Legión: capítulo 4, parte 4 de 4

–Te voy a dar a alguien cuya alma está perdida –le dice sacando el cabello de aquel hombre y dejándolo caer sobre el torso desnudo del joven– a cambio de que dejes libre el alma de este niño.

–¿Te das cuenta que me estás dando el poder de poseer un cuerpo con el que podría cometer crímenes atroces?

–Eso si no te matan antes.

–Es un juego muy peligroso el tuyo. Además, no sé nada de este hombre.

–Pensé que sabrías esas cosas.

–Ni Dios puede verlo todo, por eso poseo gente, porque no puede tenerlos a todo bajo vigilancia. Según es porque él lo permite para enseñar algo, pero esos son intentos patéticos de excusarse.

–Es un asesino, el hombre que te traje, lo más seguro es que se vaya a pudrir en la cárcel. A él lo puedes pervertir, convencer su alma porque tendrá miedo, y sabiendo que recibirá un castigo, supongo que un rato contigo le caería muy bien.

–Yo no voy a castigar a los enemigos de Dios, no voy a ser quien castigue pecados.

–No, no lo harás, pero tendrás que lidiar con él para llevártelo, porque te va a temer, y por eso no aceptará tan a la ligera. Yo solamente te estoy facilitando el trabajo. No lo tendrás que buscar, te lo estoy trayendo en bandeja de plata.

–O sea que yo me quedo con un hijo de puta a cambio de dejar a este hijito de puta libre.

–Porque en este cuerpo te quemas, ¿no es así? En ese hijo de puta podrás descansar apaciblemente, que es justamente lo que quieres.

–Si saben que es posesión, tratarán de exorcizarlo también.

–Pero al ser un hijo de puta, podrían suponer que nada más está haciendo cosas propias de un hijo de puta. Míralo de esta forma: por eso eres tan ruidoso aquí, porque estás perdiendo. Al menos ya tendrías a donde llegar y descansar un rato, gran serpiente.

–¿Quién eres?

–Yo soy Legión.

–Eres uno.

–Pero a muchos ayudaré… ¿Entonces?

–Lo pensaré.

Dijo el joven para regresar su cuello y dirigir la mirada de ojos cerrados al techo. Santiago se percató que el cabello que le había dado, ya no estaba ahí. Se levantó y regresó a su lugar mientras Roberto volvía a quejarse con su voz que era mil. Notó que las enfermeras monjas lo observaban como a un bicho raro, a Santiago, incluso el padre que iba dirigiendo el exorcismo, así como su asistente, lo observaban sin comprender muy bien qué había tratado de hacer. Sin embargo, tenían que continuar. El sacerdote dijo:

–Te declaro anatema, Satanás, enemigo de la salvación humana; reconoce la justicia y la bondad de Dios Padre, que, con justo juicio, condenó tu soberbia y tu envidia: apártate de este siervo, Roberto, a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo de su misericordia. Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto, superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la Cruz, y resucitado del sepulcro transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura, Roberto, a la cual Cristo al nacer hizo su hermano y al morir lo redimió con su Sangre. Te conjuro, Satanás, que engañas al género humano, reconoce al Espíritu de la verdad y de la gracia que repele tus insidias y confunde tus mentiras. Sal de Roberto, criatura plasmada por Dios, a quien el mismo Espíritu marcó con su sello poderoso; retírate de este hombre, a quien Dios hizo templo sagrado con una unción espiritual. Por eso, retírate, Satanás, en el nombre del Padre –hizo la señal de la cruz–, y del Hijo –volvió a hacer la señal de la cruz–, y del Espíritu Santo –repitió la señal de la cruz una vez más–; retírate por la fe y la oración de la Iglesia; retírate por la señal de la santa Cruz, de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Todos respondieron:

–Amén.

