Neil Gaiman: mares interiores, estrellas plenas de asombro, la búsqueda de los dioses

Neil Gaiman suelen decir que no está a altura de su propio mito. Que, por ese motivo, incluye en su página web, hay un blog donde detalla su vida corriente y cotidiana. «Nadie puede tener fantasías góticas sobre mí cuando me imagina limpiando el vómito del gato a medianoche», comenta con su acostumbrado buen humor. Y no obstante sus esfuerzos, es casi imposible no interpretar a Neil Gaiman a través de su capacidad para crear el misterio, para construir una idea sobre el mundo tan lóbrega como hermosa. Porque Neil Gaiman no sólo escribe un Universo a su medida, como cualquier escritor de ficción, sino que además lo dota de una verosimilitud profundamente significativa. De una vitalidad que desconcierta y cautiva a la vez.

El escritor es de hecho un mito pop, a pesar de sus objeciones al respecto. No sólo por haber transformado el mundo de la novela gráfica con sus series sobre Sandman sino por haber brindado una nueva interpretación a la literatura juvenil e infantil. Con su sensibilidad e ingenio, Gaiman logró renovar el género y dotarlo de una renovada energía y, sobre todo, otorgarle una original vuelta de tuerca, crear algo tan novedoso que por casi una década se ha mantenido incólume. Una revolución a toda regla en lo que respecta al mundo de la fantasía y a la forma como se interpreta actualmente. Atípico, con un enorme caudal de referencias culturales y sociales, la obra de Gaiman se mueve con agilidad no sólo entre la narración en estado puro, sino en una reflexión insistente sobre la identidad de sus personajes y la atmósfera que crea para ellos. En otras palabras, para Gaiman, la profundidad de la literatura proviene del planteamiento central de lo que se cuenta, del análisis y la capacidad del escritor para obsequiar al mundo sustancia y belleza. Una noción que Gaiman afirma en cada una de sus novelas y construye como parte de su visión como creador.

Algo de esa visión sobre el bien, el mal, el arte y la búsqueda de objetivo la hereda de sus principales influencias. En una ocasión, Gaiman aseguró que piensa constantemente en la frase de Andréi Tarkovski en la que mencionó que el arte era la forma de fe más refinada y engañosa de todas. El director la escribió en sus memorias luego del estreno de Zerkalo en 1975. Casi dos décadas después, Neil Gaiman insistió en una idea parecida con motivo de la publicación “American Gods”, en un intento de explicar las implicaciones de su visión sobre lo divino y lo terrenal en medio de un mapa de ruta contemporáneo. Gaiman expresó que su novela es una visión sobre la cultura norteamericana y una reflexión sobre la forma en cómo nos relacionamos con lo desconocido. La combinación de percepciones tan disímiles sobre la identidad cultural y, sobre todo, la comprensión de lo que nos hace ser seres racionales — la necesidad de creer, la compulsión por la mirada íntima — hace que la historia de Gaiman alcance cierto sustrato filosófico de enorme valor moral. Además de contar la historia de los dioses olvidados, temidos, perdidos en el trayecto de la evolución de la psiquis colectiva, el escritor mostró una aproximación directa a lo que concebimos como identidad cultural. Ese reflejo del motivo simbólico que sostiene la mitología que heredamos como sociedad, pero también las pequeñas máscaras interiores, los dolores compartidos. Lo que nos hace una tribu.

En el tiempo de las hogueras y los temores 

Porque es justo esa noción nuclear, primitiva y esencial sobre la consciencia del hombre y la razón de la creencia, lo que sostiene la historia que cuenta American Gods. Además, se trata de una revisión sobre el mito y la belleza de contar historias que deslumbran por su poder anecdótico. Los Dioses están vivos y no únicamente como reflejo cultural, lo están en la profunda vitalidad de la percepción sobre el bien, el mal y el abismo moral que le otorga un rostro —crea, literalmente a la posibilidad de la fe— a partir de la anécdota. Lo están en la medida de su trascendencia, del poder elemental que invoca la fe como fuerza motriz del pensamiento humano. Y entre todas las cosas, la cualidad divina, la abstracción que abarca un ámbito abstracto que no termina de definirse con facilidad. Para Gaiman, el Dios es la voluntad del hombre por permanecer, por asumir los vericuetos de su trascendencia.

