Legión: capítulo 5, parte 1 de 2

Al pasar en frente de la casa de Matías ni siquiera quiso voltear ese día, sabía que su auto no estaría ahí, que nada de lo que estaba antes permanecería y que, seguramente, sólo vería un letrero de “Se vende/renta”. Apoyó su codo en la puerta del auto, y sobre su puño, su el peso de su cabeza aplastando su mejilla derecha. No es como en las películas, al menos no en México, el traqueteo causado por la irregularidad del camino no permitiría a Santiago durar mucho tiempo en esa pose. Se quedó viendo todo pasar a través de la ventana, se sintió como en una película, en esas escenas donde reflexionan, sólo faltaba la lluvia y la música triste, pero él prefería que fuera soleado como ahora, porque no le gustaba la lluvia y no quería ponerse a llorar. En camino a la Diócesis, donde se vería con Umberto para sus clases especiales, Santiago no se podía quitar una cosa de la cabeza: Matías se había ido.

Unos días antes, como solía hacer, Santiago estaba leyendo y de repente una cabeza de cabello ondulado chocó con su libro y lo sacó de su concentración, y ahí se quedó Matías sonriente, entrecruzó los brazos sobre el pecho de Santiago y le dijo:

–Hola, niño espantasma.

Comenzó a decirle así desde que en las noticias dieron a conocer el caso, uno de los más escandalosos de la actualidad, sólo por debajo de la típica corrupción, asesinatos y otras truculencias del día a día.

Cuando vieron las fotos, sus padres cuestionaron a Santiago sobre cómo las había obtenido y él no mintió. Ellos no querían creer, fue una larga discusión sobre qué hacer y qué no hacer, pero el niño sentía que debían entrar en acción pues, si no, ¿de qué habría servido que la mujer fantasmagórica se pusiera en contacto con él? Debemos ir a denunciar, dijo, debemos hacerlo por el bien de la niña. Lo cuestionaron sobre si sabía él quien era ella, sospechando que no porque Santiago no tenía amigos. Él les dijo que no, pero eso no quería decir nada: tendrían que hacer algo.

Fueron a denunciar, y a pesar que los agentes de la policía no podían creer lo que el niño les decía, respecto a cómo obtuvo las fotografías, porque era la primera vez que pasaba, que alguien reportaba algo así; las fotos no podían mentir. Las investigaciones arrojaron resultados tenebrosos: resultó que la niña había sido abusada por años y años, la madre de ella había muerto en un accidente automovilístico justo cuando iba en camino a denunciar (creyeron), pero se quedó sin frenos, casualmente, cuando el hermano del esposo de ella iba a recoger a la niña pues eran divorciados y ese fin de semana le tocaba disfrutar de la compañía de la menor. Era un acuerdo entre los dos, estaban coludidos, ambos estaban de acuerdo en lo que pasaba y se ayudaban mutuamente. Al padre de la niña le encontraron fotos de otras menores que su hermano, el señor que vivía al lado de la casa de Santiago, le conseguía.

Si bien, eso pudo haber sido suficiente para los cotilleos y los comentarios morbosos siempre presentes en las conversaciones familiares, de amigos y demás, porque todas las reuniones parecen ser mejores, o tener un mejor regusto, cuando hay un chisme de por medio, y si este va en detrimento de alguien más, mejor; así, pues, no solamente el caso de los hermanos violadores fue lo que dio la vuelta a todo el estado, sino el niño que los descubrió: un pequeñete sin más chiste que una oreja ausente que juraba y perjuraba que todo sucedió cuando escuchaba música en su habitación. Eso sin contar el hecho de que entró sin permiso en una casa ajena que, como no causó más destrozo que un reloj de mano en el suelo, no procedieron las acusaciones legales por parte de los Hermanos Violación. Así los había bautizado la gente ya.

No suficiente con un niño diciendo incoherencias, en medios de comunicación una cantidad considerable de estafadores, influencers y ese tipo de calaña de desquehacerados, comenzaron a hacer análisis profundamente ridículos sobre la situación, y no sólo eso, sino que volvieron a Santiago un meme, lo ridiculizaron en medios electrónicos y por días dejó de ir a la escuela pues era excesiva la burla. Por suerte para él, estas malas jugadas y malos ratos que nacen con el internet, mueren también con él, y en muy poco tiempo. Si bien, aún había gente que lo buscaba para burlarse o para pedirle ayuda con sus muertitos, él logró sobrellevar su vida normal dentro de lo que cabía.

