Legión: capítulo 5, parte 2 de 2

–Sí, pa, aquí te veo.

Subió las escaleras de la iglesia, del templo donde está la diócesis, que es rica en su forma barroca mexicana, una verdadera joya y, tal vez, el templo más famoso del municipio. Es una sola gran nave reforzada con botareles, tiene una torre y un arco, contrafuentes; al interior está el retablo, labrados de madera y mucho del mismo, del interior, cubierto con hoja de oro. Todo parece brillar. Es fresco el lugar, amplio, lleno de todos estos iconos religiosos y ángeles con emociones eternas. Umberto le había dicho todo: la historia del lugar, cómo se llamaba cada una de las partes del templo; pero él lo olvidó todo pues su habilidad y el conocimiento que requería era del tipo más práctico.

Se fue directo a la Sacristía, que es donde tenía sus clases, y ahí estaba: Umberto Valerio Saviñón, un hombre entrado en edad con una nariz que tenía un filo aguileño, unas incipientes entradas en el cabello, sus cejas eran densas y muy pobladas, aunque no tenía bigote ni barba, sus labios eran delgados y sus ojos ámbar, el ámbar más claro que Santiago había visto jamás, podría jurar que si apuntara a sus ojos con una lámpara, la luz saldría reflejada y multiplicada en un arcoíris en todas direcciones, eran como un fractal sus ojos, pues podría jurar que dependiendo de la perspectiva con la que los viera, éstos cambiarían al menos su tonalidad. Umberto era delgado en sí, pero fuerte, su tono de piel parecía de oro, no moreno, no tostado, no amarillo: oro, incluso la vellosidad de sus antebrazos parecían ser hilos delgados del metal precioso. Su gesto siempre apacible, lo primero que vio en él cuando se presentó fue amabilidad, podría jurar Santiago de no ser porque eso es prácticamente imposible, que su gesto nunca había sido afectado por alguna emoción negativa ni mucho menos: era apacible, sonriente, y muy bromista. El buen Umberto que le ganaba por tantos años de edad, siempre tuvo una jovialidad envidiable, se la pasaba bromeando y haciendo gestos y caras para hacer reír a Santiago que, en sí, no estaba en la edad donde eso es lo mejor, pero cuando Umberto lo hacía, se atacaba de risa. Siempre que entraba otro sacristán, por ejemplo, y se iba, cuando le daba la espalda a Umberto, éste le sacaba la lengua y hacía bizcos y demás muecas que hacían reír al joven. Ya le había dicho algunas veces Umberto que le agradaba la risa de Santiago porque era graciosa. Pero si había algo llamativo de él, a parte de sus ojos, que eran llamativos y, bueno, su personalidad; era su voz. Nunca había escuchado Santiago una voz tan potente, tan poderosa, magnífica, clara y limpia, era como si un tenor, un cantante de ópera, hablara en cántico. Tenía una voz capaz de, con un tono lo suficientemente alargado, romper cristales.

–Hola, Umberto –dijo Santiago sin emoción, al entrar a la sacristía.

–Mi joven tocayo… con esa falta de emoción podrías hacer llorar al niñito Jesús: sonríe, que Dios está con nosotros.

Santiago hizo una mueca apenas, un esbozo de sonrisa, y se sentó. Parecía que quería imitar las gesticulaciones eternamente dolidas y desgraciadas de los íconos religiosos del lugar: mirando al cielo, de donde debería venir una bendición, pero vacío allá a donde ven, y por eso es que sufren. No es que no quisiera escuchar a Umberto ni mucho menos, es sólo que ese día no estaba de humor. A Umberto lo veía una vez a la semana, los sábados, para sus clases.

Cuando se dio el caso de los Hermanos Violación, una semana después, se presentó a su casa un hombre afable: Umberto Valerio Saviñón era, para cuando conoció a Santiago, arzobispo de la diócesis, pero antes fue había sido cardenal y muy cercano al Papa. Él fue a su casa porque quería ofrecer personalmente un servicio: el del bienestar emocional del joven y el buen uso de su habilidad que él dijo, sin siquiera dudar un poco, a pesar de no hacer alguna pregunta, creía totalmente en ella, y enfatizó vehementemente que Santiago tenía el perfil de alguien que podría ayudar a los demás… en sus tiempos libres. Los padres de Santiago se mostraron reticentes al principio, pero la decisión se la dejaron a su hijo, pues a fin de cuentas sería su tiempo libre, su aprendizaje, y claro que, viniendo de ese específico cardenal, no temían. ¿Por qué? No sabía ninguno de la familia, le tuvieron confianza automáticamente. Así, además, su madre lograría lo que siempre quiso: que sus hijos fueran a misa, y al menos uno lo haría.

