 de septiembre en apoyo de los insurrectos acusados en los disturbios del Capitolio, y mientras Trump insinúa que se presentará a la reelección en 2024, su estilo político sigue extendiéndose como una infección difícil de contener que ignora las fronteras nacionales.

Frida Ghitis.

En Myanmar, también conocida como Birmania, el partido respaldado por los militares perdió por una abrumadora mayoría el pasado noviembre, más o menos cuando Trump perdió su reelección por millones de votos. Quizás los generales estaban observando la reacción de Trump. Inmediatamente protestaron, alegando un fraude generalizado, negándose rotundamente a aceptar los resultados a pesar de la confirmación de que las elecciones fueron en general limpias y el resultado válido.

El 1 de febrero, los militares detuvieron a Aung San Suu Kyi y a otros líderes del partido ganador, la Liga Nacional para la Democracia, y tomaron el poder. Desde entonces, la resistencia al golpe no ha hecho más que intensificarse, al igual que el número de personas asesinadas por el despiadado régimen. El Tatmadaw, como se conoce al Ejército, ha matado a más de 1.000 civiles. El Gobierno en el exilio está llamando a un levantamiento nacional contra la junta tiránica. La guerra civil es una posibilidad clara. Una vez más, los resultados de las elecciones fueron veraces. Los perdedores rechazaron el resultado. Muchos de los candidatos ganadores siguen detenidos.

En Brasil, el presidente Jair Bolsonaro, admirador e imitador de Trump, está siguiendo paso a paso los movimientos de Trump antes de las elecciones. Su gestión de la pandemia fue tan catastrófica —y la supuesta corrupción en su gobierno y entre sus hijos, políticamente activos, tan atroz— que Bolsonaro está muy rezagado en las encuestas antes de las elecciones presidenciales del próximo año. Sus hijos rechazan estas acusaciones.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro.

Bolsonaro afirma que el voto electrónico, que tiene un largo, sólido y muy creíble historial en Brasil, amañará las elecciones en su contra. Ha amenazado con cancelar las elecciones y está avivando la ira de sus partidarios, llamándolos a salir a las calles.

Sus ataques a la credibilidad de las elecciones ya han desencadenado investigaciones formales en su contra ante una conducta potencialmente delictiva, y el Congreso de Brasil ya ha rechazado su presión para cancelar el voto electrónico. No importa. Bolsonaro ya está elaborando su «Gran Mentira»: al socavar la fe en el sistema electoral, está sentando las bases para rechazar el resultado de las elecciones (suponiendo que se produzcan) y esperando que sus partidarios lo apoyarán cuando afirme que no perdió. ¿Les suena?

En Perú, el país acaba de sufrir unas elecciones presidenciales terriblemente reñidas, que enfrentaron a un candidato de extrema izquierda con otra de extrema derecha. Cuando el escaso recuento de votos se inclinó hacia su rival de izquierda, Pedro Castillo, la candidata de la derecha, Keiko Fujimori, sacó la carta del falso fraude, afirmando que el partido de Castillo estaba llevando a cabo una «estrategia» de «distorsión».

No pudo presentar ninguna prueba creíble, y Castillo acabó asumiendo la presidencia por 44.263 votos. En un momento de gran tensión, estas acusaciones de robo de elecciones podían potencialmente desencadenar una ola de violencia, por no mencionar la posibilidad de que finalmente acabaran robando las elecciones. Al no producirse ninguno de estos hechos, el país ha esquivado una bala.

Miles en Brasil protestan contra el presidente Bolsonaro 2:24

No es de extrañar que las falsas acusaciones de fraude se estén arraigando en Estados Unidos, donde parece posible que alguna versión del mantra de Trump, si no gano, entonces hubo fraude —un acertijo demagógico como ninguno— sea cada vez más común en algunos círculos del Partido Republicano.

En las elecciones revocatorias de esta semana en California, el líder republicano Larry Elder, una personalidad de radio de extrema derecha, ya ha proclamado que «bien podría haber chanchullos» si el gobernador Gavin Newsom sale victorioso. Las encuestas muestran a Newsom en una posición fuerte, lo que parece ser la razón por la que Elder está sacando ahora el arma del fraude de su funda. Por si alguien tiene dudas, explica que con «chanchullos» se refiere a lo que le ocurrió a Trump en 2020.

Lo que le pasó a Trump en 2020 es que perdió contra Biden. Lo que le pasó al país es que Trump afirmó falsamente que había ganado y sus seguidores, ahora incluyendo la mayoría del Partido Republicano, parecen decididos a abrazar esa mentira. La técnica funciona como un bacilo bacteriano mortal, que surge primero en un rincón del mundo y se extiende a lo largo y ancho, con consecuencias que podrían ser desastrosas para cientos de millones de personas.

Quizá verse imitado en todo el mundo enorgullezca a Trump. Para el resto de nosotros, apenas revive esa vieja y familiar mezcla de frustración, tristeza, ira y profunda preocupación.

Donald Trump
Jair Bolsonaro

Nota del editor: Frida Ghitis (@fridaghitis), exproductora y corresponsal de CNN, es columnista de asuntos mundiales. Es colaboradora de CNN, columnista del diario The Washington Post y columnista de World Politics Review. Las opiniones expresadas en este comentario le pertenecen. Ver más opiniones aquí.

(CNN) — Quizás esto sea un motivo de orgullo para el expresidente Donald Trump. Pero para el resto del mundo, ver la agitación política de los últimos tiempos en Estados Unidos emulada en naciones de este a oeste es algo muy diferente. El ejemplo dado por Trump —de despreciar, agredir y socavar la democracia de un país— se ha convertido ahora en la plantilla para actores políticos con inclinaciones autoritarias en todo el mundo.