La serie homónima, cuya primera temporada fue dirigida por Bryan Fuller, tuvo la misma connotación extraordinaria y brutal de la novela. Y a pesar de su desgaste en dos temporadas decepcionantes que culminaron en una cancelación temprana, lo esencial de la obra de Gaiman llegó a su plenitud en esta fugaz plenitud televisiva de su trabajo. Desde su primera escena, en la que un grupo de hombres se meten en medio de una profunda alegoría a la violencia iniciática, el show deja muy claro que elabora un cuidado discurso sobre los engranajes que mueven el dolor y la esperanza del hombre. Se trata de una masacre con tintes sacramentales, que tiñe de sangre y cierto ardor monumental la búsqueda del Dios, de la entidad invisible que protege y sostiene. Una batalla a ciegas por la búsqueda de la fe y cierta aspiración a lo divino. A medida que la serie avanza, el tema se hace recurrente pero también se analiza desde múltiples perspectivas para englobar en una visión caleidoscópica una percepción por completo nueva sobre lo moral y lo esencial.

No obstante, quizá lo más llamativo del gemelo televisivo del libro de Gaiman fue su capacidad para mostrar los momentos más oscuros, exquisitos y retorcidos del libro como una sucesión de imágenes fantasmales. El gore, el sexo crudo y explícito, el anuncio de la oscuridad bajo los deslumbrantes colores de una puesta en escena fantástica reproducen la atmósfera desconcertante del libro y lo convirtieron en otra cosa, una percepción retorcida y casi literal del mito como dimensión invisible de nuestros deseos y temores. Es entonces cuando el argumento alcanzó su momento más duro y apoteósico para cuestionar los motivos por los cuales creemos y lo que resulta aún más intrincado de comprender: el motivo por el cual la Divinidad como idea ambigua continúa existiendo y siendo parte de la percepción colectiva de la identidad.

Tal vez por ese motivo, se suele decir que American Gods es su novela más adulta, lo cual resulta un contrasentido cuando se analiza la obra del escritor en retrospectiva. No sólo porque las novelas de Gaiman conservan siempre ese elemento esencialmente inocente que las define mejor que otra cosa, sino porque se trata de una reflexión de gran frescura sobre su propia perspectiva literaria. American Gods, como obra literaria, sorprende por su planteamiento original y, sobre todo, por la manera como el escritor crea una historia que se sostiene sobre la sencillez y una profunda capacidad emocional. Ambiciosa, desconcertante, en algunas ocasiones confusa, American Gods resume lo mejor del estilo Gaiman y le brinda una nueva dimensión. Una perspectiva novedosa sobre la manera de narrar y sobre esa aspiración de todo escritor de crear una obra fundacional sobre la que pueda construir una mitología propia. Gaiman lo logra con American Gods y además elabora una historia que se plantea desde lo sensible y se transforma en un lienzo enigmático donde los personajes y situaciones sostienen una sutil metáfora que es quizás su mayor triunfo como propuesta.

En más de una ocasión se ha dicho que American Gods marca un nuevo ritmo en la novela fantástica americana. El mismo Gaiman asume la responsabilidad sobre esa posibilidad de ruptura al construir una narración que refleja a la Norteamérica profunda desde una perspectiva que rara vez toca la literatura fantástica. La idea resulta sorprendente sobre todo porque Gaiman, británico de nacimiento, afirmó en más de una ocasión, que la literatura le ha permitido profundizar en su necesidad de comprender a la cultura norteamericana desde lo esencial y elemental. Y es que quizás American Gods fue la forma más inmediata en que el escritor pudo vincularse a esa identidad abstracta de un país variopinto y desconcertante. Un análisis no sólo a través de sus paisajes y parajes — que Gaiman describe con amplio y ferviente detalle a través de todos los capítulos de la novela — sino esa personalidad que dota al país de un imaginario propio. Una identidad que trasciende y se crea a sí misma como un elemento cultural independiente.

