Legión: capítulo 4, parte 3 de 4

–Ese es mi poder, padre –dijo con su voz que eran mil voces al mismo tiempo–, así que puede irse rindiendo, imbécil, ojete de mierda.

El padre dijo a continuación:

–Renovemos ahora las promesas de nuestro bautismo, con las cuales, un día, renunciamos a Satanás y a sus obras y prometimos servir a Dios en la santa Iglesia católica.

Todos dijeron a coro, excepto Santiago:

–Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre –en este momento, todos se inclinaron–; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

Comenzó, el poseso, a escupir a todos los presentes, y con ninguno falló, ni con Santiago. Todos se limpiaron solamente. Le parecía increíble a Santiago la cantidad de gargajo que podía escupir, era como una máquina que no dejaba de hacerlo. El sacerdote iba a rociar con agua bendita, pero estaba vacía la botella. Roberto se burló con su risa de voz demoníaca que era una pero mil a la vez. Le llevaron otra botella, Santiago vio claramente que la enfermera-monja entraba con la botella llena, y otra llevaba la vacía, pero al momento de salir, al momento de dar un paso afuera, se dio cuenta que tenía el líquido. La botellita siempre estuvo llena.

El sacerdote continuó:

–No sabemos orar como conviene, pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad y Él mismo interpela y ruega a Dios por nosotros. Movidos por el Espíritu digamos juntos:

Todos dijeron a coro:

–Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos el mal.

El sacerdote juntó las manos y los demás concluyeron:

–Porque tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

Roberto no dejó de gemir como de placer al mismo tiempo que movía sugerentemente la cadera, nunca abrió los ojos, todo el tiempo con los ojos apretados, bien cerrados. Luego soltó una risotada.

El padre, haciendo el movimiento de la cruz, dijo:

–Ante la Cruz de nuestro Señor aléjense de aquí, todas las fuerzas enemigas.

Roberto volvió a tener un rictus de dolor, se retorcía y brincaba, la cama comenzó a temblar también, y el aparente rasgamiento sonaba, luego tomó un ritmo, un ritmo que él comenzó a tararear: era el himno nacional mexicano; asimismo, comenzó a mover los pies como si estuviera marchando. La parte baja de su abdomen, la cadera, comenzó a sangrar efusivamente. Llevaron gasas para secar y Santiago apenas pudo ver una forma, por la posición en la que estaba no podría saberlo muy bien: creyó ver una cruz invertida. Las manos y brazos también los movía como si marchara. Era un pequeño soldado. De repente se detuvo, y ahí, acostado, recto, echó la cabeza para atrás una vez más. A continuación, comenzó a cantar con la voz más hermosa que Santiago haya escuchado jamás, una voz blanca de niño cantor, se acordó de inmediato la vez que fue a ver a los niños cantores de Viena: una entonación perfecta, una nivelación divina, era un ángel embelesando, un deleite indescriptible para sus oídos. Santiago tuvo que luchar para no llorar ante la belleza de esa voz, cosa que le pasó, recuerda, una vez que escuchó a Monserrat Caballé…

L’amour est un oiseau rebelle

Que nul ne peut apprivoiser

Et c’est bien en vain qu’on l’appelle

S’il lui convient de refuser

Rien n’y fait menace ou prière

L’un parle bien l’autre se tait

Et c’est l’autre que je préfère

Il n’a rien dit mais il me plaît

L’amour

L’amour est un oiseau rebelle

L’amour

Que nul ne peut apprivoiser

L’amour

Et c’est bien en vain qu’on l’appelle

L’amour…

Durante toda la canción, no dejó de marchar. En el último L’amour, una nota larga, su voz se transformó en la demoníaca que era una pero muchas al mismo tiempo. Una vez más, las contorsiones, el coraje, el rictus de dolor. Se arqueó tanto que Santiago temió que se fuera a romper de alguna forma. La cama dejó de temblar, así como el rasgar cesó.

El sacerdote dijo:

–Dios, creador y defensor del género humano, dirige tu mirada sobre este siervo tuyo, Roberto, a quien formaste a tu imagen y llamas a ser partícipe de tu gloria. El antiguo adversario lo atormenta cruelmente, lo oprime con fuerte violencia y lo inquieta con cruel terror. Envía sobre él tu Espíritu Santo para que lo haga fuerte en la lucha le enseñe a rogar en la tribulación y lo defienda con su poderosa protección. Escucha, Padre santo, el gemido de tu Iglesia suplicante; no permitas que tu hijo sea poseído por el padre de la mentira; no dejes que este servidor a quien Cristo redimió con su Sangre sea retenido por la cautividad del diablo; impide que el templo de tu Espíritu sea inhabitado por los espíritus inmundos. Escucha, Dios misericordioso, la oración de la bienaventurada Virgen María, cuyo Hijo, muriendo en la Cruz, aplastó la cabeza de la antigua serpiente y encomendó a la Madre todos los hombres como hijos. Que resplandezca en este siervo tuyo la luz de la verdad entre en él el gozo de la paz, lo posea el Espíritu de la paz y llenando su corazón le dé la serenidad y la paz. Escucha, Señor, la oración de San Miguel Arcángel y de todos los ángeles que te sirven. Dios de todo bien, impide decididamente la acción diabólica; tú que eres la fuente de la verdad y del perdón, expulsa las falaces insidias del diablo; Señor de la libertad y de la gracia, desata los lazos de la perversidad. Tú que amas y salvas al hombre que escuchas paternalmente la oración de los apóstoles Pedro y Pablo y de todos los santos que con tu gracia vencieron las asechanzas del Maligno. Libra a este siervo tuyo de toda potestad ajena y custodia la firmeza que necesita para que, restituido a la serenidad, espiritual te ame de corazón y te sirva con sus obras, te glorifique con sus alabanzas y te celebre con su vida. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Todos respondieron:

–Amén.

