Adrián Rodríguez García: la magia de luchar por lo imposible

Por: Jaime Martínez Veloz

El alma del original del Quijote deambula por las calles y avenidas saltillenses.

¡Dame otro café muchacho pendejo!

Le dice Adrián al mesero, que, entre aturdido por la muchedumbre y el mandato imperativo del Rector de la Universidad Universe, se le cae la charola de las manos y moja de café y leche a varios parroquianos.

¡Te dije que era pendejo! Repite Adrián.

En la esquina de la plaza donde empieza la de Hidalgo, en una cafetería, Adrián Rodríguez “El Economista Non” y “Rector de la Universidad-Universo”, regaña y al mismo tiempo se santigua desde su ateísmo creyente.

Algunos que decían que estaba loco, lo hacían porque su mediocridad era incapaz de entender la sabiduría de un hombre visionario de otro tiempo.

De Saltillo no se puede platicar ni explicar sin mencionar a Adrián Rodríguez García y mi vida menos.

Si Adrián no hubiera nacido, Miguel de Cervantes de Saavedra lo hubiera inventado.

Yo lo conocí una noche que salí a platicar con los amigos que llegaban a la esquina de Victoria y Obregón.

Se acercó un tipo con un viejo saco deslavado, un sombrero arrugado, un ramo de flores en una mano y con las bolsas del saco llenas de papeles.

“¿Quién de todos ustedes sabe dibujar?” Preguntó y su voz grave e impositiva hizo que todos volteamos a verlo, pero nadie le hizo caso.

Ante nuestra indiferencia Adrián ordenó: “¡Cuádrense, que ya llegó el Ciudadano Economista Non, Rector de la Universidad Universo!” Y me señaló: “Tú sabes dibujar. ¡Saca un papel, que tenemos que hacer un manifiesto!” Yo contesté divertido: “Los papeles los tengo en mi casa”. “Y qué esperas, muévete, tarugo” me dijo.

Como nadie teníamos algo que hacer en ese momento, decidí seguirle el juego y fui a mi casa y saqué un bloc y un bolígrafo. “Escribe -me dijo- con letra grande y buena:
“Ciudadano presidente de los Estados Unidos. Por este conducto ordeno. Alimentos Directos Gratis. Niños Sol. Máxima Autoridad. ONU. Los emplazo, concediéndoles setenta y dos horas a los que se crean contrarios. Rúbrica.”

Cuando terminé de escribir le acerqué el papel. Lo leyó, pidió la pluma y lo firmó lentamente con letra manuscrita.

Luego lo enrolló y se despidió diciéndome: “Está bien. Voy a enviarlo por hilo directo para ordenarle al pendejo de Echeverría que deje la Presidencia que está usurpando, porque es de mi propiedad.

Yo soy el único presidente de México reconocido por la ONU

¿O qué?” espetó. “le contesté- lo que tú digas”.

“Cállate, los pendejos no opinan”

“Oh qué la chingada, ¿quién te entiende?, primero preguntas y luego te encabronas porque uno te contesta” ¡vete mucho al carajo! «y continué, ¡tienes razón, búscate otro pendejo que te ayude!

Entonces se rió y me dijo con bonhomía: “Desde hoy somos aliados, pero recuerda: acata mis órdenes”

Desde ese día nos hicimos amigos.

Adrián, quien designó a Saltillo como la Ciudad Lux, venía a mi casa y me traía lonches de huevo con chorizo que le regalaba alguno de sus amigos cocineros del restaurante Ennos, que estaba en la calle de Padre Flores.

Llegaba con documentos y cartas para pasarlas en limpio. Yo escribía todo lo que se le ocurría, pues su heterodoxa filosofía y axiomas me hacían soñar en su inteligencia brillante y generosa.

El fin del año del 83, sin uvas, ni vino, ni regalos, ni nada, comiendo frijoles con yogurt y té de canela, nos la pasamos él y yo solos, en mi departamento de la General Cepeda.
Adrián se bañó, como siempre lo hacía, la ropa que traía había que tirarla, y le presté ropa limpia para que se vistiera, aunque no era de su talla, pero más o menos le quedaba.

Recuerdo que se puso una camisa de cuadros verdes, un pantalón de mezclilla y se durmió en un sofá-cama que tenía en la sala.

Antes de dormirme me “giró instrucciones”, para estar alerta ante un eventual ataque sorpresa de la “Pirata Margaret Tacher”, Gobernante de Inglaterra e invasora de las Islas Malvinas.

Adrián murió como mueren los guerreros es decir en el centro del combate. La plaza de Armas fue desde siempre el centro de sus arengas políticas, allí estaban sus molinos de viento, tenía según él, varios años en huelga de hambre en ese lugar, por lo tanto, era injusto que él muriera en otro lugar.

Murió en la plaza de armas el 14 de enero víctima de un paro cardiorrespiratorio.
Cuando murió, yo estaba en Torreón porque días antes había nacido mi segunda hija.

Cuando supe de su muerte y me deje ir a Saltillo, pero no alcancé a velarlo ni a nada.

Fui a preguntar a DIF, por el cuerpo de Adrián y una señorita me dijo que si yo era el Jimmy, le dije que sí y me entregó la camisa verde de cuadros y el pantalón de mezclilla que días antes se había puesto en mi casa, junto con los papeles, axiomas, panfletos, cartas, telegramas y algunas monedas; los abracé y me puse a llorar con un sentimiento que no me cabía en el alma, me fui a la Pancho Villa detrás del cerro del pueblo y me dormí casi de madrugada en la casa de Julián Espinosa Tapia, viejo amigo mío al que le falta un brazo pero le sobra corazón.

Me prestó una cobija y me enrede en ella junto con la inmensa soledad que me acompañaba.

El día que él murió, murió algo dentro de mí, pero como herencia me dejó lo mejor de su vida. La magia del Sueño de luchar por lo Imposible.

Mi segunda hija se llama Adriana. – Tal vez por eso es tan rebelde e irreverente.

Ojalá algún día cuando mi cuerpo se convierta en polvo y mi espíritu vague por el mundo de los sueños imposibles, pueda volver encontrar a Adrián para que me invite a montar en su Pegaso y juntos pintemos en el cielo consignas rebeldes e irreverentes, hasta que nos agotemos toda la pintura celestial.

Como frase de inicio se me ocurre, ¡Ensuciamos el cielo, pero limpiamos las almas!

Por supuesto siempre y cuando Adrián le parezca adecuado y lo autorice.

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