Legión: capítulo 6, parte 1 de 3

El auto se mueve y balancea de ida y vuelta sobre el caminno, sobre las piedras salidas de algún lado, en la irregularidad del camino por causa de la erosión natural. Los que en el auto van, son como esos muñecos cabezones que, dependiendo de hacia donde el carro se balancea, se mueven ellos dos. Han dejado atrás el camino asfaltado, ahora están en un empedrado ascendiendo con algunas casas a los lados del vaivén de terracería. Santiago se pregunta cómo le harían si es que otro auto se acercara en sentido contrario, puesto que de un lado hay tierra, muro, y del otro una caída libre que se va haciendo más y más alta.

Las construcciones son grandes, algunas con tienda incluida, y no aparentan lo que uno consideraría normal en zonas así: uno esperaría casas más humildes. Camionetas grandes de carga, animales caminando de aquí para allá en perfecta armonía con la gente y su entorno, es una mezcla entre lo rural y lo urbano; empero, puede ver Santiago, quien toda la vida ha estado en entornos citadinos, predomina lo rural. La gente tiene ese tono de piel tan característico de él mismo y del padre Umberto: la tonalidad va entre los diferentes colores que podríamos ver en los troncos de enormes árboles, adornados con pelambreras predominantemente oscuras, y dependiendo de las primaveras e inviernos vividos, también hacia tonos más grisáceos, como de ceniza. Ceniza en la cabeza de aquellos árboles que van guardando su sabiduría y su poder sobre lo que los rodea.

–No checaste el reporte esta vez, Santi. Eso es algo nuevo en ti –dice Umberto quien va en el asiento del copiloto con su rosario en mano.

–Bueno, cuando llegue me contarán todo lo que sucede en el caso. Ahí me daré una buena idea, Umberto.

–Eso lo sé, mi muchacho, sin embargo, siempre te has inclinado hacia saber antes de entrar en acción.

–Eso haré, Umberto, no te preocupes… es curioso, ¿sabes? Me sigues hablando en diminutivo.

–No te dije muchachito…

–Yo lo sé, mi buen amigo, pero la forma en que lo dices, parecieras hacerlo implícito ahí, como si yo fuera menor.

–Eres menor que yo.

–Ya soy un adulto.

–Lo sé, pero nunca dejarás de ser mi muchacho.

Santiago sonríe a media luna, sólo la mitad de sus labios se enarca en sonrisa.

–Ya llevaba un buen rato que no te veía sonreír, pensé que tus músculos faciales habrían olvidado cómo hacerlo. Más siendo tan necesario para los menesteres que tanto nos ocupan en nuestras labores.

–¿La sonrisa?

–El humor… sin humor, estamos perdidos.

–Yo lo sé, es sólo que he estado pensativo, Umberto.

–¿Hay algo que quieras decirme, mi Santi?

Santiago se queda callado mientras da una vuelta. Ahora, el camino es casi limitado a un solo auto, aunque sabe que no es así, que podría ver un auto, o una carreta, se imagina, en esto lares, en sentido contrario al suyo. Dos muros de rocas apiladas las unas sobre las otras en un mosaico que él se sabe imposible de hacer por su propia cuenta, custodian ambos lados del camino. ¿Cómo habrán hecho para acomodarlas de tal forma que encajen de forma perfecta? Parecieran pedazos de un rompecabezas rocoso. El frío es predominante ya. El cielo está encapotado, pero no parece estar listo para llover, solamente se muestra entristecido. Las casas siguen estando separadas las unas de las otras, por al menos, un par de kilómetros; y tienen establos, corrales, animales, extensiones de pasto, el aroma es de estiércol, pero no resulta insoportable.

–Al entierro llegó… bueno… Gillien estaba ahí, ese güey estaba ahí.

–¡Oh!, sí, lo vi en los alrededores. ¿Te dijo algo? Supongo que fue respetuoso.

–Fue enigmático, Umberto.

–¿Por qué dices eso, Santi?

–Estaba yo despidiendo con respetos a… a los dos, cuando se me acercó y me dijo, Es difícil, pero lo lograrás… sobreponerte y eso… yo lo he hecho. Yo le dije que me dejara en paz, no es mi persona favorita de ver, para nada. Ni siquiera sé para qué fue…

–Supongo que lo hiciste respetuosamente.