Santiago aceptó porque no tenía muchos amigos, sólo a Matías, y porque Umberto se llamaba como él: Santiago Umberto López Mondragón. Tocayos. Además, el arzobispo tenía un magnetismo muy poderoso, se codeaba de las figuras políticas más sobresalientes del país: lo que él decía, se hacía, incluso en otras diócesis; tenía un poder increíble. En cuestiones religiosas, le llegaron a decir algunos monaguillos del templo, era quizá el más poderoso de todos en México. Por eso debía sentirse bendecido, pero no era sólo por eso, sino por su carisma, su sonrisa, su mirada y su voz. Todo Umberto era un personaje digno de novela.

–Así que, dime, muchacho, ¿qué recuerdas de la semana pasada?

–Uhm… empezamos con los exorcismos y las posesiones, padre Umberto.

–Puedes decirme Umberto, está bien así… ¿Y bien?

–Pues… se dividen en tres etapas: infestación, obsesión, y posesión.

–¡Excelente! Sí que eres inteligente, ahora, sobre la posesión debemos saber que…

Y continuó por un rato pero Santiago no podía poner atención, absorbía la información y en consecuencia sabría usarla, pero contestaba a destiempo, con errores o simplemente no sabía, y eso que era conocimiento que él ya había interiorizado.

–… en sí, al ser poseído alguien, no es que su alma haya caído en manos de la entidad maligna. Se le dice enfermedad espiritual pero el espíritu yace incorruptible al menos que la persona así lo quiera voluntariamente, como cuando hacemos la comunión: a menos que lo digamos voluntariamente y deseándolo, Dios no entrará en nosotros. Debemos estar convencidos de ello. Eso quiere decir que si alguien es obligado a la comunión, no surtirá efecto: debemos estar conscientes y desear ser uno con Dios…

En silencio, creyó Santiago, indicaba una pregunta, por lo que dijo:

–Así es, Umberto.

Umberto lo sabía: estaba distraído, algo había en su pequeña cabeza que no funcionaba por el momento. Volteó a la puerta de la sacristía, la salida, y le dijo:

–¿Qué te parece si cambiamos un poco, por hoy, la enseñanza? Vamos por un helado, ¿eh? Estamos cerca del centro de todos modos, vamos a sentarnos y olvidarnos un poco de entidades malignas y lo que sea. Ven, yo invito –dijo tomando su cartera y abriendo la puerta de la sacristía, esperando a que Santiago saliera primero.

Fueron a comprar un helado, Santiago pidió uno de limón, y Umberto uno de chocolate. Se sentaron en una banca, uno al lado del otro, en una plaza donde había familias caminando, niños jugando en el kiosco y correteándose mutuamente, vendedores de globos y pelotas. Pasó una parejita, un joven y una joven agarrados de la mano. Umberto se dio cuenta que, en ese momento, Santiago dejó de saborear su helado. Estaban ambos en silencio a pesar de que el clima era excepcional, un lujo que no muchos se molestaban en admirar, excepto el arzobispo, que siempre comentaba que este tipo de cosas tan simples eran las que en verdad le daban sentido a vivir.

–¿Qué tienes, hijo? Sabes que puedes decirme. Yo me siento tu amigo, tal vez tú todavía no sientas que yo sea tu amigo, pero puedes decirme lo que sea, y eso lo sabes.

–Todo está bien, Umberto, gracias.

Entonces, Umberto puso su mano sobre su cabeza. Santiago sintió que su cuerpo se relajaba y que sus emociones afloraban a todo lo que daban: en su mirada, frente a él, tenía a Matías sonriendo como siempre lo hacía sobre su pecho, con sus ojos tiernos y su voz limpia. Santiago sintió que podía decirlo todo sin importar qué.

–Yo sé que no es así, y con Dios como mi testigo, te invito a que me cuentes qué pasó. Saca esto que tienes en tu corazón, mi tocayo, porque las emociones pueden enfermarnos también espiritualmente.

Santiago, que no quería al inicio, incluso ahora que Umberto le había quitado la mano de la cabeza, dijo:

–Es Matías, padre.

