Como Asimov

Hay muchos referentes para los que quieren construir sus propias narrativas de ficción. Depende, obviamente, sobre lo que uno quiere escribir y cómo hacerlo. Elegir el qué y el cómo, es la base de escribir, lo demás viene solo… bueno, también hay que leer desquiciadamente, pero ese un tema a parte. Y a pesar de que hay grandes escritores, hay algunos que, por las características que cubren en sus novelas, resultan monumentales porque lo tienen todo: Thomas Pynchon y Umberto Eco podrían ser ejemplos de esto, aunque son sumamente complejos; Marguerite Yourcenar y Úrsula K. Leguin podrían ser otras, pero la gente las suele olvidar (por desgracia). Hay otro, como estos ya mencionados, que es sencillo y lo tiene todo también: Isaac Asimov.

No hay que olvidar que Isaac Asimov era un científico, y así como escribía ficción, escribía ciencia. Ese es uno de las principales características de él: sus novelas son como un gran método científico. Hay una hipótesis, la investigación, la experimentación y, al final, un resultado, la tesis (esto visto de forma reducida). Él era capaz de conjuntar todas las ciencias en su narrativa sin que se viera como un aleccionamiento forzado sobre su punto de vista intelectual. Sí, hay ciencias y métodos, pero uno no se da cuenta de ello.

Una de sus novelas que bien podría ser de las más representativas de esto, es “Preludio a la fundación”. En pocas palabras, trata sobre Hari Seldon, un matemático que hace un planteamiento polémico: la posibilidad de predecir probabilidades futuras. La psicohistoria es la herramienta clave, la ciencia que lo haría posible. La llamó así porque psicosociología le parecía menos atractivo. Al saberse que está desarrollando esta teoría, se vuelve, cuasiliteralmente, el centro de la galaxia: varios poderes descomunales comienzan a luchar para tener su teoría a su favor.

Obviamente, no todo es tan sencillo. En la misma novela vemos varios contraargumentos a esta posibilidad científica, gran parte de ellos por parte de Hari. Al plantear una predicción, él dice que el conocimiento de la misma podría evitar tal predicción porque la gente, al saberla, no haría lo que hubiera hecho de no conocerla de antemano. Además, él lo deja muy claro: es una predicción de posibilidades, no predicción del futuro. Como sea: aquí la dialéctica es constante.

Sin embargo, quizá algo de lo más remarcable, es que el señor Asimov no le hace el fuchi a ninguna ciencia. Al parecer, leer de todo y contrastar continuamente nuestras propias ideas, sí funciona para ver lo útil en las cosas que nos rodean. En este caso, la psicohistoria es una ciencia matemática para predecir posibilidades del comportamiento humano. Aquí, de entrada, ya nos está dejando algo muy claro: no importa si es ciencia dura o humana, se necesitan ambas. En especial porque nunca falta el que se cree el centro del universo porque estudio una u otra cosa. Pensar que una ciencia (vocación o profesión) es mejor que la otra, es un patetismo irrisorio de lo más ingrato.

Lo que hace este escritor es usar esas teorías científicas para crear un argumento narrativo del que uno no tiene de otra más que dejarse llevar. Y uno, al menos uno que no lo ha leído, podría pensar que leer ciencia disfrazada es aburrido; pero no es así.

Al leer este libro, por ejemplo, no es que uno esté leyendo una especie de fanfic de la ciencia. No es un wey que quiere hablar de racismo, clasismo, sexismo y derrotismo que sólo crea personajes que representen directamente cada una de estas cuestiones. A menos que fuera un libro evidentemente educativo y/o con finalidades meramente didácticas; pues como que sí daría hueva. O sea, si lo que se busca es una lectura que nos ayude a hacer reflexionar a las nuevas generaciones; pues bienvenidos estos textos educativos. No estoy diciendo nada en contra de ningún tipo de libro, eso de ser purista de la lectura, es cosa del pasado.

Lo que este escritor logra es una cátedra sobre los temas ya mencionados, pero sin que uno lo perciba. Uno no lo ve hasta que hace su interpretación de lo leído. Uno de los personajes más entrañables, por ejemplo, Raych, un niño del peor barrio de uno de las zonas más despreciadas de Trántor. Su forma de hablar y de reaccionar, cómo lo trata la misma gente de su zona y las demás; evidencia un terrible racismo y clasismo. Dors, la protectora de Hari, una mujer que parece ser una superheroína, lucha contra los estereotipos sexistas. En Dahl, considerados buenos para las actividades de fuerza bruta pero no para las intelectuales, todos aceptan su fatídico destino, es un derrotismo apabullante.

Tampoco es que Isaac Asimov nos dé clases de moralidad y ética. No es su finalidad darnos un final feliz (que sí lo hace, pero esa es una constante en la generalidad de sus novelas) a través del desarrollo forzado de tramas simplistas. No. “Solamente” utiliza un extenso conocimiento de ciencias exactas y humanas para construir sus mundos, por eso es que resultan apabullantemente realistas. Al leer, las situaciones y las aventuras, la gente que se conoce, los lugares que se visitan; todo es real.

Lo que el Maestro logra como ninguno, es borrar la patética ilusión de que uno es mejor porque hace lo que hace, y lo que los demás hacen es inferior, más fácil o, simplemente, inútil. Él plantea “¿Qué es lo que volvería mejor o más importante a un doctor, ingeniero, maestro, psicólogo o a un vendedor de tiendas de autoservicio? Nada”. Porque, viéndolo fríamente, ninguno de esos es importante por sí mismo, aislado; así como ninguno de esos puede solucionar, sin ayuda de los otros, un problema social dado. Claro, no le vas a pedir a un físico que te arregle el motor de un auto, eso sería psicótico. Lo importante aquí es que todo, en conjunto, es útil.

Asimov, entonces nos da un sape al mismo tiempo que nos hace evidente que nos estamos durmiendo en nuestros laureles. No somos más ni mejores que los otros sólo porque sí. Ninguna ciencia es mejor ni más necesaria que otra sólo porque queremos darnos la importancia que no nos podemos dar a nosotros mismos. Así como en la vida real, en su literatura, nos muestra que entre más conozcamos de los otros puntos de vista, mejor nos va. El fin, el decaimiento, es porque nos hiperespecializamos en una cosa e ignoramos las demás. Nadie puede ser experto en todo, eso es cierto; pero se puede respetar, escuchar y colaborar.

Entre todos es mejor, justo como es en la literatura, así como en la vida, así como Asimov.

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