–Claro que sí, Umberto, no soy un salvaje tampoco. De todos modos, la tristeza no me hubiera dejado ser agresivo. No tenía eso en mente, ni mucho menos las energías. Como sea… me dijo, Sin embargo, hay veces que hay que ver que las cosas se hagan, aunque uno mismo tenga que llevarlas a cabo. Y después me palmeó la espalda y se fue.

–¿A qué se refería con eso?

–No tengo idea… no tengo la más mínima idea.

–Y… ¿ninguno de los dos se ha tratado de comunicar contigo?

–No he escuchado música para dejar esa puerta… no lo harían, no creo. ¿Para qué? En todo caso, sería una investigación que yo tendría que llevar a cabo por mi cuenta.

–Lo sé, sin embargo, no ha habido un caso de posesión demoníaca, no con las características indicadas. Tendremos que esperar.

–No hay prisa, Lucifer no se irá a ningún lado, ¿cierto?

–Por desgracia, Santiago, por desgracia… Es aquí.

Del lado izquierdo, el muro de roca acomodado se ve interrumpido por una puerta de metal, de reja, oxidada. Al otro lado sólo se alcanza a ver el maizal alto.

–Yo abro.

–Pero tú vienes manejando, yo puedo abrir.

–Ja, mi buen Umberto, siempre con tu espíritu de chavorruco.

–Nunca me he sentido viejo.

–Sin embargo, yo me puedo encargar de esto. Tú tranquilo.

Santiago se baja de su auto y se dirige a la puerta. El frío cala hasta los huesos y se da cuenta del vaho que expide. Debió haberse puesto su sudadera, podría enfermarse. Eso incluso si tuviese que aguantar las burlas de su buen amigo, quien no para de decirle que eso de las sudaderas es algo que los jóvenes deberían usar, no un adulto como él; a lo que él le contesta que siempre se ha sentido un inmaduro, así que ni para qué tratar de hacerle cambiar de opinión. Abre la puerta en medio del chirrido propio del metal oxidado, respira el frío aire del pueblito, como a él le gusta llamar a cualquier lugar medianamente alejado de la sociedad civilizada. Recuerda esas incursiones con sus padres a donde ellos solían vivir, los ranchos de sus infancias, a escuchar historias de miedo y otras cosas por el estilo. Y ahora está ahí para confrontar una.

Regresa al auto y se pone su sudadera, una rosa con un Mickey mouse al frente. Umberto hace un gesto burlón. Santiago lo voltea a ver medianamente sonriente.

–No te burles, Umberto, ésta es especial para destruir perras.

Umberto suelta una carcajada seguida de una risa más tranquila con esa voz poderosa y potente que lo identifica.

–Estás loco, mi Santi.

–Somos amigos por eso, ¿no? Porque estamos locos. Nadie más se lanza a hacer lo que hacemos.

–Tienes toda la razón… esta es la mejor amistad, sin duda.

Un sentimiento acogedor invade a Santiago, así como entra. A su lado izquierdo hay maizal, al derecho un muro que deja espacio a una suerte de establo vacío y, al lado, un corral grande desde donde un perro amarrado con una cadena ladra más emocionado que amenazador. Lugar al que va Umberto, lugar que parece recibirlo amistosamente. Estaciona su auto y queda de frente al establo que no alberga animales, sino herramientas de agricultura oxidadas.

Del lado izquierdo hay una pequeña habitación que tiene suerte de ser una casa de una sola planta, pues tiene una puerta blanca de metal, la construcción está pintada de verde claro, y hay dos escalones que dirigen a la puerta de entrada, tiene su boiler propio; está separada esta pequeña casa del establo por un camino formado por los caminantes, pues no hay pasto, pura tierra húmeda, y el sendero no se nota creado por máquinas, sino por el uso del hombre. Dirige ese camino a otra casa alejada por, más o menos, un kilómetro de distancia, y a los lados de casi todo el camino, más maíz.

Del lado derecho del establo está el ya mencionado corral con el perro ladrando y otros animales como guajolotes, gallinas y gallos. Umberto hace un sonido ensoñado al ver a una gallina seguida por sus multicolores polluelos, los sobrevivientes de aquellos pobres bastardos que, seguramente, se comieron revueltos o estrellados en algún desayuno. Al lado del corral que tiene una entrada que es una puerta de reja cuadriculada, está un muro, el muro frontal de la casa.