–¿Matías, tu amiguito? Me agrada ese muchacho, y a pesar de que no lo he visto en persona, siento conocerlo muy bien porque tú me has hablado de él y tú lo conoces. Dime, ¿qué pasó?

–Pues… –dijo ahogándose con el nudo en su garganta, pero no pudo continuar. Delicadamente, Umberto puso su mano en su cuello, atrás, y dijo en voz baja:

Libero te.

Y como si hubiera sido por arte de magia, el nudo se fue, aunque no la emoción de desgracia.

–Pues… –continuó Santi ya con los ojos llorosos–, se fue, padre, se fue.

–¡No me digas, mi muchacho! ¿A dónde se fue?

–Lejos, por cuestiones de trabajo de su mamá.

–Oh, ya, entiendo –dijo con voz baja–… dame eso, ese helado está más aguado que tú y va a empezar a escurrirse… –Santiago le dio el vaso de unicel y se quedó callado–. Perder a alguien es difícil, yo lo sé, muchacho, pero recuerda: el Señor siempre tendrá una razón para tal. Quizá es momentáneo, quizá es por ahora, en lo que tú te preparas.

Santi volteó a Umberto con lágrimas en sus ojos. Umberto se las quitó con un dedo y, viéndolo directamente a los ojos, con los suyos que eran como cuevas de diamantes, le dijo:

–Pero eso no te importa, ¿verdad, Santi? Eso no te importa porque tú… tú lo amabas.

Santiago, a pesar de ser moreno, se sonrojó y desvió, avergonzado, la mirada de él, del padre, pues sentía que había caído en un pecado, sentía que eso no sería bienvenido por él, por el representante de la iglesia.

–No…

–Hijo, no tienes que mentirme.

–Pero no, o sea, sí lo quería pero era mi amigo y ya. Nada más, padre… ¡Podemos regresar!, ya me siento mejor –dijo jalando el moco líquido con la nariz.

–El amor, Santiago, es una emoción poderosa, y si tú lo amabas, si amabas a Matías, no tienes por qué avergonzarte: al contrario, es algo muy hermoso.

Santiago volteó a él con el gesto entristecido y con el labio inferior temblando, llorando, con la nariz húmeda y roja.

–Pensé que los… que son como yo no se ganan el reino del cielo.

Umberto recordó cuando le dijo eso, apretó los labios, y dijo:

–Bien es cierto eso, mi niño, eso dicen las escrituras y no sé qué tanto pueda cambiar eso, pero no tiene nada que ver con tu emoción, con tu sentir. Tú recuerda que el amor, a fin de cuentas, incluso siendo tan poderoso, sigue siendo muy aleatorio: se lo damos a alguien ciegamente pensando en obtener lo mismo, aunque no sea así, nosotros ya hemos hecho lo que Dios hizo con nosotros: amar, y con eso es más que suficiente para vivir en paz y armonía… ¿Y sabía? ¿Matías sabía?

–No… nunca le dije nada, yo quería conservar su amistad.

–Y es eso lo que nos mata, mi tocayo, el no ser claros con eso, ni con nosotros mismos. Sin embargo, no puedo tachar tu actuar, cualquiera lo habría hecho así… sin embargo, déjame decirte que, si hubiera sido recíproco, Matías se hubiera ganado un amor muy, muy bello. Su mayor bendición sería esa, su novio, o sea, tú.

–Pensé que… pensé que te enojarías, Umberto.

Umberto sonrió porque porque, por primera vez, le habló por su nombre.

–¿Por amar, Santiago? No me podría enojar por eso.

–Pero Matías era…

–Un joven como tú, y eso no tiene nada de malo. Tu sentimiento es honesto, tu sentimiento es puro, y es eso lo que Dios nos quiso enseñar siempre: a amar.

–¿Desde cuándo sabes que me gustaba?

–Desde siempre, tu sonrisa al hablar de él te delataba. Tus ojitos brillaban, tu gesto se ensoñaba… Algo bonito de ver, Santi.

Se quedaron en silencio un momento.

–Entenderé perfectamente si quieres detener todo esto, Umberto.

Umberto frunció el ceño y volteó directamente a él, al joven.

–¿A qué te refieres?

–Pues… no sé si Dios querría a alguien como yo.

–¿Y qué eres tú que no le gustaría a nuestro Señor?

–Un desviado.