Entonces los dos hombres, ni el tercero fueron suficientes. Todos los presentes fueron testigos de un rictus de dolor como nunca antes habían visto, la violencia era tal que querían salir corriendo: Roberto comenzó a doblarse y la voz demoníaca se quejaba y quejaba, sufría, gritaba. Entonces otra voz habló, una voz poderosísima e implacable, una voz limpia y profunda, la voz del trueno, la voz del poder, una voz rica, una voz majestuosa habló a través de Roberto:

–¡Satanás! ¡Satanás! Yo soy el Arcángel Miguel, y te ordeno a ti, Satanás, y a todos los espíritus malignos que liberen este cuerpo en el nombre de Dios. Dominus. ¡Inmediatamente! ¡Ahora! ¡AHORA! ¡AHORA!

El sacerdote se dio cuenta que la palabra era esa, Dominus. Por otros siete u ocho minutos el joven se estuvo retorciendo de forma violenta, espasmódica, parecía que no tenía huesos o que estarían rotos ya, todos lo podrían haber jurado, que alguien no podría sobrevivir a esa forma de contorsionarse. Al terminar los eternos minutos llenos de arcadas como de vómito, en la cama, Roberto relajó los ojos y dijo con tranquilidad y casi sin voz por el agotamiento:

–Ya, se fue.

Todos los presentes lo celebraron, se comenzaron a abrazar y el frío empezó a reducirse. El padre dijo con las palmas apuntando alto:

–Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Y luego continuó hacia todos los presentes:

–El Señor esté con ustedes.

Todos respondieron:

–Y con tu espíritu.

–Que el Señor los bendiga y los proteja.

–Amén.

–Haga brillar su rostro sobre ustedes y los bendiga.

–Amén.

–Les descubra su rostro y les conceda la paz.

–Amén.

–Y que la bendición de Dios todopoderoso, del Padre, del Hijo –aquí hizo la señal de la cruz– y del Espíritu Santo, descienda sobre ustedes.

–Amén.

Santiago marcó a Matías y el sacerdote lo acompañó a la salida. Iban caminando por los pasillos y todo estaba en un silencio relajante, un silencio de calma, no de miedo, expectativa o terror.

–Eso fue… único, joven Santiago.

–Fue improvisado, pero creo que funcionó.

–Meses de dolor para esa pobre alma inocente han llegado a su fin, y será descanso para todos. Si hay algo que podamos hacer para ayudarte, aquí estaremos.

–Muchas gracias padre, pero no suelo hacer eso, pedir favores a cambio.

–Fue una experiencia muy fuerte, joven Santiago, y la supiste sobrellevar sin caer en las provocaciones de la gran serpiente, y eso es de reconocer…

Entonces una reverberación comenzó a sonar, casi podían ver el sonido viajando en ondas de un lado para el otro, fue un pequeño vibrar y luego una poderosísima explosión, como si un enorme bong hubiera sonado con toda la potencia posible. Fue ensordecedor, un ruido tan poderoso como el mismo relámpago.

–Esa fue la señal que dice en el Rito Romano, supongo.

–Sí –le dijo el sacerdote–, de hecho, desde hace días, Roberto se burlaba haciendo el sonido, bong, bong, bong… Es oficial, se ha ido, el gran Dragón se ha ido.

–Bueno, no fue tan espeluznante como el grito de cuando llegué.

–¿Qué grito, joven Santiago?

–En el momento en que puse mi pie en el hospital, él gritó… bueno, una vulgaridad… dijo “lárgate, imbécil”, o algo así. Sonó muy fuerte, todos debieron haberlo escuchado, si yo lo escuché desde la entrada y tuve que subir hasta el quinto piso…

–No recuerdo ese grito particular, no tan fuerte, como tú dices que fue…

Santiago se quedó callado recordando, y de casualidad pensó que la voz era bastante parecida a la de su amigo Umberto; y luego el padre, palmeándolo amistosamente en el hombro, le dijo sonriendo:

–¡No te preocupes! Llevo meses recibiendo escupitajos e intentos de ataques de Roberto. Lo más probable es que no lo recuerde y ya.

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