Y entre esas personas, a parte de su familia y de Umberto, que más lo apoyaron durante ese período de burla constante, de acoso en la calle tanto por parte de transeúntes desesperados como por parte de medios de comunicación serios y blogs perdidos en el internet; fue Matías un escudo constante. Matías solía hacer ejercicio, entrenaba artes marciales mixtas, aunque no tenía el cuerpo de luchador, su agilidad era remarcable. Usaba sus habilidades para proteger a su amigo cuando era necesario. Por órdenes de Umberto, el prelado arzobispo de la diócesis de donde vivía, tenía que hacer ejercicio. Así que Santiago se decantó por iniciar a ir al gimnasio al que su amigo iba, y no sólo eso: sino que Matías modificó su horario para poder hacer ejercicio con Santiago, y hasta lo invitó a las artes marciales mixtas, y sólo por su insistencia, el niño espantasma aceptó, aunque poniendo de por medio que nunca iría a pelear en competencias y demás, porque eso no era lo suyo.

–Hola, Mati, ¿cómo estás?

Un gusto sabroso, un gusto gozoso por alguna sazón, para Santiago, era el de paladear el nombre de Matías: cada letra, cada sonido se le hacían de alguna forma atractivos y deliciosos de repetir una y otra vez tanto con la boca como en su mente. Sólo una letra le faltaba a su propio nombre, a Santiago, para tener todas las letras del de su mejor amigo. Porque eran mejores amigos, los dos se habían declarado como tal muchas veces.

Cuando hacía eso, de llegar por sorpresa, ahí se quedaban platicando. Santiago puso su separador en el libro que leía comenzó a jugar con las greñas onduladas del otro, que lo dejaba hacer a gusto y disgusto, porque, aparte, sostenía que lo relajaba.

–Bien porque ya estoy contigo, Santi, ¿y tú?, ¿ahora qué estabas leyendo?

Él había sido el único desde que lo conoció que le preguntaba sobre sus libros y lo escuchaba atentamente cuando Santiago le contaba al respecto de cosas que le gustaban o no le gustaban; además de su música. A Matías nunca le gustó el metal que escuchaba aquel, pero si se lo pedía, escuchaba canciones y luego platicaban de ello; así como Santiago escuchaba las canciones que Matías le recomendaba aunque no le gustaran, y veía las películas de las que él le platicaba.

–Pues es un libro de Neil Gaiman.

–Es el que escribió Coraline, me habías dicho, ¿no?

–Ese mismo.

–Esa película me gusta mucho, ¿y a ti?

–A mí también, Mati.

Siempre que se quedaban platicando así, solamente se veían a los ojos y sonreían, reían, por lo general había alguna lucha de por medio que nunca pasaba de cosquillas. Conocían a la perfección sus puntos débiles: los de Santi eran el abdomen, su pancita, como decía Mati, y su cuello; los de Mati también eran esos, pero también las axilas y las plantas de los pies. Cuando luchaban así, acaban sudando y jadeando, y luego se reacomodaban para volver a verse a los ojos mientas se les secaba el sudor y platicaban.

Santiago pasaba sus dedos entre el cabello suave de Matías y le hacía burla de que olía al shampoo que usaba su mamá. Santi siempre quería estar así con él: a solas, platicando y viéndose a los ojos. Tenía un no-sabía-qué que lo relajaba y lo calmaba, a pesar de que solamente eran ligeramente más claros que sus propios ojos. Tenía una mueca amable todo el tiempo el pequeño Matías, que era dos o tres centímetros más bajo que él mismo, sus labios eran rosados y acaramelados porque siempre usaba bálsamo, y sus dientes estaban ligeramente chuecos pero lejos de empobrecer su gesto, lo hacían ver, en palabras de Santiago, bonito. Entre los dos solían hacerse ese tipo de comentarios, pero nunca dudaron el uno del otro, era un acuerdo tácito de apoyo mutuo, solamente eso.