Umberto y Santiago se bajan del auto. Umberto estira las piernas, Santiago observa sobre el techo de su auto compacto rojo la casa: está rodeada por una pequeña barda de un metro y medio de altura totalmente de roca, y en medio, una puerta de metal. Tiene un agujero, viéndola de frente, en la parte derecha, donde seguramente se puede cerrar por medios humanos. Sobre el muro de roca sobresalen muchas plantas y flores de todos los colores, pasando por el amarillo, roja, violeta, azul, blanco y demás; ve, Santiago, mariposas. Lejos de por ser un mariposón, a él le encantan esos bichos: tan delicados y vistosos, de formas coloridas fragmentarias, cada una un caleidoscopio de posibilidades flotando por el viento presumiendo inocentemente la belleza que las hace tan graciosas de ver. Una va pasando, de color verde agua, va batiendo sus alitas como de papel. Umberto la ve, levanta la mano, y esta se posa en su dedo. Santiago sonríe. S

ale la familia de la casa: dos niñas de cabello negro amarrado en colitas, con la boca llena de restos blancos de comida o saliva, sólo ellas sabrán, y sonríen al ver la mariposa en el dedo del padre, y van en seguida riendo y casi celebrando la visión. Atrás, salen sus padres: una mujer con ligero sobrepeso, la viva imagen de las niñas en el futuro, con el mismo tono de piel y de ojos, con la dulzura que identifica a una madre preocupada por sus hijas; y el señor, de tez hombruna, un bigote que parece colgar de su nariz y hacer sombra a sus ojos, con sombrero, la piel curtida por el sol, una nariz ancha y una mirada pacífica.

Umberto habla con las niñas mientras se inclina para dejarlas ver mejor a la criatura. Un viento gélido sopla. Santiago voltea a su derecha, que es donde queda ahora el maizal que estaba a su lado izquierdo al entrar al lugar, que ahora está siendo enfrentado por la cajuela de su auto, y ve, trata de ver algo, lo que sea, entre la maraña de figuras que se oscurece conforme se adentra en el maizal, pero parece un revoltijo de todo, de tallos, elotes y plantas que danzan con el viento frío, y es tanto lo que ve, que no puede identificar nada en sí. Entonces regresa la mirada al frente y va con su mejor amigo. Él, Umberto, levanta delicadamente la mano y deja que la mariposa se vaya volando.

–Padre, bienvenido, muchas gracias por venir. Pásese, pasen, por favor.

La invitación es por la madre. Santiago voltea hacia la derecha y ve a una pareja de ancianos asomarse, el señor vestido de mezclilla, botas, y camisa; la señora con reboso y un vestido de manta, ambos con años en su haber, evidentemente. Supone Santiago que son vecinos, aquellos que han contactado, junto con estos que los reciben, con el padre Umberto para contarles sus pesares.

Una vez dentro, ve que hay un patio medianamente amplio todo de cemento con roturas hechas por la naturaleza donde pasto se asoma. A la izquierda hay un lavadero para ropa, y al lado del mismo, del derecho, una puerta que dirige al corral donde también alcanza a ver aves. Al frente, Santiago ve la casa, que es de un piso, de piedra sólida gris, adornada en su exterior con muchas plantas coloridas. El techo es inclinado y de teja todo, rojizo, la entrada es de puerta de metal con cristales en cuatro secciones arriba, y a los lados, como a un metro, ventanas rectangulares. Al lado de la puerta hay una imagen religiosa: la virgen de Guadalupe encapsulada en un tanque rectangular de cristal con flores artificiales dentro. La puerta es gris.