Los padres guardaron silencio, todos guardaron silencio.

–Hay alguien que quiere hablar conmigo, padre… no concluyas este rito sin haberlo dejado expresarse –le dijo con su voz demoníaca que era una pero mil a la vez.

El sacerdote, sudado y lleno de restos verdosos espesos, volteó hacia Santiago. Caminó hacia él con la pesada respiración de Roberto de fondo. Al expulsar aire, aquel parecía ser una máquina descompuesta, pues emitía un ronquido extravagante.

–Buenas noches, Santiago. Me dijo el padre Umberto, a quien admiro y respeto mucho, que vendrías y que hoy entrarías en acción.

–Así es, padre.

–Mira, yo no sé cómo trabajes, sólo sé que haces las cosas de modo diferente, pero –volteó hacia el joven–… pero si lo puedes ayudar, adelante. Yo no te interrumpiré, solamente seguiremos rezando y cuando tú digas, acabamos el exorcismo por hoy.

–Muchas gracias –le contestó haciendo un movimiento de cabeza.

–¿Necesitarás que lo sostengamos?

–No –dijo el poseído–, así sirve que descanso también.

–No te estaba preguntando a ti –contestó el padre sin voltear a verlo.

–No se preocupe, no necesito que lo sostengan. Estaremos bien –dijo Santiago para la sorpresa de todos, hasta del poseído.

El padre indicó a los dos hombres enfermeros que sostenían al joven, que descansaran. Santiago tomó una silla y se sentó al lado. El murmuro de los rezos comenzó. No sabía muy bien cómo empezar, se sentía muy nervioso. Se le quedó viendo: el joven solamente respiraba y estaba acostado, no volteó a verlo, tenía los ojos cerrados, bien apretados.

–Eres la gran serpiente, entonces… hueles a mierda.

–Y tú casi te cagas al entrar aquí, y no digo nada… además, eres maricón –dijo con su voz demoníaca–, yo tengo una verga como las que te gustan: de tamaño normal, ni tan grande ni tan chica. ¿Qué te parece si mejor me la chupas y dejas de decir pendejadas?

–¿Por qué aceptaste que hablara contigo si vas a ser igual de insensato?

–Sólo quiero descansar, esos padres me queman, me queman…

–Entonces están venciendo.

El joven rio a carcajadas.

–Yo no me voy a ir de aquí, este niño me pertenece.

–¿Qué vas a hacer cuando te saquen? Porque es obvio que te están ganando.

–No me provoques, mariquita, no me provoques porque te voy a meter la mano hasta el codo, por el culo.

–Bueno, qué estupidez sería de tu parte, gran serpiente, pues eso a mí me encantaría.

El poseso volteó la cabeza repentinamente. Santiago se sobresaltó. Roberto se dio cuenta y sonrió. Pudo ver de reojo, el enviado por Umberto, que Roberto no tenía dientes, pero posiblemente no fuera cierto.

–Debes ser muy valiente o estar muy loco para hablarme de esa forma, joto.

–Contesta lo que te pregunté, mejor, ¿qué vas a hacer cuando te saquen?, ¿qué ganas con eso?

–Me voy a llevar a este niño, su vida será mía.

–Su vida, aquí encerrado en un hospital católico, no tiene mucho atractivo, en realidad. Yo te diré una cosa y tú me vas a decir si estoy en lo correcto o no: en teoría sería tu finalidad corromper su alma, pero por medio de la posesión no puedes lograrlo, porque su alma le pertenece a Dios. Sólo podrías corromper el alma de alguien que a voluntad quisiera hacerlo. ¿No es cierto?

–Así es, traga-sables.

–Entonces no ganas nada.

–Corrompiendo el cuerpo de un inocente gano que ellos teman a las fuerzas del mal –dice señalando a los creyentes de la habitación.

–¿Y cómo sería corrompiendo las almas de aquellos que ya están perdidos?

–Mucho más fácil, se vuelven esclavos porque Dios no los quiere allá arriba. Lo tiene todo muy bien arreglado.

–Lo más probable que pase con este niño es que muera antes de que puedas pervertir su alma, eso en caso de tener alguna posibilidad porque, por lo que veo, es evidente que no es así. Entones tú y yo podríamos hacer un intercambio.

–¿Un intercambio? –se ríe estruendosamente–, tú eres la pasivita, sólo tú vas a recibir algo, no yo.

–Te voy a dar a alguien cuya alma está perdida –le dice sacando el cabello de aquel hombre y dejándolo caer sobre el torso desnudo del joven– a cambio de que dejes libre el alma de este niño…

One thought on “Legión: capítulo 4, parte 3 de 4

0
    0
    Tu carrito
    Tu carrito está vacíoRegresar para ver