–¿Por amar a Matías?

–Sí… –dijo rompiendo a llorar, con el rostro entre las manos. Umberto se levantó y se arrodilló frente a él, le quitó las manos y lo tomó delicadamente de las mejillas y levantó su rostro. Santiago tenía agarrotado el gesto por el dolor de perder a Mati y por el horror de revelar lo que él era: nunca se había sentido tan desamparado. Por un momento vio un brillo extraño sobre la cabeza de Umberto, eso creyó, pero era el sol, eso creía–. Lo siento.

Umberto negó negativamente con la cabeza.

–Yo voy a seguir con tu preparación sólo si tú lo quieres, yo vi algo en ti, y trabajaré contigo sólo si tú quieres. ¿Quieres seguir con esto, Santiago?

Afirmó con la cabeza. Umberto le secó las lágrimas y la nariz con un pañuelo. Notó su incipiente bigote de adolescente, sentía su pesar a través de sus manos y su gesto su dolor. Lo comprendía.

–Y ahora te voy a decir algo muy en serio, y no quiero que te olvides de esto: nunca, y escúchame muy bien, nunca vuelvas a disculparte por amar. Nunca lo hagas. El amor es el regalo más grande que Dios nos dio, y nunca debemos sentirnos avergonzados por amar a alguien, no importa si es tu madre, tu padre, tu hermano, tu hermana, tu maestro, a Matías. Nunca debes disculparte por amar, porque el amor es por lo que nuestro Señor se sacrificó y si tú haces eso, arrepentirte, negar el amor que sientes, lo estás negando a él y su sacrificio. Te estarías negando a ti, Santiago. Nunca lo hagas: el amor no se oculta, no se arrepiente uno de sentirlo, de tenerlo, de ser invadido por él; se celebra, se festeja, se demuestra, se grita al mundo y, sobre todo, se lo damos a alguien. No vuelvas a decir que te arrepientes o te avergüenzas de amar, Santiago, porque eso es negar tu parte humana… es morir. Tú estás vivo, estás sano: demuestra tu amor, demuéstralo, y si alguien te trata de censurar, es porque ese alguien se avergüenza de amar, y ese alguien está muerto, solamente que su cuerpo sigue funcionando. Su alma, o no está, o está pervertida, su espíritu ha sido pervertido, están enfermos espiritualmente; pero al amar es cuando nos blindamos de todo lo malo, de la oscuridad y las tinieblas a nuestro alrededor, al amar es cuando nos volvemos poderosos e invencibles, Santiago. Enorgullécete de amar, Santi, porque es algo que es subestimado. Tú eres fuerte por eso, Santiago, por amar… ama, grítalo, dilo, demuéstralo; pero no quiero que te vuelvas a disculpar por eso… ¿entendiste?

Llorando aún, Santiago confirmó con la cabeza.

–Umberto…

–Dime, mi muchacho –le dijo liberándolo de su tacto sanador.

–Lo extraño… –le dijo entre llantos para abrazarlo fuertemente, y Umberto lo abrazó de vuelta. Lo dejó sacar la emoción, el sentimiento, las lágrimas, sintió cómo se contraía, sintió su pesar irse alejando en sus lágrimas y en el sudor, en la voz agarrotada y dolida, en su llanto arrepentido. Y se fue recuperando, se fue calmando y se secó las lágrimas con el antebrazo.

–Ya un poco mejor, ¿eh?

–Sí, Umberto… gracias.

Umberto le sonrió y le revolvió el cabello. Santiago vio sus dientes tan blancos como perlas.

–No hay nada que agradecer, yo siempre estaré aquí para ayudarte y protegerte, mi pequeño tocayo.

Santiago le pudo sonreír a pesar de seguir llorando.

–Vamos de vuelta, mi muchacho –dijo levantándose, tomó el helado de Santiago y se lo regresó no sin antes soplarle, cosa de la que Santiago no se dio cuenta–, tu padre ya mero llega y sería inconveniente que no te viera ahí a la hora que acordamos.

Santiago se fue comiendo su helado, y al acabar, cuando llegaron a la diócesis, sólo pensó que era curioso porque recordaba que cuando se lo quitó, el helado estaba prácticamente derretido, pero no, Umberto lo bromeó, no estaba tan aguado. Estaba como si lo acabaran de sacar del congelador.

0
    0
    Tu carrito
    Tu carrito está vacíoRegresar para ver