–Sí escuché la canción que me dijiste, A dream that cannot be.

–¿Y qué tal, Mati? –Le preguntó Santiago mientras jugaba con los lóbulos de las orejas de él.

–Ay, no sé –dijo haciendo una mueca que hizo sonreír a Santiago–, como me dijiste, la letra se me hizo chida, pero nada más.

–¿Sí o no que es una historia de amor bien apasionante?

–“Bien apasionante” –arremedó Matías–, nadie habla así.

–¡Cállate! –Dijo Santiago Sonriendo para hacerle cosquillas pero no duraron mucho–, yo creo que ese grupo, Amon Amarth, si hicieran su música un poco más con tintes de música clásica, sonarían poca madre.

Matías le sonreía y lo veía con añoranza. Santiago guardó silencio y se le quedó viendo. Ambos fueron borrando la sonrisa lentamente.

–Tengo algo que decirte, Santi –le dijo con el gesto serio. En ese momento, Santiago sintió un vuelco en el estómago porque Matías siempre sonreía, eso era por lo que lo ubicaba, su sonrisa.

–¿Qué tienes? ¿Todo bien?

Matías meneó negativamente la cabeza al mismo tiempo que sus ojos se inyectaron de sangre, su boca se arqueó en un gesto triste pero nunca dejó de verlo a los ojos. Santiago se incorporó un poco, lo acercó más a su rostro, con los dedos pulgares le secó las lágrimas que recorrían sus mejillas.

–Me iré en tres días, a mi mamá la van a mandar fuera del estado por el trabajo y pues… ya no te veré.

–¿Te vas a ir? –Preguntó Santiago con la voz temblorosa. Matías confirmó con la cabeza. Sintió como un fuerte nudo se le atoraba en la garganta, también sintió sus ojos llorosos y sus labios se entristecieron junto con sus ojos, su mirada era triste y de soledad.

–Pero… –dijo Matías apoyándose sobre su cadera, quitándose de encima de Santiago, ansioso–, podremos seguir platicando, ¿sabes? Yo sé que a ti no te gusta eso de las redes sociales pero al menos podremos seguir platicando y compartiendo libros y música y películas y así…

Santiago se quedó viendo a la nada con la cabeza baja, no quería verlo a los ojos porque se pondría a llorar irremediablemente.

–Yo no quiero eso, Matías, yo te quiero a ti, y estar contigo y… ¿y ahora quién se va a meter por mi ventana a asustarme? –Se voltearon a ver a los ojos, ambos llorando– te voy a extrañar –dijo ya con la voz totalmente quebrada, casi afónico y cerrando fuertemente los ojos. Matías también rompió a llorar y dijo:

–Y yo a ti, Santi –hundió su rostro en el cuello de él, creyó Santiago sentir los labios de Matías en su cuello, pero no podría asegurarlo, era el dolor lo que lo invadía en ese momento–, yo a ti te quiero también, te quiero mucho, Santi.

–Yo te quiero mucho, Mati.

Lo último fue cuando los papás de Matías, antes de irse, se detuvieron enfrente de la casa de Santiago para despedirse. Santiago y Matías no sabían qué hacer, qué decir. Matías tomó la iniciativa, lo tomó de la cabeza, la bajó un poco y lo besó en la frente.

–Nunca te voy a olvidar, Santi.

–Ni yo a ti, Mati.

Y lo vio irse, justo sobre la misma calle que él ahora mismo cruzaba para salir de su condominio. A pesar de tratar de no pensar en él, en que se fue, no podía dejar de sentir una profunda tristeza. Todo su mundo se había reducido a una cosa: el constante recuerdo de Matías en su cabeza, una y otra vez: su voz, sus manías, su sonrisa pecosa, sus labios acaramelados, su mirada juguetona y sus bromas incansables, su potencia corporal, su habilidad y su concentración en las clases de artes marciales mixtas, esa seriedad que parecía de niño de dos años enojado en una fotografía. Todo le recordaba a Matías.

Al llegar a la diócesis se bajó del auto y a través de la ventana, su padre le dijo:

–Ánimo, hijo, ya se te va a pasar… te veo aquí en un rato.

–Sí, pa, aquí te veo…

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