OPINIÓN | Si simplificas una sola cosa de tu día te sorprenderás: lo que aprendí usando el mismo vestido durante 100 días

Nota del editor: Sarah Robbins-Cole es sacerdotisa episcopal y capellán en Wellesley College. Es esposa y madre de Elizabeth (20) y Will (24) y vive en los suburbios de Boston. Cuando no está en el trabajo o estudiando para su doctorado, puedes encontrarla paseando a sus dos perros o en el gimnasio. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de la autora.

(CNN Español) — Cuando leí sobre el Desafío de 100 días con el mismo vestido de Wool&, a mediados de 2020, pensé que podía servir para simplificarme la vida. Lo único que debía hacer era usar el mismo vestido todos los días, durante 100 días, salvo para dormir o hacer ejercicio. Me sentía tan agotada por la pandemia que acotar mis opciones para vestirme me parecía una buena forma de verme profesional en los encuentros por Zoom, sin tener que tomar tantas decisiones sobre qué ponerme.

Otro de los factores para aceptar este reto era el alto costo que paga el medio ambiente por nuestra sed de moda rápida. La producción de una sola camisa de algodón consume más de 2.600 litros de agua. Una persona en Estados Unidos descarta, en promedio, 37 kilos de ropa al año. Si bien algunas de nuestras donaciones de ropa terminan en tiendas de segunda mano o de caridad, muchas de estas prendas usadas terminan en el tercer mundo. Pensemos en esa playera de Bob Esponja que le llega algún niño. Con esto el fabricante local de ropa pierde mercado, porque la gente elige usar nuestras prendas de descarte que inundan sus pueblos y aldeas.

La sorpresa para mí fue la atención que recibí por el desafío. Después de que se publicara el primer artículo en el periódico The Mirror, la historia apareció en 65 países en solo 48 horas. Poco después llegaron los llamados para ser entrevistada en los noticieros de televisión. Me convertí en una historia de interés humano, tanto para los programas de radio como de televisión.

El desafío tuvo también una desventaja inesperada: la respuesta negativa en las redes sociales. Si bien la mayoría de los comentarios eran amables o inquisitivos como: “¿cuántas veces lavaste el vestido?”, otros eran básicamente crueles. Decían que seguramente olía mal o que era una mujer de dudosa reputación porque en una foto tenía puestos unos tacones de aguja rojos que una amiga me había prestado. Me acusaron de ser hipócrita por la cantidad de accesorios y zapatos diferentes que tenía. Esta es una de las acusaciones en particular que me gustó, porque creo que una no puede ser hipócrita sin tener principios.

Pero lo que sí me sorprendió fue que el simple acto de publicar las fotos y un comentario pueda hacer la diferencia en la vida de alguien. Innumerables personas me contaron lo mucho que significaron mis publicaciones para ellas. La gente me decía que me veía elegante. Me pedía consejos sobre cómo vestirse y cómo ponerse los accesorios. ¿A mí?

En los últimos meses bajó la cantidad de mensajes directos que fui recibiendo, pero todavía me llegan algunos como el de esta semana, que decía: “Sé que no me conoces, pero soy tu seguidora. Sé que eres pastora, mi vocación soñada. En todo caso, me diagnosticaron cáncer de mama en junio durante mi propio Desafío de 100 días con un vestido. Tengo 36 años. ¿Rezarías por mí?” Lloré cuando leí el mensaje. Pensé en los 26 años que llevo como sacerdotisa en la Iglesia Episcopal y en cuántas cosas cambiaron en mi trabajo, en la era de internet, y en especial durante la pandemia.

Pero pensé más que nada en que, si mi historia y mis oraciones le dan esperanza a una sola persona frente a un diagnóstico devastador, entonces el Desafío de 100 días con un vestido ha valido realmente la pena.

[Ya pasaron varios meses desde que terminé mis desafíos. Llegué a hacer el reto dos veces con dos vestidos diferentes. Al final de los 200 días, me encantó recuperar todo mi guardarropas. Pensé que dejaría de hacer compras un año entero al completar los desafíos, pero todavía voy a las tiendas de tanto en tanto, aunque con menos frecuencia que antes. También pensé que tardaría bastante tiempo en volver a ponerme uno de esos vestidos negros otra vez. Sin embargo, la semana pasada volví a ponerme el primer vestido. Estaba ayudando a mis papás a mudarse a una residencia para personas mayores cerca de mí. Iba a estar fuera de casa unos 3 días y sabía que iba a resultar física y emocionalmente difícil. Me di cuenta de que, si podía simplificar lo que empacaba, tendría que tomar menos decisiones. Tendría más despejada la cabeza. Me funcionó. Es sorprendente lo que podemos lograr si hacemos que al menos una sola cosa al día no requiera nuestro esfuerzo].