Y es que sin duda la característica más llamativa de American Gods no es sólo el uso de la fantasía como herramienta para describir y reflexionar sobre la cultura desde un punto de vista totalmente nuevo, sino también esa capacidad de Gaiman para dotar a esa meditada perspectiva de una poderosa capacidad simbólica. No hay un sólo elemento en la novela que sea fruto del azar, que no conecte de manera inmediata con una metáfora más profunda. Desde esa percepción de la divinidad deudora del poder de la fe, de la herencia histórica y cultural, de la comprensión de lo sagrado como una idea personalísima, la novela re interpreta lo Divino desde una noción intima. Un reflejo que hombre que teme y admira. De sus vicisitudes, luchas, guerras y tristezas. El dios y el hombre que se conectan, que intercambian esa mirada esencial sobre el rol que la historia les brinda. Como si se tratara de un cuidadoso análisis sobre la psiquis universal, esa personalidad fecunda que lo que consideramos sagrado crea, sostiene y profundiza.

Hay algo decididamente exquisito en la forma como Gaiman imagina el Universo de los nuevos dioses, una fluidez que permite espacio a las historias para desarrollarse de manera pausada, profunda e independiente. El mayor logro del escritor es justamente esa habilidad sutil para asimilar los símbolos y alegorías de la narración literaria y transformarla en una mezcla pausada de una historia misteriosa y una visión casi existencialista sobre la naturaleza del pensamiento filosófico del hombre actual. La notoria sensibilidad de Gaiman para la búsqueda del valor argumental de la historia que muestra le permite avanzar por todo tipo de temas con pulso firme y además, analizar a norteamérica – la gran protagonista a la sombra de esta historia extravagante, variopinta y por momentos atemporal–  desde sus raíces como nación emigrante y como crisol étnico.

 ¿Qué simboliza en realidad “American Gods” como una forma de comprender el origen de algo tan profundo como nuestra curiosidad por lo desconocido? ¿Se trata de una búsqueda sobre los elementos que sostienen nuestra necesidad de creer y como se definen? ¿O como bien dijo su autor, una visión renovada sobre el mito? “American Gods”, por supuesto, no se prodiga con facilidad y es una compleja estructura de visiones y reflexiones sobre la naturaleza del espíritu humano como símbolo esencial de nuestra capacidad para comprendernos.

Gaiman suma todos esos elementos, y otros tantos,  con una habilidad que sorprende. Hilvana con un pulso preciso e inteligente historias en apariencia disímiles y logra una narración que sorprende por su complejidad, pero también por su profunda mirada hacia la identidad del hombre, la primitiva, la poderosa. El escritor logra conjugar en un único escenario todo tipo de visiones sobre lo que consideramos poderoso, lo que trasciende a nuestros temores e incluso esa percepción insistente sobre la cultura que nos define. La novela además tiene la capacidad de construirse a sí misma desde los matices. Lo conmovedor, lo grotesco, la satírico, lo terrorífico crean una paisaje enrevesado que la prosa de Gaiman atraviesa con inusual facilidad. Nada humano parece ser ajeno a este contador de historias que ahora intenta no sólo narrar desde lo utópico una visión común sobre el hombre. Gaiman analiza lo ancestral y logra dotarlo de una expresión contemporánea que sorprende por su solidez. La ternura, la violencia, el dolor, el sexo: todos los elementos que convergen y crean la personalidad humana parecen sostener esta historia indefinible que brinda a la fantasía una nueva profundidad.

Más allá de la historia que se cuenta, «American Gods» parece ser un conjunto de retazos y fragmentos de referencias a otras obras, culturas y percepciones, incluyendo las del autor. El metamensaje se sostiene con enorme facilidad, reflejando no sólo esa amplia percepción sobre lo esencial de cualquier cultura: esa raíz primitiva de miedo, amor, deseo que crea el espíritu humano. Y que es quizá, su mayor trascendencia.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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