La Nación del Calamar


DE UN MUNDO RARO / Por Miguel Ángel Isidro

ADVERTENCIA: El siguiente texto puede contener (o no) cierta cantidad de spoilers sobre un show muy de moda entre los consumidores de entretenimiento digital. Entendidos todos de que en este mundo abundan advertencias que a todos nos importan una celestial fregada, quedan tod@s advertid@s.

Golpe avisa.

A estas alturas del partido, resultaba inevitable que este intento de columna recayera en el mame de la temporada: la serie televisiva surcoreana “El Juego del Calamar”, distribuida a nivel global por la plataforma digital Netflix.

Si usted es uno de los pocos cibernautas que desconoce de qué trata dicha producción, que ha logrado colocarse en la primera posición de Netflix a nivel mundial, se lo relato en breve: Seon Gi-hun es un perdedor en plena crisis de la mediana edad, que por problemas económicos se ve obligado a vivir con su madre y que está en riesgo de perder la custodia compartida de su hija, producto de un matrimonio fallido. Su vida de divorciado es desastrosa, enfrentado las constantes recriminaciones de su ex esposa y la inevitable comparación con su exitoso nuevo marido, y a la par, enfrenta una tremenda adicción por las apuestas y los juegos de azar.

De la nada, durante una tortuosa espera en una estación del metro, un desconocido lo reta a un sencillo juego de apuestas, para finalmente ofrecerle una inusitada invitación: acceder a un grupo selecto de apostadores con posibilidad de obtener una millonaria bolsa.

Para quien ya no tiene nada que perder, la respuesta parece lógica, pero a partir de ese momento la trama da un giro funesto: los juegos se desarrollan en una isla remota a donde los participantes son aislados de toda comunicación con el mundo exterior, y en cada ronda del torneo son eliminados de una manera brutal: pagando con su propia vida.

Hasta ahí la premisa central de la multicomentada serie coreana, que ha reforzado su popularidad merced a gran cantidad de críticas, reseñas, memes y demás manifestaciones de la cultura popular.

En el caso particular de México, es de llamar la atención el hecho de que una producción generada en un país tan remoto esté teniendo tanta aceptación entre las audiencias de prácticamente todas las edades – a pesar de estar clasificada sólo para mayores de 17 años a nivel internacional, por sus contenidos de violencia, sexualidad y referencias al suicidio y otras situaciones consideradas no aptas para todo público- considerando las inevitables barreras de cultura e idioma.

Sin embargo, en un sentido relacionado con el concepto de la inteligencia emocional, cobra total sentido que el público mexicano encuentre plena identidad y empatía con los personajes de la miniserie coreana.

En el México actual, a pesar de la grandilocuencia de los discursos oficiales, la carencia de oportunidades es el plato de todos los días. Por ello a millones de mexicanos nos les representa ningún tipo de problema sobrevivir en los márgenes de la economía legal; ya sea en el subempleo, en el comercio informal, en las múltiples derivaciones de la delincuencia organizada o bien, simplemente administrándose quincena tras quincena hasta la llegada de la anhelada “tanda”, esa forma ancestral de ahorro que a pesar de los múltiples llamados y consejos del sistema bancario o del fisco, sigue representando la tabla salvadora para quienes naufragamos en la penosa necesidad de vivir al día. Los bancos, así sean del Bienestar o cualquier otra cosa que quiera inventar el gobierno el turno, no despiertan tanta confianza ni sentimiento de reciprocidad entre nuestra gente.

Jugarse la vida es prácticamente materia cotidiana en barrios, poblados y rancherías a lo largo de pais. Los mexicanos no necesitamos un uniforme para tener claro que todos los días enfrentamos el crudo rostro de la violencia criminal en múltiples formas; desde el millonésimo asalto en transporte colectivo hasta el cobro de piso, que para efectos de su reiterada aplicación ya debería ser factor de cálculo de nuestro Producto Interno Bruto… o más bien brutal.

En corridos, cumbias y hasta en géneros “urbanos” los mexicanos reiteramos nuestro inexistente miedo a la muerte. Y es que al final del día ya consideramos a la huesuda parte del paisaje, así que ni la cantaleta vacía del “abrazos, no balazos” ni la aplicación de truculentos programas “sociales” pestilentes  a clientelismo han logrado erradicar del mapa el hecho de que para millones de hogares, la supervivencia  es cosa de todos los días.

Al igual que en “El juego del Calamar”, los mexicanos vemos un día sí y otro también a los poderosos haciendo ostentación de su suprapoder en múltiples y ofensivas formas: comprando la verdad que quieren ver publicada en los medios; protegiendo a los propios y salpicando de lodo a los adversarios. Nuestros oligarcas no necesitan máscaras de animales para camuflajear su naturaleza y sus apetitos: los vemos todos los días agruparse en partidos políticos, cultos religiosos, sindicatos charros o hasta el cámaras empresariales.

Los mexicanos tenemos una ancestral tradición de jugarnos la vida en un volado. Por eso seguimos sosteniendo un arcaico sistema de políticos que al igual que en la serie coreana, nos coloca en una ratonera como bichos de laboratorio solo para darse el gusto de observar cómo somos capaces de hacernos pedazos por los mendrugos que nos arrojan, y nos obsequian cada tres o seis años el consuelo de elegir a nuestro verdugo en turno.

Una trama tan cruda, elemental y moralizante no podría tener mejor receptor que el público mexicano, con su conocida moralidad de reconocer a “Don Chingón”, capaz de lograr el éxito aún a costa de la  opresión de sus semejantes.

Porque es sabido que en la cultura popular mexicana nada es tan cierto como que el que es perico donde quiera es verde y que el que es pendejo donde quiera pierde. Y que de esa misma forma… calamar que se duerme, amanece en un ceviche.

Mi única recomendación, ya sea que ya haya visto la serie, o si la piensa ver, es que se imagine entre sus protagonistas a sus vecinos del barrio o a sus compañeros de trabajo o escuela. Definitivamente verá la serie con otros ojos.

Twitter: @miguelaisidro

Playlist para la lectura

Cartel de Santa (México) / “México Lindo y Bandido”

Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio (México) / “Un gran circo”

La Polla Records  (España) / “¿Y ahora qué?”

Lng Sht (México) / “La marcha de los tristes”

miguelaisidro

Periodista independiente radicado en EEUU. Más de 25 años de trayectoria en medios escritos, electrónicos; actividades académicas y servicio público. Busco transformar la Era de la Información en la Era de los Ciudadanos; toda ayuda para éste propósito siempre será bienvenida....

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