Entran a la acogedora vivienda, pero con ese frío propio de los ranchos: justo al lado izquierdo de la entrada hay un sillón alargado que ha visto mejores días pero que no por eso deja de ser útil, del lado derecho hay una mesa con varias sillas. Es una habitación rectangular alargada: del lado izquierdo hay dos puertas que dirigen a habitaciones, y la tercera, que está en el muro perpendicular, en uno de los lados cortos, es el baño; del lado contrario, frente a la puerta del baño, hay una cortina que dirige a una bodega llena de polvo, y al lado de esta puerta, esquinada, está la que dirige a la cocina, donde tienen un fogón, una estufa, alacenas de madera ennegrecida, sillas de plástico, una mesa de piedra, de la misma piedra de la que la casa está hecha, con muchos trastes de metal y de porcelana, vasos de cristal, y en el fogón, tres enormes ollas que humean ese característico aroma de la comida tan deliciosa que se ofrece en los lugares como estos: casera, inolvidable, insuperable, de esa que invitan al pecado de la gula y que uno lo hace gustosamente.

–Pasen, pasen por favor.

Santiago se siente, como siempre que está entre desconocidos, ligeramente cohibido. Es algo que, a pesar de la edad, no ha logrado dejar de sentir. Por suerte, es Umberto quien hace la plática. Ambos son un buen equipo: el padre hace la parte de conversación y él se encarga de la investigación y entrar en acción, en caso de ser necesario. Tantos años de ejercicio le han permitido tener la condición física necesaria para enfrentar cosas que a cualquier otro agotarían en minutos. Las niñas se le quedan viendo por la sudadera rosa. Él les sonríe, y ellas a él. Hay otra imagen religiosa en la pared, justo a la entrada, con una suerte de pequeño altar adornado con fotos familiares y más flores artificiales.

Santiago se inclina hacia las niñas y les dice:

–Niñas, tráiganme dos o tres flores de afuera, por favor –y les guiña un ojo. Las dos van corriendo y sonriendo. Le llevan las flores y él las pone junto con las fotos familiares al mismo tiempo que dice–: en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo… –y antes de acabar, en el reflejo de una de las fotos ve que alguien hay esperando en la puerta, una mujer–… Amén.

Deja las flores, voltea, y no hay nadie ahí a la expectativa. Suspira.

–Ven, mi muchacho, siéntate a mi lado –le indica Umberto. Santiago va sonriendo y se sienta justo al lado de la puerta de entrada, a su derecha queda Umberto, y en la línea del frente están las dos parejas, tanto la de edad avanzada como la más joven, en la cabeza de la mesa a la derecha, una de las niñas, la mayor, y a su lado izquierdo, su hermanita.

–Padre, ¿algo de tomar?, ¿un cafecito? –Dice la madre de las niñas.

–¿O un tequilita, padre? Algo más fuerte pa´ este frío, está cab´on –dice el esposo de ella.

Umberto sonríe como si se escusara y dice:

–No, no, muchas gracias, un cafecito estaría de maravilla. ¿Tú qué quieres, muchacho?

–Refresco.

–Mi muchacho es como un niño grande, disculpen.

–No, no se preocupe, padre. ¡Órale, vieja, a darle sus menesteres a los señores! –La señora se levanta y va a la cocina–, en un rato que ya esté la comida cenamos, hay mole con guajolote y elotitos, están bien sabrosos.

–Gracias por el favor.

–Gracias a uste´, padre, las cosas andan medio raras por aquí. Pos por eso lo llamamos, qué más.

–Muchas gracias… –dice recibiendo su pocillo con café humeando.

–Es cafecito de olla, padre, pa´ que´ntre en calor.

Santiago sonríe y agradece su vaso con refresco con hielos.

–Nosotros –dice Umberto luego de dar un sorbo a su café sin haberle soplado siquiera, como si lo caliente del mismo no le afectara, como si no le quemara–, hemos venido a ayudar y entre menos tiempo tomemos, mejor. Dada la naturaleza del caso, depende, pero no creo que duremos más de tres días, Dios primero. Mi muchacho, Santi, es el que puede entrar en acción directa, él puede escuchar cosas que los demás generalmente no pueden. Me gustaría que le dijeran qué pasa, y así él, principalmente, ponerse a trabajar.

–Íjole, pues cómo comenzamos, joven, es que ire, las cosas andan muy raras por aquí últimamente –dice el señor más grande–, y eso que esas prácticas son de los tiempos de mi abuelo, imagínese cuántos añísimos de aquello, joven. Y pues nosotros nada más nos enmendamos a la virgencita santa que interceda por nosotros pero ya está muy feo todo, joven, padrecito, con todo respeto, ustedes no tienen ni idea de lo que hemos vivido. Susto tras susto y no podemos parar de contar…

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