Nota del editor: Sarah Robbins-Cole es sacerdotisa episcopal y capellán en Wellesley College. Es esposa y madre de Elizabeth (20) y Will (24) y vive en los suburbios de Boston. Cuando no está en el trabajo o estudiando para su doctorado, puedes encontrarla paseando a sus dos perros o en el gimnasio. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de la autora.

(CNN Español) — Cuando leí sobre el Desafío de 100 días con el mismo vestido de Wool&, a mediados de 2020, pensé que podía servir para simplificarme la vida. Lo único que debía hacer era usar el mismo vestido todos los días, durante 100 días, salvo para dormir o hacer ejercicio. Me sentía tan agotada por la pandemia que acotar mis opciones para vestirme me parecía una buena forma de verme profesional en los encuentros por Zoom, sin tener que tomar tantas decisiones sobre qué ponerme.

Otro de los factores para aceptar este reto era el alto costo que paga el medio ambiente por nuestra sed de moda rápida. La producción de una sola camisa de algodón consume más de 2.600 litros de agua. Una persona en Estados Unidos descarta, en promedio, 37 kilos de ropa al año. Si bien algunas de nuestras donaciones de ropa terminan en tiendas de segunda mano o de caridad, muchas de estas prendas usadas terminan en el tercer mundo. Pensemos en esa playera de Bob Esponja que le llega algún niño. Con esto el fabricante local de ropa pierde mercado, porque la gente elige usar nuestras prendas de descarte que inundan sus pueblos y aldeas.

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La sorpresa para mí fue la atención que recibí por el desafío. Después de que se publicara el primer artículo en el periódico The Mirror, la historia apareció en 65 países en solo 48 horas. Poco después llegaron los llamados para ser entrevistada en los noticieros de televisión. Me convertí en una historia de interés humano, tanto para los programas de radio como de televisión.

El desafío tuvo también una desventaja inesperada: la respuesta negativa en las redes sociales. Si bien la mayoría de los comentarios eran amables o inquisitivos como: “¿cuántas veces lavaste el vestido?”, otros eran básicamente crueles. Decían que seguramente olía mal o que era una mujer de dudosa reputación porque en una foto tenía puestos unos tacones de aguja rojos que una amiga me había prestado. Me acusaron de ser hipócrita por la cantidad de accesorios y zapatos diferentes que tenía. Esta es una de las acusaciones en particular que me gustó, porque creo que una no puede ser hipócrita sin tener principios.

Pero lo que sí me sorprendió fue que el simple acto de publicar las fotos y un comentario pueda hacer la diferencia en la vida de alguien. Innumerables personas me contaron lo mucho que significaron mis publicaciones para ellas. La gente me decía que me veía elegante. Me pedía consejos sobre cómo vestirse y cómo ponerse los accesorios. ¿A mí?

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En los últimos meses bajó la cantidad de mensajes directos que fui recibiendo, pero todavía me llegan algunos como el de esta semana, que decía: “Sé que no me conoces, pero soy tu seguidora. Sé que eres pastora, mi vocación soñada. En todo caso, me diagnosticaron cáncer de mama en junio durante mi propio Desafío de 100 días con un vestido. Tengo 36 años. ¿Rezarías por mí?” Lloré cuando leí el mensaje. Pensé en los 26 años que llevo como sacerdotisa en la Iglesia Episcopal y en cuántas cosas cambiaron en mi trabajo, en la era de internet, y en especial durante la pandemia.

Pero pensé más que nada en que, si mi historia y mis oraciones le dan esperanza a una sola persona frente a un diagnóstico devastador, entonces el Desafío de 100 días con un vestido ha valido realmente la pena.

[Ya pasaron varios meses desde que terminé mis desafíos. Llegué a hacer el reto dos veces con dos vestidos diferentes. Al final de los 200 días, me encantó recuperar todo mi guardarropas. Pensé que dejaría de hacer compras un año entero al completar los desafíos, pero todavía voy a las tiendas de tanto en tanto, aunque con menos frecuencia que antes. También pensé que tardaría bastante tiempo en volver a ponerme uno de esos vestidos negros otra vez. Sin embargo, la semana pasada volví a ponerme el primer vestido. Estaba ayudando a mis papás a mudarse a una residencia para personas mayores cerca de mí. Iba a estar fuera de casa unos 3 días y sabía que iba a resultar física y emocionalmente difícil. Me di cuenta de que, si podía simplificar lo que empacaba, tendría que tomar menos decisiones. Tendría más despejada la cabeza. Me funcionó. Es sorprendente lo que podemos lograr si hacemos que al menos una sola cosa al día no requiera nuestro esfuerzo].

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