De la misma manera que el grito de Trump de «¡noticias falsas!» —que utilizó con cierto éxito para desacreditar a los periodistas profesionales— ha sido usado por dictadores para aplastar a la prensa libre en sus países, la afirmación de unas elecciones «amañadas» también está siendo desplegada por aquellos que no pueden ganarse el apoyo de los votantes mientras intentan obtener poder.

Con los funcionarios de seguridad en Washington preparándose para la posibilidad de que haya más violencia en la manifestación del 18 de septiembre en apoyo de los insurrectos acusados en los disturbios del Capitolio, y mientras Trump insinúa que se presentará a la reelección en 2024, su estilo político sigue extendiéndose como una infección difícil de contener que ignora las fronteras nacionales.

Frida Ghitis.

En Myanmar, también conocida como Birmania, el partido respaldado por los militares perdió por una abrumadora mayoría el pasado noviembre, más o menos cuando Trump perdió su reelección por millones de votos. Quizás los generales estaban observando la reacción de Trump. Inmediatamente protestaron, alegando un fraude generalizado, negándose rotundamente a aceptar los resultados a pesar de la confirmación de que las elecciones fueron en general limpias y el resultado válido.

El 1 de febrero, los militares detuvieron a Aung San Suu Kyi y a otros líderes del partido ganador, la Liga Nacional para la Democracia, y tomaron el poder. Desde entonces, la resistencia al golpe no ha hecho más que intensificarse, al igual que el número de personas asesinadas por el despiadado régimen. El Tatmadaw, como se conoce al Ejército, ha matado a más de 1.000 civiles. El Gobierno en el exilio está llamando a un levantamiento nacional contra la junta tiránica. La guerra civil es una posibilidad clara. Una vez más, los resultados de las elecciones fueron veraces. Los perdedores rechazaron el resultado. Muchos de los candidatos ganadores siguen detenidos.

En Brasil, el presidente Jair Bolsonaro, admirador e imitador de Trump, está siguiendo paso a paso los movimientos de Trump antes de las elecciones. Su gestión de la pandemia fue tan catastrófica —y la supuesta corrupción en su gobierno y entre sus hijos, políticamente activos, tan atroz— que Bolsonaro está muy rezagado en las encuestas antes de las elecciones presidenciales del próximo año. Sus hijos rechazan estas acusaciones.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro.

Bolsonaro afirma que el voto electrónico, que tiene un largo, sólido y muy creíble historial en Brasil, amañará las elecciones en su contra. Ha amenazado con cancelar las elecciones y está avivando la ira de sus partidarios, llamándolos a salir a las calles.

Sus ataques a la credibilidad de las elecciones ya han desencadenado investigaciones formales en su contra ante una conducta potencialmente delictiva, y el Congreso de Brasil ya ha rechazado su presión para cancelar el voto electrónico. No importa. Bolsonaro ya está elaborando su «Gran Mentira»: al socavar la fe en el sistema electoral, está sentando las bases para rechazar el resultado de las elecciones (suponiendo que se produzcan) y esperando que sus partidarios lo apoyarán cuando afirme que no perdió. ¿Les suena?

En Perú, el país acaba de sufrir unas elecciones presidenciales terriblemente reñidas, que enfrentaron a un candidato de extrema izquierda con otra de extrema derecha. Cuando el escaso recuento de votos se inclinó hacia su rival de izquierda, Pedro Castillo, la candidata de la derecha, Keiko Fujimori, sacó la carta del falso fraude, afirmando que el partido de Castillo estaba llevando a cabo una «estrategia» de «distorsión».

No pudo presentar ninguna prueba creíble, y Castillo acabó asumiendo la presidencia por 44.263 votos. En un momento de gran tensión, estas acusaciones de robo de elecciones podían potencialmente desencadenar una ola de violencia, por no mencionar la posibilidad de que finalmente acabaran robando las elecciones. Al no producirse ninguno de estos hechos, el país ha esquivado una bala.

Miles en Brasil protestan contra el presidente Bolsonaro 2:24

No es de extrañar que las falsas acusaciones de fraude se estén arraigando en Estados Unidos, donde parece posible que alguna versión del mantra de Trump, si no gano, entonces hubo fraude —un acertijo demagógico como ninguno— sea cada vez más común en algunos círculos del Partido Republicano.

En las elecciones revocatorias de esta semana en California, el líder republicano Larry Elder, una personalidad de radio de extrema derecha, ya ha proclamado que «bien podría haber chanchullos» si el gobernador Gavin Newsom sale victorioso. Las encuestas muestran a Newsom en una posición fuerte, lo que parece ser la razón por la que Elder está sacando ahora el arma del fraude de su funda. Por si alguien tiene dudas, explica que con «chanchullos» se refiere a lo que le ocurrió a Trump en 2020.

Lo que le pasó a Trump en 2020 es que perdió contra Biden. Lo que le pasó al país es que Trump afirmó falsamente que había ganado y sus seguidores, ahora incluyendo la mayoría del Partido Republicano, parecen decididos a abrazar esa mentira. La técnica funciona como un bacilo bacteriano mortal, que surge primero en un rincón del mundo y se extiende a lo largo y ancho, con consecuencias que podrían ser desastrosas para cientos de millones de personas.

Quizá verse imitado en todo el mundo enorgullezca a Trump. Para el resto de nosotros, apenas revive esa vieja y familiar mezcla de frustración, tristeza, ira y profunda preocupación.

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